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LA HERMANA TORMENTA (LAS SIETE HERMANAS 2)

Lucinda Riley

5


Fragmento

1

Mar Egeo

Siempre recordaré con exactitud dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando me enteré de que mi padre había muerto.

Estaba tomando el sol, desnuda, en la cubierta del Neptune, con la mano de Theo descansando en ademán protector sobre mi vientre. La desierta curva de playa dorada de la isla que había delante de nosotros brillaba bajo el sol, acurrucada en su rocosa ensenada. El agua turquesa y cristalina hacía perezosos esfuerzos por crear olas al golpear la arena, pero tan solo levantaba una espuma elegante como la crema de un capuchino.

«Encalmada —pensé—, como yo.»

La noche anterior, al ponerse el sol, habíamos fondeado en la bahía de la diminuta isla griega de Makares. Después, vadeamos el agua hasta la cala cargados con dos neveras portátiles. Una contenía las sardinas y salmonetes frescos que Theo había pescado aquel mismo día, y la otra vino y agua. Dejé mi carga sobre la arena, resoplando, y Theo me plantó un beso tierno en la nariz.

—Somos náufragos en nuestra isla desierta particular —anunció abarcando con los brazos el idílico entorno—. Y ahora me voy a buscar leña para asar el pescado.

Lo vi alejarse hacia las rocas que formaban una media luna alrededor de la playa, rumbo a los arbustos ralos y secos que crecían en las grietas. Su constitución delgada no dejaba entrever su verdadera fuerza de navegante de primer orden. En comparación con los otros hombres con los que yo solía tripular en competiciones de vela, todos de músculos prominentes y pectorales como los de Tarzán, Theo era sin duda menudo. Una de las primeras cosas que me habían llamado la atención de él era su andar ligeramente irregular. Más tarde me contó que de niño se había roto el tobillo al caer de un árbol y el hueso no había soldado bien.

—Supongo que es otra de las razones por las que siempre he estado destinado a vivir sobre el agua. Cuando navego, nadie sabe lo ridículo que parezco caminando en tierra firme —bromeó.

Asamos el pescado e hicimos el amor bajo las estrellas. La mañana siguiente sería la última que pasaríamos juntos a bordo. Y justo antes de decidir que debía conectar el móvil para recuperar el contacto con el mundo exterior y de descubrir entonces que mi vida se había roto en mil pedazos, me había tumbado en la cubierta junto a él, embargada por una paz absoluta. Y como si de un sueño se tratara, mi mente había evocado una vez más el milagro que éramos Theo y yo, y cómo habíamos ido a parar a aquel bello lugar…

Lo había visto por primera vez hacía más o menos un año, en la regata Heineken de la isla caribeña de San Martín. La tripulación ganadora estaba festejando su victoria en la cena de clausura y me sorprendió descubrir que el patrón era Theo Falys-Kings. Theo era una celebridad en el mundo de la vela por haber conducido a más tripulaciones a la victoria que ningún otro capitán a lo largo de los cinco años anteriores.

—No es en absoluto como me lo imaginaba —le comenté en voz baja a Rob Bellamy, un viejo compañero con el que había navegado en el equipo nacional suizo—. Tiene pinta de repelente con esas gafas de concha —añadí cuando Theo se levantó para acercarse a otra mesa—, y camina de una forma muy rara.

—Reconozco que no es el prototipo de navegante cachas —convino Rob—, pero ese tío es un verdadero genio. Posee un sexto sentido en lo referente al mar, y yo no confiaría más en ningún otro patrón en medio de una tempestad.

Esa noche Rob me presentó a Theo, y cuando este me estrechó la mano advertí que sus ojos verdes, salpicados de motas color avellana, me observaban pensativos.

—Así que tú eres la famosa Al D’Aplièse.

Su acento británico modulaba una voz firme y cálida.

—Sí con respecto a lo segundo —respondí, cohibida por el cumplido—, pero yo diría que aquí el famoso eres tú. —Mientras intentaba no desviar la mirada bajo su persistente escrutinio, suavizó el semblante y soltó una carcajada—. ¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté.

—Si te soy sincero, no te esperaba así.

—¿Qué quieres decir con que no me esperaba así?

Un fotógrafo que quería retratar al equipo reclamó la atención de Theo, de modo que me quedé con las ganas de saber qué había querido decir.

Después de aquello empecé a reparar en su presencia en algunos de los eventos sociales relacionados con las regatas en las que ambos participábamos. Poseía una energía indefinible y una risa suave y natural que, pese a su actitud aparentemente reservada, daban la sensación de atraer a la gente. Si la velada era formal, se vestía con chinos y una chaqueta de lino arrugada como deferencia al protocolo y a los patrocinadores de la regata, pero, con sus náuticos viejos y sus rebeldes cabellos morenos, su aspecto era el de una persona recién desembarcada de un velero.

En aquellos primeros encuentros parecíamos jugar al gato y el ratón. Nuestras miradas se cruzaban a menudo, pero Theo nunca intentó retomar nuestra primera conversación. Finalmente, hace seis semanas, cuando mi tripulación ganó en Antigua y estábamos celebrándolo en el Lord Nelson’s Ball, el acto que marcaba el final de la semana de competición, me dio unos golpecitos en el hombro.

—Felicidades, Al —dijo.

—Gracias —respondí, satisfecha de que, para variar, nuestra tripulación hubiera ganado a la suya.

—Estoy oyendo cosas muy buenas sobre ti esta temporada. ¿Te gustaría formar parte de mi tripulación en la regata de las Cícladas de junio?

Ya me habían ofrecido un puesto en otro barco, pero aún no había aceptado. Theo se dio cuenta de que titubeaba.

—¿Ya te han fichado?

—Sí, aunque de manera provisional.

—Bueno, toma mi tarjeta. Piénsatelo y dime algo hacia el final de la semana. Me iría muy bien tener a alguien como tú a bordo.

—Gracias. —Aparté las dudas de mi mente. ¿Quién se atrevería a rechazar la oportunidad de competir con el hombre al que en aquel momento se conocía como «El rey de los mares»?—. Por cierto —dije cuando se alejaba—, la última vez que hablamos, ¿por qué dijiste que no me esperabas así?

Se detuvo y me miró de arriba abajo.

—No te había conocido en persona, solo había oído hablar de tus aptitudes como navegante, eso es todo. Y como dije, no eres lo que me esperaba. Buenas noches, Al.

De camino a mi habitación de un pequeño hotel junto al puerto de St. John, mientras me dejaba acariciar por el aire de la noche, repasé nuestra conversación y me pregunté por qué Theo despertaba en mí tanta fascinación. Las farolas bañaban las alegres fachadas multicolores en un cálido resplandor nocturno, y el rumor perezoso y lejano de la gente de los bares y los cafés flotaba en el aire. Yo apenas notaba ninguna de aquellas cosas, emocionada como estaba por la victoria… y por la oferta de Theo Falys-Kings.

En cuanto entré en mi habitación, me acerqué de inmediato al portátil y le escribí un correo electrónico para comunicarle que aceptaba su oferta. Antes de enviarlo, me di una ducha, volví a leerlo y me ruboricé por la impaciencia que transmitían mis palabras. Tras decidir guardarlo en la carpeta de borradores y esperar un par de días para mandárselo, me tumbé en la cama y estiré los brazos para aliviar la tensión y el dolor provocados por la carrera.

—Bien, Al —murmuré con una sonrisa—, será una regata de lo más interesante.

Finalmente envié el correo y Theo me contestó enseguida para decirme que estaba encantado de que me uniera a su tripulación. Así que hace solo dos semanas, presa de un nerviosismo que no lograba explicarme, embarqué en el velero Hanse 540 amarrado en el puerto de Naxos a fin de empezar a entrenar para la regata de las Cícladas.

En lo relativo a las regatas de competición, la de las Cícladas no era excesivamente difícil, pues entre los participantes se cuenta una mezcla de navegantes serios y entusiastas de fin de semana, alentados todos ellos por la perspectiva de ocho días de fabulosa navegación entre algunas de las islas más bellas del mundo. Y, como parte de una de las tripulaciones con más experiencia, sabía que teníamos muchas posibilidades de ganar.

Las tripulaciones de Theo destacaban siempre por su juventud. Mi amigo Rob Bellamy y yo teníamos treinta años y éramos los «veteranos» del equipo en cuanto a edad y experiencia. Me habían contado que Theo prefería reclutar talentos que se hallaban en las primeras fases de su carrera de navegantes para evitar malos hábitos. Los otros tres tripulantes tenían poco más de veinte años: Guy, un inglés corpulento; Tim, un australiano relajado, y Mick, un navegante medio alemán medio griego que conocía las aguas del Egeo como la palma de su mano.

Aunque tenía muchas ganas de trabajar con Theo, no había tomado la decisión a ciegas; previamente, había hecho todo lo posible por buscar información en internet sobre el enigmático «Rey de los mares» y hablar con personas que ya habían navegado con él.

Sabía que era británico y había estudiado en Oxford, lo que explicaría su pulido acento, pero en internet su perfil decía que era ciudadano estadounidense y que, como capitán, había llevado al equipo de vela de Yale a la victoria en numerosas ocasiones. Un amigo mío había oído que era de familia adinerada, otro que vivía en un barco.

«Perfeccionista», «controlador», «difícil de complacer», «adicto al trabajo», «misógino»… Esos fueron algunos de los comentarios que llegaron a mis oídos, el último por parte de una navegante que aseguraba haber sido marginada y maltratada por la tripulación de Theo, lo que me hizo dudar por un momento de mi decisión. Pero la conclusión de la mayoría era simple: «Sin lugar a dudas, el mejor patrón con el que he trabajado».

Aquel primer día a bordo del velero empecé a comprender por qué Theo era tan respetado por sus colegas. Yo estaba acostumbrada a patrones histéricos que gritaban órdenes e insultaban a sus tripulantes como chefs malhumorados en una cocina. La actitud comedida de Theo fue toda una revelación. Se mostraba parco en palabras a la hora de marcarnos el ritmo y nos supervisaba desde la distancia. Cuando el día tocó a su fin, nos reunió y señaló nuestros puntos fuertes y débiles con su tono sereno y firme. Me percaté de que no se le había escapado nada y de que con su aire de autoridad natural conseguía que todos tuviéramos en cuenta cada una de sus palabras.

—Por cierto, Guy, se acabó lo de fumar a escondidas durante las prácticas —añadió con una media sonrisa antes de dar por terminada la reunión.

Guy se puso colorado.

—Ese tío debe de tener ojos en la nuca —farfulló cuando desembarcamos para darnos una ducha y cambiarnos para la cena.

Aquella primera noche salí del hostal con el resto de la tripulación sintiéndome satisfecha por haber tomado la decisión de participar en la regata con ellos. Paseamos por el puerto de Naxos, el viejo castillo de piedra iluminado en lo alto y el laberinto de callejuelas serpenteantes que descendían entre las casas enjalbegadas. Los restaurantes del puerto estaban repletos de navegantes y turistas disfrutando del marisco fresco y alzando un vaso de ouzo tras otro. En una de las callecitas traseras encontramos un establecimiento regentado por una familia, con sillas de madera tambaleantes y platos desparejados. La comida casera era justo lo que necesitábamos después de un largo día en el barco, pues la brisa marina nos había despertado un apetito voraz.

Mi voracidad atraía las miradas de los hombres cada vez que atacaba la musaca o me servía una porción generosa de arroz.

—¿Qué pasa? ¿Nunca habíais visto comer a una mujer? —comenté con sarcasmo antes de hacerme con otro pan de pita.

Theo contribuyó al jolgorio con alguna que otra observación mordaz, pero se marchó nada más terminar la cena, decidido a no participar en la farra posterior en el bar. Yo seguí su ejemplo poco después. A lo largo de mis años como navegante profesional, había aprendido que las payasadas de los muchachos una vez anochecía no eran algo que me apeteciera presenciar.

Durante los dos días siguientes, bajo la mirada verde y pensativa de Theo, empezamos a aunar esfuerzos y pronto nos convertimos en un equipo compenetrado y eficiente, así que mi admiración por su metodología fue en aumento. Nuestra tercera noche en Naxos, tras un duro día bajo el virulento sol del Egeo, me sentí especialmente cansada y fui la primera en levantarme de la mesa.

—Me largo, chicos.

—Yo también. Buenas noches, muchachos. Y mañana nada de resacas a bordo, por favor —dijo Theo saliendo del restaurante detrás de mí—. ¿Puedo acompañarte? —me preguntó ya en la calle.

—Claro que sí —dije sintiéndome súbitamente nerviosa por estar a solas con él por primera vez.

Regresamos al hostal por las callejuelas empedradas, bajo una luna que iluminaba las casitas blancas con las puertas y los postigos pintados de azul. Traté de entablar conversación, pero Theo solo contribuía con algún que otro «sí» o «no», y sus concisas respuestas empezaron a irritarme.

Cuando llegamos al vestíbulo del hostal, se volvió hacia mí de repente.

—Llevas la navegación en la sangre, Al. Les das mil vueltas a la mayoría de tus compañeros. ¿Quién te enseñó?

—Mi padre —contesté sorprendida por el cumplido—. Desde muy pequeña empezó a llevarme a navegar por el lago de Ginebra.

—Ah, Ginebra, eso explica tu acento francés.

Me preparé para la típica petición de «di algo sexy en francés» que los hombres solían hacerme en ese momento, pero no llegó.

—Pues tu padre debe de ser un gran navegante, porque ha hecho un trabajo excelente contigo.

—Gracias —dije desarmada.

—¿Qué te parece ser la única mujer a bordo? Aunque estoy seguro de que no es la primera vez que te ocurre —se apresuró a añadir.

—No pienso en ello, la verdad.

Me observó detenidamente a través de sus gafas de concha.

—¿En serio? Perdona que te lo diga, pero yo creo que sí lo haces. Tengo la sensación de que a veces te esfuerzas más de lo necesario para compensar el hecho de ser mujer, y es entonces cuando cometes errores. Te aconsejo que te relajes y seas tú misma. Buenas noches.

Sonrió brevemente y desapareció por la escalera de baldosas blancas que conducía a su habitación.

Aquella noche, mientras yacía en la estrecha cama, las sábanas almidonadas me rozaban la piel y su crítica hacía que me ardieran las mejillas. ¿Tenía yo la culpa de que las mujeres fueran todavía una relativa rareza —o, como sin duda dirían algunos de mis colegas varones, una novedad— en las regatas profesionales? ¿Y quién se creía Theo Falys-Kings que era? ¿Uno de esos psicólogos de tres al cuarto que van por ahí analizando a gente que no lo necesita?

Siempre había pensado que manejaba bien el tema de ser mujer en un mundo dominado por hombres, y que había aprendido a aceptar de buen talante las bromas y comentarios cordiales sobre mi condición femenina. A lo largo de mi carrera, me había construido un muro de inviolabilidad y dos imágenes diferentes: «Ally» en casa y «Al» en el trabajo. Sí, a veces resultaba difícil y había tenido que aprender a morderme la lengua, sobre todo cuando los comentarios eran de naturaleza deliberadamente sexista y hacían alusión a mi supuesta conducta de «rubia». Siempre me había asegurado de mantener tales comentarios a raya recogiéndome los rizos cobrizos en una coleta bien tirante y absteniéndome de llevar maquillaje para resaltar mis ojos o disimular las pecas. Además, trabajaba tanto como cualquier hombre del barco, puede que, rezongué por dentro, incluso más.

Entonces, todavía indignada e incapaz de conciliar el sueño, recordé a mi padre diciéndome que si una persona se irritaba ante una observación personal era, generalmente, porque dicha observación encerraba algo de verdad. Y, a medida que pasaban las horas, tuve que reconocer que era probable que Theo estuviera en lo cierto. No estaba siendo «yo misma».

La noche siguiente, Theo volvió a acompañarme de regreso al hostal. Pese a que no era un hombre alto, me resultaba tan intimidante que a veces incluso se me trababa la lengua. Me escuchó en silencio mientras me esforzaba por explicarle lo de mi doble imagen.

—Mi padre, cuyas opiniones no siempre me parecen imparciales —dijo—, aseguró en una ocasión que las mujeres gobernarían el mundo si se limitaran a explotar sus puntos fuertes y dejaran de intentar ser hombres. Quizá deberías seguir ese consejo.

—Para un hombre es fácil decirlo, pero ¿ha trabajado tu padre alguna vez en un entorno enteramente dominado por mujeres? ¿Sería «él mismo» en ese caso? —repliqué, alterada por su actitud condescendiente.

—Buena pregunta —convino Theo—. Bueno, a lo mejor te ayuda en algo que te llame Ally. Te queda mucho mejor que Al. ¿Te importaría?

Antes de que tuviera oportunidad de responderle, se detuvo bruscamente sobre el pintoresco malecón del puerto, donde las pequeñas barcas de los pescadores se mecían entre los veleros y las lanchas mientras los relajantes sonidos de un mar tranquilo chapoteaban contra sus cascos. Levantó la vista al cielo e, hinchando visiblemente las aletas, aspiró el aire para adivinar el clima que traería la madrugada. Era algo que solo había visto hacer a viejos marineros, y se me escapó la risa al imaginarme a Theo como un anciano lobo de mar de pelo blanco.

Se volvió hacia mí con una sonrisa perpleja.

—¿De qué te ríes?

—De nada. Y si eso te hace sentir mejor, puedes llamarme Ally.

—Gracias. Bien, es hora de irse a dormir. Mañana tengo preparado un día duro para todos nosotros.

Aquella noche volví a dar vueltas en la cama mientras repasaba mentalmente nuestra conversación. Yo, que por lo general dormía como un tronco, y más aún cuando estaba entrenando o compitiendo.

Durante los dos días siguientes, el consejo de Theo, en lugar de ayudarme, me llevó a cometer numerosos errores tontos que me hicieron sentir más como una novata que como la profesional que era. Me fustigué mucho por ello, pero,

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