Loading...

LA ESPADA Y LA SEMILLA

Jordi Nogués  

0


Fragmento

Prólogo
El asedio

 

Medina Larida, 24 de octubre de 1149

Parecía que el cielo jamás volvería a ser azul. Y que las nubes nunca recuperarían la tonalidad blanca, fruto de su pureza celestial. Los humos de guerra contra los sarracenos cada vez eran más oscuros. Y las victorias, más difíciles de disfrutar.

El caballero Gilabert observaba el atardecer mirando hacia poniente. El sol yacía agotado más allá del horizonte tras una jornada en la cual había muerto mucha gente. El humo de la ciudad sitiada parecía buscar el escondite de aquel astro que no quería saber nada de guerras ni matanzas. Más allá del horizonte, tal vez continuaría la batalla.

La espada del caballero aún estaba manchada de sangre fresca.

El día había sido duro y difícil.

Esa tarde, como consecuencia del bombardeo con las catapultas, había cedido un tramo de la muralla exterior de la ciudad y Gilabert y sus guerreros normandos habían penetrado en el recinto con un centenar de soldados templarios.

Conocía a casi todos los que le seguían; sabía que si se lo pidiera, eran capaces de acompañarlo hasta las mismísimas puertas del infierno. Y, siempre flanqueándolo, Haakon y Jorgen; los luchadores más leales, casi hermanos suyos.

Haakon era un guerrero formidable. El típico hombre del norte: de cabello y barba rubios, alto y delgado; luchaba con una pesada espada de corte doble. Tenía veintinueve años pero no había perdido el ardor de la juventud y poseía la sabiduría de un hombre mayor. Era un tipo de pocas palabras, y bastante introvertido.

Jorgen, por el contrario, era un poco más bajo que Haakon y destacaba por su habilidad con el arco, casi tan alto como él mismo. Más delgado que su compañero, con el pelo oscuro e imberbe. Nunca callaba. Tenía veinticuatro años.

Al traspasar la muralla se vieron rodeados. Los templarios se dispersaron por las callejuelas sin tener claro a dónde iban, y el ruido de la lucha, en aquella dirección, cada vez era más débil. Gilabert había tenido la sensación de que estaban solos. Mientras corría hacia delante miró en derredor: los habitantes de la ciudad querían verlos muertos.

Desde la muralla comenzaron a llover flechas, dardos y piedras. La mayoría de los suyos murieron o fueron heridos. Al mismo tiempo, un fuerte contingente de hombres armados —paisanos y soldados regulares— los atacó por los cuatro costados.

Habían llegado hasta un espacio abierto entre las callejuelas estrechas, una especie de plaza, y los defensores no dejaban de emerger de entre aquellos pasajes estrangulados por las casas. El sol de media tarde parecía mirarlos con lástima: menguaba de intensidad tal vez para no iluminar cómo moría la gente.

Aquello fue una masacre. Desde todos los puntos de vista.

Gilabert no tenía rival. Él era un hombre de guerra experimentado y su cota de malla le protegía de los golpes ligeros. Además, los habitantes de la ciudad estaban llenos de coraje y luchaban para defender aquello que era suyo, pero les faltaba la práctica en el combate y en aquellas artes que tanto llenaban de orgullo a los nobles. Casi todos carecían de protección, vestían aquellas túnicas tan típicas de la gente sencilla, de un color tostado. Incluso algunos les atacaban con bastones.

Él derribaba enemigos como el campesino que siega el trigo en junio, dejando un rastro de muerte y desesperación, ya que la mayoría de las ocasiones amputaba brazos y piernas, o causaba heridas que sin ser mortales sí revestían la suficiente gravedad para dejar al oponente lisiado de por vida.

Con la ayuda de Haakon y Jorgen, eran una muralla impenetrable.

—¡No hay ningún honor en esto! —Jorgen combatía con espadas cortas mientras su arco aguardaba colgado a su espalda.

La matanza no entraba en los ideales de los hombres de armas, pero era necesaria para sobrevivir.

En cambio, en la retaguardia, donde los defensores de la ciudad eran soldados armados y estaban bien equipados, los hombres del caballero Gilabert eran vencidos de uno en uno, y no había clemencia con los caídos.

Los gritos de desesperación eran los habituales, con los años casi se había acostumbrado a oírlos sin estremecerse. Pero cuando los gritos procedían de las gargantas de los suyos, nada impedía que el corazón se le encogiera y que el coraje acabase siendo vencido.

—¡Retirada!

A su grito le faltó contundencia y algunos no lo escucharon. Murieron allí mismo, masacrados por aquellos hombres que lo único que deseaban era seguir con su manera de vivir. Protegían sobre todo a sus mujeres e hijos, escondidos y atemorizados por partida doble: temían por su propia vida y por la vida de los cabezas de familia que los defendían.

Gilabert no quería dejar a nadie atrás y se quedó cubriendo a los que salían del recinto amurallado. Fue entonces cuando ocurrió la desgracia.

Desde lo alto de la muralla arrojaban piedras y todo aquello que tenían a mano contra los atacantes. Una de las piedras impactó, de rebote, en la espalda de Gilabert y lo tiró al suelo. Estaban a punto de darle el golpe de gracia cuando los brazos y las armas de Haakon y Jorgen le salvaron de una muerte segura.

Una vez fuera de las murallas se dio cuenta de que la acción había sido inútil. Esa misma noche arreglarían el lienzo derribado y por la mañana todo continuaría igual. Bueno, igual no, muchos hombres ya no volverían a ver la luz del sol.

Ahora, ya cerca de la noche, en aquel punto elevado miró su espada manchada de sangre y lo invadió un fuerte resentimiento. Ambos bandos necesitaban descansar para curar las heridas y estar a punto para continuar la batalla el día siguiente. Su espalda había recibido un fuerte golpe, pero acabaría siendo una herida más de aquella vida en permanente conflicto.

Gilabert se giró y su mirada buscó el río Segre. El agua mostraba un tono gris a medio camino de los verdes otorgados por la vegetación de ribera y los azules oscuros arrancados de aquel cielo tan limpio de nubes. Más allá del quehacer de los hombres, el río tenía su propia vida. Alterado solo por las fuertes lluvias, el deshielo de la primavera o las sequías, continuaba su camino hacia el sur.

Después Gilabert miró en dirección a la ciudad sitiada. Desde su posición, un imponente montículo que los lugareños llamaban colina de Gardeny, podía verla con claridad. Medina Larida estaba situada en otro montículo aún más imponente. Dos cuerpos amurallados la rodeaban, a modo de cinturones. El exterior envolvía toda la ciudad. El segundo, más pequeño, protegía una ciudadela de dimensiones medianas; era lo que los sarracenos llamaban al-qasar. En el perímetro externo había media docena de incendios que los habitantes intentaban apagar como podían; desde la distancia, y con la poca luz de un maduro atardecer, parecían hormigas horas antes de una gran tempestad.

Más allá, a medio camino entre ambos montículos, las máquinas de guerra cristianas —una decena de catapultas— estaban siendo empujadas hacia el interior del campamento, escoltadas por una buena parte de la caballería cristiana. Dentro del campamento se vislumbraba la presencia de seis torres de asedio cuya construcción se encontraba muy avanzada.

Gilabert soltó un suspiro. Se sentía cansado de tantas luchas. Para un caballero, la guerra contra el infiel era la mejor manera de servir a Dios. Pero el coste era excesivo.

«Debe de ser cosa de la edad», pensó Gilabert. A los cuarenta años, ya era todo un veterano. Y en su rostro se reflejaban los años vividos en permanente conflicto. Había dedicado su vida a la guerra casi desde el momento en que fue nombrado escudero, a los doce años. Tres arrugas en la frente, largas, profundas e intensas, grabadas con el fuego de la experiencia. La piel reseca, envejecida antes de tiempo por aquel sol abrasador de las tierras del sur, lejos de las tierras de los francos. En sus cabellos negros y espesos ahora brillaban mechones blancos como si fueran estrellas en medio de la noche, sobre todo en las sienes y las cejas. Una mirada inteligente, con la tristeza propia de las arrugas alrededor de unos ojos grandes y oscuros.

Sí, todo un veterano.

—El conde dice que vayáis, caballero Gilabert —dijo una voz adolescente.

Él se giró. Un muchacho esperaba la respuesta. Gilabert afirmó en silencio.

El conde era Ramón Berenguer, el cuarto de su nombre, de la dinastía de los condes de Barcelona.

Las huestes del conde no eran tan numerosas como las que conquistaron Turtuixa, también en manos sarracenas, solo unos meses atrás. Entonces, los genoveses, los narboneses y los hospitalarios engrosaban un ejército que se había hecho muy poderoso gracias al espíritu de cruzada que imperaba en el mundo cristiano.

Naturalmente, el recuerdo de la cruzada se mantenía vivo, pero ahora el ejército era menor. También la plaza a conquistar ofrecía menos dificultades. La defensa de la ciudad no era tan poderosa y la conquista de Turtuixa, al sur de Medina Larida, había cortado las posibles ayudas y estrangulaba hasta la muerte la resistencia de la ciudad a la vera del río Segre.

En esta ocasión el conde de Barcelona contaba con la ayuda del conde Ermengol de Urgel, un numeroso contingente de la Orden del Temple y algunos caballeros menores de procedencia diversa. La Iglesia ofrecía ayuda económica y espiritual, pero no en forma de soldadesca.

Gilabert había dispuesto, dos años antes, de más de doscientos hombres de armas. Ingleses y normandos habían unido sus armas a las suyas a cambio de establecerse en la ciudad conquistada. Y así fue: Turtuixa se había convertido en el hogar de aquellos hombres del norte.

Aquí, en poniente, solo una decena de normandos lo habían seguido; los más cercanos a él, que también era normando. Eso sí, Gilabert disponía de otra arma tan efectiva como la espada: era muy rico y fiaba, sin casi pedir garantías, al conde de Barcelona. Con ese dinero se podían pagar mercenarios, y comprar más armas y víveres para mantener el asedio durante más tiempo.

En el montículo de Gardeny había un pequeño castillo construido unos veinte años atrás cuando el rey de Aragón, Alfonso, se enfrentó al padre del actual conde de Barcelona, también Ramón Berenguer —el tercero de su nombre—, y al valí de Medina Larida, Abu-Hilal, aliados entonces. El castillo lo era más de nombre que de hecho: apenas mantenía un muro que recorría un espacio rectangular y protegía un pequeño edificio cuadrado de dos plantas situado en su justo centro.

Ahora, alrededor de aquel rectángulo se había levantado una pequeña multitud de tiendas —donde dormían los nobles, los señores y los cabecillas de las tropas atacantes—, con defensas de madera para evitar un contraataque de los sitiados.

Con paso firme y decidido, Gilabert entró en el pequeño edificio; era allí donde Ramón Berenguer de Barcelona y Ermengol de Urgel planeaban la estrategia a seguir con sus hombres de armas. Nadie le dio el alto pues todo el mundo lo conocía.

Velas y candiles iluminaban aquel atardecer ya moribundo: la noche dominaba el montículo de Gardeny de forma contundente y decidida. Un vigoroso hogar, situado en un rincón de la estancia, llenaba los silencios con continuos estallidos que procedían de las quejas de una leña demasiado tierna para ser quemada, pues estaba verde y muy húmeda debido a las lluvias de los días anteriores.

De las paredes pendían estandartes que representaban distintas dinastías familiares y señoríos. Y, encima de todos ellos, colgaba una enorme cruz de madera, símbolo de la lucha contra los infieles.

—¡Pasad, Gilabert! —La voz gruesa de Ramón Berenguer resonó por toda la estancia.

Toda la planta baja del edificio era una única sala, y allí, con una mesa provisional en el centro, estaban reunidos, todos de pie, nobles, señores, obispos y caballeros; una treintena de hombres.

Quizá el más notable de ellos era el conde de Urgel, Ermengol, un hombre casi anciano que destilaba nobleza por los cuatro costados. Lucía una barba blanca bien cuidada que acentuaba aún más su ascendencia aristocrática. Y sus ojos pequeños, de un azul muy intenso, le daban un aire de grandeza.

También estaban allí fray Pedro de Rovira, primer maestro de la Orden del Temple en la Provenza e Hispania, y un par de miembros de la orden de los monjes soldados, fray Hug de Bezaniç y Arnau de Forcià.

El arzobispo de Tarragona, monseñor Bernardo Tort, era la cabeza del cuerpo eclesiástico. Le acompañaba el obispo de Barcelona, Guillermo de Torroja, un hombre muy cercano al conde Ramón Berenguer y que casi nunca contradecía, en público, las palabras de quien encabezaba las actuales huestes cristianas contra los sarracenos.

Y después un grupo de señores de menor prominencia, pero de gran importancia por la suma de espadas y lanzas que ofrecían al conde de Barcelona.

En silencio, Gilabert se situó junto a Ermengol, el conde de Urgel. Con un fugaz gesto de la cabeza, se saludaron.

El recién llegado conocía bien a todos los presentes. De hecho, era un encuentro que se repetía casi a diario a la misma hora, al acabarse el día, con el objeto de organizar la estrategia para el día siguiente.

El ejército que comandaba el conde de Barcelona no era precisamente un prodigio de uniformidad. Como era habitual, los objetivos comunes habían con

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta