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LA HERMANA

Louise Jensen  

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Fragmento

1

AHORA

Bajo del coche con las piernas cargadas de pena, me cierro la cremallera de la chaqueta y me enfundo unos guantes de cuero antes de coger la pala y la bolsa del maletero: ha llegado la hora. Mis botas de agua resbalan por el fango hasta el hoyo que hay en el seto. Lleva ahí desde siempre. Tiemblo al entrar en el bosque: está más oscuro de lo que creía, y respiro hondo aspirando el aire impregnado de olor a pino para serenarme. Intento hacer frente al deseo de marcharme a casa y volver por la mañana recordándome a mí misma por qué estoy aquí, y me obligo a seguir adelante.

Mi smartphone ilumina el camino buscando madrigueras de conejo en las que podría tropezar. Con pasos de gigante esquivo ramas caídas que antes habría saltado como en una carrera de vallas. Tengo veinticinco años, no soy demasiado mayor para correr, pero la carga que llevo es pesada; además, no tengo ninguna prisa por llegar, se suponía que no iba a hacer esto sola.

Me detengo y me apoyo la pala sobre la cadera, estiro los dedos para aliviar el hormigueo. Hay un ruido entre los arbustos y me da la sensación de que me observan. Mi corazón palpita al ver salir a dos conejos que desaparecen dando saltos asustados por la luz de mi linterna. «Estoy bien», me digo, pero mi voz suena aguda y llena de eco, recordándome lo sola que estoy.

La mochila me aprieta los hombros y vuelvo a ajustarla antes de seguir adelante, haciendo crujir ramitas bajo mis pies. Cuando empiezo a pensar que me he equivocado en la bifurcación, llego al claro con el árbol que golpeó el relámpago. No estaba segura de que siguiera allí, pero al mirar a mi alrededor parece que nada hubiera cambiado. Y, sin embargo, todo es distinto. Los recuerdos de la última vez que vine me sacuden con tal fuerza que me dejan sin aliento. Caigo al suelo. La humedad de las hojas y la tierra cala mis pantalones, como el pasado cala mi presente.

—Date prisa, cumpleañera, que a este ritmo te van a caer los dieciséis. Me muero de frío —gritó Charlie. Estaba apoyada sobre la vieja cancela en el extremo del maizal, con bolsas de plástico a sus pies, y su pelo rubio brillando bajo la tenue luz coral del sol. Tan impaciente como siempre, Charlie se golpeó los talones mientras avanzaba lentamente hacia ella, llevando la caja con nuestros sueños e ilusiones.

—Venga, Grace. —Se bajó de un salto, cogió sus cosas y salió corriendo hacia los árboles. Me puse la caja bajo el brazo y traté de seguirle el ritmo, fijándome en los destellos de su abrigo morado y las ráfagas de olor del espray corporal Impulse que siempre robaba del dormitorio de su madre.

Ramas y zarzas trataban de agarrarse a nuestros vaqueros y engancharnos del pelo, pero seguimos corriendo hasta llegar al claro.

—Tu cara toda roja hace juego con tu pelo —dijo Charlie riendo, mientras yo soltaba la caja y me agachaba apoyando las manos sobre las rodillas para recobrar el aliento.

A pesar del fresco de la tarde, tenía las sienes cubiertas de gotas de sudor. Charlie volcó las bolsas: aperitivos, bebidas, cerillas, una pala de jardinería y un pequeño regalo, envuelto en papel brillante morado con una pegatina que decía: «Felices quince», desperdigados sobre la tierra suelta. Sonriendo, me dio el regalo. Me senté con las piernas cruzadas, abrí cuidadosamente los extremos sin romper el papel, y saqué la caja. En su interior había una cadena con un colgante dorado en forma de medio corazón con las iniciales «MAPS», Mejores Amigas Para Siempre. La miré con los ojos escocidos por las lágrimas. Se bajó el cuello del forro polar y me enseñó la otra mitad del corazón. Me puse la cadena alrededor del cuello mientras Charlie empezaba a cavar el hoyo y yo, como buena girl scout, encendí un pequeño fuego. Cuando se fuera el sol haría más frío todavía; las tardes eran cada vez más cortas. Cuando el hoyo fue lo suficientemente grande, Charlie estaba sin aliento y tenía las uñas manchadas de tierra.

Acerqué la caja de recuerdos al hoyo y la dejé en el suelo. Nos habíamos pasado el domingo entero eligiendo su contenido y decorando el exterior de la caja de plástico, pegando fotos de revistas de top models y estrellas del pop a quienes queríamos emular.

—Nunca se es demasiado delgada o demasiado rica —dijo Charlie. Arrastró la tierra con un brazo y empezó a cubrirla.

—¡Espera! —exclamé—. Quiero meter esto —añadí ondeando el papel de regalo.

—Ahora ya no puedes; está sellada.

—Lo haré con cuidado. —Lentamente, quité la cinta adhesiva y destapé la caja. Para mi sorpresa, encima del montón de fotografías había un sobre rosa que, sin duda, no estaba allí cuando habíamos llenado la caja. Miré a Charlie, que tenía un aspecto misterioso.

—¿Qué es eso, Charlie? —Fui a coger el sobre.

Charlie me agarró el brazo.

—No lo hagas.

Me zafé de su mano, frotándome la muñeca.

—¿Qué es?

Charlie no me miraba a los ojos.

—Es para que lo leamos cuando volvamos a por la caja.

—¿Qué dice?

Charlie me quitó el papel de regalo de entre los dedos, lo metió arrugado dentro de la caja y volvió a cerrar la tapa encima con un golpe. Cuando no le apetecía hablar de algo, tampoco tenía sentido insistir. Decidí dejarlo pasar; no dejaría que su silencio me fastidiara el cumpleaños.

—¿Bebemos algo? —Cogí una lata de sidra, le quité la anilla y empezó a salir espuma con un ruido sibilante. Me limpié la mano en los vaqueros y le di un sorbo; me calentó el estómago, llevándose el malestar.

Charlie llenó el hoyo de tierra, dio unos golpes con la pala en la superficie hasta dejarla plana, y vino a sentarse a mi lado.

El fuego crepitaba mientras tostábamos nubes rosas de azúcar ensartadas en palos, con la espalda apoyada sobre el tronco de un árbol caído, y no me di cuenta de lo tarde que era hasta que se apagaron las brasas.

—Deberíamos irnos. Tengo que estar en casa a las diez.

—Vale. ¿Juramento de que volveremos y la abriremos juntas? —Charlie extendió su dedo, lo abracé con el mío y chocamos las latas para brindar por una promesa que no sabíamos que iba a ser imposible de cumplir.

Ahora solo quedo yo. «Charlie», susurro. «Ojalá estuvieras aquí». El medio corazón de Charlie, colgado para siempre de una cadena alrededor de mi cuello, gira al inclinarme hacia delante, como si buscara su otra mitad, desesperado por volver a estar entero. Dejo suavemente la corona funeraria en el suelo. El pánico abrumador que me ha invadido desde que Charlie murió hace cuatro meses empieza a salir burbujeando, y tengo que aflojarme la bufanda de la garganta para poder respirar. ¿De veras soy yo la culpable? ¿Soy siempre la culpable?

Tengo calor a pesar del frío de enero, y al quitarme los guantes creo oír las últimas palabras de Charlie resonando entre los árboles: «He hecho algo terrible, Grace. Espero que puedas perdonarme».

¿Qué hizo? No puede ser peor que lo que hice yo, pero estoy decidida a averiguar qué fue. Sé que hasta que no lo haga no seré capaz de pasar página. No sabía por dónde empezar hasta esta mañana, cuando recibí un sobre rosa con el correo, y despertó el recuerdo de la carta que Charlie no quería que leyera, escondida en nuestra caja de recuerdos. ¿Es posible que la carta contenga alguna pista? En cualquier caso, será un comienzo. Preguntar a la gente que la conocía no me ha llevado a ninguna parte; además, yo soy quien la conocía mejor, ¿no? Era su mejor amiga.

Pero ¿se puede conocer del todo a una persona? ¿Conocerla de verdad?

Me siento sobre los talones, y me quedo quieta durante una eternidad mientras el aire se enfría a mi alrededor. Las ramas se mecen y silban como si los árboles me susurraran sus secretos, animándome a desenterrar el de Charlie.

Sacudo la cabeza, desperdigando mis pensamientos, y me estiro la manga por encima de la mano para enjugarme las mejillas húmedas. Con los brazos demasiado pesados para ser míos, cojo la pala asiendo el mango con tanta fuerza que siento punzadas de dolor en las muñecas. Respiro hondo y empiezo a cavar.

2

AHORA

Mittens? —digo, llamando a nuestra gata—. Ya estoy en casa. —Sosteniendo la caja en alto, paso cuidadosamente por el pasillo hasta el salón, logrando no tirar ninguno de los grabados marinos de las paredes amarillas—. Aquí estás. —Una bola de pelusa gris está hecha un ovillo sobre la banqueta del piano que papá me enseñó a tocar, colocándome sobre el asiento de cuero prácticamente en cuanto fui capaz de sentarme sin ayuda. Nos poníamos uno al lado del otro, él y yo, y navegaba por los acordes con una agilidad sorprendente para sus enormes dedos de morcilla, mientras yo escogía una melodía. Nunca volveré a tocar. Aún me resulta demasiado doloroso recordar el tiempo en que tenía una vida normal. Una familia normal.

El salón está oscuro a pesar de la luz que entra por las puertas francesas. Afuera, nubes furiosas se desplazan rápidamente por el cielo oscurecido. Enciendo la luz. Este año el invierno ha sido duro y apenas recuerdo las tardes de verano y girasoles en las que me sentaba afuera con un vaso grande de Pimms, cubitos de hielo tintineando, hasta que la luz del sol se volvía dorada y los murciélagos batían sus alas a través del cielo añil.

La bandeja de Alfred Meakin que guardo para las ocasiones especiales está sobre un montón de revistas masculinas FHM, con manchas de yema de huevo reseca y kétchup ocultando sus diseños florales. Un salero yace volcado en el suelo, y montoncitos de gran

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