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LA FLECHA DEL DIOS

Chinua Achebe  

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Fragmento

1

Era la tercera puesta de sol desde que había empezado a buscar algún indicio de la luna nueva. Sabía que llegaría ese día, pero siempre empezaba a observar tres días antes porque no debía arriesgarse. En aquella estación del año, la tarea no era demasiado difícil; no tenía que asomarse y rastrear en el cielo como cuando llegaba la lluvia. Entonces la luna nueva se escondía a veces detrás de las nubes de lluvia durante varios días, de manera que cuando por fin salía era ya luna creciente. Y mientras ella se entregaba a su juego, el sumo sacerdote permanecía sentado cada tarde, esperando.

Su obi estaba construido de manera distinta a las cabañas de los demás. Tenía a la entrada un umbral alargado, como el de todas, pero también había uno más pequeño a la derecha según se entraba. El alero de esta entrada añadida estaba recortado hacia atrás; al sentarse en el suelo, Ezeulu podía ver esa parte del cielo donde la luna tenía su puerta. Estaba oscureciendo y parpadeaba sin cesar para aclararse los ojos del agua que se formaba al mirar tan fijamente.

A Ezeulu no le gustaba pensar que ya no veía tan bien como antes y que algún día tendría que depender de los ojos de otra persona, como lo había hecho su abuelo al perder la vista. Claro que había cumplido tantos años que su ceguera se había convertido en un adorno para él. Si Ezeulu llegaba a vivir tanto, tendría que aceptar aquella pérdida. Pero hoy veía tan bien como cualquier joven, o incluso mejor, porque los jóvenes ya no eran lo que habían sido. Había una broma que Ezeulu nunca se cansaba de gastarles. Cada vez que le daban la mano al saludarlo, tensaba el brazo lo más fuerte que podía al estrechársela y, al cogerlos desprevenidos, retrocedían con una mueca de dolor.

La luna que vio aquel día estaba tan escuálida como un huérfano alimentado de mala gana por una madrastra cruel. Se fijó con más atención para asegurarse de que no le engañaba alguna nubecilla. A la vez, alcanzó su ogene nervioso. Siempre era igual con la luna nueva. Aunque era ya viejo, todavía le rondaba el miedo que le daba la luna nueva en su niñez. Era cierto que, desde que se había convertido en el sumo sacerdote de Ulu, la alegría por su alto cargo superaba a menudo ese miedo; pero en el fondo no desaparecía.

Tocó su ogene: gong, gong, gong… e inmediatamente las voces de los niños transmitieron las noticias por todas partes. Onwa atuo!, onwa atuo!, onwa atuo…! Volvió a poner el palo en el gong de hierro y lo dejó apoyado contra la pared.

Los niños pequeños de su casa se unieron a los demás en la bienvenida a la luna. La vocecilla de Obiageli destacaba como un pequeño ogene entre los tambores y las flautas. También distinguía la voz de su hijo más pequeño, Nwafo. Las mujeres estaban allí fuera, al aire libre, con todos, hablando.

—Luna —dijo la esposa mayor, Matefi—, que tu cara que ilumina la mía me traiga buena suerte.

—¿Dónde está? —preguntó Ugoye, la esposa más joven—. No la veo. ¿Estaré ciega?

—¿No ves más allá de la copa del árbol ukwa? Ahí no. Sigue mi dedo.

—Ah, ya la veo. Luna, que tu cara que ilumina la mía me traiga buena suerte. Pero ¿cómo está colocada? No me gusta su postura.

—¿Por qué? —preguntó Matefi.
—Está colocada de una forma muy rara, como una luna maligna.

—No —respondió Matefi—, una luna mala no deja lugar a duda alguna. Como aquella bajo la que murió Okuata. Estaba en el aire patas arriba.

—¿La luna mata a la gente? —preguntó Obiageli, tirando del vestido de su madre.

—Pero ¿qué le he hecho yo a esta niña? ¿Quieres que me quede aquí desnuda?

—Os he preguntado si la luna mata a la gente.
—Mata a las niñas pequeñas —dijo Nwafo, su hermano. —A ti no te he preguntado, Nariz de Termitero.
—A que no puedes aguantar, llorica.

La luna mata a los niños pequeños. La luna mata a Nariz de Termitero. La luna mata a los niños chicos…

Obiageli hacía canciones sobre cualquier cosa.

Ezeulu entró en su granero y sacó un ñame de la estantería de bambú construida para guardar los doce ñames sagrados. Quedaban ocho. Sabía que habría ocho; aun así los contó cuidadosamente. Ya se había comido tres y tenía el cuarto en la mano. Volvió a revisar los que quedaban y, tras cerrar la puerta con cuidado al salir, regresó a su obi.

Su hoguera de leña seguía ardiendo. Agarró unas ramitas amontonadas en la esquina, las colocó meticulosamente sobre el fuego y colocó el ñame encima, como un sacrificio.

Mientras esperaba a que se asara, se dedicó a planificar el siguiente acontecimiento. Era oye. Al día siguiente sería afo y al otro nkwo, el día del gran mercado.

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