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LA EDAD DE HIERRO

J.M. Coetzee  

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Fragmento

1

Por detrás del garaje pasa un callejón, tal vez te acuerdas, a veces jugabas allí con tus amigas. Ahora es un sitio desierto y abandonado, donde se acumulan y se pudren las hojas que arrastra el viento.

Ayer, al final de ese callejón, me encontré una casa hecha de cajas de cartón y plásticos con un hombre encogido dentro, un hombre al que ya había visto por las calles: alto, delgado, con la piel curtida por la intemperie y unos colmillos largos y cariados, vestido con un traje gris holgado y un sombrero de ala caída. Llevaba el sombrero puesto y estaba durmiendo con el ala doblada por debajo de la oreja. Un marginado, uno de los marginados que rondan por los aparcamientos de la calle Mill, y piden dinero a la gente que va de compras, beben bajo los pasos elevados y comen de los cubos de basura. Una de las personas sin hogar para las que agosto, el mes de las lluvias, es el peor mes. Dormido en su caja, con las piernas extendidas como una marioneta, boquiabierto. Lo rodeaba un olor desagradable: orina, vino dulce, ropa húmeda y algo más. Algo sucio.

Me quedé un rato mirándolo, observando y oliendo. Un visitante, llegado para castigarme, precisamente en un día como ayer.

Ayer fue también cuando el doctor Syfret me dio la noticia. No era una buena noticia, pero la recibí yo, era mía y solamente mía y no podía rechazarla. Tenía que cogerla en brazos y apretármela contra el pecho y llevármela a casa, sin negar con la cabeza, sin lágrimas. «Gracias, doctor –le dije–. Gracias por su sinceridad.» «Haremos lo que podamos –me dijo él–. Vamos a afrontarlo juntos.» Pero en aquel mismo momento, tras la fachada de camaradería, vi que ya empezaba a alejarse. Sauve qui peut. Debía su lealtad a los vivos, no a los muertos.

Solamente empecé a temblar cuando salí del coche. Después de cerrar la puerta del garaje me tiritaba todo el cuerpo: para recuperarme tuve que apretar los dientes y agarrar el bolso con fuerza. Fue entonces cuando vi las cajas y lo vi a él.

–¿Qué está haciendo aquí? –le pregunté, oyendo la irritación en mi voz pero sin controlarla–. No puede quedarse, tiene que irse.

No se movió, tirado en su refugio, levantó la vista, me examinó las medias de invierno, el abrigo azul, la falda cuya caída nunca ha acabado de quedarme bien, el pelo gris surcado por una franja de cuero cabelludo. El cuero cabelludo de una vieja, rosáceo e infantil.

Luego encogió las piernas y se levantó ociosamente. Me dio la espalda sin decir nada, sacudió el plástico negro, lo dobló por la mitad, luego en cuartos y en octavos. Sacó una bolsa (decía AIR CANADA) y cerró la cremallera. Yo estaba a su lado. Dejando detrás de las cajas una botella vacía y olor a orina, pasó frente a mí. Los pantalones se le caían y tiró de ellos hacia arriba. Yo esperé hasta estar segura de que se había marchado y oí cómo escondía el plástico en el seto del otro lado.

Dos cosas, por tanto, en el lapso de una hora: la noticia, largo tiempo temida, y ese otro reconocimiento, esa otra anunciación. La primera de las aves carroñeras, rápida, certera. ¿Cuánto tiempo podré mantenerlas alejadas? Los carroñeros de Ciudad del Cabo, cuyo número nunca disminuye. Que van desnudos y no tienen frío. Que duermen en la calle y no se ponen enfermos. Que pasan hambre y no se consumen. El alcohol los calienta por dentro. El fuego líquido consume los contagios y las infecciones de la sangre. Limpian los restos del banquete. Moscas, de alas secas, de ojos vidriosos, implacables. Mis herederas.

¡Con qué pasos tan lentos entré en esta casa vacía, de la que han desaparecido todos los ecos, donde el ruido de las suelas sobre los tablones es seco y apagado! ¡Cómo eché de menos que estuvieras aquí, para abrazarme, para reconfortarme! Empiezo a entender el verdadero significado del abrazo. Abrazamos para que nos abracen. Abrazamos a nuestros hijos para ser rodeados por los brazos del futuro, para llevarnos a nosotros mismos más allá de la muerte, para ser transportados. Así era cuando yo te abrazaba, siempre. Tenemos hijos para que nos cuiden ellos a nosotros. Verdades domésticas, la verdad de una madre: desde ahora hasta el final es lo único que vas a oír de mí. Así pues: ¡cómo te he echado de menos! Cómo he echado de menos el poder subir las escaleras contigo, el pasarte los dedos por el pelo y susurrarte en el oído tal como hacía en las mañanas de escuela: «¡Hora de levantarse!». Y luego, cuando te dabas la vuelta, con el cuerpo caliente y el aliento oliendo a leche, cogerte en brazos en lo que llamábamos «darle un abrazo bien grande a mamá», el significado secreto de lo cual, el significado nunca dicho, era que mamá no tenía que estar triste porque no iba a morirse sino que seguiría viviendo en ti.

¡Vivir! Tú eres mi vida. Te quiero en la misma medida en que quiero la vida. Por las mañanas salgo de la casa, me chupo un dedo y lo levanto para sentir el viento. Cuando sopla desde el noroeste, desde tu dirección, me quedo un rato de pie oliendo, concentrando mi atención con la esperanza de que a través de veinte mil kilómetros de tierra y mar me llegue alguna bocanada del olor a leche que conservas detrás de las orejas y en el pliegue del cuello.

Mi principal tarea, a partir de hoy: resistir el ansia de compartir mi muerte. Quererte a ti, amar la vida, perdonar a los vivos y marcharme sin amargura. Aceptar la muerte como algo mío y solamente mío.

¿A quién escribo entonces? La respuesta: a ti pero no a ti. A mí. A ti en mí.

Toda la tarde intenté mantenerme ocupada, limpiar los cajones, ordenar y tirar papeles. Al anochecer volví a salir. Detrás del garaje, el refugio volvía a estar montado, con el plástico negro extendido por encima. En el interior estaba tumbado el hombre, con las piernas encogidas, y a su lado un perro que levantó las orejas y se puso a menear el rabo. Un collie, joven, poco más que un cac

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