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LA HORA DE LAS BRUJAS (LAS BRUJAS DE MAYFAIR 1)

Anne Rice  

0


Fragmento

Título original: The Witching Hour

Traducción: Silvia Komet

1.ª edición: octubre, 2013

© 2013 by Anne O’Brien Rice

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 26.246-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-657-1

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Con amor, para Stan Rice y Christopher Rice

John Preston, Alice O 'Brien Borchardt

Támara O'Brien Tinker, Karen O'Brien

y MickiO'Brien Collins, y para

Dorothy van Bever O 'Brien que me compró

mi primera máquina de escribir en 1958,

molestándose en comprobar,

que fuera buena.

 

 

 

 

 

Y nuestro cerebro da color a la lluvia. Y el trueno es como algo que recuerda algo.

Stan Rice.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Primera parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

Segunda parte

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

Tercera parte

33

34

35

36

37

38

39

Cuarta parte

40

41

42

43

44

45

46

47

48

49

50

51

52

Epílogo

53

54

Primera parte

La reunión

1

El doctor se despertó asustado. Había vuelto a soñar con la vieja casa de Nueva Orleans. Había visto a la mujer en la mecedora y al hombre de ojos marrones.

Incluso ahora, en este tranquilo hotel de la ciudad de Nueva York, sintió la inquietante desorientación de antaño. Había vuelto a hablar con el hombre de ojos marrones. Sí, ayúdala. «No, sólo es un sueño. Tengo que salir de él.»

El doctor se incorporó en la cama. Lo único que se oía era el suave ronroneo del aire acondicionado. ¿Por qué pensaba en ello esa noche, en una habitación del hotel Parker Meridian? No conseguía librarse de la impresión de la vieja casa. Volvió a ver a la mujer: la cabeza gacha, la mirada vacía. Casi podía oír el zumbido de los insectos contra la malla mosquitera del porche. Y el hombre de ojos marrones hablaba sin mover los labios. Un muñeco de cera lleno de vida...

«No. Basta.»

Salió de la cama y caminó en silencio por el suelo alfombrado. Se detuvo ante las finas cortinas blancas y observó los tejados cubiertos de hollín y los mortecinos carteles de neón que titilaban sobre las paredes de ladrillo. La luz del amanecer surgía detrás de las nubes, en lo alto de la monótona fachada de hormigón de enfrente. Aquí no hacía ese calor extenuante, ni había el soñoliento perfume de rosas y gardenias.

Poco a poco su cabeza se despejaba.

Volvió a pensar en el inglés del bar del vestíbulo. Por eso lo había recordado todo: el inglés explicaba al camarero que acababa de regresar de Nueva Orleans, y que sin duda era una ciudad hechizada. Un hombre afable, un auténtico caballero del Viejo Mundo, con un traje de lino de finas rayas y la cadena de oro del reloj sujeta al bolsillo del chaleco. Qué extraño era encontrarse con hombres como éste hoy en día. Un individuo con el nítido y melodioso acento de un actor británico y unos ojos azules, brillantes, sin edad.

—Sí, sin duda tiene razón sobre Nueva Orleans —intervino el doctor, dirigiéndose a él—. Yo mismo vi un fantasma, y no hace mucho.

Entonces se calló, desconcertado, y fijó la mirada en el bourbon con hielo y en el reflejo de luz en la base del vaso de cristal.

El zumbido de las moscas en verano, el olor a medicamentos. «¿Tanto Thorazine?1 ¿No sería un error?»

Pero el inglés se mostró educadamente interesado y lo invitó a cenar; le explicó que recopilaba historias de ese tipo. Por un momento, el doctor estuvo a punto de aceptar. Había un descanso en la convención y, además, le gustaba aquel hombre, enseguida le inspiró confianza. El vestíbulo del Parker Meridian era un lugar bonito y alegre, lleno de luz, animación y gente. Tan diferente de aquel sombrío rincón de Nueva Orleans, de aquella ciudad triste y vieja, sumida en secretos y en ese permanente calor tropical.

Pero el doctor no podía contar aquella historia.

—Si alguna vez cambia de idea, llámeme —insistió el inglés—. Me llamo Aaron Lightner. —Y le dio una tarjeta con el nombre de una organización—. Recopilamos historias de fantasmas; las verídicas, digámoslo así.

talamasca

Vigilamos

y siempre estamos aquí

Era un lema extraño. Sí, eso era lo que le había hecho recordar todo de nuevo. El inglés y esa curiosa tarjeta de visita, con números de teléfono europeos, el inglés que al día siguiente se iba a la costa para ver a un hombre de California que hacía poco se había ahogado y vuelto a la vida. El doctor había leído algo en los periódicos de Nueva York, se trataba de uno de esos personajes que tienen una muerte clínica y regresan después de haber visto «la luz».

Ambos se pusieron a hablar del tema.

—Ahora afirma que tiene poderes psíquicos, ¿sabe? —le había dicho el inglés—, y, por supuesto, nos interesa. Parece que cuando toca objetos con las manos desnudas ve imágenes. Lo llamamos adivinación por contacto.

El doctor se sintió intrigado. Él mismo había oído hablar de algunos pacientes, víctimas de ataques de corazón, si mal no recordaba, que habían regresado a la vida. Uno afirmaba haber visto el futuro.

—Sí —explicó Lightner—, los cardiólogos han hecho las mejores investigaciones sobre el tema.

—¿No hubo una película hace unos años —preguntó el doctor— sobre una mujer que volvía a la vida con poder para curar? Extrañamente conmovedora.

—Veo que es receptivo —comentó el inglés, con una sonrisa de satisfacción—. ¿Está seguro de que no quiere hablarme de su fantasma? Me gustaría mucho escucharlo. No salgo de viaje hasta mañana al mediodía. ¡Lo que daría por oír su historia!

No, esa historia no. Nunca.

Y ahora, a solas en la oscura habitación del hotel, el doctor volvió a sentir miedo. El tictac del reloj sonaba en el polvoriento pasillo de Nueva Orleans. Oía los pasos de su paciente cuando la enfermera la ayudaba a andar. Volvía a oler el aroma característico de una casa de Nueva Orleans en verano, calor y madera vieja. El hombre hablaba con él...

Hasta aquella primavera en Nueva Orleans, el doctor nunca había entrado en una mansión de la época anterior a la guerra civil. En la fachada de la vieja casa podían verse incluso columnas blancas estriadas, si bien con la pintura descascarada. Estilo «renacimiento griego» lo llamaban, una casa de ciudad, de un color gris violeta, alargada, situada en un rincón en sombras del Garden District, con su entrada protegida por dos enormes robles. La verja de hierro tenía rosas labradas y estaba festoneada con glicinas púrpuras, las enredaderas amarillas de Virginia, y buganvillas de un rosa oscuro, incandescente.

A él le gustaba pararse en los escalones de mármol y contemplar los capiteles dóricos, envueltos en capullos soñolientos y fragantes. El sol se filtraba en finos haces a través de las ramas retorcidas. Las abejas zumbaban en la maraña de brillantes hojas verdes debajo de las cornisas desnudas. No importaba que el lugar fuera tan sombrío, tan húmedo.

A pesar de todo, la decadencia del lugar lo perturbaba. Las arañas tejían diminutas telas sobre las rosas de hierro, tan oxidadas en algunos sitios que se desintegraban al tacto. Y un poco por todas partes, en los porches, la madera de las barandillas estaba completamente podrida.

Había también una vieja piscina, al fondo del jardín, un octógono grande rodeado de lajas, que se había convertido en un pantano de negras aguas y lirios silvestres. Sólo el olor era ya horroroso.

Allí vivían ranas que entonaban al atardecer su canto ronco y horrible. Era triste ver cómo la fuentecilla lanzaba un chorro arqueado hacia arriba y otro hacia abajo sobre aquella inmundicia. Al doctor le hubiera gustado vaciarla, limpiarla, frotar con sus propias manos sus paredes si fuera necesario. Deseaba reparar la balaustrada rota y quitar los hierbajos de los maceteros.

Hasta las ancianas tías de su paciente, la señorita Carl, la señorita Millie y la señorita Nancy, tenían un aire rancio y decadente. No era una cuestión de cabello canoso y gafas con montura de metal, sino de sus modales y de la fragancia a alcanfor que despedía su ropa.

Si por lo menos hubiera habido aire acondicionado en el lugar, las cosas habrían sido distintas. Pero la vieja casa era demasiado grande para instalarlo, o eso le habían dicho por aquel entonces. El techo se elevaba a una altura de cuatro metros. La perezosa brisa arrastraba el aroma de la tierra húmeda.

Sin embargo, tenía que reconocer que su paciente estaba bien cuidada. Una cariñosa enfermera negra entrada en años, llamada Viola, la sacaba al porche por la mañana y la entraba por la tarde.

—No me da ningún problema, doctor. Ahora, señorita Deirdre, camine hacia el doctor. —Viola la ayudaba a levantarse de la silla y caminaba con ella paso a paso, con paciencia—. Ya llevo con ella siete años, doctor, es mi niña.

«Siete años así.» No era de extrañar que los pies de la mujer empezaran a doblarse en los tobillos y los brazos a encogerse contra su pecho si la enfermera no se los bajaba otra vez sobre la falda.

Viola la paseaba una y otra vez por el doble salón, pasaban junto al arpa y el piano de cola Bösendorfer, cubierto de polvo. Entraban en el espacioso comedor con sus murales descoloridos de robles cubiertos de musgo y campos de cultivo.

Unos pies en zapatillas que se arrastraban sobre la gastada alfombra Aubusson. La mujer tenía cuarenta y dos años, y parecía vieja y joven al mismo tiempo, una ni-ña pálida y encorvada, ajena a las preocupaciones de los adultos o a la pasión. «¿Deirdre, has tenido alguna vez un amor? ¿Has bailado alguna vez en aquel salón?»

En las estanterías de la biblioteca había gruesos volúmenes encuadernados en piel, con fechas viejas escritas en el lomo en tinta púrpura descolorida: 1756, 1757, 1758... Todos llevaban el apellido Mayfair en letras doradas.

Mayfair, un añejo clan colonial. En las paredes había viejos retratos de hombres y mujeres vestidos con ropa del siglo XVIII, daguerrotipos, ferrotipos y descoloridas fotografías. Un mapa amarillento de Santo Domingo —¿lo llamaban así todavía?—, en un marco muy sucio, en el salón. Y una pintura oscura de la casa de una gran plantación.

Y había que ver las joyas que llevaba su paciente. Reliquias, seguramente, de montura antigua. ¿Por qué le ponían semejantes alhajas a una mujer que no había pronunciado una palabra ni hecho un solo movimiento por propia voluntad durante más de siete años?

La enfermera decía que nunca le quitaba la cadena con el dije de esmeralda, ni siquiera cuando la bañaba.

—Deje que le cuente un pequeño secreto, doctor, ¡no se le ocurra tocarlo nunca!

«¿Y por qué no?», quiso preguntarle él. Pero no dijo nada, simplemente observó nervioso cómo la enfermera le ponía los pendientes de rubí y el anillo de diamantes.

«Como vestir a un cadáver», pensó. Fuera, los robles agitaban sus ramas contra los mosquiteros de las ventanas cubiertas de polvo y el jardín resplandecía bajo el tedioso calor.

—Y mire qué pelo —decía la enfermera, con cariño—. ¿Ha visto alguna vez un cabello tan hermoso?

Sí, de acuerdo, era moreno, largo y rizado. A la enfermera le encantaba cepillarlo, y observar cómo los rizos volvían a su sitio a medida que pasaba el cepillo. Y los ojos de la paciente, a pesar de su mirada apática, eran de un color azul claro. De vez en cuando, un fino hilillo de baba plateada se le escurría por la comisura de los labios y le dejaba una mancha oscura en el pecho, sobre el camisón blanco.

—Es increíble que nadie haya intentado robar estas cosas. —Lo dijo casi para sí mismo—. Es un ser tan indefenso...

La enfermera le dirigió una sonrisa orgullosa y pers­picaz.

—A nadie que haya trabajado en esta casa se le ocurriría siquiera intentarlo.

—Pero pasa horas enteras sola en el porche. Cualquiera puede verla desde la calle.

—No se preocupe por eso, doctor —dijo la enfermera, con una carcajada—. Nadie de los alrededores está tan loco como para entrar por esa puerta. El viejo Ronnie viene a cortar el césped porque siempre lo ha hecho, desde hace treinta años. Aunque no está muy bien de la cabeza.

—Sin embargo...

Pero se calló. No podía hablar así ante aquella silenciosa mujer, cuyos ojos apenas se movían de vez en cuando, cuyas manos estaban exactamente donde las había dejado la enfermera y cuyos pies descansaban fláccidamente sobre el suelo desnudo. Qué fácil era extralimitarse, olvidarse de respetar a esta trágica criatura. Nadie sabía con precisión lo que ella comprendía.

—Habría que sacarla un rato al sol —dijo el doctor—, tiene la piel muy blanca.

Pero sabía que el jardín era imposible, incluso lejos del hedor de la piscina. La enmarañada buganvilla surgía de golpe debajo del laurel real silvestre. Unos querubines gorditos veteados de fango se asomaban por entre la lantana salvaje como pequeños fantasmas.

Sin embargo, tiempo atrás allí habían jugado niños.

Algún niño o niña había grabado la palabra «Impulsor» en el tronco del gigantesco mirto que crecía junto al distante seto. La talla era tan profunda que tras años de intemperie brillaba blanca en contraste con la corteza cerúlea. Qué extraña palabra. Y un columpio pendía todavía de la rama de un roble lejano.

El flanco meridional de la casa parecía enorme y arrolladoramente hermoso desde esa perspectiva; las enredaderas en flor trepaban junto a los postigos de las ventanas hasta llegar a las chimeneas gemelas del segundo piso. El oscuro bambú se agitaba bajo la brisa contra la mampostería de yeso. Los plátanos brillantes crecían tan altos y densos que formaban una selva hasta la pared de ladrillos.

Este lugar era como su paciente: hermoso pero olvidado por el tiempo, por la prisa.

El rostro de la mujer, de no ser tan exageradamente inerte, aún se podría considerar bonito. ¿Vería los delicados ramilletes púrpura de glicina agitarse contra los mosquiteros? ¿La enmarañada serpentina que formaban las otras flores? ¿El camino que se extendía entre los robles hasta la casa de columnas blancas al otro lado de la calle?

En una ocasión él había subido con ella y la enfermera en el pintoresco ascensor con puerta de bronce y alfombra gastada. La expresión de Deirdre no había cambiado cuando la pequeña cabina empezó a subir. El trepidar de la maquinaria, por un motor que él imaginaba sucio y negro, pegajoso y viejo, cubierto de polvo, lo llenaba de ansiedad.

Naturalmente, había hablado con el viejo médico del sanatorio.

—Recuerdo que cuando tenía su edad —le explicó—, pretendía curar a todo el mundo. Quería razonar con los paranoicos, devolver a los esquizofrénicos a la realidad y despertar a los catatónicos. Hijo, póngale esta inyección cada día. No se puede hacer nada más. Simplemente, tratamos de evitar en lo posible que sufra crisis nerviosas ¿comprende?

¿Crisis nerviosas? ¿Era ésa la razón de drogas tan fuertes? Aunque dejara de inyectárselas mañana, los efectos tardarían un mes en desaparecer. Y las dosis eran tan altas que hubieran matado a cualquier otra paciente. Además, no había más remedio que aumen­tarlas.

¿Cómo se podía saber el verdadero estado de aquella mujer después de tanto tiempo de medicación continuada? Si pudiera hacerle un electroencefalograma...

Ya llevaba cerca de un mes con el caso cuando solicitó los informes. Era una petición de rutina, nadie había reparado en ello. Se pasó toda una tarde sentado ante su escritorio del sanatorio, enfrentado a los garabatos de muchos otros médicos y a unos diagnósticos vagos y contradictorios: obsesiones, paranoia, agotamiento nervioso, delirios, crisis psicótica, depresión, intento de suicidio. Por lo visto, abarcaban toda su historia desde la adolescencia. No, desde antes, incluso. Alguien la había visitado por «demencia» cuando tenía diez años.

¿Qué había en concreto detrás de todas esas abstracciones? En algún lugar de la montaña de palabras descubrió que a los dieciocho años había sido madre de una niña, que la había dado en adopción y padeció una «paranoia grave».

¿Por eso la habían tratado con electroshocks en un sitio y con shocks insulínicos en otro? ¿Qué les hacía a las enfermeras para que una detrás de otra se marcharan alegando «ataques físicos»?

En un momento dado había «huido» y «había sido recluida por la fuerza» otra vez. Faltaban a continuación varias páginas, años enteros ignorados. «Daño cerebral irreversible —señalaba un informe de 1976—. Paciente enviada a su domicilio. Se prescribe Thorazine para impedir parálisis, obsesión.»

Era un documento desagradable que no explicaba nada ni revelaba la verdad, y que al final lo desanimó. ¿Acaso aquella legión de médicos había hablado con ella de la forma que lo hacía él cuando se sentaba junto a ella en el porche?

—Es un día muy bonito, ¿no le parece, señorita De­irdre?

Ah, la brisa, qué fragante. El aroma de las gardenias de repente era opresivo, y sin embargo le encantaba y cerraba los ojos durante un instante.

¿Se reía de él, lo odiaba, sabía que estaba allí? Ahora se daba cuenta de que Deirdre tenía algunas mechas canosas. Sus manos estaban frías y eran desagradables al tacto.

La enfermera salió con un sobre azul en las manos, una foto.

—Es de su hija, Deirdre. Mire Deirdre, ahora tiene veintidós años. —La enfermera sostuvo la foto para que el doctor también la viera. Una chica rubia en la borda de un gran yate blanco; el viento le agitaba el cabello. Guapa, muy guapa—. En la bahía de San Francisco, 1983.

No hubo ni un cambio en el rostro de la mujer. La enfermera le apartó el cabello negro de la frente.

—¿Ve esta chica? —preguntó la enfermera, y tendió la foto al doctor—. ¡Esta chica también es médico! —Y le hizo un gesto orgulloso con la cabeza—. Ahora es re­sidente, pero un día será doctora en medicina, como usted, de verdad.

¿Era posible? ¿Nunca venía la joven a casa a ocuparse de su propia madre? De repente le cayó mal. Más aún si estudiaba medicina.

Desconfiaba de las tías.

La alta, la que firmaba los cheques, «la señorita Carl», todavía ejercía la abogacía, aunque debía de tener unos setenta años. Iba y venía en taxi de sus oficinas en Carondelet Street porque ya no podía subir el estribo de madera del tranvía de St. Charles. En cierta ocasión en que se encontraron en la entrada, le contó que había viajado en aquel tranvía durante cincuenta años.

—Así es —le explicó una tarde la enfermera, mientras cepillaba el cabello de Deirdre con suavidad—. La señorita Carl es la inteligente. Trabaja para el juez Fleming. Fue una de las primeras mujeres graduadas en la Escuela de Leyes Loyola, tenía diecisiete años cuando fue a Loyola.

La señorita Carl nunca hablaba con la paciente, por lo menos el doctor nunca la había visto. La señorita Nancy, la regordeta, era cruel con ella, o así lo creía él.

—Dicen que la señorita Nancy no tuvo muchas oportunidades para estudiar —le cotilleó la enfermera—. Siempre estaba en casa, ocupándose de los demás. También estaba aquí la vieja señorita Belle.

Había algo hosco, casi vulgar, en la señorita Nancy. Era rechoncha, descuidada, siempre llevaba un delantal y hablaba a la enfermera con voz afectada y aires de superioridad. Cada vez que miraba a Deirdre sus labios mostraban un rictus despectivo.

También estaba la señorita Millie, la mayor de todas, que en realidad era una especie de prima, una anciana clásica con vestido negro de seda y zapatos abotinados. Iba y venía por la casa, siempre con guantes y un pequeño sombrero negro de paja con velo. Tenía una sonrisa alegre para el doctor y un beso para Deirdre.

—Ay, niñita mía —solía decirle con voz trémula.

Una tarde, se encontró con la señorita Millie de pie sobre las lajas rotas de la piscina.

—Nunca más levantaremos todo esto, doctor —dijo con tristeza.

No era de su incumbencia responder a aquellas palabras, pero algo lo impulsó a escuchar aquel lamento.

—A Stella le gustaba mucho nadar aquí —continuó la anciana—. Fue ella quien la mandó construir, tenía tantos planes y sueños... Y daba unas fiestas maravillosas. Vaya, recuerdo cientos de fiestas en la casa, mesas por todo el jardín y orquestas tocando. Usted es demasiado joven, doctor, para recordar la música de esas orquestas. También fue Stella quien hizo abrir estos senderos de lajas alrededor de la piscina. Como los del frente de la casa y los lados... —Se interrumpió, señaló el patio lateral de la casa cubierto de hierbajos. Parecía que no podía seguir hablando. Lentamente, dirigió la mirada hacia la ventana de la buhardilla.

«Pero ¿quién es Stella?», quiso preguntar el doctor.

—Pobre Stella.

Él se imaginaba los farolillos de papel colgando de los árboles.

Quizás estas mujeres simplemente fueran demasiado viejas. Y la joven, la médica residente o lo que fuera, a tanta distancia de su madre...

La señorita Nancy parloteaba con la silenciosa Deirdre. Solía observar cómo la enfermera paseaba a la paciente y luego le gritaba al oído:

—Levanta los pies. Maldición, si quisieras podrías caminar muy bien sola.

—La señorita Deirdre oye bien —la interrumpía la enfermera—. El doctor dice que ve y oye perfectamente.

Una vez él había intentado interrogar a la señorita Nancy mientras barría el pasillo de arriba; pensaba que, en fin, quizás a pesar del enfado podía explicarle algo.

—¿Hay alguna vez un mínim

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