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LA CONQUISTA DEL PAN

Piotr Kropotkin  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Las Memorias de un revolucionario contienen varios momentos clave que dan cuenta de la transformación de Kropotkin en un revolucionario en toda regla. Piotr Alexéievich nace el 9 de diciembre de 1842 en Moscú; es hijo de un general del ejército del zar Nicolás I quien, además de ser propietario de grandes extensiones de tierra de cultivo y de mil doscientas «almas» (como se llamaba entonces a los siervos), tiene título de príncipe. Kropotkin se queda huérfano de madre a los tres años. Muchos años después, encuentra un diario materno con versos rusos prohibidos por la censura, descripciones de paisajes alemanes y numerosas líneas sobre sus tristezas y alegrías. Prevalece en Kropotkin el recuerdo de su talento artístico, de su delgada y animada figura. El nuevo matrimonio del padre le supone alejarse de todo aquello que aviva en su memoria la imagen de su madre, así como distanciarse de la familia materna. Kropotkin siente esta ruptura como una expulsión del paraíso. Son los sirvientes los que mantienen vivos para él, como si se tratase de una conspiración, los cálidos sentimientos maternales. Una frase de la mujer de un agricultor dirigida a su hermano y a él se convierte en un imperativo de por vida: «¿Seréis tan buenos como fue vuestra madre? Ella se compadecía de nosotros; vosotros, de seguro, lo haréis también».[1]

Kropotkin recibe en casa una educación privilegiada de la mano de tres tutores: un francés, un alemán y un ruso. A los quince años entra en el Cuerpo de Pajes de San Petersburgo, una escuela militar de élite. Por ser el mejor estudiante de la clase, a los diecinueve accede a la corte y se convierte en el paje personal de Alejandro II. Lee ávidamente filosofía, literatura e historia. También El origen de las especies de Darwin. Escribe pequeños textos sobre física, animado por un profesor que percibe de inmediato su inteligencia. Cuando acaba sus estudios, abandona la idea de ascender en una brillante carrera militar, y decide por voluntad propia unirse a un pequeño regimiento de cosacos desplazados en Siberia, al servicio del zar. Su objetivo es poder proseguir con sus intereses científicos en ese territorio tan poco explorado. Obtiene el puesto de adjunto administrativo, y sus primeras ocupaciones tienen que ver con la planificación de reformas en la zona. Su adscripción política no está todavía muy definida, pero está próxima al constitucionalismo reformista. Pronto deja de lado las tareas encomendadas al darse de bruces con la corrupción, la burocracia y la represión imperial. Comienza a interesarse por la geografía y la exploración científica y viaja por las cordilleras de Siberia y Manchuria. En uno de sus viajes lee a Pierre-Joseph Proudhon. Esboza una teoría geológica sobre el paisaje de Siberia basada en los datos que recoge en sus observaciones, y muy distinta de la establecida, que está plagada de errores. Después, empieza a trabajar a tiempo parcial para la Sociedad Geográfica rusa y estudia matemáticas en la Universidad de San Petersburgo. Su interés por la ciencia y por su método de observación empírica y construcción de generalizaciones verificables le acompañan siempre a partir de ahora. Pero ya se ha dado cuenta de que lo que de verdad le inquieta y contra lo que quiere luchar es la desigualdad e injusticia que ve por todas partes. El disfrute del estudio científico y la comprensión de la naturaleza no le son permitidos a los siervos:

Pero ¿qué derecho tenía yo a estos goces de un orden elevado, cuando todo lo que me rodeaba no era más que miseria y lucha por un triste bocado de pan, cuando, por poco que fuese lo que yo gastase para poder vivir en aquel mundo de agradables emociones, había por necesidad que quitarse de la boca misma de los que cultivaban el trigo y no tienen suficiente pan para sus hijos?[2]

Abandona la carrera científica —aunque ocasionalmente acepta todavía algunos encargos de la Sociedad Geográfica— y decide realizar un viaje por Europa Occidental. Acaba de morir su padre y han llegado a sus oídos noticias de la Comuna. Su radicalización se produce a partir de un primer contacto de algo más de dos meses con la Federación del Jura (la organización anarquista suiza fundada el 9 de octubre de 1870 como parte de la Primera Internacional de los Trabajadores). De vuelta en Rusia, se adhiere al movimiento del nihilismo (heredero directo del movimiento decembrista[3] y coetáneo del populista[4]). Sus actividades agitadoras y subversivas le acarrean el encarcelamiento en 1874. Dos años después se fuga de forma espectacular y, tras una cortísima estancia en Inglaterra, vuelve de nuevo a la Federación del Jura en 1877 para pasar ahí cuatro años. Transcurren todavía unos años hasta que Kropotkin empieza a redactar La conquista del pan. Su origen es una serie de artículos escritos en francés en los años ochenta para las revistas Le Révolté y La Révolte, de las que es editor, finalmente apareciendo como libro en 1892. Pero es bien seguro que el núcleo de lo que se promulga en este libro se gesta en el período suizo de Kropotkin, sobre el que quisiera ocuparme aquí principalmente. Kropotkin señala en sus Memorias unos momentos muy determinados en todo este periodo que marcan la que será su dedicación total a partir de ahora a la revolución y al comunismo anarquista. Los recuerdos de aquellos instantes, y las reflexiones que les acompañan, nos dan toda una serie de pistas para leerlo hoy, a fin de entender la metodología con la que están concebidas y el contexto intelectual y vivencial de las ideas que propugna.

UNA TRISTE MIRADA DIRIGIDA HACIA EL PORVENIR

Kropotkin llega por primera vez en 1872 a la sección suiza de la Internacional, con sede en Ginebra, para ver con sus propios ojos cómo entre los distintos grupos de oficios que forman parte de ella se está logrando disolver las rivalidades internas que impiden la acción común en los combates entre el capital y el trabajo. De todas las posibles divisiones existentes en la sociedad moderna, la más importante, contra la que hay que aunarse en la lucha, es la que separa a los dueños del capital de los que están forzados a vender su fuerza de trabajo para mantenerse con vida. Kropotkin lee ávidamente noticias en folletos y colecciones de periódicos. En estos, encuentra vivas descripciones de las relaciones sociales y la manera de pensar de los trabajadores, algo que no aparecía en los libros sobre el socialismo, repletos como están de teorías no concernidas con su real implementación por los propios trabajadores. El mundo que se le abre a Kropotkin es, confiesa, radicalmente nuevo para él, pues se trata de su primer contacto con trabajadores bien organizados que están creando ya, entre la desigualdad y la injusticia reinantes, un mundo alternativo de igualdad y cooperación. Toma vasos de vino con los obreros en los locales en los que estos se reúnen. Observa cómo la enseñanza libre es posible en una universidad popular, y cómo se debaten las ideas abiertamente en los foros. Escucha a oradores hablar de un porvenir de fraternidad y posesión en común de todas las riquezas. Siente que hay una confianza generalizada en una transformación radical que acabe pronto con las condiciones económicas existentes. Kropotkin percibe, asimismo, que todos los trabajadores apoyan la causa y contribuyen a ella con su esfuerzo y sacrificio, sea mediante la colaboración en un periódico, el aporte de dinero para un congreso, el auxilio dado a un compañero en necesidad o la asistencia continua a los mítines y manifestaciones.

Kropotkin escribe que todo revolucionario puede señalar un acontecimiento de su vida, por insignificante que sea, que determina el momento a partir del cual se vuelca por completo en la revolución. El suyo se dio a los treinta años y entre las montañas de Suiza:

Conozco ese momento; me he encontrado en él después de una de las asambleas en el Templo Masónico [lugar de reunión de los trabajadores de la sección suiza], en cuyo instante sentí con mayor intensidad que nunca la dolorosa impresión causada por la cobardía de los hombres cultos, que vacilan en poner sus conocimientos, su ilustración y su energía al servicio de aquellos que con tanta necesidad la reclaman.[5]

Pero, con el tiempo, Kropotkin constata que la agitación no está siempre encaminada al objetivo común de la revolución y que los intereses de los trabajadores quedan a menudo supeditados a alianzas tejidas de forma puntual con sujetos de otras clases, supuestamente colaboradores de su cau

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