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ALTA INFIDELIDAD

Rosa Beltrán  

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Fragmento

CAPÍTULO UNO

El amor propio es más hábil que

el hombre más hábil del mundo

Para hacer las cosas no hay más que hacerlas. Para llegar a donde uno tiene que llegar basta con atravesar Retama, pasar por Niño de Jesús y caminar hasta Esfuerzo, haciendo acopio del mismo. Esto es en principio: Madame Henriette lo sabía como se sabe que llueve porque nos mojamos. Pero muchas veces los sentidos nos engañan. Las calles se tuercen, se angostan, adoptan nombres extraños: Calle del Muerto, Calle de las Golosas, Callejón de Estanco de Mujeres.

Desde la primera vez que habló con doña Josefa Arámburu de Iturbide, Madame quiso dejar muy claro que no tenía intenciones de quedarse a vivir en México para siempre. Se trataba de una ciudad de la que no podía uno fiarse. Las calles cambiaban de nombre a su arbitrio, la gente no sabía comportarse y poco tenía que hacer una modista francesa en tierra de caníbales. Había tenido buen cuidado de no hablar de las verdaderas causas que la hicieron salir de Francia, metida en un barco carguero por casi ochenta y tres días, bebiendo incontables tisanas para el mareo y dándose baños de alcanfor. Pero el que no tuviera a qué regresar a la patria de sus antepasados no impedía que hablara de ella como del más bello ideal y que sintiera a la nueva tierra como una pesadilla impuesta a su sueño y empeñada en recargarse en él.

Antes de ser contratada, se sintió en la obligación de decir:

—Madame, Monsieur: no tengo ninguna preferencia por quedarme aquí.

La insolencia del tono bastó para que la modista fuera contratada de inmediato. La mujer de don Joaquín la aceptó al instante, convencida de que la altanería y el acento francés eran síntoma inequívoco de superioridad y experiencia. No le costó mucho persuadir al marido de su razonamiento: había que ver la gracia con que la costurera movía las manos al hablar, como haciendo pespuntes en el aire, y la seguridad con que caminaba afirmando el pie por aquel suelo extranjero.

Madame Henriette habló un poco de sí misma y otro poco del sueldo, las comidas y los paseos a que estaba habituada. Luego hizo varias preguntas sobre las costumbres de la familia. A todas fue respondiendo doña Josefa muy contenta, como si en vez de solicitar estuviera ofreciendo sus servicios. Así que la modista no tuvo más remedio que asentar sus reales y emplearse en casa de los Iturbide.

Los primeros años vinieron, como suele decirse, envueltos de una calma chicha. Entre una prenda y otra Madame vio crecer a los cinco hijos: Nicolasa, Mariano, Francisco, Josefa y Agustín Cosme Damián. Luego vio pasar a Mariano y a Francisco a mejor vida a causa de enfermedades propias de la infancia y este hecho bastó para que concentrara su afecto en el pequeño Agustín, por cuyos rizos y complexión rubicunda sentía una debilidad supersticiosa. Por órdenes expresas de doña Josefa, la modista se esmeró en cubrirlo con trajes llenos de lazos y primores, como si en vez del hijo de un comerciante criollo y una rubita vallesolitana estuviera vistiendo al niño Jesús en el pesebre. Mientras tanto, el pequeño se entretenía en retozar, comer brevas y darle disgustos a su madre, como cualquier niño, pero doña Josefa veía en todos y cada uno de esos actos la señal inequívoca de un llamado. Se acercaba a la cama y, extasiada, miraba a su hijo dormir boca arriba, con los bracitos en cruz, como si en vez de entregarse despreocupadamente a la siesta estuviera emulando el gesto de nuestro redentor. Luego lo oía llorar y percibía en ese hecho un claro presagio de tormenta; se angustiaba, le tocaba la frente, buscaba por todo el cuerpecito señales de infortunio y llamaba a su marido a voces. Pero más tarde lo veía reír y entonces respiraba aliviada, segura de que el cielo se abría de nuevo.

La costumbre de acicalar al niño con tanto esmero se quedó, así que más tarde, cuando el joven cadete decidió casarse con una pupila del Colegio de Santa Rosa, Madame Henriette hizo traer su bordador de cedro y cosió un uniforme de gala que dejó con la boca abierta no sólo a la familia sino al regimiento entero. Tal vez fuera por el afecto cobrado a lo largo de los años o porque el militar calculó las ventajas de una buena apariencia en el ejército, el hecho es que Agustín se llevó a la modista a vivir con él a su nuevo hogar, donde la historia debía repetirse sin otra alteración que la moda: Madame se ocuparía de coser lo que se iba ofreciendo en una familia de ciertas exigencias sin que pudiera decir que no se hallaba rodeada de un ambiente de paz y relativa concordia.

Pero no todo en la vida es miel sobre hojuelas.

A partir del día en que Agustín decidió que iba a ser Emperador de México, Madame Henriette no tuvo ya ni un minuto de sosiego. Además de dar lustre y realce a la Corte con sus creaciones, la costurera debía ocuparse de contentar a la Emperatriz durante sus embarazos y, de vez en cuando, consolar a la Princesa Nicolasa, hermana mayor de Iturbide, que a sus sesenta años no había podido tomar estado. Cuando se anunció que el Imperio era un hecho, Ana María, la mujer del Dragón, dijo que había llegado el momento de improvisar los trajes que iban a usarse en la coronación. La idea parecía un escándalo a quien había seguido muy de cerca la historia de Bonaparte, su compatriota, pero una modista francesa no se contrata para oírla externar sus opiniones sobre política. Por tanto, puso manos a la obra y comenzó los diseños de unas túnicas aztecas con aplicaciones plumarias que habrían de usarse sobre batas de algodón teñido con cochinilla. Al ver que Madame Henriette estaba decidida a vestir al Emperador de huehuenche, Ana María puso el grito en el cielo:

—Pero ¿cómo se le ocurre que el Generalísimo vaya a usar eso el día de la coronación?

—Et pourquoi pas, ma petite fille? —preguntó la modista, sin entender.

Por toda respuesta, Ana María se llevó la mano al abultado pecho y se dejó caer pesadamente en un sillón. Era otro de los vahídos típicos de sus embarazos.

—Dele gracias a Dios que el Dragón esté dándose un abrazo en Acatempan —dijo en un susurro, confiando en que su marido andaba donde otros decían que andaba—. No sé lo que haríamos si hubiera visto en qué vinieron a parar los doscientos pesos del desembarco de azogue.

No alcanzó a hacer a un lado la indumentaria elaborada por la modista cuando un nuevo vértigo la asaltó. Poco antes de abandonarse al desmayo sacó el frasquito con sales de amoníaco y lo llevó a la nariz con cierto apuro. Era la sexta vez que lo aspiraba en ese día. Oyó, cada vez más cerca, un golpeteo de tacones: levantó el brazo; supo que ya pasaba. No era necesario que Madame Henriette se tomara la molestia de aflojarle el ceñidor. Pero quería dejar las cosas muy claras: había que proceder en la Corte con más entendimiento. Recordó a la modista el berrinche que había causado a su señor marido el plantón del General Cruz entre la Barca y Yurécuaro, de triste memoria. Cuando Iturbide regresó a Valladolid, tras seis horas de andar a galope entre cerros y matojos, tuvieron que darle varias infusiones de boldo para que pudieran volverle los colores al rostro. Entre una infusión y otra, El Nuevo Moisés mascullaba que subir a un General de Dragones a la montura a las cinco de la mañana para dejarlo plantado a las once no era cosa de caballeros. Luego hizo ademán de quererse recostar.

Ana María pudo darse cuenta de que su esposo tenía la boca torcida y los ojos amarillos.

—Se le había derramado la bilis —explicó—. Tenía molidos los ijares y alegaba que se le había desgobernado la rabadilla… Mi señora madre y yo sabíamos que el plantón había sido una infamia del General Cruz pero, qué quiere, no eran ésos momentos para despotricar o perder la calma.

Luego recordó en voz alta, como para sí:

—Ah, ya lo dice el padre Pantaleón García: para vivir siempre en paz, tolerancia y nada más.

Se incorporó, fingiéndose ya repuesta, y dijo a la modista:

—De modo que ya lo sabe usted, Madame, a conducirse con prudencia, que el horno no está para bollos.

Joaquinita de Estanillo, que hasta ese momento se había dedicado a observar las semillas de chía que buceaban en el fondo de su vaso y a guardar silencio, se sintió animada a intervenir: ella era testigo del pésimo talante que había adquirido el Dragón desde que lo habían empujado a aceptar el Imperio. Justamente el día de San Pompeyo mártir, si no le fallaban las cuentas, había llevado a Ana María la estampa de Nuestra Señora de las Tres Necesidades, casa, comida y sustento, para que nada faltara en la nueva administración. Estaba explicando a la Emperatriz los pormenores del rezo cuando vio salir de la cocina a una criada primero una vez, luego dos, tres y hasta más de siete veces, y esto, ya se entendía, significaba un desfile de más de siete tazas de infusión de boldo para el Dragón. Más tarde vino a confirmar por Cástulo que aquella procesión de tazas se debía a uno más de los corajes del Generalísimo. Toda la tarde lo oyó gritar y proferir maldiciones. Ella, naturalmente, se asustó. Nunca había visto a una persona tan descompuesta como vio ese día a Agustín, que Dios proteja, con todo y ser quien era, o sea, dicho esto con todo respeto, alguien que debía poner mejor cara para recibir un Imperio, ¡un Imperio!, sobre todo tomando en cuenta que le iba a ser entregado de manos del propio padre Cabañas.

La Emperatriz paró en seco a Joaquinita. Por más dama honoraria que fuera, la mujer del Marqués de Salvatierra era persona capaz de sacar de sus casillas al Santo Job. Juzgó más atinado volver al asunto de la confección del traje imperial, pero Madame Henrie

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