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LA CUARTA ESPADA

Santiago Roncagliolo  

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Fragmento

1

El pequeño comunista

El primer recuerdo que guardo de mi país es la imagen de varios perros callejeros muertos colgados de los postes del centro de Lima. Algunos habían sido ahorcados ahí mismo, en los postes, pero la mayoría había muerto antes. Un par de ellos estaban abiertos en canal. Otros tenían el pelaje pintado de negro. Al principio, la policía temió que sus cuerpos ocultasen bombas, pero no era el caso. Sólo llevaban encima carteles con una leyenda incomprensible y siniestra: «Deng Xiao Ping, hijo de perra».

Por entonces, yo vivía en México, donde mi familia cumplía asilo político. En casa siempre se leían noticias sobre el Perú. Otros exiliados le llevaron a papá una revista con la foto de un policía descolgando a uno de los perros. Detrás de él, la calle parecía un lugar sucio, tétrico. El blanco y negro de la imagen parecía el color de la ciudad. Yo tenía cinco años y ése, por lo que sabía, era mi país.

La imagen —y los posteriores hechos de sangre— fue materia de largos conciliábulos en casa. Los amigos de mis padres se preguntaban si al fin había llegado el turno revolucionario del Perú. Para ellos, la revolución latinoamericana era un hecho inla escuela del terror minente, tan inevitable como un huracán del Caribe. No se preguntaban si llegaría alguna vez, sino cuándo lo haría y en qué orden de países iría triunfando. En mi casa, en largas sesiones humeantes de tabaco, hombres barbudos y con lentes de carey debatían, conspiraban o se escondían.

Los revolucionarios colaboraban sin reconocer fronteras nacionales. Nos visitaban socialistas chilenos, montoneros argentinos, tupamaros uruguayos, comunistas cubanos. Pero la foto de los perros los desconcertó a todos por igual. Nadie conocía a estos advenedizos del Perú. Nadie sabía de dónde había salido esta gente que no repetía los eslóganes habituales contra el imperialismo yanqui. Nadie entendía por qué hablaban de Deng Xiao Ping.

Mientras ellos cambiaban el mundo, sus hijos jugábamos en mi cuarto. Debíamos formar una pandilla bastante extraña, menores de cinco años con camisetas del Frente Sandinista de Liberación Nacional y calendarios del Che Guevara. Todos figurábamos en nuestros documentos como «asilados políticos». Yo mismo tuve dificultades para entrar en un colegio. El día de la entrevista, llevaba una camisa con la cara de Sadam estampada en el pecho. Y cuando el director me preguntó:

—¿A qué te gusta jugar?

Yo respondí:
—A la guerra popular.

No era la respuesta ganadora.

En ese mundo ajeno crecí un tiempo más, oyendo con creciente frecuencia el nombre de Sendero Luminoso. En esos años, en casa, nadie terminaba de entender qué ocurría. Algunos barbudos peruanos se preguntaban si, después de tanto hablar de la revolución, se habían quedado al margen de ella, varados en Méel pequeño comunista xico, a la deriva de la Historia. Finalmente, se declaró una amnistía y regresamos al Perú. Mis papás estaban felices de volver. Pero yo me acordaba de los perros de Deng Xiao Ping, y no me parecía una buena idea.

Veinticinco años después, regreso a Lima para escribir un reportaje sobre el hombre que mandó decorar tan siniestramente la ciudad: Abimael Guzmán. Mientras mi avión aterriza en la capital, regreso a sus calles y a su tráfico y a mi familia. Y también los perros regresan a mi memoria. Y la imagen de María Elena Moyano, asesinada y dinamitada, y las fosas comunes, y la bomba de Tarata que remeció las ventanas de mi casa. Me empiezo a preguntar si realmente quiero hacer esto.

¿Por qué un reportaje sobre Guzmán? Porque vende. O porque yo creo que vende. O porque es lo único que puedo vender. Siempre he sido un mercenario de las palabras. Escribir es lo único que sé hacer y trato de amortizarlo. Ahora vivo en España y trato de hacerme un lugar como periodista. Necesito algo novedoso, y el tema de actualidad en el último año, tras el 11-M, es el terrorismo.

Para mi encuentro con el editor de El País Antonio Caño, preparé una batería interminable de argumentos sobre lo necesario y vendedor que podía ser un reportaje sobre Abimael Guzmán: un vistazo al terror desde una perspectiva nueva, un tema violento y poco visto en la prensa, una encarnación del mal. Pero en realidad no era una idea brillante; era sólo mi única opción. Y él lo sabía:

—¿Has pensado qué te gustaría escribir?
—Pensé en una historia de Abimael Guzmán. Quizá una entrevista, si se puede.

—¿En serio? Entonces ya está. Eso es lo que yo iba a proponerte. Pero tiene que ser rápido.

la escuela del terror

Antonio es un hombre práctico.

Un mes después, aterrizo en mi ciudad con la sensación de que me he metido en un lío. Para empezar, no sé nada realmente. He tratado de comunicarme por Internet con algunos órganos senderistas de proselitismo en el exterior: el Comité de Apoyo a la Revolución Peruana no respondió a mis emails ni a mis llamadas. Sol Rojo, tampoco. Algo más amable fue el vocero oficioso de Sendero Luminoso en Bélgica, Luis Arce Borja, autor de la única entrevista periodística que existe con Guzmán. Él me escribió:

Estimado amigo:
Le felicito por la obra que ha puesto en marcha. No sólo se conoce poco de Guzmán, sino también del mismo proceso social que vivió el Perú desde 1980 hasta cerca del 2000. Bueno, en cuanto a que yo puedo ayudarle, no creo que sea la persona más adecuada para ello. El que me haya reunido con él para entrevistarlo, no me da mayores conocimientos que aquellos analistas que han seguido de cerca el problema del PCP y la lucha armada en nuestro país. Además, como ahora estoy convencido que Guzmán ha sido el autor (junto con Montesinos) de las cartas de paz de 1993, mi opinión sobre él ha cambiado completamente. En concreto creo que su acción desde la prisión ha sido una traición y capitulación.

Arce Borja tituló su conversación con Guzmán la «Entrevista del siglo». El texto se encuentra en la página web Bandera Roja. Lejos de contener detalles concretos —es decir, morbosos—, es una dura exposición teórica sobre el Partido Comunista del Perú en el curso histórico universal trazado por Marx. No es una joya de estilo literario, tampoco. Está escrita en términos tan cerradamente ideológicos que me resultan tediosos e incomprensibles.

el pequeño comunista

No encuentro confesiones de criminalidad, algo de sangre, una buena historia.

Los primeros días en Lima no resultan mucho más prometedores. Mi pobre amiga Paola Ugaz, una periodista que estudió conmigo en la universidad, lleva un mes tratando de prepararme el terreno con algunos contactos. Y no ha podido conseguir nada. Las instituciones públicas la pierden en sus oficinas de prensa y sus trámites, y los senderistas desconfían de los periodistas. Lo peor es que nadie le da una respuesta concreta, una fecha para una entrevista, nadie dice ni sí ni no. Durante todo el mes la he estado presionando para que me dé algo más sólido. En su último email, me ha respondido: «Eres un negrero

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