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LA COMPAñíA NEGRA. SOMBRAS FLUCTUANTES

Glen Cook  

0


Fragmento

4

Tarja. Emboscada

Robé un siete, abrí, descarté un tres y contemplé un solitario as. A mi izquierda, Prestamista murmuró:

—Ya está otra vez. Inexpresivo como una roca.

Lo miré con curiosidad.

—¿Qué te hace decir eso?

Robó, maldijo, descartó.

—Pones una cara como un cadáver cuando te va bien la jugada, Matasanos. Incluso los ojos.

Arrope robó, maldijo, descartó un cinco.

—Tiene razón, Matasanos. Te vuelves tan ilegible que eres legible. Vamos, Otto.

Otto miró su mano, luego la pila, como si pudiera conjurar una victoria de entre las mandíbulas de la derrota. Robó.

—Mierda. —Descartó la carta que había cogido, un rey. Yo mostré mi as y recogí todas mis ganancias.

Arrope miró por encima de mi hombro mientras Otto recogía las cartas. Sus ojos eran duros y fríos.

—¿Qué? —pregunté.

—Nuestro anfitrión está reuniendo todo su valor. Busca una forma de salir y advertirles.

Me volví. Lo mismo hicieron los demás. Uno tras otro el tabernero y sus clientes bajaron la mirada y se hundieron en sí mismos. Todos menos el hombre alto y muy moreno sentado solo entre las sombras cerca del fuego. Guiñó un ojo y alzó la jarra, como saludando. Enarqué las cejas. Su respuesta fue una sonrisa.

Otto repartió.

—Ciento noventa y tres —dije.

Arrope frunció el ceño.

—Maldito seas, Matasanos —dijo sin emoción. Yo había estado contando manos. Marcaban el ritmo de nuestra vida como hermanos de la Compañía Negra. Había jugado más de diez mil manos desde la batalla en Hechizo. Solo los dioses saben cuántas habré jugado antes de que empezara a contarlas.

—¿Crees que nos han descubierto? —preguntó Prestamista. Estaba nervioso. El aguardar produce esas cosas.

—No veo cómo. —Arrope dispuso su mano con exagerado cuidado. Un movimiento delator: tenía algo caliente. Reexami­né mis cartas. Veintiuno. Probablemente me quemaría, pero la mejor forma de detenerle... Dejé las cartas sobre la mesa.

—Veintiuno.

Otto farfulló.

—Hijo de puta. —Depositó sus cartas. Su mano era fuerte también. Pero sumaba veintidós porque tenía un rey. Arrope tenía tres nueves, un as y un tres. Sonriendo, recogí de nuevo mis ganancias.

—Si ganas esta, vamos a revisar tus mangas —gruñó Prestamista. Recogí las cartas y empecé a barajar.

Las bisagras de la puerta de atrás chirriaron. Todo el mundo se inmovilizó, miró hacia la puerta de la cocina. Unos hombres se agitaron al otro lado.

—¡Crespo! ¿Dónde demonios estás?

El tabernero miró a Arrope, sufrió mil y una agonías. Arrope le hizo una seña. El tabernero alzó la voz:

—Aquí fuera, Pulcro.

—Seguid jugando —susurró Arrope. Empecé a repartir.

Un hombre de unos cuarenta años entró procedente de la cocina. Varios más le siguieron. Todos iban vestidos de verde moteado. Llevaban arcos cruzados a la espalda. El llamado Pulcro dijo:

—Deben de haber cogido a los chicos. No sé cómo, pero... —Vio algo en los ojos de Crespo—. ¿Qué ocurre?

Teníamos a Crespo lo suficientemente intimidado. No nos delató.

Sin dejar de mirar mis cartas, saqué mi tubo de resorte. Mis compañeros hicieron lo mismo. Prestamista desechó la carta que había robado, un dos. Normalmente intenta ir bajo. Su juego traicionaba su nerviosismo.

Arrope tomó la carta descartada y extendió un as-dos-tres. Descartó un ocho.

Uno de los compañeros de Pulcro gimió:

—Ya os dije que no debíamos enviar chicos. —Sonó como si diera vida de nuevo a una antigua discusión.

—No necesito ningún ya-te-lo-dije —gruñó Pulcro—. Crespo, pedí una reunión. Tendremos que dispersar el grupo.

—No sabemos nada seguro, Pulcro —dijo otro que iba de verde—. Ya conoces a los chicos.

—Te estás engañando a ti mismo. Los sabuesos de la Dama están tras nuestro rastro.

—Os dije que hubiéramos debido golpear a esos... —dijo el que gimoteaba antes. Guardó silencio, y se dio cuenta, un momento demasiado tarde, de que había desconocidos presentes, de que todos los clientes habituales se habían puesto pálidos.

Pulcro tendió la mano hacia su espada.

Eran nueve, si contabas a Crespo y algunos clientes que podían involucrarse. Arrope volcó la mesa de juego. Disparamos nuestros tubos de resorte. Cuatro dardos envenenados surcaron la sala común. Desenvainamos nuestras espadas.

Solo duró unos segundos.

—¿Todo el mundo está bien? —preguntó Arrope.

—Yo me hice un rasguño —dijo Otto. Lo comprobé. Nada de lo que preocuparse.

—Detrás de la barra, amigo —dijo Arrope a Crespo, al que había protegido—. Vosotros, poned otra vez en orden este lugar. Prestamista, vigílalos. Si piensan siquiera en salirse de la fila, mátalos.

—¿Qué hago con los cuerpos?

—Arrójalos al pozo.

Puse la mesa de nuevo en pie, me senté, desdoblé una hoja de papel. En ella estaba esbozada la cadena de mando de los insurgentes en Tarja. Taché PULCRO. Estaba en un nivel medio.

—Crespo —dije—. Ven aquí.

El tabernero se acercó con el ansia de un perro que espera ser apaleado.

—Tranquilo. Saldrás bien de esta. Si cooperas. Dime quiénes eran esos hombres.

Tosió y tartamudeó. Predecible.

—Solo los nombres —indiqué. Miró al papel con el ceño fruncido. No sabía leer—. ¿Crespo? Te recuerdo que hay un lugar un tanto estrecho para poder nadar, abajo en el pozo, con un montón de cadáveres.

Tragó saliva, lanzó una ojeada a toda la sala. Miré al hombre cerca del fuego. No se había movido durante el encuentro. Incluso ahora miraba con aparente indiferencia.

Crespo empezó a recitar nombres.

Algunos estaban en mi lista, otros no. Supuse que los que no estaban eran mensajeros. Tarja había sido escrupulosamente inspeccionada.

El último cadáver desapareció. Le entregué a Crespo una pequeña moneda de oro. Tragó saliva. Sus clientes lo miraron con ojos poco amistosos. Sonreí.

—Por los servicios prestados.

Crespo palideció, miró la moneda. Era el beso de la muerte. Sus clientes pensarían que había ayudado a organizar la emboscada.

—Bien —susurré—. ¿Quieres salir de esto con vida?

Me miró entre el miedo y el odio.

—¿Quiénes infiernos sois vosotros? —preguntó en un ronco susurro.

—La Compañía Negra, Crespo. La Compañía Negra.

No sé cómo lo consiguió, pero se puso más blanco todavía.

5

Enebro. Chozo de Castañas

El día era frío y gris y húmedo, silencioso, brumoso y lúgubre. Las conversaciones en El Lirio de Hierro consistían en hoscos monosílabos pronunciados delante de un fuego insignificante.

Entonces llegó la llovizna, tendiendo sus cortinas sobre el mundo. Formas grises y pardas se acurrucaban desanimadas a lo largo de la mugrienta y lodosa calle. Era un día arrancado completo del seno de la desesperación. Dentro de El Lirio, Chozo de Castañas alzó la vista de su tarea de limpiar las jarras. Quitarles el polvo, decía. Nadie usaba sus vasijas de gres de imitación porque nadie pedía aquel vino agrio y barato. Nadie podía soportarlo.

El Lirio se alzaba en el lado sur del Sendero Floral. La barra de Chozo miraba a la puerta, a seis metros de profundidad en las sombras de la sala común. Un montón de pequeñas mesas, cada una con sus desvencijados taburetes, presentaban un peligroso laberinto para el cliente al entrar, procedente de la luz del sol. Media docena de columnas de apoyo toscamente desbastadas formaban un cúmulo de obstáculos adicionales. Las vigas del techo eran demasiado bajas para un hombre alto. Las planchas del suelo estaban cuarteadas y curvadas y crujían, y cualquier cosa derrama

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