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L.A. CONFIDENTIAL (CUARTETO DE LOS ÁNGELES 3)

James Ellroy  

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Fragmento

 

Un motel abandonado en las colinas de San Bernardino; Buzz Meeks se registró allí con noventa y cuatro mil dólares, nueve kilos de heroína de gran pureza, una escopeta calibre 10, un 38 especial, una automática 45 y una navaja que le había comprado a un mexicano en la frontera, antes de ver el coche aparcado al otro lado: matones de Mickey Cohen en un coche sin insignias de la policía de Los Ángeles, polizontes de Tijuana esperando para hacer contrabando con parte de sus mercancías y arrojar su cadáver al río San Isidro.

Llevaba una semana huyendo; ya había gastado cincuenta y seis mil dólares para conservar el pellejo: coches, escondrijos a cuatro o cinco mil pavos la noche. Tarifas de riesgo: los hoteleros sabían que Mickey Cohen lo buscaba porque le había quitado la droga y la mujer, la policía de Los Ángeles lo buscaba porque había matado a un agente. El acecho de Cohen le impedía vender la droga: nadie actuaría, por temor a las represalias; a lo sumo podría entregarla a los hijos de Doc Englekling: Doc la conservaría, la empaquetaría, la vendería después y le daría un porcentaje. Doc había trabajado con Mickey y tenía sesos suficientes como para tenerle miedo; los hermanos, cobrándole quince mil pavos, lo enviaron al motel El Serrano y le estaban preparando la fuga. Ese anochecer dos mexicanos lo llevarían a un campo de judías y lo despacharían a Guatemala vía aerolíneas polvo blanco. Buzz tendría nueve kilos de heroína trabajando para él en California, siempre que pudiera confiar en los chicos de Doc y ellos pudieran confiar en los distribuidores.

Meeks abandonó el coche en un pinar, cogió la maleta, estudió el panorama:

El motel tenía forma de herradura, una docena de habitaciones. Había colinas al fondo: imposible atacar desde la retaguardia.

El patio de gravilla estaba cubierto de ramas, papeles, botellas vacías: las pisadas crujirían, las llantas partirían madera y vidrio.

Había un solo acceso, el camino por donde había llegado. Los exploradores de avanzada tendrían que atravesar la arboleda para apuntarle.

O tal vez aguardaran en una habitación.

Meeks cogió la escopeta, abrió puertas a puntapiés. Una, dos, tres, cuatro: telarañas, ratas, cuartos de baño con el inodoro tapado, comida podrida, revistas en español. Quizá los distribuidores mexicanos usaran el motel para albergar a sus compatriotas cuando los llevaban a las granjas de esclavos del condado de Kern. Cinco, seis, siete. En efecto: familias mexicanas amontonadas sobre colchones, asustadas de un hombre blanco con un arma. «Calma, calma», dijo para tranquilizarlos. Las últimas habitaciones estaban vacías; Meeks cogió la maleta, la dejó en la unidad 12: vista del frente y del patio, un colchón de muelles que derramaba capoc, nada mal como último alojamiento en el país.

Un calendario con mujeres en la pared; Meeks buscó abril y miró su cumpleaños. Un jueves. La modelo tenía mala dentadura, pero aun así estaba apetitosa. Le recordó a Audrey: ex stripper, ex amante de Mickey; la razón por la cual Buzz había matado a un polizonte, había estropeado el trato Cohen/Dragna robándole la heroína. Pasó a diciembre, pensó en sus probabilidades de llegar a fin de año y se asustó: estómago revuelto, una vena palpitante en la frente, sudor.

Empeoró: temblores. Meeks apoyó su arsenal en el alféizar de una ventana, se llenó los bolsillos de municiones: balas para el 38, cargadores para la automática. Se colocó la navaja en el cinturón, cubrió la ventana trasera con el colchón, rompió la ventana delantera para que entrara aire. La brisa le enfrió la transpiración; fuera, chicos mexicanos jugaban con una pelota de béisbol.

Se quedó allí. Los espaldas mojadas se congregaron fuera: señalando el sol como si calcularan el tiempo, hora de que llegara el camión. Faenas duras por tres comidas y un camastro. Anocheció; los mexicanos empezaron a parlotear; dos hombres blancos —uno gordo, otro flaco— entraron en el patio. Agitaron las manos; los mexicanos respondieron al saludo. No parecían polizontes ni matones de Cohen. Meeks salió, acompañado de su calibre 10.

Los hombres saludaron: gran sonrisa, cara inofensiva. Meeks miró la carretera: un sedán verde aparcado en diagonal, bloqueando algo de color azul claro, demasiado brillante para ser el cielo entre pinos. Un destello rebotó en la pintura metálica. Meeks recordó: Bakersfield, el encuentro con los tíos que necesitaban tiempo para conseguir la pasta. El cupé claro que intentó atacarlo un minuto después.

Meeks sonrió: amable, cara inofensiva. Un dedo en el gatillo; un vistazo al tío flaco: Mal Lunceford, un matón de la jefatura de Hollywood que miraba a las camareras del Scrivener’s Drive-in, hinchando el pecho para lucir las cicatrices. El gordo, más cerca, dijo:

—El avión está esperando.

Meeks alzó la escopeta, disparó una perdigonada. El gordo recibió la andanada, voló, tapó a Lunceford, lo derribó. Los espaldas mojadas echaron a correr; Meeks entró en la habitación, oyó que rompían la ventana trasera, arrancó el colchón. Blancos fáciles: dos hombres, tres perdigonadas de cerca.

Los dos volaron en pedazos; el vidrio y la sangre salpicaron a otros tres que se acercaban junto a la pared. Meeks saltó, cayó al suelo, disparó contra tres pares de piernas; estiró la mano libre, arrebató un revólver de la cintura de un muerto.

Gritos en el patio; pisadas en la gravilla. Meeks soltó la escopeta, se aplastó contra la pared. Sobre los hombres, saboreando sangre; tiros a quemarropa en la cabeza.

Pasos en la habitación; dos rifles a poca distancia. Meeks gritó «¡Le dimos!», oyó hurras de victoria, vio brazos y piernas saliendo por la ventana. Cogió el arma más cercana y disparó: blancos atrapados, astillas de yeso, chispas encendiendo la madera seca.

Pisó los cuerpos, saltó a la habitación. La puerta de delante estaba abierta; sus pistolas aún estaban en el alféizar. Un chasquido; Meeks vio a un hombre tendido, apuntando desde detrás del camastro.

Se arrojó al suelo, disparó, erró. El hombre lanzó un disparo, erró por poco; Meeks empuñó la navaja, saltó, atacó: el cuello, la cara. El hombre gritó, disparó. Las balas rebotaron. Meeks le abrió el gaznate, se arrastró hacia la puerta, la cerró, empuñó las pistolas, cobró aliento.

El fuego se extendía: asando cuerpos, maderas; la puerta de delante era la única salida. ¿Cuántos más?

Disparos.

Desde el patio: calibre grueso, arrancando trozos de pared. Uno le dio en la pierna, otro le rozó la espalda. Se arrojó al suelo. Los disparos seguían, la puerta cayó. Entre dos fuegos.

No más disparos.

Meeks se enfundó las pistolas bajo el pecho, se quedó tieso como un muerto. Largos segundos; cuatro hombres entraron empuñando rifles. Susurros: «Está fiambre», «Tengamos cuidado», «Loco cabrón». A través de la puerta, pasos. Mal Luncerford no estaba entre ellos.

Puntapiés en el costado, jadeos, risas burlonas. Alguien le puso el pie debajo.

—Gordo cabrón —dijo una voz.

Meeks le cogió el pie; el hombre cayó hacia atrás. Meeks giró disparando. A quemarropa, todos en el blanco. Cayeron cuatro hombres; una toma desde el suelo: el patio, Mal Lunceford echando a correr. Luego, a sus espaldas:

—Hola, muchacho.

Dudley Smith atravesó las llamas con chaqueta del departamento de bomberos. Meeks vio la maleta junto al colchón: noventa y cuatro mil pavos, droga.

—Dud, viniste preparado.

—Como los boy scouts, muchacho. ¿Palabras de despedida?

Suicidio: Dudley Smith estaba alerta. Meeks alzó las pistolas; Smith disparó primero. Meeks murió pensando que el motel El Serrano era igual que El Álamo.

PRIMERA PARTE

Navidad Sangrienta

1

Bud White en un coche sin insignia, viendo parpadear el «1951» del árbol de Navidad del Ayuntamiento. En el asiento trasero llevaba bebida para la fiesta de la Central; había presionado a los comerciantes todo el día, eludiendo el mandato de Parker: los casados tenían libres el 24 y Navidad, todos los turnos eran solo para solteros, los detectives de la Central debían apresar vagabundos. El jefe quería encerrar a los vagos del lugar para que no irrumpieran en la fiesta del alcalde Bowron para niños menesterosos y se engulleran los bizcochos. La Navidad anterior, un negro loco sacó la polla, orinó en una jarra de limonada destinada a los mocosos de un orfanato y ordenó a la señora Bowron: «Cógela, perra». William H. Parker pasó su primera Navidad como jefe del Departamento de Policía de Los Ángeles transportando a la esposa del alcalde al hospital para que la sedaran, y ahora, un año después, él pagaba las consecuencias.

El asiento trasero, cargado de botellas, le tenía la espalda hecha polvo. Ed Exley, el subcomandante de guardia, era un santurrón que se podía enfadar si cien polizontes empinaban el codo en la Central. Y Johnny Stompanato llevaba veinte minutos de retraso.

Bud encendió la radio policial. Palabras zumbonas: robos en tiendas, un atraco en una licorería de Chinatown. Se abrió la portezuela y entró Johnny Stompanato.

Bud encendió la luz del salpicadero.

—Felicidades —dijo Stompanato—. ¿Dónde está Stensland? Tengo algo para vosotros.

Bud le echó un vistazo. El guardaespaldas de Mickey Cohen llevaba un mes sin empleo. Mickey cumplía una sentencia federal por impuestos, de tres a siete meses en McNeil. Stompanato se dedicaba a hacerse la manicura y plancharse los pantalones.

—Sargento Stensland para ti. Él está arrestando a vagos, y la paga es igual de todos modos.

—Qué lástima. Me gusta el estilo de Dick. Tú lo sabes, Wendell.

El guapo Johnny: acicalado, rizos compactos. Se rumoreaba que tenía un miembro de caballo y para colmo se ponía relleno.

—Dime qué tienes.

—Dick es más cortés, agente White.

—¿Estás enamorado de mí o solo quieres charla?

—Yo estoy enamorado de Lana Turner, tú estás enamorado de los maridos violentos. También cuentan que eres muy cariñoso con las damas y que no eres selectivo en cuanto al aspecto.

Bud hizo crujir los nudillos.

—Y tú te ganas la vida jodiendo a la gente, y todo el dinero que Mickey dona para beneficencia no lo vuelve mejor que un camello o un chulo. Si presentan quejas contra mí porque fastidio a los maridos violentos, eso no me hace igual a ti. ¿Capisci, cabrón?

Stompanato sonrió, nervioso. Bud miró por la ventana. Un Santa Claus del Ejército de Salvación se echó monedas en la palma de la mano, echando una ojeada a la licorería de enfrente.

—Mira —dijo Stompanato—, tú quieres información y yo necesito dinero. Mickey y Davey Goldman están entre rejas, y Mo Jahelka se encarga de las cosas mientras los demás no están. Mo está de mala racha y no tiene trabajo para mí. Jack Whalen no me contrataría por nada del mundo, y Mickey no envió ningún sobre.

—¿Ningún sobre? Mickey salió bien librado. Oí que recobró la droga que le quitaron durante su reunión con Jack D.

Stompanato meneó la cabeza.

—Oíste mal. Mickey le echó el guante al ladrón, pero la droga no está en ninguna parte y el fulano se largó con ciento cincuenta mil dólares de Mickey. White, necesito dinero. Y si tu fondo para soplones está en orden, te pasaré datos confirmados.

—Vuélvete honesto, Johnny. Sé un hombre limpio como Dick Stensland y yo.

Stompanato rió, pero sin convicción.

—Un ladrón con ganzúa por veinte o un asaltante de tiendas que aporrea a la mujer por treinta. Un trato rápido. Vi al fulano asaltando Ohrbach’s mientras venía.

Bud sacó un billete de veinte y uno de diez; Stompanato los agarró.

—Ralphie Kinnard. Rubio, gordo, cuarentón. Usa chaqueta de gamuza y pantalones de franela gris. Oí decir que le pegaba a su esposa y la prostituía para cubrir sus pérdidas de póquer.

Bud anotó todo.

—Feliz Navidad, Wendell —dijo Stompanato.

Bud le agarró la corbata y tiró de ella; la cabeza de Stompanato chocó contra el salpicadero.

—Feliz Navidad, bola de grasa.

Ohrbach’s estaba atestado: enjambres de clientes en los mostradores y las secciones de ropa. Bud se abrió paso a codazos para llegar al tercer piso, territorio ideal para ladrones: joyas, licores.

Mostradores llenos de relojes; colas de treinta personas ante las cajas registradoras. Bud buscaba varones rubios, recibía empellones de amas de casa y niños. De pronto, un destello: un sujeto rubio con chaqueta de gamuza entrando en el servicio de hombres.

Bud entró. Dos tíos frente a los urinarios; pantalones de franela gris rozando el suelo del retrete, Bud se agachó, echó un vistazo. Bingo: manos acariciando joyas. Los dos tíos se cerraron la bragueta y salieron. Bud golpeó la puerta del retrete.

—Vamos, es Navidad.

La puerta se abrió de golpe. Un puñetazo, Bud lo recibió en plena cara, chocó contra el lavabo, rodó. Tapándose la cara con los brazos, Kinnard en fuga. Bud se levantó para perseguirlo.

La puerta, clientes cerrándole el paso, Kinnard escabulléndose por una salida lateral. Bud lo persiguió: la salida, la escalera de emergencia. El aparcamiento estaba vacío: ni coches ni Ralphie. Bud corrió a su coche patrulla, llamó por radio.

—4A31 a central, solicitando ayuda.

Estática, luego:

—Recibido, 4A31.

—Último domicilio conocido. Varón blanco, nombre de pila Ralph, apellido Kinnard. Creo que se deletrea K-I-N-N-A-R-D. Deprisa.

—Recibido.

Bud golpeó el coche: bam-bam. La radio crujió.

—4A31, afirmativo a su solicitud.

—4A31, recibido.

—Positivo. Kinnard, Ralph Thomas, varón blanco, fecha de nacimiento…

—Solo el maldito domicilio…

El otro pedorreó con la boca.

—Para tu calcetín de Navidad, idiota. El domicilio es Evergreen 1486, y espero que te…

Bud apagó el receptor, enfiló hacia Cit

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