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LA HISTORIA DEL LOCO

John Katzenbach  

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Fragmento

Título original: The Madman's Tale

Traducción: Laura Paredes

1.ª edición: julio, 2014

© 2014 by John Katzenbach

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Publicado por acuerdo con John Hawkins & Associates, Inc., New York.

Depósito Legal: B 17884-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-883-4

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para Ray, que me ayudó

a contar esta historia mucho más

de lo que él supone

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Querido lector

Primera parte

El narrador poco fiable

1

2

3

4

5

6

7

8

9

Segunda Parte

Un mundo de historias

10

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35

Tercera parte

Pintura al látex blanca

36

Querido lector,

En algún momento, a mitad del libro que estoy escribiendo, me viene de repente a la cabeza la idea del siguiente proyecto; desconectada, inconexa y, a veces, sin venir a cuento. De modo extraño, las ideas se me ocurren tal como a Francis Petrel, el protagonista y curioso narrador de La historia del loco.

Francis está, por supuesto, como una cabra. Pero yo, por fortuna, no.

El gran desafío al que se enfrentan todos los escritores de novelas de suspense consiste en cómo distinguirse. A veces, da la impresión de que vivimos en un mundo donde la verdad está hecha a la medida de la conveniencia; lo que hoy parece un hecho mañana puede convertirse en una pregunta. Se parece un poco al mundo del hospital psiquiátrico donde mi personaje está recluido. Un lugar de delirios, fantasías y alucinaciones, donde, en el fondo, algo muy malvado amenaza los delgados hilos de la vida.

—¿Por qué son tan distintos sus libros? —preguntó el mismo alumno.

—No sé —contesté—. No me gusta contar la misma historia una y otra vez.

Por lo menos, La historia del loco es diferente: la historia de un asesinato que transcurre en un hospital a finales de la década de 1970 y que está narrada veinte años después, con lo que eso conlleva, por un esquizofrénico que lo presenció todo. ¿Y qué es lo que recuerda? Atrapado en un mundo de sueños alocados y pensamientos díscolos, Francis Petrel es el héroe más insólito que he creado, porque debe luchar contra un asesino implacable a la vez que lucha contra sí mismo.

Espero que La historia del loco le resulte una lectura tan absorbente como su escritura lo fue para mí.

Atentamente,

John Katzenbach

Primera parte

El narrador poco fiable

1

Ya no oigo mis voces, de modo que ando un poco perdido. Sospecho que sabrían contar mucho mejor esta historia. Por lo menos, tendrían opiniones, sugerencias e ideas definidas sobre lo que debería ir al principio, al final y en medio. Me indicarían cuándo añadir detalles, cuándo omitir información superflua, qué es importante y qué es trivial. Después de tanto tiempo, no recuerdo muy bien las cosas y me resultaría muy útil su ayuda. Pasaron muchas cosas, y me cuesta saber dónde situar qué. Y a veces no estoy seguro de que algunos incidentes que recuerdo con claridad ocurrieran de verdad. Un recuerdo que parece sólido como una piedra, acto seguido me resulta tan vaporoso como una neblina. Ése es uno de los principales problemas de estar loco: nunca estás seguro de las cosas.

Durante mucho tiempo creí que todo había empezado con una muerte y terminado con otra, como un buen par de sujetalibros, pero ahora ya no estoy tan seguro. Quizá lo que realmente puso todo en movimiento tantos años atrás, cuando yo era joven y estaba loco de verdad, fue algo más insignificante o más efímero, como unos celos ocultos o una rabia reprimida, o más universal y permanente, como la posición de las estrellas en el cosmos, la fuerza de las mareas o el movimiento rotatorio del planeta. Sé que algunas personas murieron, y yo tuve la suerte de no unirme a ellas, lo que fue una de las últimas observaciones que hicieron mis voces antes de abandonarme para siempre.

Ahora, en lugar de su agotadora cacofonía, tengo medicamentos para prevenir su regreso. Una vez al día tomo diligentemente un psicotrópico, una pastilla oblonga de color azul que me deja la boca tan seca que, cuando hablo, sueno como un viejo fumador empedernido o como un sediento desertor de la Legión Extranjera que ha cruzado el Sáhara y suplica un sorbo de agua. Le sigue de inmediato un elevador del ánimo de sabor amargo para combatir la esporádica depresión perversa y suicida en la que, según dice mi asistente social, es probable que me suma en cualquier momento con independencia de cómo me sienta. De hecho, creo que podría entrar en su despacho dando botes de alegría y exaltación por el rumbo positivo de mi vida, y ella seguiría preguntándome si he tomado la dosis diaria. Esta pastillita cruel me estriñe y me hincha por retención de líquidos, como si llevara puesto un manguito de medir la tensión arterial ceñido en la cintura en lugar del brazo izquierdo. Así que tengo que tomar un diurético y también un laxante para aliviar esos síntomas. El diurético me provoca una migraña terrible, como si alguien especialmente cruel me golpeara la frente con un martillo; combato ese efecto secundario con analgésicos con codeína mientras corro hacia el lavabo para resolver el otro. Y, cada dos semanas, me inyectan un potente agente antipsicótico en el ambulatorio, donde me bajo los pantalones ante una enfermera que siempre sonríe de la misma forma y me pregunta en un tono idéntico cómo estoy, a lo que yo contesto que bien, tanto si lo estoy como si no, porque tengo bastante claro, incluso a través de las diversas nieblas de la locura, de cierto cinismo y de los fármacos, que le importa un comino pero lo considera parte de su trabajo. El problema es que el antipsicótico, que me impide toda clase de conducta maligna o despreciable, o al menos eso me dicen, también me produce un ligero temblor en las manos, como si fuera un nervioso defraudador que se enfrenta a un inspector de Hacienda. También me provoca un ligero rictus en las comisuras de los labios, de modo que tengo que tomar un relajante muscular para impedir que la cara se me convierta en una máscara que asuste a los niños del vecindario. Todos estos mejunjes me recorren a su aire las venas y me atacan varios órganos inocentes, y probablemente embotados, cuando se dirigen a calmar los irresponsables impulsos eléctricos que se me disparan en la cabeza como a muchos adolescentes revoltosos. A veces me siento como si mi imaginación fuera un dominó incontrolable que ha perdido de repente el equilibrio, se tambalea adelante y atrás y luego se desploma contra las demás fuerzas de mi cuerpo, lo que desata una potente reacción en cadena, clic clic clic, en mi interior.

Era más fácil, con mucho, cuando aún era joven y lo único que tenía que hacer era escuchar las voces. La mayoría de las veces ni siquiera eran tan malas. En aquella época solían ser tenues como ecos que se desvanecen por un valle, o como los susurros que se oyen cuando unos niños comparten un secreto en el cuarto de juegos, aunque cuando las cosas se ponían tensas su volumen aumentaba deprisa. Normalmente, mis voces no eran demasiado exigentes. Eran más bien sugerencias, consejos, preguntas perspicaces. A veces un poco rezongonas, como una tía abuela solterona con la que nadie sabe muy bien qué hacer en una comida familiar, pero que aun así es invitada y que, de vez en cuando, suelta algo grosero, disparatado o políticamente incorrecto, pero a la que nadie hace demasiado caso.

En cierto sentido, las voces me hacían compañía, en especial las muchas ocasiones en que no tenía amigos.

Tuve dos amigos, una vez, y fueron parte de la historia. Antes creía que eran la parte más importante, pero ya no estoy tan seguro.

A varios de los que conocí durante lo que me gusta considerar mis años de verdadera locura les fue peor que a mí. Sus voces les gritaban órdenes como los sargentos de instrucción de los marines, esos que llevan sombreros marrón verdoso de ala ancha y rígida calados hasta las cejas, de modo que por detrás se les puede ver la cabeza pelada. «¡Muévete! ¡Haz esto! ¡Haz lo otro!»

O peor: «Suicídate.»

O peor aún: «Mata a alguien.»

Las voces que chillaban a esos tipos procedían de Dios, de Jesús, de Mahoma, del perro del vecino, de su tío abuelo fallecido, de extraterrestres, de un coro de arcángeles o

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