Loading...

LA DESAPARICIóN DE STEPHANIE MAILER

Joël Dicker

0


Fragmento

Acerca de los acontecimientos del 30 de julio de 1994

Solo las personas familiarizadas con la región de los Hamptons, en el estado de Nueva York, se enteraron de lo sucedido el 30 de julio de 1994 en Orphea, una ciudad de veraneo pequeña y encopetada a orillas del océano.

Esa noche, Orphea inauguraba su primer festival de teatro y aquel acontecimiento, de alcance nacional, había atraído a un público considerable. Ya desde media tarde, los turistas y la población local habían empezado a agolparse en la calle principal para presenciar los numerosos actos festivos que había organizado el ayuntamiento. Los barrios residenciales se habían quedado vacíos de vecinos hasta tal punto que tenían pinta de ciudad fantasma: no quedaban paseantes por las aceras, ni parejas en los porches, ni niños patinando por la calle, ni había nadie en los jardines. Todo el mundo estaba en la calle principal.

A eso de las ocho, en el barrio completamente vacío de Penfield, el único rastro de vida era un coche que recorría despacio las calles desiertas. Al volante, un hombre escudriñaba las aceras con destellos de pánico en la mirada. Nunca se había sentido tan solo en el mundo. No había nadie para ayudarlo. No sabía qué hacer. Andaba buscando desesperadamente a su mujer: había salido a correr y no había vuelto.

Samuel y Meghan Padalin se hallaban entre los escasos vecinos que habían decidido quedarse en casa en esa primera noche de festival. No habían conseguido entradas para la obra inaugural, cuya taquilla había tomado la gente por asalto, e ir a participar en las festividades populares de la calle principal y del paseo marítimo y el puerto deportivo no había despertado en ellos el menor interés.

A última hora de la tarde, Meghan había salido, como todos los días, a eso de las seis y media, para ir a correr. Salvo los domingos, que era el día en que le concedía al cuerpo algo de descanso, hacía el mismo circuito todas las tardes de la semana. Salía de su casa y subía por la calle Penfield hasta Penfield Crescent, que trazaba un semicírculo alrededor de un parquecillo. Se detenía allí para realizar una serie de ejercicios en el césped —siempre los mismos— y luego regresaba a su casa por el mismo camino. Aquel recorrido le llevaba exactamente tres cuartos de hora. Cincuenta minutos a veces si alargaba los ejercicios. Pero nunca más tiempo.

A las siete y media, a Samuel Padalin le pareció raro que su mujer no hubiera regresado aún.

A las ocho menos cuarto, había empezado a preocuparse.

A las ocho, andaba arriba y abajo por el salón.

A las ocho y diez, por fin, no aguantó más y cogió el coche para recorrer el barrio. La forma más lógica de proceder le pareció ir siguiendo el camino que solía recorrer Meghan. Y eso fue lo que hizo.

Se metió por la calle Penfield y subió hasta Penfield Crescent, donde giró. Eran las ocho y veinte. Ni un alma por la calle. Se detuvo un momento para mirar el parque, pero no vio a nadie. Cuando volvía a arrancar, divisó una forma en la acera. Al principio, le pareció un montón de ropa. Hasta que se dio cuenta de que se trataba de un cuerpo. Entonces salió precipitadamente del coche, con el corazón palpitante: era su mujer.

A la policía, Samuel Padalin le dijo que al principio había pensado en un vahído por culpa del calor. Se temió un ataque al corazón. Pero, al acercarse a Meghan, vio la sangre y el agujero detrás de la cabeza.

Se puso a gritar y a pedir ayuda, sin saber si tenía que quedarse junto a su mujer o si ir corriendo a llamar a la puerta de las casas para que alguien avisase a emergencias. Lo veía todo borroso y le daba la impresión de que le fallaban las piernas. Sus voces atrajeron por fin a un vecino de una calle paralela, quien avisó a emergencias.

Pocos minutos después, la policía cerró el barrio.

Fue uno de los primeros agentes en llegar quien, al trazar el perímetro inicial de seguridad, se fijó en que la casa del alcalde de la ciudad, muy próxima al cuerpo de Meghan, tenía la puerta entornada. Se acercó, intrigado. Comprobó que la habían reventado. Sacó el arma, subió de una zancada las escaleras de entrada y anunció su presencia. No hubo ninguna respuesta. Empujó la puerta con la punta del pie y vio que un cadáver de mujer yacía en el pasillo. Pidió refuerzos en el acto, antes de seguir avanzando despacio por la casa con el arma en la mano. A la derecha, en un saloncito, se topó, espantado, con el cuerpo de un niño. Luego, en la cocina, se encontró al alcalde, en un charco de sangre, asesinado también.

Habían matado a toda la familia.

Primera parte
EN LA SIMA

–7
Desaparición de una periodista

Lunes 23 de junio-martes 1 de julio de 2014

Jesse Rosenberg

Lunes 23 de junio de 2014

Treinta y tres días antes de la inauguración del XXI festival de Orphea

La primera y última vez que vi a Stephanie Mailer fue cuando se coló en la recepción amistosa que me organizó la policía estatal de Nueva York con motivo de mi retirada del cuerpo.

Aquel día, una multitud de policías de todas las brigadas se había reunido bajo el sol del mediodía frente a la tarima de madera que colocaban en las grandes ocasiones en el aparcamiento del centro regional de la policía estatal. Yo me encontraba allí subido, junto a mi superior, el mayor McKenna, que había sido mi jefe durante toda mi carrera y me estaba tributando un ferviente homenaje.

—Jesse Rosenberg es un capitán de policía joven, pero por lo visto le corre mucha prisa irse —dijo el mayor, dando pie a las risas de los asistentes—. Nunca habría imaginado que pudiera irse antes que yo. La verdad es que la vida está mal hecha: a todo el mundo le gustaría que yo me fuera, pero aquí sigo; y a todo el mundo le gustaría que Jesse se quedara, pero Jesse se nos va.

Tenía cuarenta y cinco años y dejaba la policía sereno y feliz. Después de veintitrés años de servicio, había decidido aceptar la pensión que ya me correspondía para sacar adelante un proyecto que llevaba mucho tiempo acariciando. Aún me quedaba una semana de trabajo, hasta el 30 de junio. Luego empezaría un capítulo nuevo de mi vida.

—Me acuerdo del primer caso importante de Jesse —siguió diciendo el mayor—. Un cuádruple asesinato espantoso que resolvió brillantemente, cuando nadie lo creía capaz de hacerlo. Era aún un policía muy joven. A partir de ese momento todo el mundo se percató del temple de Jesse. Todos los que se han codeado con él saben que ha sido un investigador excepcional; incluso creo que puedo decir que ha sido el mejor de todos nosotros. Lo bautizamos «capitán cien por cien» porque resolvió todas las investigaciones en las que participó, lo que lo convierte en un investigador único. Policía admirado por sus colegas, experto al que muchos consultan e instructor de la academia durante largos años. Te lo voy a decir, Jesse: ¡hace veinte años que te envidiamos todos!

Los asistentes volvieron a soltar la carcajada.

—No hemos entendido muy bien cuál es ese nuevo proyecto que te espera, Jesse, pero te deseamos suerte en esa empresa. Has de saber que te echaremos de menos, que la policía te echará de menos; pero sobre todo te echarán de menos nuestras mujeres que se pasaban las verbenas de la policía mirándote como si fueran a comerte vivo.

Un torrente de aplausos celebró el discurso. El mayor me dio un cordial abrazo y luego me bajé del estrado para ir a saludar a cuantos habían tenido el detalle de acudir antes de que se abalanzasen sobre el bufé.

Me quedé solo por un momento y se me acercó una mujer muy guapa de unos treinta años a la que no recordaba haber visto en la vida.

—¿Así que es usted el famoso «capitán cien por cien»? —me preguntó con tono seductor.

—Por lo visto —contesté sonriente—. ¿Nos conocemos?

—No. Me llamo Stephanie Mailer. Soy periodista del Orphea Chronicle.

Nos dimos la mano. Stephanie me dijo:

—¿Le molesta si lo llamo «capitán noventa y nueve por ciento»?

Fruncí el ceño.

—¿Está usted insinuando que he dejado sin resolver alguna de mis investigaciones?

Por toda respuesta sacó del bolso la fotocopia de un recorte del Orphea Chronicle fechado el 1 de agosto de 1994 y me lo alargó:

CUÁDRUPLE ASESINATO EN ORPHEA:
MATAN AL ALCALDE Y A SU FAMILIA

El sábado, a última hora de la tarde, el alcalde de Orphea, Joseph Gordon, su mujer y su hijo de diez años aparecieron muertos en su domicilio. La cuarta víctima se llama Meghan Padalin, de treinta y dos años. La joven, que había salido a correr en el momento de los hechos, fue seguramente un testigo desafortunado. La mataron de varios tiros en plena calle, delante de la casa del alcalde.

Ilustraba el artículo una foto mía y de mi compañero a la sazón, Derek Scott, en el lugar del crimen.

—¿Adónde quiere ir a parar? —le pregunté.

—No resolvió este caso, capitán.

—¿Qué me está contando?

—En 1994 se equivocó de culpable. Pensaba que querría saberlo antes de dejar la policía.

Al principio creí que se trataba de una broma de mal gusto de mis colegas, antes de advertir que Stephanie iba muy en serio.

—¿Está usted investigando por su cuenta? —le pregunté.

—En cierto modo, capitán.

—¿«En cierto modo»? Va a tener que decirme algo más si pretende que la crea.

—Digo la verdad, capitán. Tengo una cita dentro de una hora que debería permitirme conseguir la prueba irrefutable.

—¿Una cita con quién?

—Capitán —me dijo con tono divertido—, no soy una principiante. Es la clase de exclusiva que un periodista no quiere arriesgarse a perder. Le prometo que lo haré partícipe de lo que descubra en cuanto llegue el momento. Mientras tanto, tengo que pedirle un favor: que me permita consultar el informe de la policía estatal.

—¡Usted lo llama un favor y yo lo llamo chantaje! —repliqué—. Empiece por enseñarme su investigación, Stephanie. Esas alegaciones son muy graves.

—Me hago cargo, capitán Rosenberg. Y, precisamente por eso, no me apetece que se me adelante la policía estatal.

—Le recuerdo que tiene la obligación de compartir con la policía toda la información de interés que obre en su poder. Es lo que marca la ley. También podría ir yo a hacer una inspección en su periódico.

A Stephanie pareció decepcionarla mi reacción.

—Qué se le va a hacer, «capitán noventa y nueve por ciento» —dijo—. Suponía que le iba a interesar, pero debe de estar usted pensando ya en su jubilación y en ese nuevo proyecto que ha mencionado el mayor en el discurso. ¿De qué se trata? ¿Va a arreglar un barco viejo?

—No es asunto suyo —contesté, muy seco.

Se encogió de hombros e hizo como que se iba. Yo estaba seguro de que era un farol y, en efecto, se detuvo tras dar unos pocos pasos y se volvió hacia mí.

—Tenía la respuesta ante los ojos, capitán Rosenberg. Sencillamente, no la vio.

Yo me sentía intrigado y molesto a la vez.

—Creo que me he perdido, Stephanie.

Ella alzó entonces la mano y me la colocó a la altura de los ojos.

—¿Qué ve, capitán?

—Su mano.

—Le estaba enseñando los dedos —me enmendó.

—Pero yo veo su mano —respondí, sin entenderla.

—Ese es el problema —me dijo—. Ha visto lo que quería ver y no lo que le han enseñado. Y eso fue lo que se perdió hace veinte años.

Fueron sus últimas palabras. Se marchó, dejándome, junto con su enigma, su tarjeta de visita y la fotocopia del periódico.

Al divisar en el bufé a Derek Scott, mi antiguo compañero, que en la actualidad vegetaba en la brigada administrativa, me apresuré a acercarme a él y le enseñé el recorte.

—No has cambiado nada, Jesse —me dijo, sonriente y divertido al ver de nuevo aquel antiguo caso—. ¿Qué quería esa chica?

—Es una periodista. Según ella, nos colamos en 1994. Afirma que no acertamos en la investigación y que nos equivocamos de culpable.

—¿Qué? —dijo Derek, atragantándose—. Pero eso es de locos.

—Ya lo sé.

—¿Qué ha dicho exactamente?

—Que teníamos la respuesta ante los ojos y que no la vimos.

Derek se quedó perplejo. Él también parecía alterado, pero decidió quitarse esa idea de la cabeza.

—No me lo creo ni por asomo —masculló, al cabo—. No es más que una periodista de segunda que quiere destacar sin esforzarse mucho.

—Puede que sí —contesté pensativo—. Y puede que no.

Recorrí el aparcamiento con la vista y divisé a Stephanie que se estaba metiendo en su coche. Me hizo una seña y me gritó: «Hasta pronto, capitán Rosenberg».

Pero no hubo ningún «hasta pronto».

Porque ese fue el día en que desapareció.

Derek Scott

Me acuerdo del día en que empezó todo aquel asunto. Fue el sábado 30 de julio de 1994.

Esa noche, Jesse y yo estábamos de servicio. Nos habíamos parado a cenar en el Blue Lagoon, un restaurante de moda donde Darla y Natasha trabajaban de camareras.

En aquella época, Jesse llevaba ya años con Natasha. Darla era una de sus mejores amigas. Tenían ambas el proyecto de abrir un restaurante juntas y dedicaban los días a hacerlo realidad: habían encontrado un local y ahora andaban pidiendo los permisos de obra. Por las noches y los fines de semana atendían en el Blue Lagoon y apartaban la mitad de lo que ganaban para invertirlo en su futuro local.

En el Blue Lagoon les habría parecido muy adecuado llevar la gerencia o trabajar en la cocina, pero el dueño les decía: «Con esa carita y ese culito, donde tenéis que estar es en la sala. Y no os quejéis, que os sacáis mucho más en propinas de lo que ganaríais en los fogones». En esto último no le faltaba razón: muchos clientes iban al Blue Lagoon solo para que los atendieran ellas. Eran guapas, dulces y sonrientes. Lo tenían todo a su favor. No cabía duda de que su restaurante iba a tener un éxito clamoroso y todo el mundo hablaba ya de él.

Darla estaba soltera. Y reconozco que yo, desde que la había conocido, no me la quitaba de la cabeza. Le daba la murga a Jesse para ir al Blue Lagoon, cuando estaban Natasha y Darla, a tomar un café con ellas. Y, cuando se reunían en casa de Jesse para trabajar en su proyecto de restaurante, yo me plantaba allí para intentar seducir a Darla, cosa que solo conseguía a medias.

A eso de las ocho y media de aquella famosa noche del 30 de julio, Jesse y yo estábamos cenando en el bar mientras cruzábamos alegremente unas cuantas palabras con Natasha y Darla, que andaban por allí. De repente mi busca y el de Jesse sonaron a un tiempo. Nos miramos con expresión preocupada.

—Para que los dos buscas suenen a la vez tiene que ser algo grave —comentó Natasha.

Nos indicó la cabina telefónica del restaurante y un aparato que había en la barra. Jesse fue a la cabina y yo opté por la barra. Las dos llamadas fueron breves.

—Tenemos una llamada general por un asesinato cuádruple —les expliqué a Natasha y a Darla tras colgar, mientras me abalanzaba hacia la puerta.

Jesse se estaba poniendo la chaqueta.

—Acelera —le dije en tono de regañina—. La primera unidad de la brigada criminal que se presente en el lugar del crimen se queda con el caso.

Éramos jóvenes y ambiciosos. Se trataba de la oportunidad de conseguir nuestro primer caso importante juntos. Yo tenía más experiencia que Jesse y la graduación de sargento. Mis superiores me apreciaban muchísimo. Todo el mundo decía que iba a hacer una carrera de policía brillante.

Fuimos corriendo por la calle hasta el coche y nos metimos en él a toda prisa; yo en el asiento del conductor y Jesse, en el del copiloto.

Arranqué como una tromba y Jesse cogió la baliza giratoria, que estaba en el suelo. La puso en marcha y, por la ventanilla abierta, la colocó encima del techo del coche camuflado, iluminando la noche con un destello rojo.

Así fue como empezó todo.

Jesse Rosenberg

Jueves 26 de junio de 2014

Treinta días antes de la inauguración

Me había imaginado que mi última semana en la policía la iba pasar vagueando por los pasillos y tomando cafés con los compañeros para despedirme de ellos. Pero llevaba tres días encerrado en mi despacho de sol a sol, repasando la investigación del cuádruple asesinato de 1994 que había sacado de los archivos. La visita de Stephanie Mailer me había impactado: no podía pensar en otra cosa que no fuera ese artículo y esa frase que había dicho ella: «Tenía la respuesta ante los ojos. Sencillamente, no la vio».

Pero me parecía que lo habíamos visto todo. Cuantas más vueltas le daba al caso, más convencido estaba de que se trataba de una de las investigaciones más sólidas de toda mi carrera: allí estaban todos los datos, las pruebas contra el hombre que se tenía por el asesino eran abrumadoras. Derek y yo habíamos trabajado con una formalidad y una minuciosidad implacables. No encontraba el menor fallo. Así que ¿cómo nos íbamos a haber equivocado de culpable?

Precisamente aquella tarde se presentó Derek en mi despacho.

—¿Qué andas haciendo, Jesse? Todo el mundo te está esperando en la cafetería. Los compañeros de secretaría te han hecho una tarta.

—Ya voy, Derek, lo siento, estoy un poco distraído.

Miró los documentos que tenía desperdigados por el escritorio, cogió uno y exclamó:

—¡Ah, no! No me digas que te has tragado las chorradas de esa periodista.

—Derek, solo quería asegurarme de que...

No me dejó acabar la frase:

—¡Jesse, la investigación era a prueba de bomba! Lo sabes tan bien como yo. Venga, ven, que todo el mundo te está esperando.

Asentí.

—Dame un minuto, Derek. Ahora mismo voy.

Suspiró

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace