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LA GRAN FUGA (GOLFISTAS 7)

Susan Elizabeth Phillips  

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Fragmento

Título original: The Great Escape

Traducción: Paula Vicens

1.ª edición: octubre 2012

© 2012 by Susan Elizabeth Phillips

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.22786-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-281-8

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para Dawn

Aunque eres más guapa y vistes mejor,

sigo queriéndote, amiga mía.

 

 

 

 

 

Por millonésima vez, Lucy deseó tener una verdadera familia. Toda su vida había soñado con un padre que cor­tara el césped y la llamara por un sobrenombre cariñoso y una madre que no se emborrachara ni perdiera todos los trabajos ni se acostara con cualquiera.

First Lady

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

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Epílogo

Unas palabras de la autora

Notas

1

Lucy no podía respirar. El talle del vestido de novia, que un día antes le quedaba estupendamente, le apretaba las costillas como una boa constrictor. ¿Y si moría asfixiada allí mismo, en el vestíbulo de la iglesia presbiteriana de Wynette?

Fuera, un batallón internacional de periodistas resistía en las barricadas y el templo estaba a rebosar de ricos y famosos. A unos pasos de distancia, la ex presidenta de Estados Unidos y su marido esperaban para llevar a Lucy al altar donde se casaría con el hombre más perfecto del mundo. El hombre en el que cualquiera habría soñado; el más amable, considerado, inteligente... ¿Qué mujer en su sano juicio no habría querido casarse con Ted Beaudine? Había dejado encandilada a Lucy desde el primer momento.

Sonaron las trompetas anunciando el cortejo nupcial e hizo un esfuerzo para introducir en sus pulmones unas cuantas moléculas de aire. No podría haber escogido un día más hermoso para su boda. Era la última semana de mayo. Tal vez las primaverales flores silvestres de la región central de Tejas estuvieran ya mustias, pero las litráceas se encontraban en plena floración y las rosas adornaban la entrada de la iglesia. Un día perfecto.

Su hermana de trece años, la más joven de las cuatro damas de honor de su pequeño y anticuado cortejo nupcial, se puso en marcha. La siguió Charlotte, de quince años, detrás de la cual iba Meg Koranda, la mejor amiga de Lucy desde la época de la universidad. Oficiaba de madrina su hermana Tracy, una hermosa chica de dieciocho años tan enamorada del novio de Lucy que todavía se ponía colorada cuando él le dirigía la palabra.

El velo le caía por delante de la cara en agobiantes pliegues de tul blanco. Lucy pensó en lo extraordinario que resultaba Ted como amante, en lo brillante, lo amable, lo increíble que era. En lo perfecto que era para ella. Todo el mundo lo decía. Todo el mundo menos Meg, su mejor amiga.

La noche antes, después de la cena de ensayo, Meg la había abrazado y le había susurrado:

—Es maravilloso, Luce, y todo lo que tú quieras, pero no puedes casarte con él.

—Lo sé —le había respondido también en un susurro—. Pero, a pesar de todo, me casaré. Ahora ya es demasiado tarde para que me eche atrás.

Meg la había sacudido con fuerza.

—No es demasiado tarde. Te ayudaré. Haré todo lo posible.

Para Meg era fácil decirlo. La disciplina brillaba por su ausencia en la vida de su amiga, pero no en la suya. Ella tenía responsabilidades que Meg era incapaz de entender. Incluso ya antes de que la madre de Lucy jurara el cargo, el país estaba fascinado por la prole Jorik: tres hijos adoptivos y dos biológicos. Sus padres habían mantenido a los niños alejados de la prensa, pero Lucy tenía veintidós años en la época de la primera inauguración de Nealy, lo que la convertía en un blanco aceptable. La opinión pública estaba al corriente de la dedicación de Lucy a la familia, puesto que hacía de madre sustituta de sus hermanos durante las frecuentes ausencias de Nealy y Mat, de su labor de apoyo a la infancia, de lo poco que salía, incluso de su gusto en el vestir, bastante soso, y no cabía duda de que seguían la noticia de su boda.

Lucy tenía pensado reunirse con sus padres a mitad del pasillo como símbolo del modo en que habían entrado en su vida cuando era una rebelde de catorce años. Nealy y Mat podrían recorrer con ella aquel tramo final, uno a cada lado.

Charlotte empezó a caminar por la alfombra blanca. Era la más tímida de las hermanas de Lucy, la más afectada por dejar de tener a su hermana mayor cerca.

Aunque le había dicho que podrían hablar por teléfono todos los días, Charlotte estaba acostumbrada a convivir con ella en la misma casa y le había respondido que no sería lo mismo.

Era el turno de Meg. Miró a Lucy por encima del hombro. Incluso a través de metros de tul, vio la sonrisa lastrada de preocupación de su amiga. Lucy se habría cambiado por ella para poder vivir su vida despreocupada, viajando de país en país sin la obligación de contribuir a la crianza de sus hermanos, sin una reputación familiar que mantener, sin cámaras siguiendo todos y cada uno de sus movimientos.

Meg se dio la vuelta, se llevó el ramo a la cintura, plantó una sonrisa en la cara y se dispuso a dar el primer paso...

Sin pensárselo, sin preguntarse cómo podía ocurrírsele siquiera hacer algo tan espantoso, tan egoísta, tan inimaginable... Aunque no tenía intención de moverse, Lucy tiró el ramo, esquivó a su hermana y agarró a Meg del brazo antes de que pudiera avanzar más.

—Tengo que hablar con Ted ahora mismo —se oyó a sí misma decir, como desde muy lejos, farfullando.

—Luce, ¿qué haces? —susurró entre dientes Tracy a su espalda, consternada.

Lucy no podía mirarla. Se notaba la piel caliente, todo le daba vueltas. Clavó los dedos en el brazo de Meg.

—Tráemelo, Meg. ¡Por favor...! —Fue un ruego, una plegaria.

A través del sofocante tul, vio que su amiga se había quedado con la boca abierta.

—¿Ahora? ¿No te parece que podrías haberme pedido esto hace un par de horas?

—Tenías razón —gritó Lucy—. La tenías en todo lo que me decías. Estabas completamente en lo cierto. Ayúdame, por favor. —Aquellas palabras le resultaban extrañas: ella era la que se ocupaba de los demás; ni siquiera de niña pedía nunca ayuda.

—No lo entiendo. ¿Qué le dijiste? —le preguntó entonces Tracy a Meg, echando chispas por los ojos, indignada. Agarró de la mano a Lucy—. Mira, tienes un ataque de pánico. Todo va a salir bien.

No saldría bien, sin embargo, ni en aquel momento ni nunca.

—No. Tengo que... Tengo que hablar con Ted.

—¿Ahora? —preguntaron las otras dos al unísono—. Ahora no puedes.

Pero tenía que hacerlo y Meg lo comprendía aunque Tracy no lo hiciera. Asintió con preocupación, colocó el ramo en posición y fue hacia él por el pasillo de la iglesia.

Lucy desconocía a la histérica que se había apoderado de ella. No podía mirar a los ojos a su hermana. Aplastó los lirios de agua de su ramo con los tacones cuando cruzó el vestíbulo ciegamente. Había un par de agentes del Servicio Secreto ojo avizor a las puertas de la iglesia, al otro lado de las cuales esperaban una multitud de curiosos, un mar de cámaras de televisión, una horda de periodistas...

La hija mayor de la ex presidenta Cornelia Case Jorik, de treinta y un años, contrae hoy matrimonio con Ted Beaudine, hijo único de la leyenda del golf Dallas Beaudine y de la periodista Francesca Beaudine. Nadie esperaba que la novia escogiera el pequeño pueblo natal del novio, Wynette, Tejas, para la boda, pero...

Oyó los pasos decididos de un hombre en el suelo de mármol y se volvió. Ted se le acercaba. A través del velo, observó el modo en que un rayo de sol iluminaba su pelo castaño oscuro y otro le cruzaba el hermoso rostro. Siempre era así. Fuera donde fuera, era como si los rayos de sol lo siguieran. Era guapo, amable, todo lo que un hombre debe ser: el más perfecto que había conocido. El perfecto yerno para sus padres y el mejor padre imaginable para sus futuros hijos. Se le acercó apresuradamente, mirándola no con rabia, porque no era de esos, sino con preocupación.

Lo seguían sus padres, con cara de alarma. Los de él aparecerían enseguida y luego todos los demás: sus hermanas y su hermano, los amigos de Ted, los invitados... Toda la gente que le importaba. Toda la gente a la que quería.

Buscó frenética a la única persona que podía echarle una mano.

Meg estaba de pie, a un lado, agarrando con fuerza el ramillete. Lucy la miró suplicante, rogando que su amiga entendiera lo que necesitaba. La joven hizo un amago de correr hacia ella pero se detuvo. Con la telepatía que comparten las verdaderas amigas, Meg la entendió.

Ted cogió del brazo a Lucy y se la llevó a una pequeña antecámara lateral. Un instante antes de que cerrara la puerta, vio que Meg inspiraba profundamente y se disponía con determinación a hablar con sus padres; estaba acostumbrada a hacer frente a las situaciones difíciles. Los retendría el tiempo suficiente para que ella hiciera... ¿hiciera, qué?

La alargada antecámara estaba llena de colgadores con las túnicas del coro y de estantes altos abarrotados de cantorales, carpetas de partituras y viejas cajas de cartón mohosas. Un hilito de sol sulfuroso que entraba por los cristales polvorientos de la puerta del fondo, de algún modo, consiguió iluminarle la mejilla a Ted. Lucy se quedó sin aliento, mareada. Él la miró con aquellos ojos ambarinos suyos cargados de preocupación, tan tranquilo como ella frenética. Por favor, que arreglara aquello como lo arreglaba todo... Que la arreglara a ella.

El tul se le pegaba a la cara, no supo si por el sudor o por las lágrimas, mientras farfullaba lo que nunca habría imaginado que diría.

—Ted, no puedo. No puedo.

Le levantó el velo tal como ella había imaginado que haría al final de la ceremonia, justo antes de besarla. Estaba perplejo.

—No lo entiendo.

Ella tampoco lo entendía. Nunca había experimentado un pánico tan intenso.

Ted ladeó la cabeza y la miró a los ojos.

—Lucy, no podemos llevarnos mejor.

—Sí. No podemos llevarnos mejor, lo sé.

Él esperó. Lucy no sabía qué decir a continuación. Si hubie-
ra podido respirar... Hizo un esfuerzo para articular las palabras.

—Sé que nuestra relación es perfecta, pero... No puedo.

Esperaba que discutiera, que luchara por ella, que la convenciera de que estaba equivocada. Esperaba que la abrazara y le dijera que aquello era un simple arrebato de pánico. Sin embargo, su expresión no cambió. Apenas se le crisparon las comisuras de la boca.

—Tu amiga Meg —dijo—. Esto es por ella, ¿verdad?

¿Lo era? ¿Habría hecho algo tan impensable de no haber aparecido Meg con su amor, su caos y sus brutales e inmediatas opiniones?

—No puedo. —Tenía los dedos helados y las manos le temblaban mientras forcejeaba para quitarse el anillo de diamantes. Por fin salió. Estuvo a punto de caérsele mientras se lo metía en el bolsillo de la americana.

Ted dejó caer su velo. No le suplicó. No le preguntó por qué. No hizo el mínimo intento de que cambiara de opinión.

—De acuerdo, pues... —asintió bruscamente, se dio la vuelta y se fue. Tranquilo, sin perder el control, perfecto.

Cuando la puerta se cerró tras él, Lucy se apretó el vientre. Tenía que hacerle volver, correr tras él y decirle que había cambiado de idea, pero los pies no la obedecían y su cerebro se negaba a funcionar.

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