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LA FóRMULA MIRALBES (CABALLO DE TROYA 2016, 4)

Braulio Ortiz Poole  

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Fragmento

Un fantasma se asoma a la ventana

Residencia Santiago Apóstol
Plaza de Gabriel Lobo, Madrid
En estos días

Resulta difícil fotografiar a un fantasma. Los expertos en fenómenos paranormales dicen que puede adivinarse su estado de ánimo —su inquietud, su furia, su desasosiego— por el color más o menos encendido con el que se muestra en la imagen, pero por lo demás su figura suele reducirse a la forma escurridiza de una mancha: una mancha de luz e incertidumbre. No hay, por lo general, un rostro definido, una anatomía precisa, ni siquiera la certeza de una antigua naturaleza humana, sólo una presencia que no es más que un destello, un incómodo borrón que pervierte la escena.

Por eso juzgamos complicado hablar de Silvia: un día se convirtió en un espectro, desapareció. Sólo asoma ocasionalmente, pavorosa, con el desamparo y la sombra de un espíritu. Así la captó la cámara de un reportero, y por ello sabemos la residencia —Santiago Apóstol, Madrid— en la que está ingresada.

Pero las evidencias acaban en ese punto.

¿Ha perdido la razón, como se ha afirmado sobre ella?

¿Es real su enfermedad mental, o una invención para redimirla tras su comportamiento discutible?

Para que la gente diga: «No era responsable de sus actos. No sabía lo que hacía».

Y no: «Había vendido su alma al diablo, nos engañó».

En la instantánea tomada de manera furtiva desde los jardines de la residencia, Silvia se vislumbra empequeñecida, casi contrahecha, lejos de la altivez de otras épocas, más cerca de la muerte ya que de la vida: es un cadáver, un cuerpo escuálido, aunque todavía erguido.

La reina confinada en la torre tras perder la corona.

En ese retrato, la anciana retira una cortina y el sol la ciega: efectivamente, es una mancha de luz, un fantasma, una incógnita. Quizás sorprenda en ella un gesto de agotamiento, ante el que concluimos que la mujer guerrera ha claudicado. Ya no es tiempo de batallas, indica su rictus. La última derrota fue la definitiva.

Silvia Miralbes vive aún, pero es, sin embargo, como decimos, una aparición. Después de la controversia levantaron un muro en torno a ella —la gallina de los huevos de oro, apartada por ser repentinamente estéril—, y es tal el secretismo que la rodea que reconstruir su historia obliga a especular.

No parece haber otra alternativa: hay que interpretarla, descifrarla, como ocurre con un espectro en una fotografía.

Dos mujeres que son la misma se reencuentran

Domicilio de Silvia Miralbes
Calle de Núñez de Balboa, Madrid
En los meses previos al escándalo

Podemos imaginar a Silvia, entenderla desde la conjetura.

Preguntarnos, por ejemplo, y ésta es una de las curiosidades principales por la que nos acercamos a su persona, qué pensaba de sí misma, si albergaba remordimiento, si antes o después de ser descubierta sentía que se había traicionado. ¿Cómo sería el reencuentro de la Silvia que se situaba ya al final de sus días, pragmática, atormentada, y la que se enfrentaba a la vida desde la ilusión y la ingenuidad?

Ese cruce de tiempos sólo podría darse en un sueño, y es así como lo hemos planteado. Observamos a las dos mujeres juntas, en el piso de la mayor, e intuimos la perplejidad de la más veterana. ¿Por qué ha invitado a pasar al interior de su casa a esa desconocida —supongamos que todavía no la ha identificado—, si recela de sus intenciones? ¿A qué se deben la corrección

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