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LA ELECCIóN DE ALEXIA (SAGA ALEXIA 3)

Susana Rubio  

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Fragmento

1

Veintitrés días antes...

—¿Vas a ir a la disco o no, petarda?

Miré a Lea con cara de fastidio y afirmé con la cabeza.

Era el primer miércoles después de Semana Santa y al día siguiente habían organizado otra de aquellas megafiestas en Magic.

—¿A santo de qué hacen esa party ahora? —le pregunté observando a Adam mientras servía las bebidas a un par de chicas con una enorme sonrisa en su cara.

Los alumnos de cuarto de casi todas las facultades se habían ido de viaje durante las vacaciones de Semana Santa, así que no tenía sentido montar otra fiesta para recaudar dinero.

—Es para una causa benéfica o algo así...

—¡Qué bonito! —le dije con desdén.

—Alexia. —Lea me miró avisándome de que me estaba pasando de borde.

—Lo siento, lo siento. No tengo el día.

—Hace semanas que no tienes el día.

A la que podía me sacaba el tema, sabiendo que no resultaría.

—¿Podemos no hablar del mentiroso? ¿Te parece bien?

—Si quieres te bailo el agua.

Lea y yo nos miramos con el rostro serio, algo inhabitual entre nosotras.

—No hace falta, pero tampoco quiero hablar de lo mismo otra vez. Borrón y cuenta nueva. No me lo pongas más difícil.

Lea insistía en que yo seguía enamorada de... de Thiago.

—Es que no lo soporto, Alexia. Te estás jodiendo la vida por una... por una tontería.

La miré con gravedad. Ella no sabía la verdad. Nadie la sabía, claro.

—¿Puedes respetarlo?

—Puedo.

—Pues ya está.

Solíamos acabar igual cuando hablábamos de Thiago. Era lógico que Lea creyera que mi reacción era algo exagerada: había asegurado que no quería nada con él nunca más.

«Mi hermano, joder. Mi puto hermano.»

El 21 de enero, un día después de mi cumpleaños, era una fecha que no iba a olvidar en la vida. Maldito día.

Aquella noche la pasé con Thiago, hicimos el amor, dormimos abrazados y al día siguiente fue cuando me enteré de que él era D. G. A. Por supuesto pillé un rebote de los míos, pero Thiago, que empezaba a conocerme, dejó que me marchara de su casa para reflexionar. Hablaríamos más tarde. Pero... cuando llegué al dúplex y leí la carta de mi madre donde decía que Thiago era mi hermano, no pude ni plantearme la posibilidad de hablar con él.

Tenía mil sentimientos encontrados.

¿Me había acostado con mi propio hermano? ¿Me había enamorado de mi hermano? Joder, no podía asimilarlo. Thiago era fruto de la pasión que ya existía años atrás entre mi madre y su padre. Dios. ¿Y mi padre? No, no entendía a mi madre. Si antes la odiaba y la repudiaba, en ese momento la hubiera matado con mis propias manos.

... Necesito que nos veamos donde siempre y hablemos de mi embarazo. Este niño será fruto de nuestro amor, pero los dos sabemos que no podemos estar juntos.

Tuya,

Álex

Guardé el papel en el sobre, lo doblé y miré a mi alrededor pensando dónde podía esconderlo. Joder... Me temblaba todo el puto cuerpo y, si no me daba prisa, me iba a desmayar con aquello en las manos.

El pequeño neceser que me había regalado Lea podía ser un buen escondite. A veces las cosas que dejabas más a la vista eran las que pasaban más desapercibidas. De todos modos, nadie tenía que buscar esa carta y yo me iba a deshacer de ella en cuanto entendiera qué cojones ponía allí, porque no quería ni pensarlo.

¿Hermanos? ¡¡¡No!!! ¡¡¡Hostia, no!!!

Hermanos... No, no, la madre que me parió...

Cerré el neceser y lo escondí en el fondo de mi cajón. Me dejé caer en el suelo y coloqué la cabeza entre las piernas. Lloré durante una hora seguida hasta que me obligué a analizar esas palabras.

Mi madre engañaba a mi padre con el padre de Thiago y se había quedado embarazada de él. Según ese papel ella creía que podía ser hija de Joaquín, pero... ¿y si estaba equivocada?

Si estaba en lo cierto..., ¿me había acostado con mi hermano?

Se me cerró la garganta y sentí que me costaba respirar. Mierda. No podía ser cierto. Aquello era una puta pesadilla.

¿Y mi padre? ¿No era mi padre? Sí, lo era. Él me había criado, pero...Joder, no, no podía ser. No quería creérmelo.

Me pasé aquella hora dándole vueltas a lo mismo y sintiéndome víctima de una mentira. Odiaba a mi madre con todas mis fuerzas. Me había jodido la vida y había roto lo mío con Thiago... Pero, si sabía que él era mi hermano, ¿por qué no había sido más dura con ese tema? ¿Tan hija de puta era? Quizá no lo tenía claro..., yo tenía rasgos de mi padre, ¿verdad?

Empecé a llorar de nuevo pensando que tal vez mi padre no era mi padre... ¿Cómo iba a poder vivir con eso? ¿Cómo iba a mirarlo a la cara cuando lo viera? ¿Qué iba a decirle? «Creo que no soy tu hija... Mamá te engañaba con otro hombre...»

Pero solo fui capaz de sacar cuatro piezas de ropa del armario para colocarlas en mi pequeña maleta, coger el billete de avión que me había regalado Marco e irme a Londres con él.

—Alexia...

Salí de golpe de mis pensamientos y, por el tono de Lea, comprendí que allí había alguien a quien no quería ver.

Sus ojos verdes se cruzaron con los míos y retiré la mirada con desprecio. Era mi única arma, joder. Despreciarlo, aborrecerlo y rechazarlo una y otra vez. ¿Cuántas veces le había dicho ya que era un mentiroso de mierda? Y cada vez que lo hacía mi corazón se rompía y uno de sus trozos caía al vacío en un pozo que empezaba a pesarme. Pero no podía contarle la verdad: «¿Sabes, Thiago? Realmente te dejé porque somos hermanos. ¿Cuándo me vas a presentar a una cuñadita?».

—¿Alexia? ¿Vas a llorar? —Lea me devolvió a la realidad.

Tragué saliva intentando que esas lágrimas no llegaran a salir.

—No —respondí más bien seca.

—Joder... —Lea resopló cruzándose de brazos.

Escondí mis ojos en el móvil. No quería cruzar la mirada con Thiago. Entendía que él podía hacer lo que quisiera, pero no me entraba en la cabeza que siguiera yendo a El Rincón sabiendo que yo estaría allí y sabiendo que no quería verlo ni en pintura.

Abrí Instagram y fui mirando algunas Stories. Evidentemente había eliminado el perfil de D. G. A. y todas nuestras conversaciones. Thiago había intentado explicarme más de una vez que aquel mismo día me lo iba a contar todo, que había quedado con su tía, la pelirroja, para decírmelo...

Al principio no contesté a sus llamadas, así que cuando volví a pisar el campus tras aquella semana en Londres, Thiago me esperaba.

—Alexia...

—¡Ni me nombres!

—Joder, nena...

Lo miré furibunda. Debía mostrar que estaba muy enfadada y debía cortar por lo sano cualquier relación con él. Era mi hermano, vale, pero para mí ya no era nadie.

—Te lo voy a decir solo una vez, Thiago. No quiero saber nada de ti.

—Pero..., Alexia, vamos a hablar, por favor.

—¡No!

Seguí mi camino y lo ignoré. Sentí el peso de su mirada y supe que aquello no iba a acabar ahí.

Discutimos muchas veces tras aquel primer contacto. Thiago quería explicarse y yo no le dejaba. Al final nos gritamos como dos locos en la sala de estudio. Él no entendía nada y yo estaba desquiciada: que el chico del que estás enamorada no tire la toalla, que ese mismo chico sea de tu sangre... es para volverse loca.

—¡¡¡Hostia puta, Alexia!!! ¿Me mentiste o qué cojones te pasa?

—¡Tú mentiste!

—No fue queriendo y te lo iba a contar.

—¿Después de meses?

—¡Joder, no fueron meses!

Nos quedamos mirando echando fuego por los ojos porque el deseo entre nosotros seguía latente.

—¿Sabes qué creo? Que has jugado conmigo.

Cerré los ojos unos segundos al oír sus palabras. Yo, en su lugar, hubiera pensado lo mismo. Realmente lo de D. G. A. había sido una cagada, pero no era para tanto... al menos no tanto como para odiarlo de ese modo.

—Follamos y ya tuviste bastante, ¿es eso?

No quise responder porque me daba miedo ponerme a llorar.

—¡Hostia, Alexia! ¡Sé sincera! ¡Dime la verdad!

—La verdad es la que es y no quieres oírla. Es simple, no quiero verte ni saber nada de ti.

Lo dije con calma, con una frialdad que incluso a mí me asustó.

Me miró incrédulo y alcé la barbilla para asegurarme de que me sentía orgullosa de aquellas palabras. En parte quería que me odiara y que dejara de perseguirme por los pasillos.

Thiago se fue con los ojos acuosos y yo me apoyé en una de las paredes negando con la cabeza. Con muchas más disputas como aquella iba a terminar bien jodida.

Yo todavía lo quería. Pero no podía quererlo.

Me pasé varias noches llorando, una tras otra. Las pesadillas regresaron con más fuerza. Aparecía Antxon ensangrentado, aparecía mi padre renegando de mí una y otra vez, y a veces aparecía Thiago rogándome una oportunidad que jamás le daba.

—Novata, dame solo un minuto... —me decía.

—No puedo.

—¿Por qué, pequeña?

—No me llames así.

—¿Por qué? Siempre serás mi pequeña.

—No... no...

—Sé que me quieres. Veo cómo me miras.

—No, Thiago, no podemos estar juntos.

—¿Por qué dice

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