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LA HABITACIóN OLVIDADA (JEREMY LOGAN 4)

Lincoln Child  

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Fragmento

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Se trataba, tal vez, del escenario más inusual jamás visto en los terrenos augustos y suntuosos del Instituto de las Ciencias de Glasgow, fundado en 1761 gracias a una concesión aprobada por Jorge III. Un amplio estrado, repleto de micrófonos, que se había levantado en la Gran Explanada, justo frente al edificio de administración. Ante la tarima se hallaban alineadas tres decenas de sillas plegables, ocupadas por reporteros de varios periódicos locales, el Times londinense, Nature, Oceanography, la revista Time y una multitud de medios más. A la derecha del estrado había dos cámaras de televisión, una de la BBC y otra de la CNN. A la izquierda se erigía un elevado andamio de madera, sobre el cual descansaba una voluminosa máquina de aspecto misterioso fabricada en un metal oscuro: un cruce entre el cilindro de un puro y un acerico, de unos diez metros de longitud y provisto de un aditamento abultado que sobresalía del borde superior.

La mirada impaciente de los periodistas desapareció en el momento en que la puerta principal del edificio de administración se abrió y dos hombres se dejaron bañar por la luz vespertina de septiembre. Uno de ellos era bajo y rollizo, presumía de una tupida mata de cabello cano y vestía un grueso abrigo de tweed. El otro era alto y bastante delgado, de rasgos un tanto severos, tenía el pelo de color castaño claro y unos avispados ojos grises. A diferencia del primero, llevaba un traje oscuro más clásico.

Cuando llegaron al atril, el mayor de ellos se aclaró la garganta.

—Señoras y señores de la prensa —comenzó—, gracias por venir. Me llamo Colin Reed, soy el rector del Instituto de las Ciencias de Glasgow, y a mi derecha está Jeremy Logan.

Reed tomó un sorbo del vaso de agua que tenía en un extremo del atril y carraspeó de nuevo.

—Estoy seguro de que conocen el trabajo del doctor Logan. Es quizá el único, si bien con toda certeza preeminente, enigmatólogo en activo del mundo. Su trabajo consiste en investigar, interpretar y explicar lo... a falta de una palabra más precisa... inexplicable. Arroja luz sobre los misterios de la historia; discierne entre el mito y la verdad, entre lo natural y lo sobrenatural.

Jeremy Logan frunció el ceño levemente, como si el panegírico lo incomodara.

—Hace un par de meses visitamos al doctor Logan en su despacho de la Universidad de Yale y le encargamos un trabajo. Este encargo puede resumirse del siguiente modo: demostrar o desmentir de manera definitiva la existencia de la criatura conocida como «el monstruo del lago Ness». El doctor Logan ha pasado las últimas seis semanas en Inverness, entregado a esta tarea. Ahora le pido que comparta sus conclusiones con ustedes.

Reed se apartó de los micrófonos para cedérselos a Logan. Este escudriñó por un momento la multitud de periodistas antes de iniciar su discurso. Su voz sonaba bastante contenida y afable, con un acento americano que contrastaba con el escocés de Reed.

—El monstruo del lago Ness —empezó— es el más conocido de todos los que se cree que habitan en los lagos escoceses, tal vez el más enigmático. El propósito que llevó al Instituto a contratarme para este cometido en particular no era socavar la industria del turismo local ni dejar sin trabajo a los vendedores de iconografía del lago Ness. Más bien, se trataba de acabar con los intentos de muchos aficionados desinformados de dar con la criatura, búsqueda que no ha parado de aumentar desde hace algún tiempo y que, en al menos dos ocasiones el año pasado, derivó en muerte por ahogamiento.

Dio un sorbo a su vaso de agua.

—No tardé en comprender que para demostrar la existencia de la criatura tan solo requería una cosa: observarla en su elemento. Demostrar que el ser no existe, empero, requeriría muchísimo más trabajo. La tecnología sería mi mejor aliado. Así que convencí a la Marina de Estados Unidos, de la que en su día formé parte, para que me prestara este sumergible monoplaza de investigación. —Logan señaló la máquina de aspecto misterioso que descansaba sobre el andamio de madera a su derecha—. El sumergible está equipado con un radar de onda continua, un sónar de apertura sintética, diversos dispositivos de ecolocalización por compresión de pulso y múltiples tecnologías adicionales concebidas para la cartografía submarina y la localización de objetivos.

»Había dos factores fundamentales que había que tener en cuenta. Primero, el lago es bastante largo y tiene una profundidad inusual: más de doscientos metros en algunas zonas. Y segundo, los supuestos avistamientos de la criatura sugieren que su morfología se asemeja a la de los plesiosauros, por lo que su longitud oscilaría entre los seis y los doce metros. También había algunas variables desconocidas que había que considerar, por supuesto, como el alcance del desplazamiento de la criatura y sus preferencias ambientales, aunque estas no podían determinarse hasta dar con ella.

»Empecé a familiarizarme con las características del sumergible y el contorno del lago, tanto por encima como por debajo de la superficie. Después de haber servido en la Marina, lo primero no me llevó demasiado tiempo. Dediqué una semana a esta fase de pruebas, tiempo durante el cual no hallé rastro alguno de la criatura.

»Después le pedí al Instituto que me proporcionase una red, una red bastante extensa, de hecho. Entrelazando varios cilindros de malla de nailon de uso militar, tejimos una red de tres mil metros de largo por doscientos cincuenta de ancho.

Este dato levantó un murmullo de sorpresa.

—La siguiente fase fue un tanto tediosa pero, después de las primeras pasadas, bastante sencilla. Por suerte, el lago, a pesar de sus treinta kilómetros de longitud, no es particularmente ancho, tiene algo menos de dos kilómetros en su punto más amplio. Comenzamos por la zona más septentrional y avanzamos hacia el sur. Para este trabajo conté con la ayuda de los dos auxiliares de investigación que aportó el Instituto y con dos lanchas motoras que contraté en Inverness. Todos los días peinaba un área del lago con el sumergible, desplazándome un kilómetro y medio hacia el sur. Una porción de kilómetro y medio del lago, por así decirlo, a lo largo de los ejes X, Y y Z. Para cada una de estas porciones, realizaba tres pasadas a distintas profundidades, empleando las tecnologías de movimiento y localización de objetivos del sumergible con el fin de detectar cualquier objeto que tuviera las dimensiones de la criatura. El equipo tiene un alcance y una precisión considerables; de haber habido en esa área un cuerpo del tamaño especificado, habría dado con él. Al término de cada jornada, con la ayuda de los auxiliares de investigación, situados cada uno en una orilla del Ness, y de las dos lanchas, que trabajaban en el lago en sí, desplazaba la red un kilómetro y medio hacia delante, hacia el punto donde finalizaba la búsqueda de ese día. Esta inmensa malla cubría la totalidad del lago lateralmente, como si de una red antisubmarinos se tratara. Los huecos de la malla eran lo bastante anchos para que los peces de un tamaño estándar los atravesaran sin problema, pero lo bastante estrechos como para impedir el paso de cualquier cosa que midiera más de cuarenta centímetros de ancho. En el caso de las embarcaciones, había que permitirles el paso de manera independiente.

»A diario exploraba una nueva superficie de kilómetro y medio, en busca de la criatura. Al término de cada jornada, como decía, adelantábamos la red otro kilómetro y medio. Veinte días después alcanzamos el extremo sur del lago, sin ningún resultado. Y así, damas y caballeros, pueden creer sin ningún género de duda las tres palabras que estoy a punto de decirles, aunque las pronuncie con cierta decepción, puesto que las leyendas criptozoológicas me apasionan como al que más: Nessie no existe.

La conclusión fue recibida con aplausos y algunas risas.

A lo lejos empezó a oírse un ruido grave, un golpeteo monótono y repetitivo. Cuando la razón del estruendo se hubo acercado un poco más, no hubo duda de que se trataba de unas aspas que batían el aire. Instantes después un helicóptero con distintivos militares apareció sobre una colina cercana cubierta de casas adosadas de ladrillos rojos. El aparato, perteneciente a la Marina estadounidense, se aproximó a gran velocidad y se detuvo justo sobre la Gran Explanada y el sumergible de color gris oscuro. La hierba se aplanó en dirección circular, y los periodistas se vieron obligados a sujetar sombreros y papeles para que no salieran volando. Un técnico ataviado con un mono salió de una de las puertas laterales del edificio de administración a paso ligero, trepó p

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