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LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Hugh Thomas  

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Fragmento

Agradecimientos

Debo hacer constar mi agradecimiento al gran número de personas que me han escrito sobre cuestiones relativas a la guerra civil desde que se publicó este libro por primera vez. Tanto ellas como todos aquellos con quienes he hablado desde entonces son demasiado numerosos para mencionar sus nombres, pero les estoy muy agradecido. También deseo dar las gracias a una serie de amigos que me han ayudado o aconsejado en alguna parte del libro, en particular a Paul Preston, por sus sugerencias sobre la revisión de los capítulos que se refieren a la República, y demás ayuda; al vicealmirante sir Peter Gretton, por sus consejos sobre el aspecto naval de la guerra; a Norman Cooper, por su ayuda en los capítulos referentes a la economía nacionalista; a la señora Jill Edwards, por su trabajo sobre la no-intervención y el papel del gobierno británico; al doctor Michael Alpert; y a Norman Jones, por sus sugerencias sobre Cataluña. Y finalmente debo agradecer a Ronald Fraser que tuviera la amabilidad de leer las pruebas de imprenta. He manifestado mi agradecimiento a otras personas en las notas a pie de página, en el lugar correspondiente. También quiero agradecer a W. H. Auden y a Faber & Faber que me permitieran citar su poema «Spain»; a Edgell Rickword, por idéntico motivo, con su poema «To the Wife of a Non-Intervention Statesman»; a A. L. Lloyd por su traducción al inglés de un poema de M. Hernández; a Librairie Gallimard por autorizarme a citar parte de «Aux Martyrs Espagnols» de Claudel; y finalmente a C. Day-Lewis y Bodley Head por permitirme reproducir parcialmente su poema «Na barra».

Siglas de algunos grupos y partidos políticos

CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) — Partido católico

CNT (Confederación Nacional del Trabajo) — Sindicato anarcosindicalista

FAI (Federación Anarquista Ibérica) — Vanguardia doctrinal anarquista

FIJL (Federación Ibérica de Juventudes Libertarias) — Juventudes anarquistas

JAP (Juventudes de Acción Popular) — Movimiento juvenil de Acción Católica

JCI (Juventud Comunista Ibérica) — Juventudes del POUM

JONS (Juntas de Ofensiva Nacional- Sindicalista) — Fascistas

JSU (Juventudes Socialistas Unificadas)

POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) — Comunistas revolucionarios (es decir, anti-stalinistas).

PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) — Comunistas Catalanes

UGT (Unión General de Trabajadores) — Sindicato socialista

UME (Unión Militar Española) — Grupo de militares de derechas

UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista) — Grupo de militares opuestos a la UME

Abreviaturas empleadas en las notas

CAB Notas del gabinete británico (inéditas, en el Public Record Office) con las referencias pertinentes FD Documentos de política exterior francesa, 2.ª serie, 1936-1939, del tomo III en adelante FO Foreign Office, aludiendo a los documentos inéditos del Public Record Office GD Documentos alemanes de política exterior, serie D, vol. III, a menos que se especifique otra cosa NIC Documentos del subcomité de no-intervención NIS Documentos comité de no-intervención USD Volúmenes 1936-1939 de política exterior de Estados Unidos

A Vanessa

Prólogo

Este libro fue publicado por primera vez en Inglaterra en abril de 1961. En aquellos momentos no se había escrito ningún estudio histórico general sobre la guerra civil y sus orígenes, si exceptuamos las obras, muy anteriores, de Salvador de Madariaga (la segunda mitad de su España, publicada en 1946) y de Julián Zugazagoitia (Historia de la guerra de España, que vio la luz en 1940.) También había una serie de historias militares escritas en su mayoría poco después del final de la guerra civil, como las de Manuel Aznar y Luis María de Lojendio.

A finales de los años 50, la idea de escribir una historia general de la guerra desde un punto de vista histórico se les había ocurrido a varias personas además de a mí: al cabo de un mes de la publicación de la mía, apareció otra historia general escrita por dos franceses, Fierre Broué y Émile Témime. También se habían publicado ya para entonces una o dos monografías, como los dos libros del profesor Cattell sobre el comunismo y la política rusa, y el estudio un tanto inquisitorial de Burnett Bolloten sobre la actuación comunista, publicado al mismo tiempo que mi libro. Así, pues, en el extranjero «necesitaban» una historia de la guerra civil, al decir de los editores. Parecía que se habían enfriado las pasiones entre los que habían luchado o simpatizado con uno u otro bando. Al mismo tiempo, ya podía encontrarse mucho material disponible relacionado con la guerra civil que, en su mayor parte, no había sido aprove­chado.

En cuanto a la propia España, la guerra civil parecía muerta tanto histórica como políticamente. Ahora hay que hacer un esfuerzo de imaginación para recordar la atmósfera intelectual de España a mediados o finales de los años 50. El pasado reciente era un tema tan prohibido como el del futuro inmediato. Quien intentara profundizar se exponía a tropezar con un clima de enemistad, silencio y sospecha. En aquellos momentos, yo creía que aquella reticencia era debida al temor, pero ahora me parece que se debía más a la conmoción o a la sorpresa por el hecho de que un gran país como España hubiera sufrido un conflicto tan destructivo como aquél; de que hubiera perdido tantos habitantes que habían tenido que emigrar; y de que, después de una historia moderna menos dura en muchos aspectos que la de sus vecinos europeos, hubiera experimentado durante tanto tiempo un régimen tan implacable como el del general Franco.

Al parecer, la historia de la guerra civil y sus consecuencias no era el único tema prohibido. Parecía como si hubiera caído un pesado telón sobre la historia española posterior al exilio del rey, en 1931; un telón doblemente impenetrable, porque era tanto de polvo como de hierro. El gobierno utilizaba el pasado; es cierto, pero sólo como parte de su propaganda.

Fui a España por primera vez en el invierno de 1955-1956. Entonces trabajaba en el Foreign Office británico, y estuve presente en Nueva York cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas admitió a España en la organización. Fui a España de vacaciones, leyendo El laberinto español, de Gerald Brenan, un libro brillante que para muchos ingleses ha servido de iniciación a la historia de la España moderna. De aquel viaje recuerdo dos o tres impresiones muy vividas. Voy a darme la satisfacción de recordarlas: un hombre que cantaba una canción sobre Manila en el andén de Irán mientras le limpiaban los zapatos; una encantadora pensión de Madrid, detrás de la calle de Fuencarral, que ahora ha sido demolida; y, la más fresca de todas, la maravillosa sensación de despertarme de repente en el tren y encontrarme en Andalucía, un nuevo mundo hermoso, encendido y caluroso. En aquellos momentos, consciente o inconscientemente, sin duda yo estaba buscando un tema sobre el cual escribir un estudio histórico, y sospecho que aquella repentina inundación de sol andaluz en un tren que pasaba al norte de Bobadilla debió de influir en mi decisión. En cualquier caso, recuerdo muy bien haber dicho a un amigo mío al volver: «¿Por qué nadie ha escrito una historia de la guerra civil española?» Y él me contestó: «¿Por qué no lo haces tú?»

Escribí el libro con la intención deliberada de ser imparcial. Consideraba (y considero) que el gobierno representativo es preferible al autoritarismo, tanto si es reaccionario como si es revolucionario, pero eso me daba un punto de partida razonable. Todo el mundo actúa según sus intereses: para un historiador, la sociedad buena es aquella en la que los historiadores pueden respirar a pleno pulmón y libremente.

Creo que en aquella época no albergaba ninguna esperanza de que mi libro fuera a aparecer en España, ni de que nadie quisiera publicarlo fuera de Inglaterra. Pero mis amigos de Ruedo Ibérico lo publicaron en París poco después de su aparición en inglés, y conservan sus derechos sobre la traducción española. Ahora, sin embargo, han cambiado muchas cosas, y me alegra pensar que esta nueva edición, totalmente revisada, va a publicarse y distribuirse en la propia España, aunque sólo sea por contribuir al debate sobre el pasado reciente que está teniendo lugar en el país y que puede ser una baza importante en la preparación del camino hacia un futuro seguro. Soy consciente de que mucha gente está decidida a olvidar la guerra civil, en un país donde mucho más de la mitad de la población nació después de 1939. A pesar de todo, sospecho que el pasado sólo podrá ser enterrado cuando se conozca claramente la verdad respecto al mismo. Por eso creo que la preocupación por la historia contemporánea en la España moderna tiene que ser terapéutica.

Esta edición es una revisión sustancial de la que apareció en 1961. Publiqué una edición ligeramente revisada en 1965, pero la presente ha sido parcialmente reescrita teniendo en cuenta la inmensa cantidad de material aparecido en fecha reciente, e incorporando además otras investigaciones y opiniones mías. También existe una cuestión de perspectiva: en 1960, era posible considerar al régimen del general Franco como algo aberrante, y pensar que el gobierno representativo (como el existente entre 1931 y 1936, y antes de 1923 con menos honestidad pero con más éxito) constituía, además de ser el ideal, la norma de la vida española moderna. Ahora, en cambio, cualquiera que sea el ideal, los cinco años de la República parecen una interrupción dentro de la tendencia general hacia el gobierno autoritario que empezó con el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923. Además, en 1961 el momento era muy diferente al de ahora: entonces, en los comienzos de la era Kennedy, el mundo parecía inundado de optimismo: fue casi una segunda belle époque.No había razones para suponer que el desarrollo económico del mundo no fuera a continuar de manera indefinida, y se creía que los países avanzados, crecientemente ilustrados, prestarían cada vez más atención a las necesidades de los más pobres. La guerra fría había terminado. La guerra civil española parecía un hecho de un pasado remoto, negro y desgraciado que, por lo que se refiere al otro lado de los Pirineos, había sido enterrado con la crisis que dio lugar a la segunda guerra mundial.

Hoy en día, la problemática que llevó a la peor guerra civil de la Europa moderna se plantea en muchos países (no sólo «latinos»). El aumento del autoritarismo de izquierdas y de derechas; la falta de fe en la democracia; el choque de entusiasmos que degeneran en brutalidad; el impacto de la tecnología en un país mal preparado para ella; la relación entre guerra civil y crisis internacional... todas estas cosas resultan mucho más próximas a mayor número de gente ahora que en 1961. En cualquier caso, así son las cosas al norte de los Pirineos y al sur de Gibraltar.

Sólo en España, tal vez, la situación parece más prometedora en 1976 que en 1961. Sospecho que, en otros países, pocos dirían que los últimos quince años han sido años de progreso. Pero en España serían pocos los que pudieran decir honradamente, en esta primera primavera después de la muerte del general Franco, que no están más contentos hoy en día que en abril de 1961. Ahora en España se respira la sensación de que el futuro promete realmente la paz, la piedad y el perdón de los que hablaba Azaña en plena guerra civil (con estas palabras termina este libro en ésta y en su última edición). En cuanto la guerra civil pase a ser primordialmente un tema de controversia entre historiadores, podremos considerar que, por fin, ha terminado.

HUGH THOMAS

Londres, abril de 1976

Referencias en notas a pie de página

La primera vez que se menciona un libro, se dan el título, el lugar y la fecha de publicación, después del nombre completo del autor; si aparece de nuevo, se da sólo el nombre del autor. Cuando se menciona un segundo (o tercer) libro del mismo autor, las referencias ulteriores a ese libro y al primero que se ha mencionado del autor se dan con un título abreviado.

LIBRO PRIMERO

Los orígenes de la guerra

«El ideal de todos los españoles es que llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes:

"Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana".»

ÁNGEL GANIVET

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Preludio

La sesión de las Cortes del 16 de junio de 1936. -El gobierno de Casares Quiroga. - Habla Gil Robles. -Las amenazas a la vida democrática.- La Pasionaria. -Altercado de Calvo Sotelo con el jefe del gobierno.

El edificio de las Cortes, el parlamento de España, está situado hacia la mitad de la cuesta que sube del Prado a la Puerta del Sol.[1] Unos leones de bronce fundido de los cañones capturados al enemigo en las guerras de Marruecos guardan sus puertas. En el frontón que remata sus columnas corintias, la Justicia abraza esperanzada al Trabajo. Actualmente, los lujosos pasillos y salones de las Cortes sólo se usan de vez en cuando para que unos cuantos dignatarios honoríficos presten asentimiento formulario a los decretos que dicta el jefe del Estado. Sin embargo, el 16 de junio de 1936, este edificio clásico era el centro de toda España.

Habían transcurrido más de cinco años desde que el rey Alfonso XIII había abandonado el trono español; para evitar, según dijo él (quizás exagerando su propia importancia para su pueblo), el desastre de una guerra civil. Habían sido cinco años de actividad parlamentaria. Antes de irse el rey, hubo un lapso de ocho años —de 1923 a 1931— durante el cual la mayor parte del tiempo bajo el afable dictador militar general Primo de Rivera, las Cortes permanecieron tan desiertas como en la actualidad. Entonces, en junio de 1936, la vida parlamen­taria en España parecía hallarse al borde de la destrucción.

Un inquieto grupo de liberales de clase media y de edad madura ocupaban el banco azul del gobierno, frente al hemiciclo de la cámara de diputados. Hombres honrados e inteligentes, tanto ellos como sus seguidores odiaban la violencia. Admiraban las formas agradables y democráticas de Inglaterra, Francia y Norteamérica. Sin embargo, este odio y esta admiración los hacían insólitos entre los españoles de su tiempo, solitarios incluso entre los cuatrocientos diputados que, sentados o de pie, a su alrededor y en los escaños más altos, como podían, ocupaban la atestada Cámara.[2] No obstante, los hombres de este gobierno tenían un fanatismo propio no muy típico de los países de mentalidad práctica que ellos deseaban reproducir en España.

Tomemos el caso, por ejemplo, del jefe del gobierno, Santiago Casares Quiroga. Hombre rico, nacido en Galicia, había pasado gran parte de su vida luchando por conseguir la autonomía para su pobre región, aunque la única ventaja que habrían podido sacar los gallegos de ella hubiera sido la mejora del servicio ferroviario.[3] Aunque Casares parecía actuar de acuerdo con principios liberales y wilsonianos formulados más allá de los Pirineos, no dejaba de ser por ello típicamente español. Era un liberal apasionado cuando el desarrollo de las organizaciones obreras hacía parecer al liberalismo casi tan anacrónico como el enemigo de los liberales, el feudalismo. Sin embargo, teniendo en cuenta que en España no había triunfado ninguna revolución de la clase media, según el modelo de la de Francia de 1789, no podía reprocharse su actitud a Casares Quiroga y sus partidarios. En los primeros años de la República, en 1931 y 1932, los ojos de Casares Quiroga (entonces ministro de Gobernación) relucían brillantes en su pequeño rostro, ante amigos y enemigos, como los de Saint Just. Ahora se advertía en ellos un extraño optimismo irónico, sólo explicable como síntoma de la tuberculosis que ya padecía.

La naturaleza de la crisis de España fue descrita el 16 de junio de 1936 por Gil Robles, el atildado, obeso y casi calvo, aunque todavía joven, jefe del partido católico español, la CEDA.[4] Su partido era conservador y católico, e incluía a los que querían restaurar una mo­narquía, y a quienes deseaban una república demócrata cristiana. Algunos miembros de la CEDA, particularmente de su movimiento juvenil (JAP),[5] eran casi fascistas; y algunos admiraban el Estado corporativo de Dollfuss. Gil Robles era elocuente y hábil, pero vacilante y tortuoso. Era odiado tanto por monárquicos y fascistas como por socialistas. No obstante, había creado el primer partido español de masas de clase media. Ahora recordaba que el gobierno, desde las elecciones de febrero, había tenido poderes excepcionales, incluidas la censura de prensa y la suspensión de garantías constitucionales. A pesar de todo, durante aquellos cuatro meses —decía—, se habían quemado 160 iglesias, se habían cometido 269 asesinatos básicamente políticos, y 1.287 agresiones de diferente gravedad. Habían sido destruidos 69 centros políticos, habían habido 113 huelgas generales y 228 huel­gas parciales, y habían sido saqueadas las redacciones de 10 periódicos.

«Desengañaos —concluía Gil Robles—. Un país puede vivir en monarquía o en república; en sistema parlamentario o en sistema presidencialista; en sovietismo o en fascismo; como únicamente no vive es en anarquía, y España, hoy, por desgracia, vive en anarquía [...]. Tenemos que decir hoy que estamos presenciando los funerales de la democracia.» Toda la Cámara prorrumpió en gritos airados, unos de apoyo, otros de disentimiento.[6]

La situación del país y del régimen era tan grave como señalaba Gil Robles, aun cuando las cifras fueran sospechosamente precisas, y aun cuando algunos de los desórdenes causados fueran obra de las derechas: el edificio de El Ideal, un periódico derechista de Granada, al parecer había sido quemado por jóvenes de derechas, y aquello fue otra provocación.[7] A los actos de violencia hay que añadir que los partidos políticos de uno y otro extremo preparaban a sus hombres para luchar, instruyéndolos en formaciones militares. «El domingo todos a la calle», era la orden de una serie de jefes políticos. Ni Casares Quiroga ni Gil Robles, representantes ambos de grupos que habían sido muy destacados en la historia de la Segunda República,[8] podían ya controlar los acontecimientos. En realidad, ambos se mantenían en las Cortes gracias a los votos de diputados cuyos objetivos eran diferentes de los suyos. Las elecciones del febrero anterior habían sido una lucha entre dos alianzas: el Frente Popular y el Frente Nacional.

Constituían el primero, además de los liberales como Casares, el gran Partido Socialista, el reducido Partido Comunista, y otros grupos de las clases trabajadoras. Tras el Partido Socialista estaba el poderoso sindicato socialista, la UGT (Unión General de Trabajadores),[9] uno de los movimientos obreros mejor organizados de Europa. El Frente Nacional lo constituían no sólo la CEDA, sino también monárquicos, agrarios, representantes de los grandes terratenientes del sur y del centro, y otros partidos de derechas. Era el frente político de todas las fuerzas de la vieja España; del ejército, la Iglesia y la burguesía.

El Frente Popular había ganado la jornada de febrero de 1936, aunque, a causa de la ley electoral española, la mayoría de escaños que tenía en las Cortes era mayor de lo que hubiera correspondido al total de votos obtenidos en un sistema estricto de representación proporcional. No todos los partidos que habían integrado la alianza electoral formaban parte del gobierno. En realidad, el gobierno estaba compuesto por republicanos liberales,[10] mientras que su mayoría dependía de las organizaciones de las clases trabajadoras. Esta nunca es una buena fórmula para un gobierno fuerte. Y era especialmente desafortunada en la España de 1936, donde los partidos obreros se encontraban ya en un perpetuo estado de efervescencia revolucionaria. Aparte de estos grupos, que cooperaban con el sistema democrático en la medida en que se disputaban los escaños de las Cortes, quedaba al margen el gran ejército de casi dos millones de trabajadores anarquistas, principalmente en Andalucía y en Barcelona, organizados en la CNT,[11] y dirigidos por una sociedad secreta, la FAI. Este inmenso movimiento, introvertido y apasionado, palpitante ya como una gran ciudad en estado de guerra, despreciaba al gobierno progresista de Casares Quiroga tanto como había odiado antes a los gobiernos de derechas. Y luego estaba el ejército. A principios de aquel verano, en Madrid, ¿quién no había oído rumores sobre conspiraciones de destacados generales, para restablecer «el orden», o sea, una dictadura militar?

En realidad, cuando Gil Robles finalizó su parlamento en las Cortes, un diputado socialista declaró que las iglesias estaban siendo incendia­ das por agentes provocadores para justificar una rebelión militar.

Los socialistas estaban divididos. Unos eran reformistas. Otros eran intelectuales fabianos. Unos cuantos eran revolucionarios. Algunos estaban deslumbrados por los halagos de los comunistas, mientras que otros estaban horrorizados ante el aumento reciente de la influencia comunista. Pero todos estaban de acuerdo con las acusaciones dirigidas a las derechas por cualquiera de sus portavoces.

Cuando cesó el griterío, el jefe monárquico Calvo Sotelo se levantó arrogante. Igual que Casares Quiroga, era nativo de Galicia; pero también como Casares, carecía de la serenidad que ha dado fama a esa verde región. ¿Tenía sangre gitana? ¿Era un hombre tan fuerte como parecía indicar su atractivo rostro? ¿Era un Roosevelt español, o un Mussolini español, más inteligente? Todo cuanto se sabía era que se trataba de un hombre violento, elocuente y hábil. Al terminar sus estudios en la Universidad de Zaragoza en 1915, Maura,[12] el presidente del consejo de ministros de Alfonso XIII, conservador y de elevados ideales, le hizo su secretario privado. Poco después, Maura le nombró gobernador civil[13] de Valencia, a sus veinticinco años. El general Primo de Rivera le dio la cartera de Hacienda a los treinta y dos años. Después de pasar prudentemente en París los primeros años de la República, para evitar que se le condenara por los errores financieros de la dictadura, regresó a España cuando la República había empezado a desintegrarse. Elegido diputado a Cortes como representante monárquico, creía en su buena estrella por encima de todo. El eclipse de Gil Robles había sido un triunfo para él. Con su experiencia y en plenitud de facultades, hablaba como si creyera que el futuro de España estaba en sus manos.[14]

El desorden de España, dijo en un discurso salpicado de interrupciones, era el resultado de la Constitución democrática de 1931. El no creía que sobre aquella Constitución pudiera construirse un Estado viable. «Frente a este Estado estéril yo levanto el concepto del Estado integrador, que administre la justicia económica y que pueda decir con plena autoridad: ¡No más huelgas, no más lock-outs, no más intereses usurarios, no más fórmulas financieras de capitalismo abusivo, no más salarios de hambre, no más salarios políticos no ganados con un rendimiento afortunado,[15] no más libertad anárquica, no más destrucción criminal contra la producción, pues la producción nacional está por encima de todas las clases, de todos los partidos y de todos los intereses! A este Estado le llaman muchos Estado fascista; pues si ése es el Estado fascista, yo, que participo en la idea de ese Estado, yo, que creo en él, me declaro fascista.»

Cuando se hubo aplacado la tormenta de burlas y aplausos que estalló tras estas palabras, continuó:

«Cuando se habla por ahí del peligro de militares monarquizantes, yo sonrío un poco, porque no creo —y no me negaréis una cierta autoridad moral para formular este aserto— que exista actualmente en el ejército español, cualesquiera que sean las ideas políticas individuales, que la Constitución respeta, un solo militar dispuesto a sublevarse en favor de la Monarquía y en contra de la República. Si lo hubiera, sería un loco, lo digo con toda claridad, aunque considero que también sería loco el militar que al frente de su destino no estuviera dispuesto a sublevarse en favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjera.»

En realidad, Calvo Sotelo ya se había comprometido secretamente a apoyar un alzamiento militar, si es que se producía. El presidente de las Cortes, el atezado Diego Martínez Barrio, rogó a Calvo Sotelo que no hiciera aquella clase de declaraciones, porque sus intenciones podían ser mal interpretadas. El presidente era un político experto, nacido en Sevilla de origen modesto, que había sido jefe de gobierno durante corto tiempo. Ahora era jefe del partido de la Unión Republicana. Abierto y comprensivo, pero vanidoso, hasta entonces, en su vida política, había utilizado con éxito la táctica del compromiso. Esto era tan raro tratándose de asuntos españoles que sus enemigos atribuían su encumbramiento a su poder oculto como masón de grado treinta y tres.

Deliberadamente, el jefe del gobierno respondió a Calvo Sotelo:

«Me es lícito decir que, después de lo que ha hecho su señoría hoy ante el Parlamento, de cualquier cosa que pudiera ocurrir, que no ocurrirá, haré responsable ante el país a su señoría. El señor Calvo Sotelo [...] viene aquí hoy con dos fines: el de buscar la perturbación parlamentaria, para acusar una vez más al Parlamento de que no sirve para nada, y el de buscar la perturbación del ejército para [...] volver a gozar de las “delicias” de la dictadura. No sueñe en conseguir éxito, señor Calvo Sotelo; ni el Parlamento [...] ha de rebajarse un ápice en su valía, en su actividad, en su fecundidad, ni el ejército hará en España otra cosa que cumplir con su deber...»

A continuación habló la famosa comunista española Dolores Ibárruri, llamada «la Pasionaria». Siempre vestida de negro, con un rostro grave pero fanático que hacía que las masas que escuchaban sus discursos la consideraran una especie de santa revolucionaria, ahora tenía cuarenta años. Tiempo atrás, de joven, había sido una católica devota. Por entonces, iba de pueblo en pueblo por el País Vasco (según una versión), vendiendo sardinas que llevaba en una gran cesta sobre la cabeza.[16] Pero Dolores la Sardinera se casó con un minero de Asturias, uno de los oscuros fundadores del Partido Socialista en el norte de España. Se acumularon las tragedias personales —tres de sus hijas murieron siendo niñas— en un duro ambiente de lucha.[17]

Ella transfirió su devoción por la Virgen de Begoña al profeta de la biblioteca del Museo Británico. Las derechas habían propalado el rumor de que una vez había cortado la garganta a un cura con sus propios dientes. Iba a convertirse en una gran oradora, y ya era una artista en la elección de las palabras y los momentos oportunos. Pero su personalidad no era tan vigorosa como parecía en público, y sus enemigos de la izquierda trotskista atribuían el éxito de su oratoria a las instrucciones secretas que recibía de Moscú. Sin embargo, era una mujer sencilla, directa y enérgica que había estado muchas veces en la cárcel —en tres ocasiones durante la República— y que también había estado dos veces en Moscú. En las Cortes, era la única figura destacada del pequeño, aunque creciente, Partido Comunista español.

Sólo había diecisiete diputados comunistas, todos ellos «desconocidos e ignorantes», en opinión de Indalecio Prieto, socialista moderado, y en todo el país el partido contaba con 130.000 militantes como máximo.[18]

Pero hay algo más importante: la Pasionaria también representaba la idea del sexo femenino revolucionario, una fuerza poderosa en un país que había concedido a la Virgen un puesto especial en la religión.

Ya en 1909, las mujeres de Barcelona se habían contado entre los huelguistas, incendiarios de iglesias y saqueadores de conventos, mostrándose las más elocuentes, osadas y violentas.[19]

Cuando la Pasionaria habló en las Cortes el 16 de junio, trató con desprecio a los fascistas españoles, considerándolos unos simples gángsters. Pero ¿no había acaso una «internacional fascista», dirigida desde Berlín y Roma, que ya había señalado el día del ajuste de cuentas en España?

A continuación, un hombre de negocios catalán, Juan Ventosa, manifestó su alarma ante el aparente optimismo del jefe del gobierno. Ventosa, dos veces ministro de Hacienda con el rey, llevaba muchos años en la política y era el representante político de Francisco Cambó, el financiero más importante de Barcelona y uno de los hombres más ricos de España. Se decía que Cambó ya había trasladado su fortuna al extranjero. La cuestión que planteaba Ventosa era si, teniendo en cuenta la evasión de capitales, era más prudente tener confianza o inquietarse. El gobierno no pudo dar ninguna respuesta. Después, Joaquín Maurín, jefe del partido comunista rebelde llamado el POUM,[20] declaró que en el país existía ya una situación prefascista. Entonces Calvo Sotelo volvió a levantarse para responder al jefe del gobierno: «Mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice [...]. Yo digo lo que santo Domingo de Silos[21] contestó a un rey castellano: “Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis”. Y es preferible morir con gloria que vivir con vilipendio. Pero a mi vez invito al señor Casares Quiroga a que mida sus responsabilidades estrechamente, si no ante Dios, puesto que es laico, ante su conciencia, puesto que es hombre de honor».

Luego habló del papel de Kerensky y de Karolyi en la entrega de Rusia y Hungría a la revolución comunista: «Su señoría no será Kerensky, porque no es inconsciente, tiene plena conciencia de lo que dice, de lo que calla y de lo que piensa. Quiera Dios que su señoría no pueda equipararse jamás a Karolyi, el consciente traidor a una civili­zación milenaria».

Al sentarse Calvo Sotelo, la Cámara prorrumpió en los gritos y aplausos que eran de esperar.

Los ecos de este debate, con sus amenazas y sus advertencias, llegaron a toda España. Llegaron hasta el presidente, Manuel Azaña, la encarnación de la República, que contemplaba entristecido el derrumbamiento de sus esperanzas desde la lujosa soledad del Palacio Nacional.[22] Llegaron hasta aquellos generales que llevaban tanto tiempo empleando sus muchas horas libres en hacer planes tácticos para un alzamiento militar contra el gobierno. También llegaron hasta José Antonio Primo de Rivera, hijo del antiguo dictador, ahora jefe de los fascistas españoles de la Falange, que estaba en la cárcel de Alicante, adonde le habían enviado basándose en acusaciones insignificantes, virtualmente como rehén para garantizar el buen comportamiento de sus seguidores. Llegaron hasta aquel otro grupo de españoles cuyas aspiraciones se situaban fuera de las Cortes: los anarquistas. Llegaron hasta la mayoría de los veinticuatro millones y medio de personas que constituían entonces la población de España. A medida que avanzaba el verano, cuando la temporada taurina llegaba a su mejor momento, en la mente de todos surgían estas preguntas: «¿Cuánto va a durar esto?», «¿Habrá una revolución?» y «¿Puede que haya guerra?». Porque, así como en la mayor parte de Europa no había habido guerras civiles desde el siglo XVII, España, el único país europeo importante que se había mantenido al margen de la Gran Guerra, había visto es­ tallar tres conflictos dentro de sus fronteras nacionales en el siglo XIX.

2

El derrumbamiento del monarca absoluto. — La Restauración y la Regencia. — La «Semana Trágica» de Barcelona. — Marruecos.— Interrupción del régimen parlamentario. — Dictadura de Primo de Rivera. — Caída del dictador. — Fin de la Monarquía.

Este debate en las Cortes fue la culminación de un sinfín de apasionadas disputas sobre posibles formas de gobernar a España que habían ido sucediéndose desde 1808. En este año, la monarquía, muy debilitada, capituló abyectamente ante Napoleón. Los ingleses, dirigidos por el duque de Wellington, ayudaron al pueblo español a expulsar a los franceses en la Guerra de la Independencia que estalló a continuación.[1] Se hizo volver a los Borbones en la aborrecible persona de Fernando VIL Pero la monarquía ya no era sacrosanta. Antes de 1808, durante casi tres siglos, España había sido el más pacífico y tranquilo de los países europeos; a partir de entonces, se convertiría en uno de los más turbulentos.

La historia política del medio siglo siguiente se caracterizó por la lucha en torno a la Constitución. Los contendientes eran la Iglesia y el ejército, las dos instituciones españolas que habían sobrevivido con honor a la Guerra de la Independencia. La primera era conservadora, mientras que el segundo estaba plagado de logias masónicas librepensadoras. Esta lucha era casi una guerra.[2] En 1820, los oficiales liberales obligaron al rey Fernando VII a aceptar una Constitución; éste, a su vez, en 1823, llamó en su auxilio a un ejército francés, los «Cien mil hijos de San Luis», para acabar con ella. En 1833, la lucha se convirtió en la Primera Guerra Carlista cuando la Iglesia y los defensores de los fueros locales del norte se unieron a la causa de don Carlos, hermano del difunto Fernando VII. Don Carlos reivindicaba su derecho al trono y no reconocía como heredera a su sobrina, la reina-niña Isabel II, hija de Fernando. Apoyaban a Isabel los liberales y el ejército, que representaban al mismo tiempo las pretensiones de Castilla de dominar toda la península. Esta guerra de religión y de secesión terminó en 1839, con la victoria de los liberales, pero la paz adquirió la forma de un compromiso entre los ejércitos de ambos bandos. Por ejemplo, se permitió a los oficiales carlistas incorporarse al ejército regular español. En parte a consecuencia de esto (y en parte porque la confiscación de las tierras de la Iglesia en 1837 [3] redujo la influencia de esta institución), la lucha entre los liberales y los conservadores clericales se transformó a partir de entonces en una sucesión de golpes de estado (pronunciamientos) de un general tras otro.

Esta curiosa etapa finalizó en 1868, cuando la reina Isabel, que era una ninfómana, fue destronada por Prim, el más grande de los generales liberales de España. Si bien lo que dio ocasión a su marcha fue su excesiva confianza con el padre Claret, su confesor, la causa auténtica fue una rebelión contra el sistema de gobierno que habían presidido vagamente Isabel y su «Corte de los milagros». Los siete años siguientes fueron de confusión. Para ocupar el trono español se llamó a un hermano del rey de Italia, el duque de Aosta, quien tomó el nombre de Amadeo I. Este intento de monarquía burguesa no pudo contener la violencia que había vuelto a surgir entre liberales y conservadores, que habían recurrido de nuevo a las armas. Amadeo abdicó. Se proclamó la Primera República española. Al principio se pretendió que esta República fuera federal, que en ella las provincias tuvieran derechos sustanciales. Pero los intelectuales que proyectaban esto no pudieron garantizar el mantenimiento de ningún tipo de autoridad central. En el norte, los carlistas volvieron a alzarse dirigidos por un nieto del antiguo pretendiente, y contaron con el apoyo general de la Iglesia por toda la península. En el sur y en el sudeste, muchas de las poblaciones costeras se proclamaron cantones independientes. Una vez más, el ejército acabó tomando el poder. Para restaurar el orden, los generales no encontraron otra alternativa que la de hacer volver al hijo de la reina Isabel, entonces cadete en Sandhurst, y convertido en el rey Alfonso XII.

En 1876 se promulgó una Constitución. Gracias a las favorables condiciones comerciales europeas, España fue próspera en la década de 1880. Nominalmente se introdujo el sufragio universal masculino. Pero los resultados de las elecciones siempre se veían falseados por un pacto tácito entre los dos partidos más importantes, el «turno pacífico» llevado a cabo gracias a la intervención del ministro de la Gobernación y de los caciques locales. El pueblo español llegó a considerar al sistema parlamentario —imitación deliberada del inglés— como un medio para excluirle de la política. Alfonso XII, mientras tanto, murió en 1885, a los veintiocho años de edad, dejando un hijo póstumo, Alfonso XIII, en cuyo nombre gobernó como regente su madre, María Cristina, basta 1902.[4]

El «piadoso fraude» de la Constitución fue una de las razones de la difusión de las ideas revolucionarias entre la clase obrera. En tiempos de la primera guerra mundial, había en España dos sindicatos generales. El primero, la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), se inspiraba en las ideas anarquistas de Bakunin; el segundo, la UGT (Unión General de Trabajadores), era marxista, aunque más reformista que revolucionario. Los socialistas de la UGT colaboraban con el sistema político para conseguir escaños en las Cortes y ganar elecciones en las ciudades, donde cada vez era más difícil la manipulación de votos por parte de los caciques. Pero los anarquistas consideraban que la Constitución era algo corrompido; y la violencia, los asesinatos y las huelgas relámpago emprendidas intermitentemente por los militantes anarquistas sumían a los gobiernos en la confusión. Estos dos movimientos de la clase obrera deseaban regenerar a España por medio de la educación, una mayor moralidad pública, el pacifismo y el anticlericalismo, tanto como por medio de la política.

Otros dos problemas, sin embargo, causaron el hundimiento de la Constitución establecida cuando la Restauración. El primero fue el de Cataluña. Muchos catalanes aspiraban a un reconocimiento de su carácter diferencial del resto de España. Después de la unificación española, Cataluña había continuado viviendo como una región de características propias, pendiente de su capital, Barcelona, y nunca de Madrid. La «cuestión catalana» se agudizó debido al desarrollo industrial de aquella capital durante el siglo XIX. La incompetencia del gobierno de Madrid indignó a los nuevos ricos de la Barcelona de finales de siglo, empujándoles al nacionalismo catalán. Este, junto con la fe anarquista de los obreros, las altas tasas de analfabetismo y el ambiente demagógico creado por un partido centralista y oportunista, pero de apariencia desenfrenada, los radicales, convirtió a Barcelona (cuya población crecía rápidamente) en la ciudad más turbulenta de Europa a comienzos del siglo: la «ciudad de las bombas». La gran huelga de Barcelona en 1902 y la de Bilbao en 1903 fueron batallas importantes en las que se crisparon los nervios de todos. La florida arquitectura creada por la próspera burguesía fue el lujoso telón de fondo de una serie creciente de atentados anarquistas. «En Barcelona, la revolución no se prepara —escribía el gobernador civil Ángel Ossorio y Gallardo— por la sencilla razón de que está preparada siempre.»[5] Mientras tanto, las aspiraciones catalanas empezaron a en­contrar eco en las provincias vascas, más tranquilas, donde estaba surgiendo una burguesía igualmente autosuficiente, cuya riqueza se basaba en el hierro, la banca y el comercio.

La tercera crisis del régimen fue debida a las guerras coloniales, primero en Cuba y después en Marruecos. La guerra de Cuba de 1895 se convirtió en una guerra contra Estados Unidos en 1898; se perdió todo, menos el honor. La derrota inflamó el problema catalán, ya que Cuba había sido el mejor mercado para los tejidos catalanes. La pérdida de Cuba también tuvo impacto psicológico porque muchas fortunas catalanas se habían basado en el comercio cubano.[6] Además, la pérdida del último vestigio del imperio provocó una crisis nacional. Reforzó antiguas causas de descontento e hizo surgir otras nuevas. De manera que el año de la derrota, 1898, fue un momento crítico: los españoles se vieron obligados a considerarse un país europeo pobre con pocos recursos.

Marruecos, sin embargo, ofrecía una nueva posibilidad de imperio. Pero también causaría nuevas conmociones. España ocupaba los dos puertos del norte de Marruecos, Melilla y Ceuta, desde hacía varios centenares de años. En la década de 1860 había intentado extender su dominio allí, y en la de 1890 había habido más luchas cerca de Melilla. Cosa muy comprensible, España era reacia a permitir que ninguna otra potencia europea se instalara frente a ella en la costa de África. En 1904, a consecuencia de la entente cordiale entre Inglaterra y Francia, Francia y España dividieron Marruecos en zonas de influencia, y España se quedó con la parte del norte, de menor extensión. Marruecos entonces era un país atrasado, sin ley, campo abonado para los intereses europeos, y para las inversiones, aunque las tribus de las dos zonas tenían una lealtad formal a un sultán de Fez. El pueblo español, muy mal informado, probablemente veía estos arreglos en las alturas con tan malos ojos como el indolente sultán; ni el uno ni el otro habían sido consultados. Sin embargo, el interés económico siguió a la bandera; las minas de hierro de Marruecos eran ricas. Se produjo una extensión gradual del comercio 'español, reflejo en parte de una acción francesa similar (si España no hubiera mostrado interés, Francia habría absorbido todo Marruecos). Se fundó una compañía de colonización española, que compraba tierras siguiendo los pasos de las tropas, que avanzaban lentamente. Pero luego se detuvieron los avances; las tribus marroquíes cerraron filas; una serie de reveses obligaron al ejército a pedir refuerzos; en 1909 sufrió serias derrotas; en setiembre de aquel año, el ejército español tenía 40.000 hombres en Marruecos. Pero para entonces se había metido en una aventura imperial que sólo podía acabar con la conquista del norte de Marruecos, a un precio que el país no podía permitirse.

En 1909 la campaña de Marruecos tuvo horribles repercusiones en la península cuando el gobierno de Antonio Maura llamó a 850 reservistas, algunos de Cataluña, todos del nordeste de España. Cuando los hombres embarcaban de mala gana en el puerto de Barcelona, se convocó una huelga general de protesta, a la que siguió una tumultuosa semana, la Semana Trágica de Barcelona. Los radicales, los socialistas y los anarquistas colaboraron para organizar la huelga, y los radicales inspiraron la quema de iglesias que se produjo entonces. Mucha gente esperaba que esto fuera seguido de una revolución nacional. Pero, faltos de una auténtica dirección política, los amotinados se consumieron en una destrucción absurda. Mientras los dirigentes radicales vacilaban, mujeres radicales, dependientes, delincuentes, jovencitos y prostitutas echaron de los conventos a las aterrorizadas monjas, quemaron sus posesiones, mataron sus animales domésticos y sus gallinas, y desenterraron cadáveres. Un apuesto carbonero bailó con una momia desenterrada frente a la casa del rico marqués de Comillas, «encantado de ser útil como revolucionario». Finalmente, el ejército recuperó el control; habían muerto unas 120 personas,[7] entre ellas sólo tres clérigos. Los amotinados querían destruir «la propiedad y las ilusiones», no la vida. Fueron quemadas unas ochenta iglesias u otros edificios religiosos.

Este desastre fue una sacudida que mostró la violencia que podía haber latente en un país bajo la superficie de la norma constitucional. A las autoridades les preocuparon menos las esperanzas revolucionarias de los radicales o los anarquistas que la destrucción aparentemente sin sentido causada por el pueblo cuando se le subía la sangre a la cabeza. La Semana Trágica fue un revés para la idea de que podía establecerse gradualmente una democracia parlamentaria: si las masas eran tal como se habían manifestado en 1909 —pensó la clase política de la época—, una democracia real acabaría en el desastre. En lo sucesivo, los políticos evitaron las elecciones generales siempre que pudieron, e intentaron organizar coaliciones entre los grupos de parlamentarios que ya se encontraran en la legislatura. Las manifestaciones internacionales de protesta contra la ejecución del pedagogo anarquista Ferrer y Guardia acusado de ser el principal organizador de los tumultos, también tuvieron un efecto contraproducente: las clases altas vieron en estas protestas las reacciones hipócritas, además de histéricas y basadas en una mala información, de una misteriosa coalición de intrusos internacionales y masones que se haría tristemente famosa con el nombre de la «anti-España».

El jefe del gobierno, Maura, quien, a consecuencia de las protestas internacionales, fue destituido por el rey y abandonado por muchos conservadores influyentes, creyó que esta «rendición en las Cortes» después de la «victoria en las calles» sentenciaba al régimen, ya que se había visto que daba pie al desorden, la propaganda y la malignidad. Después de esto, el Partido Conservador, que se había mantenido unido desde la década de 1870, siguió a los liberales en la desintegración. Maura fue el foco de un movimiento de jóvenes políticos airados contra el parlamentarismo, ansiosos de regeneración, pero incapaces de ganar una mayoría para un gobierno. En el «maurismo» hay que ver los orígenes del fascismo; también evidentes en otros países antes de 1914 (con Derouléde y Maurras en Francia, D’Annunzio en Italia, e incluso los voluntarios del Ulster). Maura prometía una «revolución desde arriba». Los maliciosos decían que meramente deseaba una «revolución sin revolución».

Las guerras en Marruecos continuaron, aunque sin éxito. Tánger, el mejor puerto del norte de Marruecos, fue excluido del protectorado español en 1912, en calidad de ciudad internacional, y las tribus se negaron a aceptar la presencia «civilizadora» español

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