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LA GENTE EN LOS áRBOLES

Hanya Yanagihara  

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Fragmento

 

19 de marzo de 1995

Un afamado científico, acusado de abusos sexuales

ASSOCIATED PRESS

BETHESDA, MARYLAND. El doctor Abraham Norton Perina, reconocido inmunólogo y director emérito del Centro de Inmunología y Virología del Instituto Nacional de Salud de Bethesda, Maryland, fue detenido ayer por un presunto delito de abusos sexuales.

Al doctor Perina, de setenta y un años, se lo acusa de tres delitos de violación, tres de corrupción de menores, dos de agresión sexual y dos de abusos sexuales por prevalimiento. La primera de las acusaciones la realizó uno de los hijos adoptivos del doctor Perina.

«Dichas acusaciones son falsas —declaró el abogado de Perina, Douglas Hindley, en un comunicado emitido ayer—. El doctor Perina es un miembro muy destacado y respetado de la comunidad científica, y es su deseo que esta situación se resuelva lo antes posible para poder reanudar sus obligaciones y su vida familiar.»

El doctor Perina recibió el Premio Nobel de Medicina en 1974 por la identificación del síndrome de Selene, una enfermedad que retrasa el envejecimiento. La afección, caracterizada porque el cuerpo de quien la padece se conserva relativamente joven al tiempo que avanza el deterioro mental, se halló entre los opa’ivu’eke de Ivu’ivu — una de las tres islas del estado micronesio de U’ivu — y se adquiría mediante el consumo de una tortuga muy poco común de cuyo nombre se sirvió el doctor Perina para bautizar a la tribu. La carne del animal inactivaba la telomerasa, la enzima de origen natural que desintegra los telómeros y limita el número de divisiones de las células. Los individuos aquejados del síndrome de Selene — llamado así por la diosa de la luna de la mitología griega, inmortal y eternamente joven — podían vivir durante siglos. Perina viajó por primera vez a U’ivu en 1950 como joven médico acompañante del reputado antropólogo Paul Tallent, y pasó muchos años en las islas, donde llevó a cabo un extenso trabajo de campo y adoptó a sus cuarenta y tres hijos, muchos de ellos huérfanos o hijos de miembros pobres de la tribu opa’ivu’eke. Varios niños siguen aún bajo la tutela de Perina.

«Norton es un padre ejemplar y una mente brillante —ha declarado el doctor Ronald Kubodera, colega investigador del laboratorio de Perina y uno de los amigos más íntimos del científico—. Estoy absolutamente convencido de que esas ridículas acusaciones se desestimarán.»

 

3 de diciembre de 1997

Prisión para un Nobel

REUTERS

BETHESDA, MARYLAND. El doctor Abraham Norton Perina ha sido condenado hoy a dos años de cárcel en la prisión de Frederick.

El doctor Perina obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1974 por demostrar que la ingestión de una tortuga ya extinguida del estado micronesio de U’ivu inactivaba la telomerasa, que limita el número de divisiones de las células. Se descubrió que esta afección, conocida como síndrome de Selene, podía transmitirse a una serie de mamíferos, entre ellos el ser humano.

Perina fue uno de los pocos occidentales que gozó de un acceso ilimitado a tan remotas y misteriosas islas, y en 1968 adoptó al primero de los cuarenta y tres niños autóctonos que ha criado en su casa de Bethesda. Hace dos años Perina fue acusado de violación y de abuso sexual por prevalimiento; el denunciante fue uno de sus hijos adoptivos.

«Es una verdadera tragedia —afirma el doctor Louis Altschur, director del Instituto Nacional de Salud, donde Perina ha ejercido su actividad científica durante años—. Norton posee una mente y un talento desbordantes, y espero de todo corazón que le proporcionen el tratamiento y la ayuda que necesita.»

Ni Perina ni su abogado han querido hacer declaraciones.

Prefacio

Soy Ronald Kubodera, pero solo en las publicaciones académicas. Para el resto del mundo soy Ron. Sí, soy el doctor Ronald Kubodera del que sin duda habrán leído en revistas y periódicos. No, no todas las historias que se cuentan son ciertas; casi ninguna lo es, naturalmente.

Pero en mi caso son ciertas las más importantes, de las que además me enorgullezco. Me siento orgulloso, por ejemplo, de que se me relacione con Norton (y ojo, hace un año y medio no habría tenido ni que decirlo), a quien conozco desde 1970, cuando entré a trabajar en su laboratorio de Bethesda, Maryland, para el Instituto Nacional de Salud. Norton no había recibido todavía el Nobel, pero su trabajo ya había revolucionado la comunidad científica y cambiado para siempre la percepción que los académicos tenían de los ámbitos de la virología y la inmunología, amén (es de justicia señalarlo) del de la antropología médica. También me enorgullece el hecho de que tras establecer una relación como colegas iniciáramos otra igual de intensa como amigos; mi relación con Norton es, sin duda, la más significativa de mi vida. Más importante aún, sin embargo, es que me siento muy orgulloso de seguir siendo su amigo y de que él siga siendo amigo mío, después de lo ocurrido en los dos últimos años.

Naturalmente, no es que yo haya tenido la oportunidad de hablar o comunicarme con Norton con la frecuencia que habría deseado — y él también, sin duda —. Se hace raro no tenerlo cerca, me siento solo. De hecho, hasta que me mudé aquí[1] hace alrededor de un año y medio — un mes después de que se dictara la sentencia contra Norton — no creo que en el curso natural de nuestra cotidianidad pasáramos más de dos días separados. Puede que ni siquiera tanto. (Naturalmente, excluyo circunstancias especiales, tales como las vacaciones esporádicas con mi mujer de entonces o los viajes que realizábamos por separado con motivo de bodas, funerales, etcétera. Pero incluso en esos casos yo hacía un esfuerzo por comunicarme con él a diario, ya fuera por teléfono o fax.) El caso es que hablar con Norton, trabajar con Norton, estar con Norton formaba, simple y llanamente, parte de mi vida cotidiana, más o menos como para muchos ver la tele o leer la prensa a diario; se trata de uno de esos rituales olvidables y sin embargo nada baladíes, uno que te confirma que la vida progresa de manera adecuada. Pero cuando ese ritmo se ve interrumpido, la sensación es más que perturbadora, es caer en una especie de deriva. Así es como me he sentido este último año y medio. Me despierto por las mañanas y hago mi vida, como siempre, pero por las noches aplazo invariablemente el momento de meterme en la cama, deambulo por el piso, me asomo a la noche, me pregunto qué se me ha olvidado. Voy tachando las decenas de tareas insignificantes que en una jornada normal llevo a cabo sin pensar — ¿he abierto y respondido el correo?, ¿he cumplido con los plazos?, ¿he cerrado las puertas con llave? —, hasta que por fin, con mucho pesar, me acuesto. Solo cuando estoy a punto de quedarme dormido recuerdo que la pauta misma de mi existencia ha cambiado, y entonces experimento una punzada de melancolía. Quizá ustedes piensen que a estas alturas bien podría asumir el cambio en las circunstancias de la vida de Norton, y por extensión de la mía, pero algo dentro de mí se resiste; a fin de cuentas, Norton ha formado parte de mi día a día durante casi tres décadas.

Pero si para mí la vida es soledad, mucho más lo es para Norton. Cuando lo imagino en ese lugar me pongo furioso; Norton ya no es joven, ni goza de buena salud, y no creo que la prisión sea el castigo más apropiado o razonable.

Sé que pocos comparten mi opinión. He perdido la cuenta de las veces que he intentado explicar cómo es Norton — su humanidad, su inteligencia, su excelencia — a amigos, colegas y periodistas (y a jueces, jurados y abogados). En el último año y medio ha habido numerosas ocasiones para recordar la traición de sus antiguos amigos, lo deprisa que han olvidado y abandonado a un hombre al que aseguraban apreciar y respetar. Algunos de ellos —personas con las que Norton trató y trabajó durante décadas — prácticamente se esfumaron nada más presentarse los cargos contra él. Peores, no obstante, fueron quienes le dieron de lado cuando fue declarado culpable. En aquel momento comprobé lo desleal e hipócrita que es la mayoría de la gente.

Pero estoy yéndome por las ramas. Una de las dificultades principales de la reclusión de Norton ha sido combatir la intensa monotonía que inevitablemente ha venido a definir su situación. Debo admitir que me quedé un poco sorprendido cuando, menos de un mes después de ingresar en prisión, empezó a quejarse de un aburrimiento supino. Siempre había sido uno de los sueños de su vida — el sueño, creo, de muchos hombres brillantes y desbordados por las obligaciones — disponer de un mes, o de un año, en un lugar acogedor sin un solo compromiso. Sin tener que pronunciar discursos, ni corregir o escribir artículos, ni impartir clases, ni cuidar de los niños ni dirigir proyectos de investigación; ante él solo habría una amplia extensión virgen de tiempo que él tendría la libertad de llenar como más le placiera. Norton siempre se había referido al tiempo como un mar, un paraje vacío, espejeante e infinito, y de hecho aquel sueño — «el tiempo-mar», lo llamaba él — se convirtió en una especie de broma, una clave para referirse a temas a los que esperaba poder dedicarse algún día, pero que no tenía manera de abordar en el presente. De modo que hacía promesas: cuando tuviera tiempo-mar, cultivaría helechos tropicales. Cuando tuviera tiempo-mar, leería biografías. Cuando tuviera tiempo-mar, escribiría sus memorias. Nadie, aún menos el propio Norton, creía que algún día dispondría de ese tiempo-mar, pero ahora, naturalmente, lo tiene, aunque sin el lugar acogedor y sin el indolente y agradable torpor que asociamos a una ociosidad ganada con el sudor de nuestra frente. Mas, por desgracia, parece ser que Norton no está preparado para el ocio; de hecho, ha sido una tortura para él (aunque, naturalmente, reconozco que esto puede atribuirse en gran medida a las desafortunadas circunstancias en las que se le ha concedido un tiempo de esparcimiento). En una carta reciente me decía:

Aquí hay poco que hacer y, llegados a cierto punto, aún menos que pensar. Nunca creí que me vería en semejante estado, tan agotado que me siento exangüe, pero no por falta de sangre, sino de ideas. Puro aburrimiento. He vivido convencido de que un período de vacío prolongado sería para mí un tesoro, que lo colmaría con extrema facilidad. Sin embargo, me he dado cuenta de que el tiempo no está para que lo llenemos en cantidades tan grandes y vírgenes; siempre hablamos de gestionarlo, pero se trata justo de lo contrario… Nuestras vidas están plagadas de ocupaciones porque esos pequeños resquicios de tiempo son lo único que logramos dominar realmente.[2]

Me parece una reflexión muy certera.

No obstante, a pesar de la evidente gravedad de las circunstancias en que Norton se encuentra actualmente, hay quienes han tenido el descaro de insinuar que debería dar gracias por lo que consideran la indulgencia de su situación actual, un argumento que se me antoja no solo obtuso, sino también cruel. Una de esas personas es un hombre llamado Herbert West (cuyo nombre he cambiado a regañadientes), colega investigador de Norton de principios de la década de 1980, que se pasó por Bethesda para ver a Norton de camino a un congreso en Londres. Eso fue antes del juicio pero después de que lo imputaran, cuando Norton se hallaba en lo que equivalía a un arresto domiciliario y le habían quitado la custodia de todos sus hijos. West, a quien yo siempre había considerado más soportable que muchos de los otros colegas de Norton, estuvo allí más o menos una hora y acto seguido me propuso salir a cenar a un restaurante. No me apetecía nada, y me pareció una grosería que me invitara delante de Norton, que al fin y al cabo no podía salir de casa, pero este me animó a que fuera, asegurándome que quería terminar unas tareas y le iría bien estar solo.

Me sentí obligado a cenar con West, y, aunque me costó no pensar en Norton solo en su casa, nos las arreglamos para mantener una conversación sorprendentemente agradable acerca del trabajo de West y el artículo que presentaría en el congreso, así como de otro artículo que Norton y yo habíamos publicado en el New England Journal of Medicine antes de que lo detuvieran y de algunos conocidos comunes, hasta que, en el momento en que nos servían el postre, West dijo:

—Norton ha envejecido una barbaridad.

—Se encuentra en una situación espantosa — repuse.

—Pues sí, bastante — murmuró West.

—Es extremadamente injusto.

West no respondió.

—Extremadamente injusto — repetí, dándole otra oportunidad.

Suspiró y se limpió las comisuras de los labios con la punta de la servilleta, un gesto artificioso y afectado, amén de ostentosa y odiosamente anglófilo. (West había estudiado — hacía décadas, y solo durante dos años — en la Universidad de Oxford gracias a una beca Marshall, dato que tenía la asombrosa capacidad de sacar a colación en cualquier acto social o de negocios.) La tarta de arándanos que tomaba le había teñido los dientes del color amoratado de un cardenal.

—Ron… — empezó a decir.

—Dime.

—¿Tú crees que lo hizo? — me preguntó West.

A esas alturas yo ya había aprendido a que la pregunta no me pillara desprevenido, y también qué respuesta dar.

—¿Y tú?

West me miró y sonrió, a continuación miró hacia el techo, y otra vez se concentró en mí.

—Sí — dijo.

No respondí.

—Tú crees que no — añadió West con un tono ligeramente interrogativo.

También había aprendido qué contestar a eso.

—Que lo hiciera o no es lo de menos. Norton es un genio, y tanto para mí como para la historia es lo único que

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