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LA HIJA DEL RELOJERO

Kate Morton  

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Fragmento

I

Vinimos a Birchwood Manor porque Edward dijo que estaba encantada. No era cierto, no entonces, pero solo los aburridos dejan que la verdad estropee una buena historia y Edward nunca lo fue. Su pasión, esa fe cegadora en todo lo que creía, era uno de los rasgos por los que me enamoré de él. Tenía ese fervor del predicador, esa manera de expresar opiniones que las transformaba en monedas relucientes. Y el hábito de atraer a las personas, de inspirarles un entusiasmo del que ni siquiera habían sido conscientes, tras el cual todo se desvanecía, salvo él y sus convicciones.

A pesar de todo, Edward no era predicador.

Le recuerdo. Lo recuerdo todo.

El estudio con techo de cristal en el jardín londinense de su madre, el olor a pintura recién mezclada, el roce de las cerdas del pincel contra el lienzo mientras su mirada me recorría la piel. Aquel día yo tenía los nervios de punta. Estaba ansiosa por impresionar, por hacerle pensar que yo era algo que no era, y sus ojos se paseaban por mi cuerpo y el ruego de la señora Mack daba vueltas en mi cabeza: «Tu madre fue una señora de verdad, tu familia fue importante, que no se te olvide. Juega bien tus cartas y tal vez recibas tu recompensa».

Y así me senté bien erguida en la silla de madera de palisandro aquel primer día en esa habitación tan blanca detrás de una maraña de guisantes de olor.

Su hermana pequeña me trajo té y bizcocho cuando me entró hambre. Su madre, además, bajó por ese camino angosto para verle trabajar. Adoraba a su hijo. En él tenía depositadas las esperanzas de la familia. Distinguido miembro de la Real Academia, prometido de una dama de considerable riqueza, pronto sería padre de un montón de herederos de ojos castaños.

No eran para él las mujeres como yo.

Su madre se culpó a sí misma por lo que sucedió después, pero le habría resultado más fácil separar el día de la noche que a nosotros. Él me llamó su musa, su destino. Me dijo que lo había sabido al instante, en cuanto me vio bajo esa brumosa luz de gas del vestíbulo del teatro en Drury Lane.

Yo fui su musa, su destino. Y él fue el mío.

Ocurrió hace muchísimo tiempo; ocurrió ayer.

Ah, recuerdo el amor.

Este rincón, a media altura del tramo de escalera principal, es mi favorito.

Es una casa extraña, construida con el propósito de resultar confusa. Escaleras que giran en ángulos insólitos, hostiles a rodillas y codos y con pasos desiguales; ventanas que no están alineadas por mucho que uno las mire con la cabeza torcida; tablas del suelo y paneles en la pared con escondrijos ingeniosos.

En este rincón hay una calidez casi antinatural. Todos lo notamos la primera vez que vinimos y, durante esas primeras semanas del verano, nos turnamos para adivinar la causa.

Tardé un tiempo en averiguar el motivo, pero al final descubrí la verdad. Conozco este lugar tan bien como mi nombre.

No fue la casa, sino la luz lo que Edward utilizó para tentar a los otros. En un día despejado, desde las ventanas de la buhardilla se ve más allá del río Támesis, hasta las montañas de Gales. Jirones malvas y verdes, peñascos de caliza que se alzan hacia las nubes y un aire cálido que vuelve todo iridiscente.

Esta fue su propuesta: todo un mes de verano dedicado a pintar, escribir poesía y salir de pícnic, a cuentos y ciencia e inventos. A la luz que nos enviara el cielo. Lejos de Londres, lejos de miradas indiscretas. No fue de extrañar que los otros aceptaran sin pensárselo dos veces. Edward era capaz de poner a rezar al diablo, si así lo deseara.

Solo a mí me confesó su otro motivo para venir aquí. Pues, si bien el atractivo de la luz era innegable, Edward tenía un secreto.

Vinimos a pie desde la estación de tren.

Julio, y el día era perfecto. Una brisa jugueteaba con el dobladillo de mi falda. Alguien había traído bocadillos y nos los comimos sin dejar de caminar. Qué pinta tendríamos: los hombres con las corbatas aflojadas, las mujeres con el pelo suelto. Risas, bromas, diversión.

¡Qué gran comienzo! Recuerdo el sonido de un arroyo cercano y las llamadas de una paloma torcaz en lo alto. Un hombre que tiraba de un caballo, un carro con un muchacho sentado sobre fardos de paja, el olor a hierba recién cortada... Ah, ¡cuánto echo de menos ese olor! Unos rechonchos gansos de campo nos miraron con atención cuando llegamos al río y se pusieron a graznar valientes cuando nos fuimos.

Todo era luz, pero no duró mucho.

Ya lo sabías, claro, pues no habría una historia que contar si el bienestar hubiera durado. A nadie le interesan los veranos tranquilos y felices que acaban igual que empiezan. Edward me enseñó eso.

El aislamiento tuvo su parte de culpa; esta casa varada en un recodo del río como un enorme navío terrestre. El tiempo, también; los días de calor abrasador, uno tras otro, y la tormenta de verano de aquella noche, que nos obligó a quedarnos dentro.

Sopló el viento y los árboles gimieron y cayeron truenos por el río que apresaron la casa; dentro, la conversación giró sobre fantasmas y maldiciones. Había un fuego que chisporroteaba en la chimenea, las llamas de las velas temblaban y en la oscuridad, en esa atmósfera de miedos y confesiones deliciosas, algo malvado fue invocado.

No un fantasma, ah, no, eso no... Fue algo por completo humano.

Dos invitados inesperados.

Dos secretos guardados mucho tiempo.

Un disparo en la oscuridad.

Se fue la luz y todo se volvió negro.

El verano se echó a perder. Empezaron a caer las primeras hojas, que se descompusieron en los charcos bajo los setos cada vez más finos, y Edward, que adoraba esta casa, comenzó a acechar por los pasillos, atrapado.

Al final, no pudo soportarlo más. Guardó sus cosas para marcharse y yo no pude impedirlo.

Los otros le siguieron, igual que siempre.

¿Y yo? Yo no tenía opción; me quedé aquí.

CAPÍTULO UNO

Verano, 2017

Era el momento favorito del día de Elodie Winslow. En el verano de Londres, en cierto momento al final de la tarde, el sol parecía vacilar en su camino por el cielo y la luz se derramaba sobre las pequeñas baldosas de vidrio de la acera y llegaba a su escritorio. Lo mejor de todo era que Margot y el señor Pendleton se habían ido ya a casa y Elodie podía disfrutar del momento a solas.

El sótano de Stratton, Cadwell & Co., situado en un edificio en el Strand, no era un lugar especialmente romántico, no como la sala del registro de la propiedad del New College, donde Elodie había trabajado un verano tras completar su máster. No era cálido tampoco e incluso durante una ola de calor como esta Elodie se tenía que poner una rebeca en el escritorio. Pero en ciertas ocasiones, cuando se alineaban las estrellas, la oficina, que olía a polvo, a años y a la humedad del Támesis, era casi encantadora.

En la pequeña cocina que había detrás de la pared de los archivadores, Elodie echó agua humeante en una taza y dio la vuelta al reloj de arena. A Margot le parecía una exageración ser tan precisa, pero Elodie prefería el té cuando había reposado tres minutos y medio, ni uno más ni uno menos.

Mientras esperaba y los granos de arena caían a través del cristal, Elodie volvió a pensar en el mensaje de Pippa. Lo había escuchado mientras sorteaba la calle para ir a comprar el bocadillo del almuerzo: la invitaba a la fiesta del lanzamiento de una línea de moda, lo que a Elodie le resultaba tan tentador como la sala de espera del médico. Por fortuna, ya tenía planes —visitar a su padre en Hampstead para que le diera las grabaciones que le había buscado— y no tuvo que inventarse una excusa.

Rechazar a Pippa no era sencillo. Era la mejor amiga de Elodie desde tercero de primaria en Pineoaks. A menudo Elodie le agradecía a la señora Perry que las hubiera sentado juntas: Elodie, la Chica Nueva, con ese uniforme que le resultaba extraño y esas trenzas torcidas que su padre había intentado arreglar; y Pippa, con esa amplia sonrisa, esos hoyuelos en las mejillas y esas manos que no se estaban quietas cuando hablaba.

Habían sido inseparables desde entonces. En primaria, en secundaria e incluso cuando Elodie fue a Oxford y Pippa a Central Saint Martins. Se veían menos ahora, pero era comprensible: el del arte es un mundo ajetreado, lleno de eventos sociales, y Pippa era la responsable de una incesante cadena de invitaciones en el teléfono de Elodie, pues iba de la inauguración de una galería o instalación a la siguiente.

El mundo de los archivos, por el contrario, era, sin duda, poco ajetreado. Es decir, no a la manera deslumbrante del mundo de Pippa. Elodie trabajaba muchas horas y a menudo trataba con otros seres humanos; simplemente, no eran de los que respiran. Los señores Stratton y Cadwell, los fundadores de la empresa, habían recorrido el globo en aquella época en que este comenzaba a encoger y la invención del teléfono no había mermado la importancia de la comunicación escrita. Así, Elodie pasaba los días entre los artefactos polvorientos y ajados de los muertos para adentrarse en aquella crónica de una velada en el Orient Express o aquel encuentro entre aventureros victorianos en busca del Paso del Noroeste.

Esos eventos sociales de otra época llenaban de felicidad a Elodie. Era cierto que no tenía muchos amigos, no de los que respiran, pero no le molestaba. Era agotador tener que sonreír, comentar y conjeturar acerca del tiempo y siempre que se iba de una velada, por muy íntima que fuese, se sentía exhausta, como si hubiera olvidado algunas partes vitales de sí misma que ya jamás recuperaría.

Elodie retiró la bolsita de té, exprimió las últimas gotas en el fregadero y añadió más leche.

Llevó la taza de vuelta al escritorio, donde los prismas del sol de la tarde comenzaban su avance diario, y, mientras el vapor dibujaba ondas voluptuosas y sus manos se calentaban, Elodie contempló las tareas pendientes del día. Se había quedado a medias en la compilación de un índice de la crónica del joven James Stratton acerca de su viaje a la costa occidental de África en 1893; tenía que escribir un artículo para el próximo número de Stratton, Cadwell & Co. Monthly; y el señor Pendleton le había dejado el catálogo de la próxima exposición para que lo corrigiera antes de enviarlo a la imprenta.

Sin embargo, Elodie había pasado todo el día decidiendo qué palabras escoger y en qué orden y su cerebro ya no daba abasto. Su mirada se posó en una caja de cartón encerado que había en el suelo, junto a su escritorio. Llevaba ahí desde el lunes por la tarde, cuando una avería en las cañerías de la oficina de arriba les había obligado a evacuar de inmediato el viejo guardarropa, una ocurrencia arquitectónica de última hora de techo bajo en la que Elodie, si no le fallaba la memoria, no había entrado en los diez años que llevaba trabajando en ese edificio. La caja había aparecido bajo un montón de cortinas de brocado polvorientas al fondo de una vieja cómoda, con una etiqueta escrita a mano que decía: «Contenidos del cajón del escritorio de la buhardilla, 1966, sin clasificar».

Encontrar materiales de archivo en un guardarropa en desuso, más aún cuando al parecer habían pasado décadas desde el envío, era inquietante y el señor Pendleton, como cabía esperar, había reaccionado de manera explosiva. Le daba mucha importancia al protocolo y, por fortuna, coincidieron Elodie y Margot más tarde, el responsable de recibir ese paquete en 1966 habría dejado este empleo hacía mucho tiempo.

No podía haber llegado en peor momento: desde que les habían enviado a un consejero de administración para «apretar el cinturón», el señor Pendleton estaba de los nervios. La invasión de su terreno ya era bastante grave, pero que cuestionaran su eficiencia era un insulto intolerable. «Es como si alguien te pidiera prestado el reloj para decirte la hora», había comentado con los labios fruncidos tras la reunión con el consejero la mañana anterior.

La aparición sin previo aviso de la caja había estado a punto de provocarle una apoplejía, así que Elodie —a quien la discordia le desagradaba tanto como el desorden— se había ofrecido con la firme promesa de arreglarlo todo, tras lo cual no tardó en llevársela y guardarla fuera de la vista.

En los días transcurridos desde entonces, había tenido cuidado para mantenerla oculta y no provocar otra erupción, pero ahora, a solas en la oficina en silencio, se arrodilló en la alfombra y sacó la caja de su escondite...

Unos rayos de luz repentina la sorprendieron y el bolso, apretado contra el fondo de la caja, soltó un suspiro de alivio. Había sido un viaje largo y era comprensible que estuviera fatigado. Los bordes se le estaban desgastando, las hebillas se habían deslustrado y un desafortunado olor a moho se había apoderado del interior. En cuanto al polvo, se había formado una pátina permanente y opaca en esa superficie tan elegante antaño y ahora era uno de esos bolsos que la gente agarraba con reparos, la cabeza ladeada, mientras sopesaba sus posibilidades. Era demasiado viejo para resultar útil, pero su inconfundible aspecto histórico le impedía acabar en la basura.

A este bolso le habían tenido cariño en otro tiempo, lo habían admirado por ser tan elegante y, sobre todo, por ser tan práctico. Había sido indispensable para una persona en concreto en un periodo concreto, cuando esos atributos se valoraban de un modo especial. Desde entonces, lo habían ocultado e ignorado, recuperado y descartado, perdido, encontrado y olvidado.

Ahora, sin embargo, uno a uno, los artículos que durante décadas habían permanecido en su interior salían a la luz, al igual que el bolso, resurgiendo al fin en esta habitación de tenue luz eléctrica y tuberías ruidosas. De una difusa luz amarillenta y olor a papel y suaves guantes blancos.

Al otro lado de los guantes había una mujer. Joven, con brazos de cervatillo, cuello delicado y rostro enmarcado por un cabello corto y negro. Sostuvo el bolso a distancia, pero no con asco.

Lo tocaba con delicadeza. Se le había fruncido la boca en un gesto de interés y los ojos grisáceos se le entrecerraron levemente antes de abrirse al observar las junturas cosidas a mano, el elegante algodón indio y los pespuntes precisos.

Recorrió con el pulgar las iniciales de la solapa frontal, desgastadas y tristes, y el bolso sintió un escalofrío de placer. Por algún motivo, la atención de esta joven sugería que ese viaje que había resultado tan largo se acercaba a su final.

Ábreme, le rogó el bolso. Mira en mi interior.

En otra época había sido nuevo y deslumbrante. Confeccionado por encargo del señor Simms en persona en la fábrica de W. Simms & Son, en Bond Street, a la que acudía en ocasiones la familia real. Las iniciales doradas habían sido estampadas a mano y selladas a fuego con todo lujo; cada remache y cada hebilla plateada se habían seleccionado, inspeccionado y abrillantado; el cuero, de la mejor calidad, se había cortado y cosido con esmero, lubricado y pulido con orgullo. Especias del Lejano Oriente —clavo, sándalo y azufre—, llegadas de la perfumería de al lado, habían infundido al bolso la sugerencia d

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