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LA CONSPIRACIóN DE ASHWORTH HALL (INSPECTOR THOMAS PITT 17)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Pitt contempló el cuerpo del hombre que yacía sobre los adoquines del callejón. Era un gris atardecer de octubre. En Oxford Street, a sólo unos pasos de allí, circulaban apresuradamente los carruajes y cabriolés, oyéndose el silbido de las ruedas en la calle mojada y el chacoloteo de los cascos de los caballos. Las farolas estaban ya encendidas, lunas pálidas en la creciente oscuridad.

El agente enfocó el rostro del cadáver con su linterna.

—Es uno de los nuestros, señor —dijo con la voz tensa a causa de la ira—. O al menos lo era. Lo conocía. Por eso he mandado a buscarlo a usted personalmente, señor Pitt. Ahora estaba metido en algo un tanto especial. No sé exactamente de qué se trataba. Pero era un buen hombre, Denbigh; lo era. Se lo aseguro.

Pitt se agachó para observarlo de cerca. El hombre —llamado Denbigh, según el agente— aparentaba unos treinta años y tenía la piel clara y el cabello oscuro. La muerte no había desdibujado sus facciones. Sólo parecía un tanto sorprendido.

Pitt cogió la linterna y recorrió lentamente con el haz de luz el resto del cuerpo. Vestía un pantalón corriente de tela barata, una sencilla camisa de algodón y una chaqueta de mala calidad. Podría haber sido peón de albañil u obrero de una fábrica, o incluso un joven llegado de una zona rural en busca de empleo. Era más bien delgado, pero tenía las manos limpias y las uñas pulcramente cortadas.

Pitt se preguntó si tendría esposa e hijos, parientes, alguien que lamentase su pérdida con el dolor profundo y penetrante del amor, más intenso que el que sentía por respeto el agente que se hallaba junto a él.

—¿En qué comisaría trabajaba? —preguntó Pitt.

—En Battersea, señor. Fue allí donde lo conocí. Nunca estuvo destinado en Bow Street, y por eso usted no lo conocía, señor. Pero éste no es un asesinato corriente. Ha muerto de un tiro, y los ladrones callejeros no llevan armas de fuego. Usan navajas o palos.

—Sí, lo sé. —Pitt registró los bolsillos de la víctima introduciendo los dedos en ellos con delicadeza. Sólo encontró un pañuelo, limpio y cuidadosamente zurcido en una esquina, y unas monedas, dos chelines y nueve peniques. No había cartas ni documentos que identificasen el cadáver—. ¿Está seguro de que este hombre es Denbigh?

—Sí, señor; estoy seguro. Lo conocía bien. No coincidimos mucho tiempo en Battersea, pero recuerdo esa marca que tiene en la oreja. Es poco común. Procuro fijarme en las orejas de la gente. Uno puede cambiarse mucho el aspecto si quiere pasar inadvertido, pero casi todo el mundo olvida que las orejas siguen igual. Lo único que uno puede hacer es dejarse crecer el pelo para taparlas. Ojalá pudiese decir lo contrario, pero no, ése es Denbigh, el pobre desgraciado.

Pitt se irguió.

—En ese caso ha hecho bien en avisarme, agente. Asesinar a un policía, incluso si no está de servicio, es un delito muy grave. Iniciaremos la investigación en cuanto el forense llegue y levante el cadáver. No creo que encuentre testigos, pero pregunte a cuantos puedan saber algo. Y vuelva a intentarlo mañana a la misma hora. Es posible que haya gente que pase por aquí con regularidad camino de sus casas. Interrogue a los vendedores ambulantes, los cocheros. Pruebe en las tabernas del vecindario y también, claro está, en todos los edificios con ventanas al callejón.

—¡Sí, señor!

—¿Y no sabe dónde trabajaba ahora Denbigh?

—No, señor —contestó el agente—; pero imagino que seguía con algún departamento de la policía o la administración.

—Entonces será mejor que me entere.

Pitt se metió las manos en los bolsillos. Allí de pie, inmóvil, empezaba a quedarse aterido. El frío del callejón, un pequeño espacio confinado por la muerte a sólo unos pasos del bullicio del tránsito, le penetraba hasta los huesos.

El coche del depósito de cadáveres se detuvo ante la boca del callejón y maniobró con dificultad para entrar. Los caballos relincharon y se sacudieron, nerviosos por el olor a sangre y miedo que flotaba en el aire.

—Y mejor será que registre el callejón por si hay algo que pueda darnos pistas —añadió Pitt—. Dudo que el arma esté aquí, pero todo es posible. ¿La bala lo atravesó de parte a parte?

—Sí, señor, eso parece —contestó el agente.

—En ese caso, búsquela. Así sabremos como mínimo si lo mataron aquí o lo trajeron después de muerto.

—Sí, señor. Inmediatamente, señor —dijo el agente, con tono aún adusto a causa de la ira y el dolor.

El hecho era todavía demasiado reciente, demasiado real.

—Denbigh. —Cornwallis, subjefe de policía, parecía preocupado, y su rostro resultaba especialmente sombrío debido a sus pronunciadas facciones, en particular la larga nariz y la ancha boca—. Sí, pertenecía aún a la policía. No puedo decirle cuál era con exactitud su misión, porque lo ignoro; pero guardaba relación con la Cuestión Irlandesa. Como usted bien sabe, existen muchas organizaciones luchando por la independencia de Irlanda. La Asociación Feniana es sólo una de ellas, tristemente la más conocida. En su mayoría recurren a la violencia. Denbigh era irlandés. Había logrado introducirse en una de esas fraternidades, una de las más secretas, pero lo mataron antes de que pudiese revelarnos lo que había descubierto, aparte de alguna que otra información que ya conocíamos o dábamos por supuesta.

Pitt permaneció en silencio.

—Éste no es un asesinato corriente, Pitt —prosiguió Cornwallis con una expresión tensa en los labios—. Investíguelo personalmente y utilice a sus mejores hombres. Tengo especial interés en encontrar al responsable. Denbigh era un buen hombre, y muy valiente.

—Sí, señor; así lo haré.

Pero cuatro días después, cuando aún no se habían producido grandes avances en la investigación, Pitt recibió la visita de Cornwallis en su despacho. En esta ocasión lo acompañaba Ainsley Greville, un alto funcionario del Ministerio del Interior.

—Comprenda, comisario Pitt, que es de vital importancia que la reunión parezca en todos los sentidos una fiesta campestre de finales de otoño como cualquier otra. En la medida de lo posible, no debe escaparse el menor detalle que pudiese dar otra impresión —explicó Ainsley Greville. Desplegando una persuasiva sonrisa, añadió—: Por esa razón nos dirigimos a usted en particular.

Greville, sin ser apuesto, poseía gran distinción. Era alto y tenía el cabello ondulado, con ligeras entradas, y un rostro alargado y estrecho de facciones proporcionadas. Debía aquel aire singular a su porte y mirada inteligente.

Pitt lo observaba aún sin comprender.

Cornwallis, con expresión seria, se inclinó en su silla. El subjefe de policía llevaba poco tiempo en el cargo, pero Pitt lo conocía ya lo suficiente para intuir que se sentía incómodo en el papel que le correspondía desempeñar. En otro tiempo había sido capitán de la Armada, y la lógica de la política le era ajena. Prefería métodos mucho más directos pero, al igual que Greville, debía rendir cuentas al Ministerio del Interior, y no le habían dado alternativa.

—Existen esperanzas de alcanzar resultados positivos —dijo Cornwallis con convicción—. Debemos ofrecer toda la cooperación posible, y usted se encuentra en una posición idónea.

—En este momento el caso Denbigh reclama toda mi atención —repuso Pitt. No estaba dispuesto a delegarlo en nadie por importante que fuese aquella nueva misión.

Greville sonrió.

—Por razones que ahora le explicaré, le agradecería personalmente su colaboración, comisario. —Apretó los labios. Al cabo de un instante agregó—: Razones que lamento profundamente. Por poco que consiguiésemos avanzar en este asunto, todo el Gobierno de Su Majestad estaría en deuda con usted.

Pitt pensó que Greville exageraba la trascendencia del caso.

Como si hubiese leído la mente de Pitt, Greville movió la cabeza en un leve gesto de negación.

—El objetivo de la reunión es sondear el estado de opinión respecto a ciertas reformas legislativas relacionadas con la propiedad de la tierra en Irlanda, un paso más en la emancipación de la comunidad católica. Quizá ahora comprenda tanto la importancia de nuestros propósitos como la necesidad de máxima reserva.

Pitt comprendió en el acto. Las palabras de Greville eran de una claridad inquietante. Se refería a la Cuestión Irlandesa, como solía llamarse, un problema que había mantenido en jaque a los sucesivos gobiernos desde los tiempos de Isabel I y causado el cese en pleno de más de uno. Incluso el gran William Ewart Gladstone, firme defensor de la total autonomía de Irlanda, se había visto obligado a dimitir hacía tan sólo cuatro años, en 1886. Aun así, el asesinato de Denbigh era para Pitt un asunto prioritario, y desde luego más acorde con sus aptitudes.

—Sí, lo entiendo —contestó Pitt con un escalofrío—, pero…

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