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LA ESTACIóN DE LAS FLORES EN LLAMAS (TRILOGíA DEL FUEGO 1)

Sarah Lark

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Fragmento

Agradecimientos

También en esta ocasión han sido muchos los amigos y lectores de pruebas que me han ayudado a reunir los datos para redactar esta historia. A Klara le doy las gracias por las traducciones del francés y los datos sobre técnica armamentística, y a Fatima, por su ayuda con el portugués. El libro debe a mi editora Melanie Blank-Schröder importantes sugerencias, y Margit von Cossart, mi correctora de texto, no solo ha trabajado con su habitual esmero, sino también a una velocidad vertiginosa. Por lo demás, nada habría funcionado sin el apoyo de Joan Puzcas y Anna Koza, y mi héroe sigue siendo Bastian Schlück, ¡el mejor agente de todos los tiempos!

Por supuesto, doy las gracias a todos los demás empleados de la editorial Lübbe y de la agencia Schlück que me han ayudado a sacar al mercado con éxito este libro. Quiero hacer una mención especial a Christian Stüwe, del departamento de derechos, quien, en lo que va de tiempo, ha hecho famosa a Sarah Lark en medio mundo. También me hace mucha ilusión conocer a mis lectores españoles a través de las numerosas campañas de promoción de mi editorial española.

Asimismo, muchas gracias a los libreros que suelen colocar tan a la vista mis títulos en sus librerías, lo que me alegra sumamente. Y doy las gracias en especial a mis lectores, muchos de los cuales me escriben tras visitar los lugares de Nueva Zelanda que se mencionan en las novelas. ¡Me hace inmensamente feliz ayudarles a descubrir ese maravilloso país!

SARAH LARK

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Mehemea ka patai koe ki ahau

he aha te mea nui o tenei ao,

maku e kii atu:

he tangata, he tangata, he tangata

Si me preguntaras

qué es lo más importante del mundo,

esta sería mi respuesta:

los seres humanos, los seres humanos, los seres humanos.

Sentencia maorí

INICIACIÓN

Raben Steinfeld-Mecklemburgo

Bahía de Piraki-Nueva Zelanda (Isla Sur)

1837

1

—¡Buenos días, señor profesor!

Treinta y cinco niños de entre seis y catorce años se levantaron respetuosamente de los sencillos bancos de madera cuando entró el profesor Brakel y entonaron a coro el saludo.

Brakel paseó brevemente la mirada por sus rostros. Si bien en las últimas semanas no había impartido ninguna clase, muchos niños no presentaban un aspecto descansado, sino extenuado, incluso consumido. No era de extrañar, pues al menos los hijos de los jornaleros y campesinos habían pasado las vacaciones de otoño, las llamadas «vacaciones de las patatas», cosechando en los campos. Brakel era consciente que, de sol a sol, sus alumnos recorrían de rodillas los surcos de los campos desenterrando tubérculos. A los hijos de los arrendatarios les iba un poco mejor; quienes se dedicaban a los oficios manuales también tenían patatales, pero más pequeños y de cosecha más fácil que los de los campesinos.

—¡Buenos días, niños! —les devolvió el saludo, al tiempo que indicaba que se sentaran.

Sin embargo, Karl Jensch, un muchacho de trece años alto y flaco, permaneció en pie.

—¿Qué sucede, Karl? —preguntó el profesor con severidad—. ¿Quieres seguir la clase de pie?

El chico negó con la cabeza, abatido.

—No —respondió—. Es que... he venido solo para decir que a partir de hoy ya no volveré, señor profesor. Todavía hay trabajo en el campo y también con el Junker. Y mi padre está enfermo y necesitamos el dinero. Así que no puedo... no podré seguir viniendo a clase...

La voz de Karl parecía a punto de quebrarse. Era probable que su padre le hubiese prohibido seguir asistiendo a la escuela con palabras mucho más rudas, y al joven le resultaba difícil hacer esta última visita a la escuela del pueblo.

También el maestro lo lamentaba. Ya lo había previsto, pues los hijos de los jornaleros asistían a la escuela solo unos años, pero sentía lástima por Karl. Era un muchacho listo y aprendía con facilidad, y Brakel ya había pensado hablar con el pastor acerca de él. Tal vez si lo propusieran para asistir a un seminario lograran que continuara educándose. Sin embargo, todavía era demasiado joven para ello y su padre tampoco se lo permitiría. Karl tenía razón, la familia necesitaba el dinero que él pudiese ganar. Y el Junker, el noble terrateniente...

La aldea de Raben Steinfeld pertenecía a un gran ducado. Brakel habría podido hablar con el gran duque y su Junker sobre un patrocinio para el avispado hijo del jornalero Jensch. ¡Si Jensch no fuese tan terco! ¡Si no estuviera siempre buscando pelea —como la mayoría de los aldeanos— con el gran duque!

El terrateniente era partidario de la Iglesia reformada, como también el rey y la mayoría de los nobles. Sin embargo, en Raben Steinfeld una gran mayoría de gente se aferraba a las doctrinas de la antigua Iglesia luterana y la congregación no dejaba pasar ninguna oportunidad de desafiar a su señor. Por fortuna, este no castigaba a sus súbditos por ello, como sí había hecho hasta poco antes el rey de Prusia. Aun así, los conflictos con el pueblo y sus pastores disgustaban al Junker. Seguro que no financiaba la carrera de ninguno de sus hijos con tal de no tener que aguantar después a un nuevo pastor respondón.

Brakel suspiró.

—Es una pena, Karl —lamentó—. Pero ha sido muy amable por tu parte habernos informado. —La mayoría de los hijos de jornaleros simplemente dejaban de asistir a la escuela cuando cumplían los trece años—. Que Dios te acompañe, hijo mío.

Mientras Karl recogía sus escasas pertenencias, el profesor se volvió hacia la segunda estudiante modélica de su clase: Ida Lange, un capricho de la naturaleza. Brakel no entendía por qué Dios había castigado al hijo de los Lange con tan poco talento, mientras que Ida, la hija mayor, absorbía como una esponja el contenido de las clases. Al varón solo le había concedido belleza y encanto, atributos ambos que también distinguían, junto con la inteligencia, a Ida. La muchacha de doce años tenía un cabello castaño brillante, ojos de un azul porcelana y dientes armoniosos. Su rostro en forma de corazón reflejaba dulzura y docilidad, resultado, sin duda, de la escrupulosa educación de su padre. Jakob Lange era herrero, poseía una casa alquilada y gobernaba a su familia con férrea disciplina. A diferencia de la familia de Karl, podría haberse permitido que Ida asistiera más tiempo en la escuela, pero en el caso de una niña eso ni se planteaba. Con toda certeza, Ida abandonaría los estudios al final del siguiente curso.

De momento, no obstante, la muchacha podía seguir sacando provecho de las clases y mitigando el aburrido día a día de Brakel, un maestro de vocación. Alumnos como Karl e Ida lo hacían feliz, pero no le gustaba enseñar a los simplones hijos de campesinos que tan poco interés mostraban por aprender a leer y escribir. A veces tenía la sensación de que su único logro consistía en mantenerlos despiertos durante la clase.

—Nos has traído un nuevo libro, Ida... hum... ¿Anton?

Sobre el pupitre del primogénito de los Lange descansaba un librito. Los viajes del capitán Cook. No daba la impresión de que el muchacho estuviera muy interesado en su lectura, pero el día anterior, en la iglesia, Ida ya había comentado emocionada al profesor que su padre les había traído un libro nuevo de Schwerin. Eso sucedía de vez en cuando. Jakob Lange se sentía atraído por países exóticos e intentaba fomentar en sus hijos ese mismo interés. Su actitud era inusual en un trabajador de oficio, además de antiguo luterano estricto, pero Brakel suponía que Lange se proponía emigrar algún día. Al herrero y reputado experto en caballos seguramente no le satisfacía la imposibilidad de acceder a una propiedad ahí en el pueblo y tener que contentarse con ser arrendatario. De ahí que siempre estuviera discutiendo con el noble terrateniente, que en algún momento, y por mucho que apreciase su trabajo, acabaría sacándoselo de encima. En las últimas décadas muchos antiguos luteranos habían partido hacia América. Era posible que Lange planeara a largo plazo algo similar.

Anton, su hijo, asintió aburrido y empujó el libro hacia Ida. Pero la muchacha no lo cogió ansiosa por presentarlo a la clase como cabía esperar, sino que miró a Karl, quien apenas si lograba separarse de su pupitre. La mención del libro había despertado el interés del joven. Y él mismo, al parecer, la compasión de Ida.

—¡Ida! —la llamó al orden Brakel.

La muchacha se recobró y levantó la vista.

—Es un libro extraño —dijo con su voz dulce y suave, que incluso solía atraer la atención de los más somnolientos cuando leía en voz alta—. Trata de un capitán que se lanza a la mar y descubre países desconocidos. E imagine, señor profesor, estaba escrito en otra lengua. Para que nosotros podamos leerlo han tenido que tradu... traducirlo. —Y señaló el nombre del autor, un tal John Hawkesworth.

—¿Del griego? —intervino Karl.

Ya debería haberse marchado, pero el nuevo libro le recordaba la historia de un navegante que el profesor les había contado una vez. Versaba sobre un hombre que respondía al nombre de Odiseo y que había vivido aventuras espeluznantes en la antigua Grecia.

Brakel hizo un gesto de negación.

—No, Karl. John Hawkesworth escribió la historia del capitán Cook en inglés. Y no se trata de una ficción, como La Odisea, sino de un relato verídico. Pero ahora decídete, Karl. Si quieres quedarte, siéntate. De lo contrario...

El chico se dirigió a la puerta. La última mirada que lanzó al aula oscilaba entre la pena y la envidia, y casi fue tierna al deslizarse sobre Ida. La niña le gustaba. A veces, cuando trabajaba en el campo y dejaba vagar el pensamiento, se permitía soñar despierto. Se veía a sí mismo como un hombre joven, pidiendo la mano de Ida Lange, fundando con ella una familia y, cada tarde que Dios le concediera, regresando a la casa donde ella estaría esperándolo. Día tras día escucharía esa dulce voz, y lo primero que vería cada mañana sería su cabello liso y suave y su hermoso y afable rostro. De vez en cuando también surgían en su interior pensamientos pecaminosos, pero Karl se los prohibía severamente. Y también debería prohibirse esos inofensivos sueños sobre una vida futura con la muchacha, ya que nunca se harían realidad. Incluso si Ida correspondía alguna vez a su afecto (y no había ningún motivo para suponer que eso fuera a suceder), su padre nunca aceptaría que se comprometiera con el hijo de un jornalero. Karl, comprensivo, no guardaba ningún rencor a Jakob Lange por ello. Él mismo no habría pedido a Ida que llevase una vida como la de su madre.

La familia Jensch se mantenía a flote con muchas dificultades. El padre de Karl, su madre y él mismo a partir de ese día trabajaban todo el día en las tierras del Junker o en otros encargos. A los hombres les pagaban un penique por hora; aunque con frecuencia el patrón ni siquiera pagaba con dinero, sino en especie. Tampoco ese día vería Karl ningún dinero después de pasar diez horas desenterrando patatas. Era probable que el propietario de la parcela, que lo había contratado para ese día, lo enviara a casa solo con un saco de patatas.

Karl alimentaba sombríos pensamientos cuando se encaminaba a trabajar los campos de un arrendatario. El trabajo de carpintero no dejaba a Peter Brandmann nada de tiempo libre para cosecharlos y, por lo visto, sus hijos Ottfried y Erich tampoco lo habían conseguido durante las vacaciones de las patatas. Algo difícil de creer, pues al arrendatario correspondía un único morgen de tierra, es decir, la superficie que se podía arar en una mañana, donde tenían el patatal y el huerto que cultivaba por su cuenta la resoluta esposa de Brandmann. Karl no necesitaría más de uno o dos días para la cosecha. Pero Erich todavía era pequeño y Ottfried ni siquiera en la escuela era muy diligente. Tal vez nunca se habían esforzado especialmente.

Así pues, el muchacho agitó con rabia la azada, al menos así se liberaría un poco de la furia que le bullía por dentro desde que su padre, el día anterior, le había ordenado que abandonara la escuela. Y eso que él no se oponía a trabajar. Era muy consciente de cuánto necesitaba la familia ese dinero. Pero esas pocas horas de clase matinales tampoco le impedirían trabajar. ¡Podía haberlas recuperado por la tarde o la noche, alguna solución encontraría! ¡O en el invierno que se avecinaba! Arrojó porfiado las patatas sueltas a un cesto.

Tardó media hora en tranquilizarse. Se secó el sudor de la frente y se mordió el labio. No, no tenía ningún derecho a enojarse con su padre. Al contrario, a fuer de ser sincero, debía darle la razón: en la estación fría ya era de por sí muy difícil encontrar alguna tarea durante las horas del día. Al ponerse el sol, se dejaba de trabajar en las granjas y en los talleres de los artesanos. Si bien en estos últimos, de todos modos, poco había que un jornalero pudiese hacer. Allí únicamente trabajaban los arrendatarios solos o con un compañero, y después de la escuela echaban una mano los hijos, que luego también aprendían el oficio. Karl, por el contrario, nunca aprendería nada...

Desanimado, volvió a hundir la azada en la tierra negra y prosiguió con la labor. La única esperanza habría sido el seminario para sacerdotes que el profesor Brakel había mencionado alguna vez. Pero eso también se había terminado. Por mucho que Karl se lo propusiera, no pudo evitar que los ojos se le llenasen de lágrimas. Se los restregó con las manos. Los chicos no lloraban. Y un buen cristiano aceptaba su destino con sumisión...

Entretanto, el sol ya estaba en lo alto. Los primeros niños regresaban de la escuela pasando junto al campo de Brandmann. Se trataba sobre todo de hijos de campesinos, cuyas granjas se hallaban entre el pueblo y el castillo del terrateniente. Las casas, talleres y pequeñas propiedades de los trabajadores de oficio solían agruparse en torno al núcleo del pueblo, con la iglesia y la escuela. La herrería de Jakob Lange se encontraba en el extremo más alejado. Karl se sorprendió buscando a Ida con la mirada. Si no daba ningún rodeo para cumplir algún encargo, pasaría junto a la parcela de Brandmann camino de su casa.

Poco después descubrió a sus hermanos, Elsbeth, que brincaba feliz, y Anton, que la seguía malhumorado. Sin duda, también a él le esperaba una tarde de labor en el campo o, en el mejor de los casos, de trabajo en la herrería. Lange no toleraba la ociosidad, sus hijos no debían trabajar menos que los jornaleros que cobraban por día. Pero al menos ellos tenían un futuro...

Decepcionado por el hecho de que Ida no apareciera, Karl apartó la vista del camino. Volvió a blandir la azada y se sobresaltó cuando alguien gritó su nombre. Alguien con una voz cristalina y dulce.

—¡Ida! —Karl se dio media vuelta y casi sonrió. Luego adoptó la expresión indiferente y mohína que se esperaba de un jornalero—. ¿Qué... qué quieres?

Confiaba en que no parecería descortés. Le encantaría conversar con Ida, pero entonces ella se fijaría más en él y tal vez advertiría que tenía lágrimas en los ojos...

Ida le tendió algo.

—Toma —dijo—. Te has olvidado el cuaderno.

Karl no hizo ademán de acercarse para cogerlo. De hecho, no lo había olvidado, era uno de los cuadernos de deberes que el profesor había recogido antes de las vacaciones. Había descansado sobre el pupitre con los otros, pero Karl no se había atrevido a pedírselo al profesor. Y eso que guardaba su cuaderno como si fuese algo muy valioso. Nunca había tenido uno propio hasta que Brakel se lo había regalado el curso anterior.

—Has sacado sobresaliente —añadió Ida—. Era el mejor trabajo...

Karl no pudo resistirse. Quería ver al menos una vez más el «muy bien» estampado con la nítida caligrafía del profesor, en tinta roja... Se acercó, se quitó la gorra y se pasó la mano por el desgreñado cabello rubio. Antes de ir a la escuela se había alisado los rizos con agua, pero en ese momento estaban revueltos por el viento. Ningún traje de gala para presentarse ante la muchacha a quien cortejaba en sueños... Karl se avergonzaba de su andrajosa camisa y los pantalones sucios y holgados.

Ella le tendió el cuaderno. Estaba guapa con su vestido oscuro y el delantal blanco. También su indumentaria era sencilla, pero estaba limpia y no tan gastada. A Ida, que no tenía ninguna hermana mayor cuyas prendas pudiese heredar, de vez en cuando hasta le regalaban vestidos nuevos.

—He dicho al profesor que te lo traería —le dijo cuando Karl abrió el cuaderno—. Yo...

Ida quería contarle más, pero no podía confesar a Karl que después de la clase se había demorado hasta que los demás alumnos se habían ido. Entonces le había pedido al profesor el cuaderno de Karl.

—Pero ya no lo necesito —dijo el joven con pesar—. Podrías haberlo dejado allí.

Ida jugueteó con la trenza que casi le llegaba a la cintura.

—A mí me habría gustado conservarlo —respondió con gesto entristecido.

Karl vio de repente que Ida lo comprendía bien. También ella disfrutaba en la escuela, pero no tenía esperanza de poder seguir asistiendo cuando cumpliese los trece años. El chico no pudo evitarlo y en su cara se formó una sonrisa.

—No lo decía en ese sentido —murmuró—. Yo... te lo agradezco. También quería conservarlo.

Ida bajó la vista.

—Lo siento —dijo.

Él se encogió de hombros.

—No queda más remedio —contestó—. Pero... pero sí que me habría gustado escuchar la historia del capitán Cook.

Un destello cruzó el semblante de la muchacha. Sus ojos claros se iluminaron.

—¡Ay, sí, es una historia maravillosa! —exclamó, y con su voz cantarina cautivó a Karl—. Imagina, había una sociedad en Inglaterra, una sociedad de sabios que equiparon una embarcación para navegar por los mares del Sur y observar las estrellas. ¡Las estrellas!, ¿te lo imaginas? ¡Y para lograrlo pagaron mucho dinero!

—Pero también desde aquí se ven las estrellas —señaló Karl—. ¿Para qué hay que ir a los mares del Sur?

—Allí brillan mucho más. Y, además, seguro que se ven otras, al otro lado del globo terráqueo... ¡Pero eso no fue todo! ¡El capitán tenía otro encargo, uno secreto! Se suponía que allí, en el otro extremo del mundo, había un país desconocido y él tenía que descubrirlo. Lo acompañaron estudiosos de las plantas y los animales... ¡Es increíble cuántos animales extraños descubrieron allí! ¡Y lo peligroso que fue el viaje...!

Mientras Ida hablaba, sus manos pequeñas y ásperas de trabajar en el huerto dibujaban en el aire todas esas maravillas. Karl las contemplaba fascinado y se reía y asombraba con ella. La chica contó que había unas liebres enormes, que los nativos de aquellas tierras llamaban canguros, y unos peces de colores que habitaban en imponentes y peligrosos arrecifes.

De ese modo, ambos se olvidaron del tiempo, así como del pueblo austero y aburrido, incluso al sol otoñal, sobre cuya tierra arenosa los dos se encontraban. Ida describía playas blancas como la nieve y palmeras agitadas por el viento...

De repente, un carro que pasaba junto a ellos tirado por un gran caballo de sangre fría los devolvió a la realidad. Los dos se separaron al oír la voz autoritaria de Jakob Lange.

—¡Ida! ¿Se puede saber, por el amor de Dios, qué estás haciendo aquí? Acabo de reñir a Anton por haber lanzado una calumnia contra ti. Mi hija, le he dicho, no pierde el tiempo después de la escuela dando vueltas por ahí, y menos aún con un chico que...

—¡Es que me ha traído mi cuaderno! —osó decir Karl para defender a la muchacha, que permanecía callada, con la vista baja y mordiéndose el labio inferior—. Por... por indicación del profesor.

A la misma Ida se le podría haber ocurrido esta excusa, pero en presencia de su padre esa muchacha tan vivaz se quedaba como paralizada.

—¿El profesor te ha enviado tu cuaderno? —se burló Lange—. ¿Con mi hija? ¡Ni tú mismo te lo crees, Jensch! Y por lo que me ha contado mi hijo, a partir de hoy ha terminado tu período escolar. Así que, ¿para qué necesitas el cuaderno?

Lange miró con recelo el cuaderno abierto que yacía en el cesto medio lleno de patatas. Karl lo había dejado ahí para charlar con Ida. Jakob Lange debió de descifrar desde el pescante la calificación anotada por el profesor y torció la boca.

—¡Mentiroso y, encima, soberbio! —espetó—. ¡Te vanaglorias de tus calificaciones como si eso fuera a cambiar en algo el destino que Dios te ha deparado! ¡Vergüenza debería darte, Jensch!

Karl sabía que debía bajar la vista dócilmente. A fin de cuentas, Jakob Lange también repartía trabajos de vez en cuando entre los jornaleros. Más valía no hacerlo enfadar. Pero el joven no consiguió contenerse y miró iracundo al herrero.

—¿Cómo puede usted saber el destino que Dios me ha deparado?

Ida pareció estremecerse. Karl confirmó que se sobresaltaba cuando otra persona contradecía a su padre. Aunque ella ocupase un rango social muy superior al suyo, él sentía lástima por la muchacha.

Jakob Lange no se dignó responder al hijo del jornalero. En

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