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LA HORA DE LA VERDAD

P.D. James  

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Fragmento

Prólogo

Un diario, cuando se escribe con la intención de publicarlo (¿y cuántos novelistas los escriben con otra intención?), es la forma de literatura más egocéntrica. Se da por supuesto que lo que el escritor piensa, hace, ve, come y bebe a diario es tan interesante para los demás como lo es para sí mismo. ¿Y qué motivo podría inducir a alguien a acometer con regularidad una tarea tan tediosa como ésa (pues, sin duda, a veces debe de ser pesada) no sólo durante un año, que ya es mucho tiempo, sino en ocasiones durante toda una vida? Como amante de los diarios, me alegro de que tantas personas hayan encontrado el tiempo y las energías para hacerlo y que aún haya quien lo haga. Cuántos datos interesantes, cuánta información, historias y experiencias emocionantes compartidas con otras personas se habrían perdido sin los diarios de John Evelyn, Samuel Pepys, Virginia Woolf, Evelyn Waugh, Fanny Burney y Francis Kilvert. Incluso el diario de una victoriana de ficción, Cecily Cardew, de La importancia de llamarse Ernesto, «sólo las notas de una muchacha muy joven que narra sus pensamientos e impresiones, redactados para su publicación», tenía su encanto.

Nunca hasta ahora había llevado un diario, sobre todo por pereza. A lo largo de mi carrera como burócrata, me pasaba el día redactando informes o discursos y escribiendo cartas o actas, tras lo cual me quedaban pocas g

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