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LA HUELLA DE UN BESO

Daniel Glattauer  

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Fragmento

1 de diciembre

 

 

 

 

«Kurt celebrará otra vez las Navidades en casa. Su dueño (yo) seguramente no. O sea, que estaría bien que alguien se lo quedara. Es manso y no da mucho trabajo. Es un buen perro.»

Tecleando en el buscador la palabra «Navidades» aparecía, entre otras cosas, este anuncio. Su dueño era Max. Kurt era un braco alemán de pelo duro de pura raza. ¿Que qué hacía? Estaba tumbado debajo de un sillón contando imaginariamente sus pelos duros de braco alemán. En realidad no era su sillón; era el sillón debajo del cual estaba siempre tumbado. Max y Kurt llevaban dos años viviendo bajo el mismo techo y Kurt debía de haber pasado más o menos un año y nueve meses tirado debajo de ese sillón. Así que se podía decir tranquilamente que era «su sillón». Si algo se había ganado Kurt, eso era, desde luego, ese sillón. Sin embargo, el sillón no se merecía a Kurt. Y es que, comparando a ambos, se podía apreciar claramente que el más vivo de los dos era, sin lugar a dudas, el sillón.

Max, aparte de su relación con Kurt, estaba solo. Era un soltero convencido. No es que lo fuera porque no le quedara más remedio; en esta vida todo tiene remedio pero él ya tenía 34 años. Y, para dejarlo claro desde el principio: no era gay. Tampoco pasaba nada por serlo; George Michael era gay. Pero a Max le gustaban los hombres tanto como limpiar los cristales o cambiar las sábanas o poner en funcionamiento a Kurt. Max lo tenía claro: los hombres eran para salir a echarse unas birras, jugar a los dardos, quemar las Harley Davidson o añorar aquellos hermosos pechos ahora inalcanzables. Y, por supuesto, para hablar de trabajo. Pero a Max lo que más le habría gustado hacer con un grupo de hombres habría sido echar de menos unos hermosos pechos ahora inalcanzables.

A Max le gustaban las mujeres. En teoría a ellas también les gustaba él. Pero por desgracia no se entendían. Ya lo habían probado muchas veces. Es que Max tenía un problema concreto, algo poco habitual, más bien nada habitual, fuera de lo habitual. (Pero eso después.) Las mujeres tampoco lo eran todo. ¿No?

Ahora sentía la cercanía de las Navidades. Venían directas hacia él. Ya había hecho su aparición el viento del Noroeste con bancos de niebla y granizo cargado con ese intenso aroma a extracto de ponche y bizcochitos de especias con canela. La gran ciudad a cero grados: demasiado calor para congelarse, demasiado frío para derretirse. La gente aceleraba el paso por la calle. Seguro que ya andaban pensando en el papel de regalo decorado con angelitos. Eso a Max le daba miedo.

Ya he dicho que a él le gustaba su soltería. Era la forma más sincera de enfocar una relación humana: Max pasaba veinticuatro horas al día acompañado de sí mismo. En ocasiones resultaba conmovedor cómo se esforzaba por llevarse bien consigo mismo. Esa relación requería toda su atención y lo distraía de otras cosas, sin importancia, como lo cotidiano. Pero hay que reconocer que, en Navidades y con esa atmósfera invernal, se quedaba un poco colgado. Él tenía claro que no le iba bien eso de meterse en tanta preparación para tanta fiesta y con tan poco motivo. Además, padecía una alergia a la decoración con estrellitas para la que no había tratamiento. Y sufría de un peligroso síndrome que se desataba ante la presencia de bolas de cristal. (Se mostraba en una tendencia a destrozarlas.) Recientemente había detectado también una pérfida intolerancia a la hoja de abeto y una neurosis, bastante avanzada, relacionada con la cera de las velas. Si, además, sonaban villancicos, Max se sumía en una profunda depresión invernal que no empezaba a ceder hasta que llegaba Pentecostés. Por eso había decidido que este año se marchaba a las Maldivas. Lo cierto es que la idea era tan estridente que hasta le dolía. Pero estaba decidido a sufrir las Navidades a pleno sol. Quería darle un gusto a la piel; aunque ella a él no le regalaba nada. Por cierto, habían pronosticado nieve para el día siguiente. Para el domingo. Espantoso. Max odiaba los domingos.

2 de diciembre

 

 

 

 

Fuera no nevaba. Habían anunciado nieve para que la gente supiera que existía la posibilidad, para que se compraran plumíferos con capucha y aparatos quitanieves. Dentro estaba Katrin; sentada ante el ordenador, navegando. Era capaz de pasarse así horas. Una especie de compromiso entre la actividad y la inactividad. Entrar sin aportar. Soñar sin ponerse sentimental. Buscar sin andar buscando. Clavar la mirada en las palabras. Que salga el bostezo a través del teclado. Hurgarse la nariz sin necesidad de nariz. Y sin dedo. ¿Quién da más?

Katrin procedía de una familia humilde. Se podía decir que sus padres habían logrado todo lo que tenían en la vida de la manera más sencilla; incluida su hija Katrin, su tesoro. Mamá Erni, Ernestine Schulmeister, había pescado a papá Rudi, Rudolf Hofmeister, en una muestra explosiva de lo que puede suponer la intolerancia a la ingestión de alcohol en forma de cerveza en grandes cantidades. Sucedió en la fiesta de un grupo de voluntarios de los bomberos. Una vez al año ellos mismos tenían que provocar un incendio para desfogarse y tener la

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