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LA GRAN GUERRA

Canal Historia  

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Fragmento

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¿Una época de esplendor?

A comienzos del siglo XX el continente europeo disfrutaba de un grado de desarrollo como no había conocido en toda su historia. Cien años después de que la Revolución francesa y la Revolución industrial británica hubiesen abierto la puerta del mundo contemporáneo, Europa había logrado abordar con relativo éxito (pero éxito al fin y al cabo) los grandes problemas y tensiones que estos dos grandes procesos habían planteado en las décadas posteriores a 1800. Es más, a partir de 1870 la situación pareció mejorar considerablemente: se producía más riqueza que nunca, la población vivía en ciudades cada vez más grandes y bellas, se había logrado mantener la paz, los países gozaban de cierta estabilidad interna, se conocían mejor tierras lejanas en las que era creciente la presencia europea… En definitiva, el clima general era de optimismo y de confianza, de seguridad en los logros que podrían alcanzarse en el nuevo siglo que empezaba.

Pero este panorama general escondía problemas y tensiones no resueltos que, de forma progresiva, fueron planteando nubarrones de temor en aquel escenario luminoso: las desigualdades sociales y económicas aumentaban, los grupos de descontentos políticos de diferente signo proliferaban, haciendo oír su voz cada vez más, las tensiones internacionales comenzaban a hacerse presentes… Ésta es la historia de cómo esos leves aires de insatisfacción alimentaron lo que acabó siendo un huracán bélico de intensidad sin precedentes y que acabaría barriendo con una facilidad inusitada lo que se consideraban logros indestructibles de la más avanzada civilización del mundo.

Al comenzar el siglo XX Europa continuaba siendo un continente de contrastes. A lo largo de la centuria anterior, el viejo continente había logrado renovar su iniciativa frente a otras partes del mundo, exhibiendo un dinamismo en la vida social y política como no había disfrutado en épocas anteriores. Sin embargo este desarrollo no se había producido de forma generalizada, y Europa seguía siendo un microcosmos que internamente mostraba una gran variedad de realidades culturales y sociales. Básicamente era un continente a dos velocidades: mientras que las islas Británicas y las tierras continentales que se agrupaban en torno al eje Bruselas-Milán eran las más dinámicas, ricas y prósperas, en torno a ellas se organizaba una periferia «atrasada» (tal y como se la llamaba en la época) en la que las novedades de la modernización habían penetrado de forma desigual y a un ritmo más lento. Esta periferia abarcaba toda la Europa meridional y oriental, donde la vida no había cambiado tanto en los últimos cien años.

Pero el viejo continente no estaba solo. Entre los países de otros continentes había varios que transitaban por la senda del desarrollo que había abierto el corazón dinámico de Europa, y que demostraron ser alumnos tan aventajados como para desbancar al maestro. El caso más destacado fue el de Estados Unidos, que al comenzar el siglo ya era el primer productor industrial del planeta, seguido por algunos de los territorios del Imperio británico (como Canadá o Australia) e incluso por países que sólo cincuenta años antes eran considerados como una lejana parte del mundo «a civilizar» (como Japón). No en vano fue en esta época cuando las expresiones «Occidente» y «occidental» comenzaron a extenderse para denominar al ámbito europeo y a sus áreas de influencia.

Pero pese al surgimiento de nuevos protagonistas, en el ámbito global, Europa continuaba llevando la voz cantante, y la tendencia del conjunto del continente hacia la modernización era general. ¿Qué significaba esto para los hombres de a pie? ¿Por qué este proceso sucedía en Europa y sus áreas de influencia y no en otra parte del mundo? ¿Cómo veían los europeos estos cambios? En la historia del cambio de siglo se hallan las claves con que responder a tantos interrogantes.

LA DESPREOCUPADA VIDA DE LAS HERMANAS SCHLEGEL

Para ilustrar la imagen idílica que en la imaginación popular han dejado los años anteriores a la Primera Guerra Mundial se ha recurrido en numerosas ocasiones a los relatos literarios. Particularmente las novelas del británico Edward M. Forster han sido muchas veces entendidas como un fiel reflejo de la vida de los europeos entre 1900 y 1914. El lector que se acerque, por ejemplo, a Howards End (una de sus novelas más celebradas, publicada en 1910 y origen de la adaptación cinematográfica que hizo en 1992 James Ivory, Regreso a Howards End) podrá admirar la vida desahogada, sofisticada e intelectualmente brillante de las protagonistas, las hermanas Margaret y Helen Schlegel. Estas dos mujeres, sin ser ricas, llevan una vida desahogada, sin necesidad de trabajar fuera de casa para mantener su independencia, ni tampoco dentro de ella al disponer de servidumbre, y con libertad sobrada para gastar y poder dedicar su tiempo al cultivo de la sensibilidad y el conocimiento.

Se podría pensar que semejante existencia es fruto de la imaginación literaria, pero la pareja de hermanas estaba inspirada en dos personajes reales del círculo de su autor: las hermanas Virginia y Vanessa Stephen. La primera de ellas alcanzaría posteriormente fama gracias a su obra literaria (pasando a ser conocida por su nombre de casada, Virginia Woolf). Efectivamente estas cuatro mujeres (las dos reales y las dos imaginadas) son el trasunto de un grupo social característico de la Europa desarrollada de los primeros años del siglo XX, la clase rentista. El crecimiento económico de las décadas precedentes había permitido el surgimiento de una clase burguesa que había dejado a sus descendientes valores financieros que rendían altos réditos anuales. Gracias a la estabilidad económica (salvo algún susto en la década final del XIX) esta clase rentista vivió los años anteriores a la Gran Guerra con una facilidad envidiable. Las importantes alteraciones que traería consigo el conflicto supondrían la desaparición del modo de vida de este grupo social, cuyo peso era especialmente destacado en la producción cultural europea, y al que se debió la creación de una imagen del cambio de siglo como época dorada, una etapa de plenitud que acabó en aquel verano de 1914 y que no volvería nunca más.

Aunque no se puede, ni mucho menos, hacer extensivo el nivel de vida que llevaba esta clase social al grueso de la población europea (ni su experiencia de aquel momento: ¿qué recuerdo guardarían de aquella misma época los criados de las señoritas Schlegel?), sí que es cierto que entre 1870 y 1914 existió un grupo social que pudo mantenerse prácticamente sin dificultad alguna. ¿Cómo fue posible que toda una generación pudiese conservar semejante nivel de vida sin verse forzados a ganarse el pan? La respuesta hay que buscarla en el momento de gran vitalidad económica y social que vivió Europa en aquellas décadas, las de la llamada Segunda Revolución Industrial.

EL HIERRO Y EL VAPOR YA NO SE LLEVAN

Desde que a finales del siglo XVIII comenzó a desarrollarse en Inglaterra el proceso que conocemos como Revolución industrial, las condiciones de la existencia humana experimentaron una serie de cambios profundos y a una velocidad creciente. Dichos cambios fueron el fruto del terremoto económico y social que produjo la aplicación de la fuerza mecánica basada en nuevas fuentes de energía a la producción de bienes. Esto, junto a una serie de cambios en el mundo rural, hizo que cada vez más gente abandonase su vida en los pueblos para acudir a ganarse el sustento en las fábricas que comenzaban a proliferar en las ciudades. Así, el peso de la producción industrial en la economía fue adquiriendo un papel preponderante frente a una progresiva decadencia de la agricultura (que hasta entonces había sido la mayor fuente de riqueza y de trabajo para el común de los europeos). La nueva forma de fabricar bienes se caracterizaba por la introducción de máquinas basadas en la aplicación de energías obtenidas de nuevas fuentes (esencialmente el carbón que alimentaba la maquinaria de vapor) y que permitieron la creación de manufacturas en mucha más cantidad, a una velocidad mucho mayor y con una homogeneidad en la calidad como no se conocía hasta entonces.

Semejante incremento en la producción de bienes no habría generado riqueza si no se hubiese originado al tiempo una gran expansión del comercio, que fue posible gracias al desarrollo desde la década de 1830 del ferrocarril (y posteriormente de la navegación a vapor). Fue entonces cuando comenzó a tejerse una compleja red de vías férreas entre las ciudades europeas, sobre las que cabalgaban locomotoras cada vez más potentes, que gracias al carbón y al vapor llegaban cada vez más lejos y más rápido. El impacto de semejante invento fue sensacional. Así lo describió el escritor austríaco Stefan Zweig en la década de 1920: «Los ejércitos de Wallenstein apenas avanzaban más deprisa que las legiones de César. Los de Napoleón no lo hacían más rápido que las hordas de Gengis Kan. Las corbetas de Nelson cruzaban el mar sólo un poco más deprisa que los barcos piratas de los vikingos o los comerciales de los fenicios […] Con el ferrocarril, con el barco de vapor, los viajes que antes duraban días se hacen ahora en uno solo, los que hasta ahora requerían interminables horas, en un cuarto de hora o en minutos». Las personas y las mercancías se podían mover ahora con una facilidad y a una velocidad inéditas. Todo ello supuso un importante abaratamiento de las mercancías y un crecimiento en el beneficio y la acumulación de capitales que se podían emplear en la búsqueda de nuevos inventos o para invertir en nuevos sectores o mercados en auge.

Lejos de agotarse, estos cambios cobraron nueva fuerza a partir de 1870 gracias a una serie de innovaciones que supusieron una auténtica revolución tecnológica, que conocemos por Segunda Revolución Industrial. El principal elemento de cambio fue el descubrimiento de dos nuevas fuentes de energía y el desarrollo de inventos que permitieron su aprovechamiento. La electricidad y los combustibles fósiles (sobre todo el petróleo) abrieron un nuevo mundo. Para la primera lo fundamental fue el desarrollo de máquinas capaces de producirla (la dinamo, inventada por Werner von Siemens en 1867) y de adaptarla para su uso (el alternador y el transformador). Tras dar sus primeros pasos en la década de 1870, la electricidad obtuvo un primer hito importante en 1882 cuando Thomas Alva Edison (que había inventado la lámpara eléctrica incandescente o bombilla en 1879) inauguró la primera fábrica de electricidad en el estado de Nueva York. Éste fue el punto de partida del surgimiento de las grandes compañías eléctricas que, como la AEG alemana, se centraron en el abastecimiento a las industrias para que éstas pudiesen incorporar a la producción nuevas máquinas eléctricas. Para el petróleo el hito básico fue el desarrollo del motor de combustión interna, que fue objeto del trabajo de numerosos ingenieros e inventores en las décadas finales del siglo, como los alemanes Nikolaus Otto, Karl Benz y Gottlieb Daimler, que para 1900 ya habían desarrollado varios modelos que funcionaban con gasolina. Éstos, junto con el motor inventado por Rudolf Diesel (que empleaba gasóleo y era más barato), fueron el punto de partida de la industria automovilística, desarrollada por empresarios pioneros como los franceses Armand Peugeot, Louis Renault y André Citroën o el norteamericano Henry Ford, que fabricó el primer modelo en serie en 1913. Esta carrera tecnológica permitiría los primeros pasos de la aeronáutica, cuyo punto de partida fueron los vuelos en aeroplano de los estadounidenses hermanos Wright en 1903.

Pero las novedades no siempre tenían como efecto dejar obsoletos artilugios o técnicas anteriores. Algunos se perfeccionaban y seguían gozando de una larg

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