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LA ESCUELA CATóLICA

Edoardo Albinati  

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Fragmento

1

Fue Arbus quien me abrió los ojos. No es que antes los tuviera cerrados, pero no podía estar seguro de lo que veía; quizá fueran imágenes proyectadas para engañarme o para tranquilizarme, y yo era incapaz de poner en tela de juicio ese espectáculo que se me ofrecía a diario y que se conoce como «vida». Por una parte, aceptaba sin discutir todo lo que le cae en suerte a un chaval de trece, catorce, quince y todos los años que le faltan para completar esa «fase» —siempre oí mencionarla así, una «fase», un «momento», a pesar de que podía alargarse; un «momento delicado», o incluso una «crisis», a la que, para ser sinceros, seguirían otros momentos o fases igual de delicados o críticos que se alternarían sin cesar hasta la madurez, la vejez y la muerte—. Me alimentaba sin protestar de lo que servían día tras día en el comedor escolar, donde se ofrecen las cosas que le pasan a cualquier adolescente, los asuntos que lo absorben mientras crece y se desarrolla —«desarrollo», otra palabra clave que utilizan los adultos para forzar las cerraduras de la adolescencia, la difícil «edad del desarrollo», el «desarrollo de la personalidad», por no mencionar la horrible expresión intransitiva «ya se ha desarrollado», que sella con lacre pegajoso los genitales secretos—. Quizá sin un orden, pero, en cualquier caso, se servían esos platos que no pueden faltar en la mesa de todo adolescente: el colegio, el fútbol, los amigos, las frustraciones y las excitaciones, todo aderezado con llamadas telefónicas, el ir y venir a la gasolinera y las caídas de la moto, es decir, experiencias comunes.

Pero, por otro lado, no podía dejar de sentir cierta perplejidad. ¿La vida era eso? Es decir, ¿esa era mi vida? ¿Tenía que hacer algo para que me perteneciera o me la entregaban tal cual, con garantía? ¿Tenía que ganármela o merecérmela? Quizá fuera provisional y pronto me la cambiaran por una definitiva. Pero, en tal caso, ¿tenía que cambiarla yo o alguien se ocuparía de eso? ¿Sucedería algo que la cambiase? La vida puede ser extraordinaria o normal. ¿De qué clase era la mía? Mientras Arbus no entró a formar parte de esta historia, todas esas preguntas que ahora por lo menos me planteo, aunque haya renunciado a las respuestas, ni siquiera se me pasaban por la cabeza: se desvanecían antes de alcanzar la superficie de mi conciencia provocando solo una ligera ondulación.

El simple hecho de llamarla conciencia ya es una exageración.

Sensación de existir, a lo sumo. De estar en el mundo.

Para mí, quien proyectaba las imágenes que me rodeaban era un mago, un genio. Tengo que reconocérselo. De su lámpara salían sueños perfectos, dulces y nítidos que yo atravesaba absorto, a veces más bien extasiado. En definitiva, era sumamente feliz y desdichado a la vez. Respiraba profundamente ese aire misterioso de las escenografías que me rodeaban, esas que alguien desmontaba en cuanto las dejaba atrás. Me parecía que tarde o temprano ocurriría algo decisivo que en lugar de aclarar uno por uno los insignificantes hechos ya acaecidos, los cosería con un hilo irrompible, como el que ensarta las páginas de las novelas y nos impide parar hasta que hemos pasado la última. Solo así, asemejándose a una ficción, pero poseyendo su coherencia implacable, mi vida y la de todos los demás podría considerarse real, una vida de verdad...

Había momentos puntuales que me trastornaban profundamente, pues en ellos, no sé expresarlo mejor, comprendía con dolorosa claridad la confusión de la que era presa. Totalmente. Me poseía sin dejar espacio a nada más —ideas o pensamientos, por ejemplo—. Solo podía sentir. Sentía fluir la sangre que se amasaba en el pecho, una congoja insostenible, el corazón dolorido; quiero decir que realmente me dolía, de verdad, como si estuviera a punto, para usar el lenguaje de las novelas de antaño, de darme un vuelco, pero ese dolor se mezclaba con una extraña dulzura, como extraño era todo lo demás.

Arbus fue mi compañero de clase desde primero de bachiller, pero empecé a percatarme de su existencia cuando estábamos a punto de acabar. A un mes del examen de reválida...

Los estudiantes se quedan atrás por definición. Todos sin excepciones. Por otra parte, los profesores también se quedan siempre atrás, no logran seguir el ritmo de los programas que ellos mismos han ideado y culpan a los alumnos, lo cual es verdad y mentira al mismo tiempo, porque si sus clases estuvieran formadas por genios, tampoco lograrían respetarlos, seguiría quedando algo por explicar, quizá una sola página, una línea o un milímetro. En cualquier caso, están destinados a fallar, a renunciar, por ejemplo, a dar todo Kant en el penúltimo año del bachillerato. El motivo es inexplicable y solo queda recurrir a la enigmática expresión «por fuerza mayor». Los objetivos sirven para no cumplirse, la naturaleza intrínseca del centro es no ser alcanzado. Con independencia de si las fuerzas flaquean por el camino o de si la meta se desplaza imperceptiblemente hacia delante, o de si fueron demasiado optimistas, presuntuosos o abstractos en el planteamiento original, o de si los obstáculos han sido más insalvables de lo previsto y los días de lluvia, enfermedad, huelga o elecciones sorprendentemente numerosos. No sé cómo se denomina esa ciencia ni en qué se basa, pero hay un estudioso que ha calculado que cualquier proyecto que se emprenda costará un promedio de un tercio más del presupuesto inicial, y que se empleará al menos un tercio más del tiempo previsto para su realización. Por lo visto, se trata de un dato que no puede eliminarse. Solo raras excepciones se libran de la ley del retraso constitutivo, y Arbus era una de ellas.

Arbus, Arbus, amigo mío, viejo palillo. Estabas tan delgado que solo con verte los codos cuando fingías jugar al voleibol para que no te suspendieran en gimnasia entraban escalofríos. De piedad o de repulsión. Por no hablar de los omóplatos y las rodillas, cuyos huesos puntiagudos casi agujereaban el chándal negro con los ribetes verdes y amarillos que te permitían llevar incluso en mayo —y hasta bien entrado junio— para proteger tu delicada salud. Por más que fingieras concentrarte en el partido, todo el mundo sabía que si la pelota rebotaba, por casualidad, cerca de ti, en el minúsculo trocito de campo donde te habíamos aislado para que causaras el menor perjuicio posible al equipo, ni siquiera la verías pasar porque entretanto te habrías quedado encantado mirando el entramado del techo del gimnasio, como si estuvieras concentrado en calcular cuánto hormigón hacía falta para sostenerlo. Y que si por azar nuestros gritos te sacaban de tu ensimismamiento y en el último momento te dabas cuenta de que tenías que jugar —el voleibol es un deporte histérico, una cuestión de instantes cruciales, durante todo el partido tocas la pelota unos cinco segundos cuando menos te lo esperas—, «¡Vamos, Arbus! ¡Coñooo, Arbus!», agitarías tus largos brazos descoordinados intentando no se sabe si rechazar la pelota levantándolos, encajarla bajándolos o incluso cogerla, como instintivamente suele hacerse cuando un objeto te alcanza de repente mientras estás distraído. Y en efecto, eso es lo que solías hacer: aferrar la pelota al vuelo, abrazarla y mirar a tus compañeros esbozando una media sonrisa desorientada, como si buscaras su aprobación. En ese preciso momento te percatabas de que la habías liado una vez más, cosa que te confirmaba el coro de sus quejas exasperadas: «Nooo, Arbus, ¿qué coño haces?». Te pasaba bastante a menudo: tu semblante no reflejaba lo que pensabas o lo que sentías. Sonreías mientras te insultaban.

Lo increíble de Arbus es que no se desanimaba, permanecía impasible ante los acontecimientos. Otros no habrían soportado las tomaduras de pelo ni las ofensas, habrían lanzado la pelota contra los compañeros o habrían llegado a las manos o, como hacen las nenazas, se habrían echado a llorar al ver lo negados que eran, reacciones que yo mismo he tenido más de una vez al ser incapaz de soportar la presión del juicio de los demás, que me desanima y me pone agresivo, incluso cuando es halagador, así que no digamos una crítica. Sin embargo, nunca vi a Arbus abatido o preocupado. Cualquiera en su lugar habría considerado humillante semejante situación. Él no. Permanecía impasible como si no le importara —quizá le importara, pero no lo demostraba—, petrificado, sin reaccionar, separado de su mente, demasiado rápida. Necesitaba un buen rato para registrarlo y cambiar de máscara. Quizá era precisamente así, alguien formado por elementos desmontables no sincronizados: una mente fulminante, sangre fría, un rostro perezoso incapaz de cambiar de expresión según las circunstancias, una persona con una actitud a menudo inoportuna —como veremos, eso le causará muchos problemas con los compañeros, los profesores y la autoridad en general, que considerará insolente e irrespetuosa su expresión mientras que sus palabras sonarán razonables y aduladoras, o al contrario.

Y por si fuera poco, estaba su cuerpo descoordinado. Arbus era alto, delgado, con el rostro de aire eslavo enmarcado por dos largos mechones de pelo negro y grasiento, que parecía no haberse lavado nunca; la boca, de labios carnosos siempre arqueados en una media sonrisa que ponía los nervios de punta; y la mirada, sumamente inteligente, oculta detrás de unas gafas perfectas para el científico de la película de ciencia ficción o de espionaje, es decir, de esas cuyos cristales gruesos como culos de botella aumentan los ojos en desmesura, en especial si son de un azul acuoso, como eran los de Arbus, o debería decir como lo son todavía, pues no me cabe la menor duda de que está vivito y coleando: tengo pruebas de ello, a pesar de desconocer su paradero y su ocupación actuales.

Tan rápido como aprendía —en la mitad del tiempo que yo necesitaba, y en una cuarta o una décima parte del que requerían los demás, digería y aplicaba la teoría a los ejercicios—, desaprendía. No es que se olvidara, sencillamente pasaba a otro asunto. Las cosas dejaban de merecer su atención de repente, en cuanto las comprendía. A final de curso se vaciaba por completo y estaba listo para aprender cosas nuevas. Devoraba las teorías y las expulsaba, teorías que dejaban huellas transparentes de su paso por la mente, como si sirvieran para ensancharla, prepararla para otros esquemas más complejos. Cuando la comprensión actúa tan rápidamente, no necesita depositarse en forma de conocimiento.

Ya en bachillerato, Arbus dejaba de piedra a los curas y a nosotros cuando salía a la pizarra y reescribía minuciosamente todos los pasos de la demostración de un teorema que acababan de explicar minutos antes. Dibujaba histogramas y proyectaba el movimiento en rotación de figuras sólidas dando la impresión de que las observaba en verdad desde todos los lados —¡ya le hubiera gustado al cubismo!—. En cuanto separaba de la pizarra la tiza que había hecho chirriar con toques nerviosos, sin vacilar un solo instante, se quedaba inmóvil, con los largos brazos colgando a lo largo del cuerpo, las greñas sobre las mejillas, silencioso, mirando al vacío como si esperara nuevas instrucciones antes de realizar un movimiento o pronunciar una palabra. Igual que un robot a la espera de la próxima orden. No era aburrimiento ni impaciencia, en todo caso lo contrario, indiferencia. En efecto, una vez resuelto el problema, ¿qué añadir? Puesto que nosotros no lo habíamos captado cuando el profesor de matemáticas lo había explicado por primera vez, comprendíamos que Arbus lo había reproducido a la perfección por la cara de sorpresa del cura. En realidad, no le hacía mucha gracia que para Arbus fuera tan fácil. Dicha facilidad podía inducir a pensar que el papel del profesor era, en resumidas cuentas, superfluo. Gente como Arbus podía quedarse en casa, tranquilamente tumbada en la cama, echar un vistazo al libro y hacer en media hora un mes de programa. En el fondo, no había diferencia entre ir al colegio o no ir.

Quizá, para expresar plenamente el contraste, sería más justo que hablara de Arbus y contara su historia de genio incomprendido quien era el último de la clase, el irresponsable o el repetidor crónico. Sin embargo, seré yo el que la escriba: inteligente, con talento, pero no tanto, y, sobre todo, sin el carácter necesario para destacar, como esos jóvenes tenistas que tienen un revés estupendo y a quienes los expertos profetizan un futuro de éxito arrollador, por los que pondrían la mano en el fuego, seguros de que se convertirán en fenómenos, pero que con el paso de los años nunca ganan torneos importantes porque les falta algo. Pero ¿qué les falta exactamente? ¿La chispa? ¿El valor? ¿La tenacidad? ¿Los huevos? ¿El instinto criminal? ¿Qué nombre podríamos darle a esa cualidad invisible sin la cual las cualidades visibles sirven de poco? No por casualidad existe la expresión «primero de la clase», mientras que nunca se habla del segundo, del tercero o del quinto, lo que éramos Zipoli, Zarattini, Lorco y yo, es decir, esos chicos que después de despuntes puntuales escalan —consiguiendo algún punto a su favor a partir de ejercicios amañados y pruebas orales en que les preguntan el único tema que han estudiado o el último que se ha dado, ese que todavía tienen fresco, de ahí los inevitables altibajos— o pierden posiciones en el ranking, entrando y saliendo del top ten de los empollones sin lograr jamás, ni siquiera de lejos, poner en peligro al cabeza de serie número uno, Arbus, primero indiscutible en todo tipo de clasificación. Sus notas eran impresionantes y sus resultados nunca se apartaban del sobresaliente. En varias ocasiones, los profesores se vieron obligados a romper el gran tabú de los colegios de antaño, es decir, el diez. La nota que implica la perfección. Sufrían de crisis de conciencia solo de pensar en ponerlo y, en efecto, en la casilla del boletín de calificaciones ni siquiera cabía la cifra de dos dígitos. Pero hasta los más conservadores —esos que decían «Si a ti te pongo un diez, ¿cuánto habría tenido que ponerle a Manzoni?»— se dieron cuenta de que era imposible no darle el máximo a Arbus, ni siquiera recurriendo a las sutilezas y a la comparación planetaria con los antiguos sabios chinos o con Descartes. Nunca fui uno de esos que se pasan la noche estudiando, pero lo mejor de todo es que a Arbus ni se le ocurría; creo que en casa, por su cuenta, no estudiaba nada de nada. Estudiar es aburrido.

Más tarde, mucho tiempo después, descubriría que una de las pocas cosas que Arbus estudiaba en serio y de manera sistemática eran los modos de matar. No sé de dónde le venía esta pasión singular, pues era el chico más apacible e inofensivo que uno podía encontrar, sobre todo en aquellos años que, como veremos a lo largo de esta historia, estuvieron marcados por un gusto especial por la violencia, no solo ejercitada por las categorías sociales que suelen hacerlo, es decir, los ricos —por rango—, los pobres —para sobrevivir— y los criminales —por naturaleza o profesión—, sino casi todo el mundo, de manera facilona, individual y personalizada. Arbus no podía considerarse un chico agresivo o violento, pero ya entonces —aunque lo supe después, hacia el final del bachillerato— cultivaba un meticuloso interés por todo tipo de muerte perpetrada con cualquier arma o procedimiento: en guerras, por supuesto, porque el campo de batalla suministra la mayor cantidad y variedad de modalidades; en rituales y sacrificios; en defensa propia o por venganza; en los ajustes de cuentas entre gánsteres; para deshacerse de un marido aburrido o de una mujer infiel; por pura crueldad o ejecutando escrupulosamente una pena de muerte. En resumen, le llamaban la atención las situaciones en que un hombre, adondequiera que fuera e independientemente del motivo o la finalidad, le quitaba la vida a otro ser humano. Para ser justo, debo añadir que también le interesaba la situación opuesta —está claro que los extremos lo atraían—, es decir, no solo cómo se mata y se muere, sino también cómo se logra sobrevivir.

De chavales, a decir verdad, vivimos sumidos en continuas muertes, casi siempre imaginarias, pero no por eso menos terribles. Cada vez que jugábamos, matábamos cierta cantidad de enemigos y, tarde o temprano, también nos llegaba nuestra hora. Era una exigencia del guion. Creo que la escena que interpreté más veces en mi vida fue la del pistolero que se desploma después de que le disparen. Existía una amplia gama de velocidades y modos de caer: doblando las piernas, tambaleándose, llevándose las manos al pecho o abriendo los brazos; también estaba la caída hacia atrás, seguida de estremecimientos y de un último intento por disparar al enemigo antes de expirar. Cegados por la sangre y el polvo, era difícil apuntar, y a menudo no dábamos en el blanco. Cuando se juega, no se puede huir del destino. La mano caía inerte y los dedos que se habían transformado en cañón y percutor, se relajaban tras un postrero espasmo, para siempre. Hemos vertido ríos de sangre, en los que se mezclaba la nuestra. Era una escuela integral de vida y, pensándolo bien, es bastante extraño que, después de todo, tan pocos hayan convertido la simulación en realidad, cobrándose víctimas de carne y hueso. Me sorprende que, en el fondo, el recurso a la violencia no sea más común cuando en realidad crecimos viendo cómo la exaltaban los libros, las películas y los juegos, y pasamos años disfrutando de su simulación delante de la tele. A los doce años ya había visto morir y asesinado a miles de personas. Había participado en fusilamientos y funerales. Y llevado a cabo matanzas. Hoy día se alcanzan las mismas cifras en pocas sesiones de cualquier videojuego, y mandas «al infierno» en un santiamén a todos los hijos de puta agazapados entre los matorrales. Los borras de la pantalla. El enemigo se ha centuplicado y los medios para destruirlo se han perfeccionado.

No sé si el Arbus adulto juega o ha jugado alguna vez a estos videojuegos de diseño hiperrealista que conjugan el máximo de la verosimilitud con el apogeo de lo absurdo. Creo que le gustaría esa mezcla tan abstracta y potente, y al mismo tiempo tan fría, servida por un ordenador. Siempre pensé que la vida de Arbus estaba restringida a la mente, y que por eso se expandía más allá de cualquier límite. Las cosas se materializaban en los circuitos secretos de su cerebro. Todas las cosas. Si por aquel entonces ya lo hubieran descubierto, el mundo habitado por mi amigo habría podido definirse como un mundo virtual. Protegidas por el caparazón de su inteligencia, sucedían muchas más cosas que en la rutina de un chico superdotado, es decir, en una jornada en que solo había sitio para el colegio, las lecciones de piano y la gimnasia postural, que debía practicar a diario con la ayuda de aparatos dotados de correas y muelles de acero que parecían máquinas de tortura para evitar que se le torciera aún más la columna, que le había crecido demasiado deprisa. Una vez más, fenómenos del desarrollo y daños colaterales. Algo ingobernable y, en el fondo, poco emocionante que se expresa, como mucho, con una señal en la pared colocada unos doce centímetros más arriba que el año anterior. Menuda satisfacción. Pero en la mente de Arbus cabía cualquier tema o aventura y, en principio, no se excluía nada por difícil, extraño, peligroso o imperfecto que pareciera. La mente de Arbus era desenfrenada, no se detenía ante nada, no reconocía los límites, que superaba sin darse cuenta. Podía tomar en consideración cualquier hipótesis, hasta las más terribles.

Recuerdo que una vez estudiamos en clase la teoría de un escritor que había propuesto, como una especie de broma macabra formulada con un lenguaje solemne —en realidad no estaba muy claro si hablaba en serio—, comer niños para acabar con el hambre en el mundo. Es sabido que la mayor parte de lo que se enseña en el colegio, a partir de las materias humanísticas, puede parecer a primera vista insensato o exagerado, como puesto allí para provocar reacciones. «Esta gente está loca» es la primera frase que se le ocurre a uno cada vez que estudia una doctrina filosófica, literaria o histórica: el emperador que hizo flagelar el mar, la glándula pineal, la teoría que afirma que un gato puede estar vivo y muerto al mismo tiempo, un viaje a la Luna en busca de la ampolla que contiene el elixir de la locura de los hombres, un coro de momias que canta a medianoche, las mónadas «sin puertas ni ventanas», y el gran teórico político que sugiere que invites a cenar a tus enemigos para estrangularlos... Personajes muy respetados que se ahorcan uno tras otro, que devoran a sus hijos, que se follan a su madre, que se envenenan con la convicción de que resucitarán, hablar por hablar, los últimos serán los primeros, estar vivo o muerto es lo mismo, etcétera.

Cuando el profesor explicó que el autor de esta propuesta era el mismo que había escrito Los viajes de Gulliver, comprendimos que se trataba de alguien acostumbrado a contar patrañas, y nos tranquilizamos con una dosis del típico escepticismo con que todo estudiante se enfrenta por enésima vez a una doctrina estrambótica. El único que la encontró razonable, aunque difícil de ejecutar, fue, por supuesto, Arbus, que al final reconoció que era absurdamente irrealizable por cuestiones de carácter higiénico.

Éramos soñadores sin mucha fantasía. Nuestra principal inspiración procedía de la televisión y de los chistes guarros, que, tengo que admitirlo, casi nunca entendía del todo. Me reía fingiendo haberlos comprendido, pero lo único que pillaba era que había llegado el momento de reír. Así como existe el desnudo integral, existe el sentido integral. Digamos que intuía tal sentido, que trataba de adivinarlo. Mis esfuerzos solitarios de interpretación de lo desconocido me han conducido a descubrimientos originales y a malentendidos colosales, algunos de los cuales no han sido refutados y siguen vigentes. El autodidactismo erótico va al mismo paso que el científico. A los doce años, por ejemplo, avergonzándome de mi ignorancia, pero aún más de pedir explicaciones, no conocía el significado de la palabra «preservativo», y durante todo un verano y el otoño siguiente viví convencido de que era una especie de lubrificante que se guardaba en ampollas de cristal ahumado, como las gotas para la nariz. Me costaba adivinar el uso preciso. Ni siquiera sé cómo llegué a esa conclusión. Algunos compañeros estaban más adelantados que yo en la materia, pero más atrasados en otras. El avance de los adolescentes es discontinuo, podría incluso afirmarse que la edad comprendida entre los doce y los quince no existe literalmente con sus requisitos estándar, pues en ella conviven actitudes, hechos y, sobre todo, cuerpos, cuerpos físicos, de todas las tallas y los aspectos, de todos los sexos posibles, más otros improbables que solo existen durante la adolescencia y después desaparecen, componentes que no tienen nada que ver entre sí, opuestos, pura contradicción. De hecho, esos años se viven con un espíritu bárbaro, ensamblando las corazas con las piezas de los juegos de la infancia y con los jirones de un futuro que siempre se imagina más inverosímil de lo que luego es.

Todos los juegos prevén premios, pero, sobre todo, penalizaciones. Por lo general, hay un único premio y lo gana una sola persona, la que llega hasta el final, mientras que las penalizaciones son muchas y tocan a casi todos. Cada época de la vida tiene las suyas: se nos priva de lo que más queremos y nos sucede lo que más tememos o lo que más nos avergüenza, para escarnio de los demás. Se «paga prenda», se hace penitencia. Pueden herirte en el orgullo robándote el dinero de la merienda en tu misma cara u obligándote a estudiar oboe; y cuando empiezan los juegos sexuales, obviamente comienzan las penalizaciones sexuales. La más terrible de todas es la exclusión. El rechazo, aunque sea amigable. Sí, sí, más que la inclusión forzada. Quizá por eso procuraba ponerme al día con las vulgaridades, con la pornografía verbal antes que visual, a costa de inventarme explicaciones para todo. Las fases y las técnicas. La sexualidad sellada por el celofán de los suplementos de las revistas a fin de que los chavales no las hojearan en los quioscos. ¡Qué ignorantes y tercermundistas éramos! El mundo entero conjuraba para mantenernos en ese estado de ignorancia, y los curas, nuestros arcaicos maestros, eran, en definitiva, los únicos que hacían algo para ayudarnos a salir del limbo. Por las buenas o por las malas.

«¡A ver! ¿Quién os ha dado el preservativo?»

Dijo justo eso, «el preservativo», en singular. Creí que se trataba de una medicina o, a saber por qué, de algo líquido, valioso o peligroso, contenido en un frasco con un cuentagotas, como un veneno, como el opio. Cuando más tarde me enteré, sin entrar en mayores detalles, de que se trataba de un invento para no dejar embarazada a una chica, seguí persistiendo, sin ningún motivo, en la creencia de que era algo líquido, y llegué a la conclusión de que se usaba aplicando algunas gotas en la polla...

Si tuviera que contar la historia de Arbus desde el principio, no sabría por dónde empezar porque, como ya he explicado, pasó inadvertido en clase durante mucho tiempo, como una piedra en el desierto. Inmóvil y amarillento, apenas respiraba. Bueno, más que una piedra, un reptil. Su manera extraordinaria de mimetizarse funcionó casi todo el bachillerato, que cursó en el anonimato. Después, poco a poco, fue haciéndose popular —en realidad, relativamente popular, pues Arbus nunca fue apreciado por nadie sino más bien objeto de curiosidad enfermiza, de habladurías, alguien a quien se observaba como un fenómeno; en cierto sentido, era venerado, y, por tanto, se lo mantenía a distancia—. Como decía, cuando se hizo famoso por sus monstruosas facultades intelectuales, empezaron a circular leyendas y chistes hiperbólicos a su costa: «Arbus no tiene ni principio ni fin», «Él es el Verbo»; y con las primeras lecciones de filosofía, le achacaron teorías del manual que, gracias a su aplicación práctica, resultaron por fin comprensibles. La del «motor inmóvil» de Aristóteles, por ejemplo, le iba que ni pintada, pues daba la idea de una potencia imperturbable. Los profesores no solían perder tiempo sacándolo a la pizarra, pues eran conscientes de que lo sabía todo. Las pocas veces en que lo llamaban, alguien desde el fondo soltaba con tono solemne: «Ipse dixit». Más tarde le endosarían motes con los conceptos más abstrusos, normalmente expresados en griego o idiomas extranjeros, por lo que, según los programas, sería denominado Ápeiron, Mantisa, Gnomon, La Momia y Sinapsis.

El sentido del humor de los colegiales no es —o no era— muy inspirado. Me refiero a que como la fantasía escasea, se recurre casi exclusivamente a lo que se tiene delante de las narices, es decir, a los libros de texto y a la vida en clase. Reduce el universo a las dimensiones de una chuleta, lo miniaturiza, poseído por ese delirio perfeccionista y caricaturesco que lleva a algunos a copiar con caligrafía de pocas micras capítulos enteros en un trocito de papel y enrollarlo en el tubo del bic. Era una técnica de película de espionaje, tan de amanuense que habría sido más fácil estudiar. El resultado eran estribillos, cancioncillas simplonas. «Señores, aquí se Sófocles, hay Pericles de enfermar —las cantilenas siempre tenían ese sabor antiguo, clásico—, ahora te lo Demóstenes.» Más o menos lo mismo que habrían recitado nuestros padres entre risotadas de cuartel: «Esta es Lavinia, tu esposa futura / tócala por debajo y mira qué dura».

En la época de Arbus y mía, el colegio era, en muchos sentidos, el mismo que en la posguerra —¿cuánto ha durado esta dichosa posguerra y, sobre todo, cuándo ha dejado de acabar?— y seguirá cambiando ante nuestros ojos, o, mejor dicho, bajo nuestros pies. Quiero decir que entramos de niños en una escuela que parecía eterna, eternamente igual a sí misma, y cuando salimos todo había cambiado: el mundo, el colegio y, obviamente, nosotros y los curas que lo dirigían. Ya no eran los meapilas de rostro enjuto y ojos enfebrecidos como los de los santos españoles; quizá fueran ellos los que más cambiaron. Lo único que permaneció igual fue la sotana.

Nuestro colegio, el instituto SLM, era privado —se pagaban mensualidades— y de orientación religiosa. Casi todos los profesores eran curas, especialmente en primaria. En bachillerato elemental y superior, los profesores laicos fueron proliferando hasta ser, en las últimas clases, la mayoría. De ello podría deducirse que los curas solo estaban preparados para enseñar los niveles más básicos o genéricos de las disciplinas —leer, escribir y contar— o que se reservaban los primeros años de formación de los alumnos, los más decisivos desde todos los puntos de vista, incluido el religioso, porque eso era lo que importaba tanto para ellos como para nuestras familias —no todas, como veremos más adelante—. Probablemente, ambas cosas sean verdad. El instituto estaba y sigue estando en la Via Nomentana, a la altura de la basílica de Santa Costanza, es decir, en el extremo oriental del barrio de Trieste, caracterizado precisamente por la presencia de la Via Nomentana, un largo eje arbolado cargado de tráfico y romanticismo que desemboca en la Porta Pia, por donde entraron en Roma los bersaglieri. Los hechos más significativos de este libro se desarrollarán en el cuadrilátero formado por la Via Nomentana, la Tangenziale Est, la Via Salaria y el Viale Regina Margherita. En la actualidad, el colegio, tal vez debido a problemas económicos o por falta de inscripciones, que viene a ser lo mismo, ha sido dividido y reducido. Los edificios que dan a la Nomentana, donde antes estaban las clases de bachillerato, ahora son de una universidad que no había oído nombrar nunca antes de leer el letrero que hay al lado de la verja, a pocos metros de la entrada de la piscina donde voy a nadar un par de veces a la semana. En la época en que se desarrolla esta historia, el SLM podía considerarse un colegio muy moderno.

2

Hay quien sostiene que el culto a la Virgen María es un resto arcaico de las poderosas y extendidas religiones matriarcales que precedieron a las divinidades masculinas y con las que compitieron por el dominio; otros ven en este culto una simbólica y efectiva reducción del papel de la mujer al de madre —madre amorosa, madre dolorosa—; y hay quien lo interpreta como un único y valioso reconocimiento, en el seno de un monoteísmo rígidamente fundado en figuras masculinas —el padre, el hijo, el profeta, el patriarca—, de la feminidad, cuya finalidad es hacer el mundo más humano y habitable —algo así como admitir que, gracias a Dios, entre esos barbudos charlatanes existe una mujer, una mujer que rehabilitará su sexo, desacreditado por las desafortunadas iniciativas de la fundadora de la estirpe—. La orden religiosa de los hermanos del SLM estaba dedicada a la Virgen por todas esas razones, sin olvidar otra muy obvia: no hay nadie más adecuado para vigilar la formación de niños y muchachos que una Madre, una Madre bella, entregada, paciente e indulgente, pero también —como en el cuadro de Max Ernst, La Virgen castigando al Niño Jesús— capaz de corregir con dulzura cuando es necesario. Es muy difícil imaginar —a pesar de que las corrientes pedagógicas que iban afianzándose en aquellos años hasta convertirse en una especie de indiscutible sentido común sostengan lo contrario— una educación que no prevea el castigo. Porque el castigo, con independencia de su justicia retributiva o su efecto disuasorio, que es lícito poner en duda, sirve para alentar en quien lo sufre, con o sin razón, una rabia que resulta muy útil a efectos educativos. El castigo sirve más para tantear y aumentar la capacidad de resistencia de un individuo que para vencerla. Solo quienes sucumben al recibirlo lo transforman efectivamente en una humillación baldía que más tarde convertirán en victimismo. Para todos los demás, los castigos son pruebas que superar, como los trabajos de Hércules, recurriendo a recursos que ni siquiera imaginamos poseer. La fuerza, la inteligencia e incluso la dignidad, que empiezan a fluir por las venas resistiendo, reaccionando al castigo, permanecerían en estado latente e ignoraríamos su existencia sin aquel. No se tiene bastante en cuenta que la moral —en su acepción de estado de ánimo— precede a la moral entendida como conjunto de principios, pero después se identifica con ella plenamente, y que entre los elementos que forman parte de ambas está el resentimiento causado por la actuación represiva de la autoridad. Es una sencilla reacción química del alma. Ni revolucionarios ni patriotas, ni científicos ni normalísimos empleados de banco, y ni siquiera enfermeras o abogadas o dermatólogas se curtirían si nadie, como en el juego de la oca, les obstaculizara el paso de vez en cuando, reenviándolos a la salida y obligándolos a pagar prenda —casi siempre por motivos ridículos o ante la mínima falta—. Una iniciación siempre es dolorosa, al menos en parte.

Los curas del instituto SLM conocían muy bien las virtudes de la Virgen María y cómo explotarlas en el ámbito de la enseñanza, fundamento de su vocación. Igual que existen órdenes mendicantes y otras contemplativas, existían los hermanos del SLM, cuya misión era enseñar. Es cierto que resulta un poco raro que una comunidad formada exclusivamente por hombres aplicara los principios de su protectora y que los destinatarios de las amorosas atenciones fueran exclusivamente varones —profesores y alumnos del SLM, individuos de sexo masculino con una única gran Madre y Reina, como en una especie de colmena—. La finalidad de los curas, tenaces jardineros de un huerto de tomates y calabacines, era educar a los chicos y hacerlos madurar como buenos cristianos. El primer objetivo no era tan fácil de alcanzar; el segundo, que quizá en la época de la fundación de la orden (1816) se daba por sentado, con el tiempo había ido haciéndose más impreciso, hasta llegar al período en que se desarrolla esta historia, cuando la expresión «buen cristiano» se había convertido en algo indescifrable y cada uno la interpretaba a su manera, añadiéndole matices psicológicos o políticos —el Papa se refería a una cosa, los fieles a otra, e incluso los pecadores podían, con razón, proclamarse buenos cristianos, quizá hasta los mejores, puesto que eran materia prima, el extremo recurso evangélico, la última quinta de hijos pródigos y marías magdalenas en potencia; en definitiva, un auténtico vivero que cultivar para redimir, y, de hecho, los alumnos del SLM, pequeños aprendices de pecadores, se parecían a estos modelos.

Según la tradición oriental, María no murió, sino que se durmió profundamente y abandonó en ese estado la vida terrenal.

No sé, todavía no sé qué pienso de los curas. Ni lo que siento hacia ellos. Es una lucha profunda. Hay cosas suyas, en verdad muchas, que reconozco en mí mismo, empezando por el calzado: esos zapatos sobrios con cordones, un poco alargados, que me compro desde siempre y siempre son iguales, y que provocan el comentario: «Has vuelto a comprarte los mismos zapatos de cura». O las sandalias, sí, esas cuya versión ramplona y osada, ahora que se han puesto de moda, se vende en las tiendas normales. Yo se las compraba a un artesano cerca del Ghetto que las fabricaba para los frailes, con las tiras penitenciales de cuero negro crucificando el pie, lívido como el mártir de un cuadro manierista; el pie de mayo que, pálido y delgado, abandona los calcetines invernales y se exhibe con valor.

Hace muchos años, una chica hizo que me avergonzara cuando afirmó que se me «leía en la cara» que había ido a un colegio de curas. Por mucho que intenté fingir que me lo tomaba en broma —restregándome el rostro para borrar la huella de las tres letras escarlatas «S», «L» y «M»—, me hirió de muerte. Me tocó en lo más hondo. Así que durante unos años, como un aprendiz de Pedro, oculté que había estudiado en el SLM, un colegio de curas, igual que se oculta un defecto físico. Eludía el tema o incluso mentía. Si tenía la suerte de que me preguntaran: «¿Dónde hiciste el examen de reválida?», soltaba: «¡En el Giulio Cesare!», el instituto público del Corso Trieste, sin precisar que había pasado los doce años anteriores en un colegio católico.

Comprendí entonces lo que significa avergonzarse de la propia identidad hasta odiarla. Sentir vergüenza hasta el punto de justificar a quien te desprecia sin motivo. Los acusadores no esperan más que tener buenas razones para acusar a sus víctimas.

Más tarde aprendí que la única manera de no avergonzarse, no es aceptarse a uno mismo —¡eso es imposible!—, sino alardear de lo que antes se intentaba ocultar. Un desafío abierto. Como en las manifestaciones del Gay Pride, para entendernos.

A partir de ese momento, haber estudiado en un colegio de curas se convirtió en el as que guardaba en la manga. Yo mismo me acusaba de mi educación antes de que lo hicieran otros.

Hay otras prendas del vestuario de los curas que, más o menos conscientemente, he imitado, asumido y usado largo tiempo. Por ejemplo, el abrigo negro de corte recto. El rechazo del color, la desconfianza de la variedad; incluso una vaga aspiración igualitaria, esa hermandad forzada del uniforme que libra de la angustiosa necesidad de compararse con uno mismo, con los demás y, en consecuencia, de elegir, juzgar y sufrir el juicio del prójimo. Por supuesto, esta aspiración tiene carácter defensivo, sirve para protegerse. Confieso que sufro de afán de comparación, pero no con las cosas serias, sino más bien con las tonterías, las trivialidades. Soy un hombre que se hunde en un abismo insondable a causa de los detalles, que es capaz de sufrir por un dobladillo demasiado largo o demasiado corto, al igual que disfruta con un sujetador que aumenta una talla el volumen de su contenido. La única manera de acabar con tal turbación incesante no consiste en multiplicar las diferencias hasta el infinito, al punto en que la comparación entre los individuos, únicos en su singularidad, resulte imposible, como sostienen los libertarios, sino más bien en abolirlas. Y sanseacabó. Una cosa menos. Para empezar, vistámonos todos del mismo modo. Un mundo sin juicios y sin control —pues el control ya ha sido ejercido de una vez por todas— convierte el hecho de vestirse por las mañanas en algo automático. Ningún chico o chica sufriría porque la marca de su camiseta no es la que debería o se sentiría superior porque sí lo es. Todos de uniforme, y punto. ¿No sería bonito? Un chándal, un caftán, una túnica, a lo sumo un aderezo de plumas en un sombrero. Para saber a quién tenemos delante, si se trata de un soldado, un sacerdote, un bombero, un obrero, un millonario o un preso. Hoy en día, por la ropa, solo se reconoce a las gitanas y a los carabinieri...

Que quede claro, lo mío no es añoranza, no echo de menos nada de nada porque en mi época los uniformes ya habían desaparecido y todos, sin excepción, se habían transformado en un único uniforme obligatorio: camiseta y vaqueros, la nueva camisa de fuerza de lo «informal» —los uniformes, pues, ya no eran una señal de ciega uniformidad, al contrario, marcaban orgullosamente la diferencia...—, y cuando hice la mili acababan de aprobar la reforma y podíamos vestir como queríamos durante los permisos. Si pocos meses antes miles de jóvenes marineros y aviadores —embutidos en sus uniformes, pero compartiendo dignamente la mediocridad, hermanados por una ridícula obligación— invadían Taranto por las noches, cuando llegó mi turno —compañía 9/97— no éramos más que una avalancha de brutos de todas partes de Italia, más tristemente iguales y todavía más anónimos que si hubiéramos ido uniformados.

La sotana de los curas me inspira respeto, y por respeto me refiero a reconocimiento de la diversidad. No deseo colmar esa distancia; al contrario: quiero mantenerla. La diversidad es a la vez un factor de atracción y de repulsión. Hoy en día se soporta poco. Suele decirse que en una muchedumbre anónima nadie se fija en nadie, pero no es verdad. Un cura, por ejemplo —pero aún más una monja—, destaca; su manera de vestir no pasa inadvertida porque indica una elección determinada y privativa que incomoda a los demás. Cuando ves una sotana te dan ganas de preguntarle al cura por qué tiene que exhibir el hecho de que dedique su vida a Dios; de decirle que presumir de ser bueno y santo, o mejor dicho, de pretenderlo, es ofensivo para los demás. ¿Acaso quiere echarme un sermón? Pues bien, que sepa que es peor que yo o, a lo sumo, como yo; así que ¿por qué quiere hacerse pasar por una persona especial?

En un mundo como el occidental, completamente dominado y orientado al sexo, donde este asoma entre líneas en cada conversación y en cada imagen, en las llamadas telefónicas particulares y en los carteles públicos, en la forma de vestir, en la política, en la gimnasia, en el deporte, en los programas televisivos, en el sentido del humor, en todo, la llamativa presencia de hombres que no follan es inexplicable. O follan a escondidas, y entonces son unos hipócritas, o no lo hacen, y entonces están locos. La gente suele creer lo primero, y, en efecto, desde que tengo uso de razón he oído afirmar con insistencia que son unos malditos hipócritas. Pero, en este caso, al menos quedaría demostrado que, a la chita callando, son iguales que los demás hombres; su diversidad no sería más que una farsa, un truco.

Es más bien la idea de la castidad real de un individuo lo que resulta intolerable. Soy el primero en considerarla una mutilación. Así pues, ¿qué autoridad moral debería reconocerle? ¿Por qué razón habría que permitir que me guiara, ayudara, instruyera o simplemente aconsejara un hombre que se automutila horriblemente? Alguien que ha renunciado a la única cosa por la cual, en el fondo, esta vida de mierda vale la pena: el amor. No hay que darle tantas vueltas: el amor físico, sí, el amor carnal, que incluye el amor celestial. No me apetece escuchar los refinados razonamientos teológicos que intentan demostrar que renunciar al amor también es amor, o mejor dicho, es más amor todavía, como afirma una encíclica papal. Uno no renuncia a tener mujer e hijos para luego decir que eso no es una renuncia. «Esto no es una renuncia, ceci n’est pas une pipe»: hay veces en que el catolicismo parece a la vez el precursor y el epígono del surrealismo. Toma una cosa cualquiera y acto seguido afirma justo lo contrario de lo que esta es con toda evidencia. Vas a un entierro y estás triste porque ha muerto alguien al que querías; sobre este hecho, al menos, parece que no cabe duda. Solo deseas llorar en paz. Sin embargo, desde el púlpito, un cura te asegura siempre —y digo siempre ¡como si fuera una maldición!— que tu amigo o tu estimado familiar, ese por quien lloras, no ha muerto. No, no ha muerto. Enzo no ha muerto. Silvana no ha muerto. Cesare no ha muerto. Rocco sigue vivo. Pero ¿no había muerto? ¿Y entonces qué hacemos aquí? No, no ha muerto, vive, no tenéis motivo para estar tristes, debéis alegraros con él..., por él..., de él..., gozar con él... Cierto, ahora está en el paraíso y allí se está mejor que aquí, a eso llego sin que me lo expliquen —no soy tan burro—; no obstante siento que esa filosofía intenta quedarse conmigo. Me provoca una rabia sin límites y me hace salir de la iglesia. Hace años que no logro quedarme en un funeral hasta el final, prefiero esperar fuera la salida del ataúd cargado a hombros de un par de amigos y parientes congestionados, de los empleados de las pompas fúnebres con la americana deformada por los músculos. Es demasiado sublime y simple al mismo tiempo. Basta con darle la vuelta a la evidencia y, ta

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