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LA HERMANA LUNA (LAS SIETE HERMANAS 5)

Lucinda Riley  

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Fragmento

1

Recuerdo con exactitud dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando me enteré de que mi padre había muerto.

—Yo también recuerdo dónde me encontraba cuando me pasó a mí. —Charlie Kinnaird clavó en mí aquella penetrante mirada de ojos azules—. Bueno, ¿dónde estabas?

—En la reserva natural de Margaret, recogiendo caca de ciervo con una pala. Ojalá me hubiera pillado en un escenario mejor, pero no fue así. En realidad no importa. Aunque…

Tragué saliva con dificultad y me pregunté cómo demonios era posible que aquella conversación —o, mejor dicho, entrevista— se hubiera desviado hacia la muerte de Pa Salt. En aquel momento, estaba sentada en la sofocante cafetería de un hospital delante del doctor Charlie Kinnaird. Desde el instante en que entró, me había percatado de que aquel hombre llamaba la atención con su mera presencia. No era solo que resultara asombrosamente atractivo gracias a aquella constitución esbelta y elegante, al traje gris de buena confección y al cabello ondulado de color caoba oscuro; poseía, además, un aire de autoridad natural. Varios miembros del personal del hospital que estaban sentados a mi alrededor habían descuidado sus cafés para levantar la mirada y dedicarle un saludo respetuoso cuando pasó junto a ellos. En cuanto llegó a mi lado y me tendió la mano para presentarse, una levísima descarga eléctrica me recorrió de arriba abajo. Después, cuando se sentó delante de mí, me fijé en aquellos dedos largos que jugueteaban sin parar con el busca que sujetaban, lo cual revelaba cierto nivel de energía nerviosa subyacente.

—¿«Aunque» qué, señorita D’Aplièse? —apuntó Charlie, cuya voz mostraba un suave acento escocés.

Me di cuenta de que era obvio que no estaba dispuesto a dejarme salir del jardín en el que me estaba metiendo yo sola.

—Eh… Es solo que no estoy segura de que Pa esté muerto. Es decir, claro que lo está, porque ha desaparecido y él nunca fingiría su muerte ni nada por el estilo… Sabría cuánto dolor causaría algo así a todas sus hijas… Pero es que lo siento cerca de mí todo el tiempo.

—Si te sirve de consuelo, creo que esa reacción es perfectamente normal —respondió Charlie—. Muchos familiares de fallecidos con los que hablo me dicen que perciben la presencia de sus seres queridos después de que hayan muerto.

—Por supuesto. —Su tono me pareció un tanto condescendiente, aunque debía recordar que estaba hablando con un médico, con alguien que trataba a diario con la muerte y con los seres queridos que esta deja atrás.

—Es curioso, la verdad. —Suspiró, levantó el busca del tablero de la mesa de melamina y empezó a darle vueltas y más vueltas entre las manos—. Como acabo de mencionar, mi padre también murió hace poco, y me asedian lo que solo puedo describir como visiones de pesadilla en las que el hombre, y te estoy hablando de forma literal, ¡se levanta de la tumba!

—¿No estabais unidos, entonces?

—No. Puede que fuera mi padre biológico, pero ahí empezó y acabó nuestra relación. No teníamos nada más en común. Está claro que tú sí estabas apegada al tuyo.

—Sí, aunque lo irónico es que Pa nos adoptó a mis hermanas y a mí cuando éramos bebés, así que no hay ningún tipo de conexión biológica entre nosotros. Sin embargo, no podría haberlo querido más. De verdad, era un hombre increíble.

Charlie esbozó una sonrisa al escuchar mis palabras.

—Bueno, entonces eso sin duda demuestra que la biología no desempeña un papel fundamental en si nos llevamos bien o no con nuestros padres. Es una lotería, ¿no te parece?

—Lo cierto es que no creo que lo sea —repliqué tras decidir que solo podía ser yo misma, incluso en una entrevista de trabajo—. Creo que nos entregan los unos a los otros por una razón, tanto si tenemos lazos de sangre como si no.

—¿Quieres decir que todo está predestinado? —Enarcó una ceja cínica.

—Sí, pero sé que la mayor parte de las personas no estarían de acuerdo conmigo.

—Yo entre ellas, me temo. Como cirujano cardiovascular, debo tratar a diario con el corazón, un órgano que todos identificamos con las emociones y el alma. Por desgracia, yo me he visto forzado a verlo como una masa de músculos… que encima falla a menudo. Me he formado para ver el mundo de un modo estrictamente científico.

—Creo que hay lugar para la espiritualidad en la ciencia —contraataqué—. Yo también he recibido una formación científica rigurosa, pero hay demasiadas cosas que la ciencia no ha explicado todavía.

—Tienes razón, aunque… —Charlie echó un vistazo a su reloj de muñeca—. Parece que nos hemos desviado por completo del tema que nos ocupaba, y tengo que estar de vuelta en la clínica dentro de quince minutos. Así que, perdóname por volver a los negocios, pero ¿qué te ha contado Margaret sobre la finca Kinnaird?

—Que son más de dieciséis mil hectáreas de monte y que estás buscando a alguien que conozca a los animales autóctonos que podrían habitarla, en concreto los gatos monteses.

—Sí. Con la muerte de mi padre, heredaré la finca Kinnaird. Él la utilizó como patio de recreo personal durante años; cazó, pescó, practicó el tiro y dejó secas las destilerías de la zona sin pensar ni por un momento en la ecología de la finca. Para ser justos, no es del todo culpa suya: a lo largo del último siglo, su padre y numerosos antepasados varones antes que él aceptaron de buen grado el dinero de los tratantes de madera de los astilleros. Se cruzaron de brazos y se quedaron mirando mientras se deforestaban enormes extensiones de bosques de pino caledonio. En aquella época no sabían hacerlo mejor, pero en estos tiempos, cuando disponemos de tanta información, sí. Soy consciente de que será imposible revertir la situación por completo, al menos mientras yo viva, pero estoy ansioso por iniciar el proceso. Tengo al mejor encargado de fincas de todas las Highlands, será él quien dirija el proyecto de reforestación. También hemos arreglado el pabellón de caza donde vivía mi padre, así que podemos alquilarlo a gente que quiera respirar el aire fresco de las Highlands y a alguna partida de caza organizada.

—Muy bien —contesté al tiempo que intentaba reprimir un escalofrío.

—Está claro que no apruebas que maten animales.

—No puedo estar de acuerdo con la muerte innecesaria de animales inocentes, no. Pero sí comprendo por qué tiene que suceder —añadí a toda prisa.

A fin de cuentas, me dije, estaba solicitando un empleo en una finca de las Highlands, donde matar ciervos era una práctica no solo habitual, sino obligatoria por ley.

—Con tus antecedentes, estoy seguro de que sabes que el hombre ha destruido todo el equilibrio natural de Escocia. No quedan depredadores naturales, como lobos u osos, que mantengan bajo control la población de ciervos. Hoy en día esa tarea recae sobre nosotros. Al menos podemos llevarla a cabo con la mayor humanidad posible.

—Lo sé, aunque debo ser del todo honesta y decirte que jamás sería capaz de participar en una cacería. Estoy acostumbrada a proteger a los animales, no a matarlos.

—Entiendo tu postura. He echado una ojeada a tu currículum y resulta impresionante. Además de licenciarte con matrícula de honor en zoología, ¿te especializaste en conservación?

—Sí, la vertiente técnica de mi carrera, la anatomía, la biología, la genética, las pautas conductuales de los animales autóctonos, etcétera, me resultó de gran valor. Trabajé en el departamento de investigación del zoo de Servion durante una temporada, pero no tardé en darme cuenta de que me interesaba hacer algo más activo para ayudar a los animales, en lugar de limitarme a estudiarlos desde la distancia y analizar su ADN en una placa de Petri. Es… bueno, es que siento una empatía natural hacia ellos cuando nos encontramos cara a cara y, aunque no poseo formación en veterinaria, tengo buena mano para curarlos cuando están enfermos. —Me encogí de hombros con timidez, abochornada por presumir así de mis habilidades.

—Desde luego, Margaret alabó mucho tus destrezas. Me dijo que has estado cuidando de los gatos monteses de su reserva.

—Sí, me he encargado de sus necesidades del día a día, pero la verdadera experta es Margaret. Teníamos la esperanza de que los gatos se aparearan esta temporada como parte del programa de resilvestración, aunque ahora que la reserva va a cerrar y que a los animales se los va a buscar un nuevo hogar, lo más probable es que no ocurra. Los gatos monteses son muy temperamentales.

—Eso me dice Cal, el encargado de la finca. No está nada contento con la adopción de los gatos, pero son autóctonos de Escocia y muy escasos, así que siento que es nuestro deber hacer lo que podamos por salvar esa especie. Y Margaret cree que, si hay alguien capaz de ayudar a los gatos a adaptarse al cambio de hábitat, eres tú. Por lo tanto, ¿te interesa subir con ellos a Kinnaird durante unas semanas para acomodarlos?

—Sí, aunque los gatos monteses no constituirían por sí mismos un trabajo a tiempo completo una vez que estén instalados. ¿Hay alguna tarea más que pueda desempeñar?

—Si te soy sincero, Tiggy, hasta el momento no he tenido muchas oportunidades de pensar con detalle en los planes futuros para la finca. Entre el trabajo y, desde que falleció mi padre, tratar de resolver la validación testamentaria, me he visto desbordado. Pero mientras estés con nosotros, me encantaría que pudieras estudiar el terreno y evaluar su idoneidad para otras especies autóctonas. He estado pensando en introducir ardillas rojas y liebres de montaña nativas. También estoy investigando la idoneidad del jabalí y el alce, además de la posibilidad de repoblar el salmón salvaje en los arroyos y lagos construyendo saltos y esas cosas para estimular el desove. La finca tiene un gran potencial si se dispone de los recursos adecuados.

—Muy bien, todo eso parece interesante —convine—. Pero debo advertirte que los peces no son mi especialidad.

—Por supuesto. Y yo debo advertirte a ti que la realidad financiera implica que solo puedo ofrecerte un salario básico más alojamiento, pero agradecería mucho la ayuda que puedas brindarme. A pesar del gran cariño que tengo a ese lugar, Kinnaird está demostrando ser una empresa difícil que requiere mucho tiempo.

—Ya debías de saber que la finca iría a parar a tus manos algún día, ¿no? —supuse.

—Sí, pero también creía que mi padre era uno de esos personajes que vivirían para siempre. Tanto es así que ni siquiera se molestó en hacer testamento, así que murió intestado. Aunque soy su único heredero y es una formalidad, implica otro montón de papeleo que no necesitaba. De todos modos, todo estará solucionado antes de enero, o eso dice mi abogado.

—¿Cómo murió? —pregunté.

—Es irónico, sufrió un ataque al corazón y me lo trajeron hasta aquí en helicóptero —respondió Charlie con un suspiro—. Para entonces ya nos había dejado, había ascendido al cielo en una nube de vapores de whisky, por lo que reveló la autopsia más tarde.

—Debió de ser difícil para ti —comenté, y solo de pensarlo, esbocé una mueca de dolor.

—Fue un shock, sí.

Me fijé en que agarraba el busca una vez más, un gesto que traicionaba su angustia interior.

—¿No puedes vender la finca si no la quieres?

—¿Venderla después de trescientos años siendo propiedad de los Kinnaird? —Puso los ojos en blanco y soltó una risita—. ¡Todos los fantasmas de la familia me perseguirían de por vida! Y si no por otra razón, tengo que intentar cuidarla al menos por Zara, mi hija. Le encanta ese lugar. Tiene dieciséis años y, si pudiera, dejaría el instituto mañana y se iría a trabajar a Kinnaird a tiempo completo. Le he dicho que primero tiene que completar sus estudios.

—Claro.

Miré a Charlie, sorprendida, y de inmediato cambié mi forma de verlo. En serio, ese hombre ni siquiera parecía lo bastante mayor para tener descendencia, mucho menos una hija de dieciséis años.

—Será una gran laird cuando crezca —continuó Charlie—, pero deseo que antes viva un poco: que vaya a la universidad, viaje por el mundo y se asegure de que lo que quiere de verdad es comprometerse con la finca familiar.

—Yo he sabido lo que quería hacer desde que tenía cuatro años, cuando vi un documental sobre cómo mataban a los elefantes por el marfil. No me tomé un año sabático, fui directamente a la universidad. Y apenas he viajado —me encogí de hombros—, pero no hay nada como aprender en el trabajo.

—Eso es lo que me repite Zara una y otra vez. —Charlie me dedicó una leve sonrisa—. Tengo la sensación de que las dos os llevaréis muy bien. Está claro que lo que debería hacer es renunciar a todo esto… —Abarcó lo que nos rodeaba con un gesto—. Y dedicar mi vida a la finca hasta que Zara pueda hacerse cargo de ella. El problema es que, hasta que la propiedad esté en mejor forma, desde el punto de vista económico, no tiene sentido dejar mi trabajo aquí. Y entre tú y yo, ni siquiera estoy seguro todavía de estar hecho para la vida de terrateniente en el campo. —Volvió a consultar el reloj—. De acuerdo, he de irme, pero si estás interesada, lo mejor es que visites Kinnaird y lo veas con tus propios ojos. Todavía no ha nevado por allí arriba, pero se espera que suceda pronto. Debes ser consciente de que es el lugar más remoto que puedas imaginar.

—Vivo con Margaret en su casita de campo en medio de la nada —le recordé.

—La casita de Margaret es Times Square en comparación con Kinnaird —respondió Charlie—. Te enviaré un mensaje de texto con el número de Cal MacKenzie, el encargado de la finca, y también con el teléfono fijo del pabellón. Si dejas mensajes en ambos, al final escuchará uno u otro y te devolverá la llamada.

—Vale. Yo…

El pitido del busca de Charlie interrumpió mi línea de pensamiento.

—Bueno, ahora sí que tengo que irme de verdad. —Se levantó—. Envíame un correo electrónico si te surge alguna pregunta más y, si me avisas de cuándo vas a subir a Kinnaird, intentaré reunirme allí contigo. Y, por favor, piénsatelo en serio. Te necesito. Gracias por venir, Tiggy. Adiós.

—Adiós —contesté, y luego lo observé mientras se alejaba entre las mesas hacia la salida.

Me sentía extrañamente eufórica, porque había experimentado una verdadera conexión con él. Charlie me resultaba familiar, como si lo conociera desde siempre. Y, dado que creía en la reencarnación, lo más seguro era que, en efecto, lo hubiera conocido. Cerré los ojos un segundo y despejé la mente para tratar de concentrarme en qué emoción se agitaba primero en mi interior cuando pensaba en él, y el resultado me sorprendió. En lugar de llenarme de un resplandor cálido hacia alguien que podría representar la figura paternal de un jefe, fue una parte muy distinta de mí la que reaccionó.

«¡No! —Abrí los ojos y me levanté para marcharme—. Tiene una hija adolescente, lo cual significa que es mucho mayor de lo que parece y que probablemente esté casado», me reprendí mientras caminaba por los pasillos bien iluminados del hospital y salía a la neblinosa tarde de noviembre. El crepúsculo ya había empezado a caer sobre Inverness, a pesar de que eran poco más de las tres de la tarde.

Ya de pie en la cola del autobús que me llevaría a la estación de tren, me estremecí, aunque no sabía si por el frío o por el cosquilleo de la emoción. Lo que sí tenía claro era que estaba instintivamente interesada en el trabajo, aunque fuera temporal. Así que saqué el móvil, encontré el número de Cal MacKenzie que Charlie acababa de enviarme y lo marqué.

—Entonces —me dijo Margaret esa noche cuando nos acomodamos para tomar nuestra habitual taza de chocolate frente al fuego— ¿cómo ha ido?

—Subiré a ver la finca Kinnaird el jueves.

—Bien. —Los brillantes ojos azules de Margaret destellaron como rayos láser en su rostro arrugado—. ¿Qué te ha parecido el laird, o el lord, como dirían en Inglaterra?

—Ha sido muy… amable. Sí, eso es —conseguí responder—. No era para nada lo que me esperaba —añadí con la esperanza de no estar poniéndome roja—. Creí que sería mucho mayor. Es posible que sin pelo y con una panza enorme de beber demasiado whisky.

—Sí. —Rio como si me hubiera leído la mente—. Es agradable a la vista, eso está claro. Conozco a Charlie desde que era un niño; mi padre trabajaba para su abuelo en Kinnaird. Era un joven encantador, aunque todos supimos que estaba cometiendo un error cuando se casó con esa esposa suya. Además, era demasiado joven todavía. —Margaret puso los ojos en blanco—. Su hija, Zara, es muy dulce, aunque, ojo, también un poco salvaje. Pero es que no ha tenido una infancia fácil. Bueno, cuéntame qué más te ha dicho Charlie.

—Aparte de cuidar de los gatos, quiere que investigue razas autóctonas que puedan introducirse en la finca. Para serte sincera, no me ha parecido muy… organizado. Creo que sería solo un trabajo temporal, hasta que los gatos se aclimatasen.

—Bueno, aunque sea poco tiempo, vivir y trabajar en una finca como Kinnaird te enseñará mucho. A lo mejor allí comienzas a asimilar que no puedes salvar a todas y cada una de las criaturas que estén a tu cargo. Y eso también va por los casos perdidos de la especie humana —añadió con una sonrisa irónica—. Tienes que aprender a aceptar que los animales y los humanos deben seguir su propio destino. Solo puedes hacerlo lo mejor que te sea posible, nada más.

—Nunca seré lo bastante dura para soportar el sufrimiento de un animal, Margaret. Ya lo sabes.

—Cierto, querida, y eso es lo que te hace especial. Eres una chiquilla minúscula con un corazón enorme, pero ten cuidado de no extenuarlo con tantas emociones.

—Bueno, ¿cómo es el tal Cal MacKenzie?

—Uy, al principio parece un poco brusco, pero bajo esa apariencia es un tesoro. Lleva esa finca en la sangre, así que aprenderías mucho de él. Además, si no aceptas ese trabajo, ¿adónde irás? Ya sabes que tanto los animales como yo nos habremos marchado de aquí antes de Navidad.

Debido a la gravedad de su artritis, Margaret por fin iba a mudarse a la ciudad de Tain, a cuarenta y cinco minutos en coche de la casa de campo húmeda y desvencijada en la que estábamos sentadas en aquellos instantes. A orillas del estuario de Dornoch, sus ocho hectáreas de terreno, situado en la ladera de una montaña, habían albergado a Margaret y su variopinto grupo de animales durante los últimos cuarenta años.

—¿No te da pena marcharte? —volví a preguntarle—. Si yo fuera tú, estaría llorando a lágrima viva día y noche.

—Por supuesto que sí, Tiggy, pero, como he tratado de enseñarte, todo lo bueno debe tener un final. Y, si Dios quiere, comenzarán cosas nuevas y mejores. No tiene sentido lamentar lo que fue, solo debes aceptar lo que será. Hace mucho tiempo que sabía que esto llegaría y, gracias a tu ayuda, he conseguido quedarme un año más aquí. Además, mi nuevo bungalow cuenta con radiadores que puedo encender cuando quiera, ¡y la señal de televisión siempre funciona!

Me dedicó una carcajada y una gran sonrisa, aunque yo, que me enorgullecía de ser intuitiva por naturaleza, no supe si de verdad estaba ilusionada por el futuro o si solo intentaba parecer valiente. Fuera lo que fuese, me puse en pie y fui a abrazarla.

—Creo que eres increíble, Margaret. Los animales y tú me habéis enseñado muchas cosas. Os echaré muchísimo de menos.

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