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LA FAMILIA BERLíN

Fede Durán  

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Fragmento

1

La madrugada de un viernes de agosto de 1977 Elsa Berlín depositó sobre el manto terrestre una criatura de dos kilos novecientos gramos cuyo nombre, fruto de densas deliberaciones, fue Sansón, indicio de la elevada fe que la familia tenía en el primogénito. Durante el parto, Ángel, el nuevo patriarca, entraba y salía del dormitorio donde la matrona amortiguaba los aullidos de su mujer, pues en la habitación contigua, rodeado de parientes lejanos, el padre de Elsa, Mesulán Vugman, se apagaba rápidamente. La misma casa tendía a la vez puentes a la vida y a la muerte, un espíritu deshaciéndose de su viscosa envoltura y otro desparramándose en la inmensidad del vacío.

La matrona cortó el cordón umbilical y Elsa pidió que lo conservasen hasta que tuviera fuerzas para acercarse al océano y entregarlo a las mareas, porque conocía la superstición de los gitanos y quería que Sansón, con sus dedos y orejas y pies sin tara, vinculase para siempre su suerte a las aguas. Después llegó un breve silencio. Ángel sostuvo al bebé con manos sudorosas y una sincera estupefacción, buscó alguna verdad cósmica en sus ojos acuosos y lo entregó de nuevo a la madre antes de partir hacia el otro frente, donde el silencio no era tan breve.

Alguien, un señor quizás igual de viejo que el moribundo, creyó captar un susurro del abuelo, y tras unos minutos de lenta digestión anunció que Mesulán, colocado ya al borde mismo del acantilado, deseaba escuchar la voz de su hija y el llanto de su nieto antes de hacer las maletas camino del Gehena. Elsa habló alto entonces, como si se dirigiese a los titanes de la antigua Grecia, y su timbre traspasó las paredes, sorteó los umbrales y golpeó los tímpanos del lúcido pero vaporoso Vugman.

—Es un niño. Está de una pieza. Respira y babea. Tiene la piel sonrosada. Agita las piernecitas. Hay una media sonrisa en sus labios diminutos.

Con los cascajos de su fuerza, derretida al compás de las horas, el abuelo agitó una mano que parecía espantar la guadaña. También quería verlo.

—Trae al mocoso —le siseó al yerno. Aún había humor en su alma.

Ángel regresó al lecho conyugal y comunicó el último deseo del hombre. Elsa, refulgente y extenuada, se enfrentó así a su primer dilema como madre: conceder semejante deseo significaba someter al recién parido al encuentro con la oscuridad. Ángel intervino para disipar dudas.

—Protegerle de las inclemencias no servirá de nada, Elsa. Cuanto antes conozca los procesos elementales de la biología, mejor.

—Toma. Llévaselo. —Elsa asintió.

Ángel se presentó ante el abuelo enarbolando tímidamente al nieto, que aún zarandeaba las extremidades pero no emitía sonido alguno. Mesulán, que lo tenía al fin a un palmo de distancia, alargó la mano agrietada y deslizó los dedos por sus piernas de albaricoque, produciéndose entonces un breve encuentro visual donde siglos de esperanza se vertieron del receptáculo vencido a la vasija potencial.

Completado el trasvase, con la primera luz del nuevo día, Mesulán decidió morir.

Sansón Berlín descubrió pronto el mecanismo elemental de la tierna infancia: cualquier propósito quedaba a tiro de llorera. En Luna Creciente, el pueblo a orillas del Atlántico donde nació, los alientos se contenían cuando el niño orquestaba uno de sus berrinches. Las ancianas del lugar, amasadoras de nietos, bisnietos y a veces incluso tataranietos, intentaban acunarle en sus regazos de faldas negras, pero Sansón detectaba extrañas partículas en el olor de esas pieles e intensificaba la protesta, y el fardo pasaba a otro tipo de manos, generalmente de muchacha turgente. Entonces el berrinche cesaba, las ancianas sonreían aliviadas y Sansón cerraba los ojos y respiraba una brisa cuyo recuerdo salado y granuloso nunca le abandonaría.

Los pescadores, sin embargo, nunca se le acercaban. Aunque admirasen el desparpajo del niño, intuían el peligro que representaba.

—Un mujeriego prematuro, eso es lo que es —sentenciaban sin dejar de remendar sus redes.

No era Luna Creciente un microcosmos cualquiera. Entre sus callejas brotaban también negocios ajenos a las costumbres del mar: diteros, abogados e ingenieros de montes y caminos convivían con una minúscula pero febril comunidad de artesanos. Había judíos, cristianos y musulmanes. En los expositores del mercado coleaba el pescado que después perfumaba las casitas blancas de una sola planta; bajo el sol maduraban melones amarillos y sandías del tamaño de una rueda. Y había un murmullo tenaz, las conversaciones creaban una sinfonía de ciempiés que sólo al caer la noche, y no siempre, llegaba a apagarse.

Ángel Berlín era el hijo de un teniente destinado al lugar durante la guerra, un tipo taciturno y sin carisma, y de una corajuda mujer de sociedad que habría valido para ministra. De niño fue un harapo desgarbado que no soportaba el contacto humano. Una caricia, un pellizco en la mejilla o una suave colleja le impulsaban a salir volando. Sólo apreciaba la previsibilidad de su tata, adiestrada en la sosera, y el orden de los lápices, cuadernos, sacapuntas y gomas de borrar apilados en su mesita. El tictac del reloj de pared que el teniente había comprado en un arrebato ocupaba también un lugar especial en su corazón porque generaba cohesión y rutina. Creció en un hogar de observancia judaica mínima y en la escuela fue recibido con la calidez que el cargo del padre aconsejaba, pero no por ello se durmió en los laureles. Su poderosa aritmética dejó en evidencia a los profesores antes de cumplir diez años, habilidad que no bastó para alcanzar las altas esferas financieras, ya que su carácter introspectivo lo empujaría a ser un mero contable de provincias.

En las sombras del despacho doméstico tenía Ángel su santuario. Imponía silencio en el hogar al enfrascarse en las cuentas, y conforme el cálculo avanzaba, juntando filas y columnas a media voz igual que en un rezo; los números lo poseían hasta privarle de sentidos tan elementales como el tacto o el olfato. Todo se desdibujaba a su alrededor mientras repetía cifras enfatizando los decimales, como si esos fragmentos de verdad matemática emanasen del Talmud.

Era Ángel Berlín un contable tan metódico que sabía el inventario exacto de casas, calles, esquinas, plazas, farolas, generadores, parras, chumberas y merenderos de Luna Creciente. Cuando alguien se resistía a contratarle, el señor Berlín se entregaba al ensalzamiento numérico y al cabo de treinta minutos hasta el mayor de los escépticos acababa entregándose a su fe intimidado por la cábala que flotaba incluso entre urtas y rascacios. Ángel, por otra parte, era un hombre honesto, y en sus tablas de cifras reinaban la pulcritud y el progreso, de manera que el negocio tutelado, fuera el que fuese, mantenía cuando menos el mismo vigor o la misma debilidad que antes de serle entregado.

Fermín Leal, su amigo y confidente, le espetó una vez:

—Bien, Ángel, y si el negocio sigue como estaba a pesar de tus servicios, ¿de qué sirven tus servicios?

—La belleza reside en la estructura, Fermín —contestó el patriarca Berlín apurando su vasito de aguardiente.

Fermín apuró también el suyo y comparó la belleza de la mujer de su amigo con las termas de Caracalla.

Elsa, ah, Elsa.

Elsa no pertenecía a la misma tribu que Ángel. El método cartesiano del marido con

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