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LA FUNCIóN DELTA

Rosa Montero  

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Fragmento

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Cubierta

Portadilla

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Dedicatoria

Lunes

12 de septiembre

17 de septiembre

Martes

23 de septiembre

25 de septiembre

Miércoles

14 de octubre

Jueves

2 de noviembre

4 de noviembre

5 de noviembre

Viernes

17 de noviembre

19 de noviembre

Sábado

2 de diciembre

9 de diciembre

11 de diciembre

Domingo

Sobre la autora

Créditos

 

 

 

 

A Nicolás y Nines, que me mimaron en Londres.

Y, por supuesto, a Javier.

 

 

 

 

Lunes

 

Creo recordar que aquél fue el día en que, por vez primera, doña Maruja venció sus pudores vecinales y se atrevió a proponerme claramente que la ayudara a bien morir. «Sólo necesito que alguien me dé un empujoncito para entrar al río, sólo eso», decía suave y mansa, atisbándome de reojo. Yo era por entonces tan alocadamente joven que me desagradaban los viejos, o, por mejor decir, me entristecían y angustiaban, me recordaban un futuro que prefería ignorar.

Aquél fue, en todo, un lunes aciago. Debí haberlo sospechado cuando al encender el primer cigarrillo del día, tras el desayuno, sentí un desmayo peculiar, un repentino bochorno, una desazón incontenible que comenzaba en los pulmones al compás del humo recién aspirado, para extenderse después sienes arriba imprimiendo un molesto vaivén a la habitación. Debí haberlo sospechado, porque yo solía entonces atiborrarme de tabaco —fumar aún no estaba tan mal visto— y ese mareo de principiante nicotínico era una experiencia para mí ajena. Debí comprender entonces que el lunes se presentaba con mal pie y con mal humo; de hecho, y desde que me había levantado de la cama, sufría una especie de pellizco intestinal que al principio achaqué a los picantes caracoles cenados en la víspera y que después, poco a poco, fui atribuyendo a un estado de ánimo, hasta verme obligada a reconocer que el pellizco no era sino una manifestación más de las pesadumbres metafísicas.

La noche anterior, sin embargo, me había dormido ahíta de optimismo, encandilada por mil planes y proyectos. Yo solía sufrir por entonces esporádicos y enardecidos arrebatos de planificación, mayormente en cada marzo, en la vecindad de mi cumpleaños. Hacía pocos días que había alcanzado la treintena, y, tras unos primeros instantes de vértigo al despedirme de los veinte, había conseguido embriagarme de novedad y de futuro. Así es que me sentía de estreno, tan de estreno como mi primera película, que iba a proyectarse al fin en siete días, el domingo de resurrección, con gran despliegue de focos en el cine como toda sesión de gala que se precie. Ilusionada con mi próximo triunfo, tranquilizada por mi trabajo, la noche anterior me había acostado sintiéndome independiente, segura y fuerte, y fue una sorpresa para mí el despertarme ese lunes con la ansiedad atravesada en el estómago a modo de caracol mal digerido.

Me había propuesto pasar una semana santa serena y sosegada. Me excitaba la posibilidad de reencontrarme a mí misma tras los últimos meses de dispersión y agotadora dedicación profesional; era una de esas raras ocasiones en las que me encontraba autosuficiente, y la autosuficiencia es por definición el vicio solitario. Por eso, por ese repentino deseo de aislamiento, casi me molestaba la cita con Hipólito, esa comida de lunes de pascua que podía romper mi retiro sin haberlo apenas empezado. Porque Hipólito se había quedado de «rodríguez», y era de prever que le entrasen repentinos furores cariñosos, que, liberado de sus deberes conyugales, intentase construir una pantomima de amor loco, siete días, siete, saliendo y entrando a horas no previstas, siete días de noviazgo, siete noches de ajetreado amor, siete mañanitas dulces de despertar en sus brazos; todo aquello, en fin, que no habíamos conseguido nunca por el aquel de sus rutinas de hombre casado.

Pero el caso es que esa mañana había llegado yo a la sorprendente conclusión de que no quería tanto a Hipólito como me empeñaba en creer. Sospeché una vez más que las palpitaciones que me acometían ante sus llamadas telefónicas —siempre demasiado tiempo postergadas— así como el retorcimiento de vísceras que, acompañado de repentino calor en el lóbulo de la oreja, sufría ante su presencia y al verle llegar por la calle camino de nuestra cita, braceando como húsar en ensayo de desfile, el rostro erguido, la sonrisa ratonil y lista entre los labios; que todos esos síntomas de amor loco y pasional, en suma, no eran más que obligaciones físicas que yo misma me imponía en mi afán por estar enamorada. Y esa falta de amor justo en vísperas de algo que tanto había esperado —la oportunidad de verle, de tocarle, de tenerle por unos días como mío— me produjo primero sorpresa, después el gozo de saberme dueña de mí misma, y por último cierto desmayo, una sensación de íntimo vacío: porque para alguien que, como yo, no creía en ninguna ideología ni respuesta total acogedora, el amor parecía ser la única excusa suficiente ante la vida.

Debí haber sospechado en todos estos síntomas que la cosa empezaba mal y se anunciaba peor, pero me empeñé en ocultármelo a mí misma, aparentando una normalidad absoluta. De modo que me lavé el pelo, como si de verdad funcionara en mí la vieja coquetería enamorada, e incluso intenté arreglar un poco la casa para recibir a Hipólito, movida por no sé qué secreto pundonor de perfección doméstica. Regué las plantas, limpié los tiestos de hojas secas, podé unos geranios desmesurados y acaricié la esparraguera, esa planta tan tenue y delicada que nos regalamos mutuamente Rosa y yo en una tarde melancólica, un día que a mí me iba mal, como siempre, con Hipólito, y a ella le iba mal, como siempre, con José-Joe. «Vamos a comprar los tiestos en recuerdo de esta tarde», dijo Rosa ante un puesto callejero, «la esparraguera es como la representación del amor, hermosa y frágil como un suspiro», añadió en un rapto de poética y algo cursi inspiración, pobre Rosa. Y pese a su debilidad congénita, mi esparraguera seguía tan tiesa y tan viva, bien instalada en su tiesto.

Estaba terminando mis oficios jardineros cuando llamaron a la puerta. Digo mal: fue más una intención de llamar que una llamada, fue un timbrazo tan breve y apocado que la campanilla apenas carraspeó. Atisbé por la mirilla y no vi a nadie. Abrí y descubrí a doña Maruja, una sombra menuda, negra y suspirante. Entró soplada y translúcida, colándose como un viento por la rendija de la puerta entreabierta. Apoyó su fragilidad en la pared del vestíbulo y se quedó mirándome, tímida y azorada, parapetándose tras una sonrisa desvaída. «Buenos días, doña Maruja», le dije, «¿qué tal va la vida?», y ella callaba y me miraba. Comencé a sentirme incómoda: los viejos eran entonces para mí tan inexcrutables e impredecibles como los niños pequeños. «¿Desea usted algo? ¿Se siente bien?», añadí repentinamente inquieta, y ella callaba y sonreía. «¿No prefiere pasar y sentarse?», dije al fin exasperada. Doña Maruja pareció recapacitar durante unos segundos mi propuesta y después se despegó milagrosamente de la pared, cuando yo ya comenzaba a sospechar que iba a permanecer ahí por siempre cual moldura blanca y negra, y sin dejar de sonreír se dirigió a la sala con pasitos breves y temblones. La seguí. Ya en la habitación se detuvo un momento decidiendo en qué lugar instalarse, y al fin se posó sin ruido sobre el sofá, sin que el cojín se hundiera con su peso. Ahí quedó erguida, las diminutas manos unidas sobre el regazo, la sonrisa pláci

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