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LA ESTATUA DE BRONCE (SERIE MARCO DIDIO FALCO 2)

Lindsey Davis  

4


Fragmento

DRAMATIS PERSONAE

El emperador Vespasiano: amo del mundo (escaso de dinero contante y sonante)

Sus hijos:

Tito: (un tesoro)

Domiciano: (un tormento)

Sus funcionarios:

Anacrites: «secretario» (jefe de los servicios secretos)

Momo: «capataz de esclavos» (espía)

M. Didio Falco: investigador (que no espía)

Integrantes de una conspiración recientemente abortada, caídos en desgracia:

G. Atio Pertinax: (muerto)

Nombre desconocido: cadáver en un almacén (más muerto que mi abuela)

A. Curcio Longino: alejado de Roma por motivos religiosos

A. Curcio Gordiano: ídem

L. Aufidio Crispo: fuera de Roma en un crucero

El personal:

Barnabas: liberto favorito de Pertinax

Milo: mayordomo de Gordiano, un tío fuertote

Renacuajo: socio de Milo, un retaco

Baso: contramaestre de Crispo

Amigos y parientes de Falco:

Madre de Falco: una fuerza a tener en cuenta

Galla (la engañada): una de las hermanas, casada con un barquero

Lario (un romántico): hijo de Galla y del barquero

Maya (la sensata): otra hermana, esposa de Famia

Famia (el veterinario): un tío con trastienda

Mico (el yesero) L.: ¡basta con que menciones mi nombre!

Petronio Longo: capitán de la guardia del Aventino y el mejor amigo de Falco; un buen hombre

Arria Silvia: esposa de Petro; una mujer eficaz

Petronila, Silvana y Tadia: sus hijas

Ollia: la niñera

Un pescador: el pretendiente de la niñera

Lenia: propietaria de la Lavandería del Águila

Julio Frontino: pretoriano que conoció al hermano de Falco y lo lamenta

Gémino: subastador que podría ser el padre de Falco y espera no serlo

Glauco: entrenador de Falco, un hombre sensato

D. Camilo Vero: senador con un problema

Julia Justa: su esposa

Helena Justina: el problema de los anteriores; ex esposa de Atio Pertinax (problema de ella) y antigua amiga de Falco (problema de él)

Nombre desconocido: el zopenco del portero

Personas encontradas durante el cumplimiento del deber:

Nombre desconocido: sacerdote del templo de Hércules Gaditano, en el Aventino

Tulia: camarera del Trastevere con grandes proyectos

Laeso: capitán honrado de Taranto

Ventrículo: fontanero de Pompeya (bastante honesto para su oficio)

Roscio: afable carcelero de Herculano

S. Emilio Rufo Clemente: magistrado de Herculano con un historial impresionante (y muy poco sentido común)

Emilia Fausta: su hermana, ex prometida a Aufidio Crispo

Caprenio Marcelo: ex cónsul anciano; padre adoptivo de Atio Pertinax (también carente de sensatez)

Bryon: domador de los purasangres de Pertinax en la villa de Marcelo

Otros seres encontrados:

Nombre desconocido: una cabra sagrada

Nerón (alias Mancha): un buey que disfruta de sus vacaciones

Ned: un burro que se llevó una gran sorpresa

Cerbero (alias Fido): un amistoso perro de campo

Los purasangres de Pertinax:

Ferox: un campeón

Pequeño Encanto: una paradoja

PRIMERA PARTE

 

Un día cualquiera

ROMA

Finales de primavera, año 71 d.C.

Entrega tu corazón al oficio que has aprendido

y así hallarás sosiego...

MARCO AURELIO, Meditaciones

I

Cuando llegué al final del callejón los delgados vellos de mi nariz estaban empezando a temblar. Mayo tocaba a su fin y hacía una semana que el tiempo era cálido en Roma. La intensa luz del sol primaveral había azotado el techo del almacén, por lo que fermentaba una generosa cantidad de moho en su interior. Las especias orientales zumbarían mágicamente y el cadáver que habíamos ido a enterrar estaría animado por la descomposición y los gases humanos.

Conseguí reunir cuatro voluntarios entre los miembros de la guardia pretoriana, más un capitán llamado Julio Frontino, que había conocido a mi hermano. Frontino y yo quitamos las cadenas de la calleja posterior y deambulamos por la zona de carga mientras los guardias intentaban abrir la pesada puerta interior.

Mientras esperábamos, Frontino masculló:

—¡Falco, a partir de hoy haré como si jamás en la vida hubiese tratado a tu hermano! Este es el último recado repugnante al que me arrastras... Un favor personal para el emperador... ¡Festo lo habría definido de otra manera!

Frontino describió al emperador con la palabra que solía utilizar mi hermano y que no era nada amable.

—¡Atender al César es trabajo fácil! —comenté restándole importancia—. Uniforme elegante, alojamiento gratuito, la mejor localidad en el circo... ¡y todas las almendras garapiñadas que seas capaz de comer!

—¿Por qué motivo Vespasiano te eligió a ti para esta misión?

—Soy fácil de intimidar y necesito dinero.

—¡Vaya, una elección muy coherente!

Me llamo Didio Falco, Marco para ciertos amigos de confianza.

Por aquel entonces contaba treinta años y era ciudadano libre de Roma. Lo único que eso significaba era que había nacido en un tugurio, seguía viviendo en un tugurio y, salvo en los momentos en que la irracionalidad me dominaba, suponía que moriría en un tugurio.

Era investigador privado y ocasionalmente en palacio utilizaban mis servicios. Quitar un cadáver putrefacto de la lista de ciudadanos del censor era una tarea típica de las que me asignaban. Era antihigiénica, irreligiosa y me quitaba el apetito.

En mis tiempos había trabajado para perjuros, insolventes de poca monta e impostores. Presenté declaraciones juradas para denunciar la burda corrupción de senadores de alcurnia, corrupción que habría sido imposible encubrir incluso en tiempos de Nerón. Encontré niños desaparecidos de padres ricos que habrían preferido abandonarlos y defendí las causas perdidas de viudas sin herencia que una semana después contrajeran matrimonio con sus sometidos amantes... justo cuando les había conseguido un poco de dinero. La mayoría de los hombres intentaban largarse sin pagar y la mayoría de las mujeres estaban dispuestas a pagarme en especie. Ya os podéis imaginar qué clase de especie, jamás un capón tierno ni un buen pescado.

Después de una temporada en el ejército trabajé cinco años por mi cuenta como investigador. Entonces el emperador me propuso ascenderme de categoría social si trabajaba para él. Ganar el dinero necesario para conseguir ese cambio era prácticamente imposible y el ascenso enorgullecería a mi familia y daría envidia a mis amigos al tiempo que molestara seriamente al resto de la clase media, por lo que todos me dijeron que esa disparatada apuesta merecía que dejase ligeramente de lado mis ideas republicanas. Me convertí en agente imperial... y no me gustó. Como era el nuevo me endilgaban los peores trabajos. Por ejemplo, este fiambre.

El almacén de especias al que llevé a Frontino se encontraba en el barrio comercial, lo bastante cerca del Foro para percibir el ajetreado murmullo de la plaza. Aún brillaba el sol y bandadas de palomas alzaban el vuelo contra el cielo azul. Un gato flaco sin el menor sentido de la oportunidad se asomó por la puerta abierta. Desde un edificio cercano llegó el chirrido de una polea y el silbido de un trabajador, aunque la mayoría de los depósitos parecían abandonados como suelen estarlo los almacenes y los lugares donde venden madera, sobre todo cuando quiero comprar un tablón barato.

Los guardias lograron saltar la cerradura. Frontino y yo nos cubrimos la boca con pañuelos y empujamos la pesada puerta. Un hedor caliente nos abofeteó las mejillas y retrocedimos; las ráfagas parecieron adherir la ropa a nuestra piel. Dejamos que el aire se aposentara y entramos. Nos detuvimos. Una oleada de terror primitivo nos obligó a hacer un alto.

En todas partes dominaba un silencio sepulcral... salvo en el sitio donde un montón de moscas había trazado durante días parábolas obsesivas. El aire de arriba, iluminado por pequeñas ventanas opacas, parecía impregnado de polvo aromático y cargado de sol. La luz de abajo era más débil. En medio del suelo discernimos una figura: el cuerpo de un hombre.

El olor de la descomposición es más suave de lo que uno espera, pero muy definido.

A medida que nos acercábamos intercambié una mirada con Frontino. Nos detuvimos sin saber qué hacer. Alcé con delicadeza la manta y empecé a quitar la toga que cubría los restos. La solté y retrocedí.

El cadáver llevaba once días en el almacén de pimienta cuando un listillo de palacio recordó que había que enterrarlo. La carne muerta se desmenuzaba como el pescado demasiado cocido después de pasar tanto tiempo sin embalsamar en medio del aire tibio y cargado.

Retrocedimos unos instantes para cobrar ánimo. A Frontino le dio un ataque de náuseas.

—¿Lo remataste tú mismo?

Negué con la cabeza.

—No tuve ese privilegio.

—¿Lo asesinaron?

—Solo fue una ejecución discreta..., así se evitan juicios inoportunos.

—¿Qué hizo?

—Fue por traición. ¿Por qué crees que he pedido ayuda a los pretorianos?

Los pretorianos eran el cuerpo de élite de la guardia de palacio.

—¿A qué viene tanta discreción? ¿Por qué no lo ponen como ejemplo?

—Porque oficialmente nuestro nuevo emperador fue recibido con aclamaciones universales. ¡En consecuencia, no existen las conspiraciones contra Vespasiano César!

Frontino rio irónicamente.

Roma estaba plagada de conspiradores que, en la mayoría de los casos, fracasaban. La apuesta contra el destino que el finado había hecho fue más inteligente que la de los demás, pero ahora yacía en el suelo cubierto de polvo, junto a un manchón ennegrecido de su sangre seca. Varios compañeros de conspiración huyeron de Roma sin detenerse a coger unas túnicas para cambiarse ni una botella de vino para el viaje. Al menos uno había muerto, apareció ahorcado en su celda de la sórdida cárcel de Mamertina. Entretanto, Vespasiano y sus dos hijos fueron acogidos en Roma con una bienvenida incondicional y se disponían a reconstruir el Imperio tras dos años de horrorosas guerras civiles. Aparentemente, todo estaba bajo control.

La conspiración había sido desbaratada y solo faltaba eliminar sus pruebas pustulentas. Permitir que la familia de ese hombre celebrase un funeral público normal con procesión callejera, música de flauta y plañideras que saltaban vestidas como lo habían estado sus célebres antepasados pareció a los afables secretarios de palacio un modo incorrecto de acallar la conspiración fracasada. Por eso ordenaron a un funcionario de poca monta que encomendase la tarea a un recadero discreto..., y ese funcionario me mandó llamar. Tengo una familia numerosa que confía en mí y un casero violento al que le debía varias semanas de alquiler. Fui presa fácil de los lacayos que han de organizar un entierro poco ortodoxo.

—Si seguimos aquí, no lo moveremos...

Tiré de la toga y dejé al descubierto el cuerpo cuan largo era.

El cadáver estaba tal como había caído, pero era espantosamente distinto. Percibimos cómo se derrumbaban las entrañas a medida que los gusanos se retorcían en su inte

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