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LA CONJETURA DE PERELMáN

Juan Soto Ivars  

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Fragmento

 

 

Una profecía lapona lo advierte. El destructor va a venir. Epicúreo y ciego, loco de éxtasis, es un coloso que caerá del cielo para pulverizar los hielos sagrados y destruir el pensamiento humano. Pocos saben de esta profecía en las ciudades. Estudiantes de antropología, inmigrantes de las lejanas regiones polares, clérigos. Cuando el asteroide cayó en Tunguska y el cielo brilló fosforescente y sin noche durante semanas, muchos lapones marcharon a rezar entre los tocones del desgarrón. Arrodillados, tiznaron sus rostros con ceniza humedecida con saliva y orina. En sus plegarias agradecían que la profecía se cumpliese en falso, que el gigante hubiera muerto al tocar el suelo. Demasiado furioso, demasiado impaciente, truncó la destrucción de la mente humana y los hielos sagrados en su propia destrucción.

Los árboles destrozaron su cuerpo y su armadura en una explosión. Muchos lapones guardan entre sus enseres virutas y cenizas de aquel suceso. Consideran que traen suerte y las muestran llenos de orgullo a los pocos visitantes. En la noche de San Juan elevan hogueras al hielo y mezclan las cenizas de aquel día con las nuevas. Epicúreos y ciegos, locos de éxtasis, vuelven a tiznar sus caras. Bailan, cantan; nueve meses después nacen niños con los ojos abiertos. El hielo silencioso y sagrado escucha sus gritos de alivio.

14

 

Hace una hora que las máquinas quitanieves limpiaron la pista número Cuatro. El avión aterriza en el aeropuerto de Pulkovo 2, San Petersburgo, dejando en el asfalto dos cremalleras negras. Dentro viajan ciento cincuenta y seis pasajeros procedentes de Varsovia, donde también hicieron escala dos norteamericanos.

Uno de ellos es alto, demasiado robusto; parece uno de esos árboles que abarrotan su tronco de nuevas capas, de gruesas venas y tendones vegetales. Así el cuello. Así los brazos y los dedos. El traje barato le sienta como una armadura, y los zapatos dejan en el suelo huellas más propias de botas. Lleva en la cara las marcas de la viruela; cuando sonríe sus labios se retraen hasta desaparecer, revelando sólo los dientes, y su mirada de ojos azules y pequeños se achina. Ahora sonríe y mira al otro con sus ojos de cabeza de alfiler.

Su compañero de asiento es un tipo más joven y extremadamente delgado. Mirada femenina entre pestañas largas, ojeras orientales; tiene una boca voluptuosa, como de actriz italiana. La voz acompaña en cierto modo a la forma de mirar: sibilante, escurridiza, limpia de carraspeos. Algo cargado de espaldas, viste con descuido y lleva permanentemente un anorak naranja con cuello de peluche sucio. Uno de los puños se deshilacha, y sus dedos, de uñas esmeradamente cuidadas, juegan constantemente con las briznas.

—Quiero otro —dice el más alto. Su voz es muy ronca.

—Hay que administrarse, hermano.

—No hemos venido para ser tacaños.

El encorvado da pequeños tirones a los hilos de su manga. Uno se desprende, lo hace una bolita entre los dedos y luego se mira la palma.

—Visitemos a la Vieja.

—Sigues con eso.

—Hermano, nunca está de más.

Una sonrisa toda dientes parece dar permiso a la propuesta, así que el más alto es el jefe del otro. La pasarela mecánica desliza a los dos hombres lentamente. Conocen el aeropuerto. Conocen la ciudad, y hablan en ruso casi todo el tiempo.

—Pero cuéntame otro.

 

 

—¿Por qué sonríes? —preguntó su madre, y acto seguido se arrepintió. En una décima de segundo la encharcó el miedo a que su pregunta borrase la sonrisa del hijo, a haber sido la mano que despierta de un sueño apacible. Pero él continuó en silencio y su sonrisa no se movió ni un milímetro. Confusa, la madre salió de la cocina y lo dejó solo.

Conocía bien a su hijo aunque él estuviera casi siempre callado. No había sido un chico huraño y receloso toda la vida; había recuerdos cálidos y amables, fotografías del niño con su uniforme de los Pioneros y una carita alegre, momentos gloriosos cuando el estudiante despuntaba y cuando se convirtió, a ojos de todos, en un genio. Y además, una madre puede adivinar todo lo que el hijo calla. En cualquier momento.

Sin embargo, la sonrisa de su hijo no había desaparecido por la noche, cuando cuatro horas después ella volvió a la cocina. No había papeles escritos en desorden sobre la mesa, como era habitual, y todos los cubiertos estaban en su sitio. Después de hacer estas comprobaciones, la madre se acercó a su hijo lo suficiente como para ponerlo en guardia, pero su sonrisa no se alteró. Continuaba esa extraña expresión de júbilo tranquilo.

La madre acercó una mano a la cara del hombre, gesto que había ocasionado gritos y broncas interminables las últimas veces, y la sonrisa siguió ahí.

La madre tocó la cara del hijo e inspeccionó con las suaves yemas de los dedos el pliegue feliz e incomprensible de la boca, acarició la barba rojiza y asquerosa que se negaba a lavarse y a dejarse lavar, e incluso estuvo tentada a introducir los dedos en la boca para tocar los dientes, pero logró detenerse a tiempo.

Dio dos pasos y lo miró desde el otro lado de la cocina. Ahí estaba su hijo. Sonriendo sin parar, sin pestañear, una mueca de alegría como no se había visto allí dentro en un año.

—No sé por qué estás tan contento, Grisha, pero sólo puedo decirte que me alegro. Me alegro por ti.

Entonces el hijo miró a la madre fijamente. Se movieron hacia ella los ojos y la mujer sintió un cálido abrazo sin cuerpo. La sonrisa continuaba, la sonrisa no se detenía, un chorro de felicidad secreta recorría el cerebro de Grigori Perelmán. La madre sintió que las lágrimas llegaban ya a los ojos y, por no importunar al hijo, salió de la cocina y trató de llorar en silencio.

Lo que fuera que hacía sonreír a su hijo seguía allí, invisible y callado, imagen indeleble sólo para él, en la cocina. Mientras la madre lloraba sin saber muy bien por qué, aquella sigilosa presencia transparente acunaba a Grisha, era una presencia buena porque la mujer había logrado tocar la cara del hijo (¿cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se dejó tocar?) y él no la había rechazado. Así que la madre, sin comprender, había compartido con él esa brizna de sonrisa y ahora lloraba de felicidad. Sabía que en la cocina, a unos pasos, al otro lado de la puerta entornada, vivía la sonrisa del hijo. Qué más puede esperar una madre después de tanto tiempo de incertidumbre constante.

Quizás era el inicio de una nueva fase de Grisha, se dijo la madre. Después de rechazar la medalla y algunas otras condecoraciones y cargos, Grisha entró en la fase irascible y madre e hijo tenían frecuentes peleas. Él solía decir cosas de las que más tarde se arrepentía, pero durante la fase irascible jamás pedía perdón. No fue hasta su fase lastimera que empezó a lloriquear y a decirle, como cuando era pequeño (muy pequeño, pues desde niño pareció adulto), aquellas lacrimosas palabras: «Mamá, por favor, te quiero.» Era una fase desagradable, pero al menos podían hablar, podían entenderse, y cualquier cosa que la madre dijera al hijo abrumaba su corazón y lo hacía lloriquear y pedir perdón. Sin embargo, nada dura eternamente. La fase lamentable dio paso, paulatinamente, a la fase silenciosa, en la que poco a poco iban desapareciendo todas las palabras y las muestras de emoción, y que sumió la casa en una extraña pero agradable tranquilidad.

Grisha llevaba un año en aquella fase y solamente con el maestro mantenía monotemáticas charlas. La madre, celosa, lo detestaba. El maestro se llamaba Kurmónov y había sido un gran matemático. Grisha crecía y crecía, su sombra traía un invierno a los despachos, y acabó enfrentándose a muchos de sus maestros. Pero no a él, que era otro heterodoxo. Seis meses antes había reaparecido para ofrecer a Perelmán un trabajillo abstracto, secreto e incomprensible. Algo relacionado con investigaciones de números para una organización independiente. Los extremos se atraen. La fase silenciosa de Grisha era válida para todos excepto para Kurmónov, y seguramente en esa excepción encontró el orgullo del maestro cobijo para las charlas.

Para Ludmila, Kurmónov no era más que un borracho. Cuando Kurmónov bebía, se preguntaba si no sería uno de esos genios borrachos. Cuando estaba sobrio, se preguntaba con quién podía tomar un trago. Aunque Grisha no probaba el alcohol, Kurmónov salía haciendo eses de casa y alguna vez había vomitado en el pasillo. Por estas razones, la madre tenía esperanzas de que aquella sonrisa fuera el final de la fase silenciosa, el inicio de la fase sonriente y que las visitas del maestro Kurmónov se redujeran drásticamente. Daba igual el dinero. Pero ¿qué había provocado el cambio?

Aquella mañana, Grigori Perelmán hizo lo de siempre. Sus ojos se abrían maquinalmente a las seis en punto, como si un reloj interno sonase atronadoramente. Al incorporarse, ya tenía la misma expresión que conservaría todo el día. No había jamás cara de sueño en el desayuno aunque durmiera sólo dos horas. Cuando rechazó la medalla Fields y ya le fue imposible dormir, la madre y él fueron a visitar al doctor Schkolvski, quien le recetó un potente somnífero.

—Estas píldoras son capaces de tumbar a un siberiano —bromeó el doctor, y la madre rio apresuradamente porque Grisha había penetrado en la fase irascible y podía dar alguna mala respuesta.

Sin embargo, las píldoras del doctor Schkolvski no obtuvieron un éxito completo en su misión. Grisha lograba dormir dos horas y pasaba el resto del tiempo encerrado repasando sus anotaciones matemáticas, tan complejas que la madre era incapaz de seguirlas. Puesto que ella fue también una importante matemática en la Unión Sovietica, aquel galimatías que se había aposentado en la mesa de estudio del hijo la preocupaba especialmente. ¿No cabía la posibilidad de que se hubiera vuelto loco y todo aquello no fuera más que un delirio? Un día, cuando ella se atrevió a sugerírselo a Grisha, él montó en cólera —fase irascible— y destrozó todos los papeles. Ni las lágrimas ni los ruegos de la madre lograron frenar aquella tormenta, de modo que a partir de ese día la mujer comprendió que si bien era posible que su hijo hubiera perdido el norte, sería mejor aceptarlo y tratar de hacerl

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