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LA CORRESPONDENCIA DE FRADIQUE MENDES

José Maria Eça de Queirós  

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Fragmento

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Mi amistad con Fradique Mendes comenzó en París, durante la Pascua de 1880, precisamente la misma semana en que regresó de su viaje al África austral. Pero mi primer encuentro con aquel hombre admirable tuvo lugar en Lisboa, en la ya lejana fecha de 1867. Fue en el verano de ese año cuando una tarde, en el Café Martinho, encontré el nombre de Carlos Fradique Mendes, impreso con grandes caracteres en un arrugado ejemplar de la Revolução de Setembro, después de unos versos que me entusiasmaron.

Los temas («los motivos emocionales», como decíamos en 1867) de aquellas cinco o seis poesías, reunidas en el folletín del periódico con el título de Lapidarias, me parecieron al punto de una sugestiva y refrescante originalidad. Por aquellos días, deslumbrados por el lirismo épico de la Légende des Siècles, «el libro que una tempestad nos había traído de Guernesey», mis camaradas de cenáculo y yo habíamos decidido despreciar y combatir a voz en grito ese lirismo intimista que se enclaustraba en un rinconcito del corazón, que de entre todos los rumores del Universo solo oía el rumor de las sayas de Elvira, y que había convertido a la poesía —sobre todo en Portugal— en una monótona e interminable confidencia de las glorias y los martirios del amor. Pero Fradique Mendes pertenecía sin duda a los poetas nuevos, que seguían al sin par maestro de la Leyenda de los siglos y con universal simpatía iban a buscar los motivos emocionales fuera de los limitados pálpitos del corazón: a la historia, al mito, a las costumbres, a las religiones y a todo aquello que a través de los tiempos, de manera tan diversa como indivisible, revela y define al Hombre. Además de eso, Fradique Mendes explotaba otro filón poético que me atraía sobremanera: el de la modernidad, el sobrio y fino registro de las gracias y los horrores de la vida, de la vida común y corriente, tal y como podemos confirmarla o presentirla en las calles más trilladas, en las casas contiguas a las nuestras, en los humildes destinos que se deslizan a nuestro alrededor en modesta penumbra.

Y, en efecto, aquellos poemitas de las Lapidarias desarrollaban temas de una espléndida novedad. Allí, un santo alegórico, un solitario del siglo VI, moría una tarde sobre las nieves de Silesia, asaltado y sometido por una rebelión de la carne tan inesperada y bestial que, a las puertas del Paraíso, súbitamente lo perdía, y con ello el fruto laborioso y divino de cincuenta años de penitencia y de yermo; allí, un cuervo facundo y más viejo que el tiempo contaba hazañas de cuando siguió por las Galias, en alegre bandada, a las legiones de César, y después a las hordas de Alarico que avanzaban hacia Italia, blanca y llena de mármoles bajo el cielo azul; allí, el buen caballero Percival, espejo y flor de idealistas, dejaba por ciudades y campos la silenciosa estela de su armadura de oro, recorriendo el mundo desde edades pretéritas, en busca del Santo Grial: el místico cáliz lleno de sangre de Cristo que, una mañana de Navidad, vio pasar refulgiendo entre nubes por encima de las torres de Camelot; allí, un Satanás con hechuras germánicas, ilustrado en Spinoza y en Leibniz, daba una irónica serenata a los astros, «gotas de luz en el frío aire heladas», en una callejuela de burgo medieval… Y, en medio de estos motivos de espléndido simbolismo, aparecía aquel cuadro de sencilla modernidad titulado «Las viejecitas», donde cinco señoras, con chales floreados sobre los hombros, con un pañuelo o un cesto en la mano, pasaban el rato sentadas en un banco

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