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LA INVASIóN DEL TEARLING (LA REINA DEL TEARLING 2)

Erika Johansen  

4


Fragmento

1

Hall

La Segunda Invasión Mort contaba con todos los ingredientes para convertirse en una masacre. Por una parte estaba el ejército mort, infinitamente superior, armado con las mejores armas disponibles en el Nuevo Mundo y dirigido por un hombre que no se detenía ante nada. Por otra estaba el ejército tear, cuatro veces más pequeño y con armas de hierro de forja barata que se rompían con el impacto del acero, de más calidad. El desequilibrio entre uno y otro solo podía calificarse de catastrófico. El Tearling parecía condenado al desastre.

El Tearling como nación militar,

CALLOW EL MÁRTIR

El amanecer se extendió rápidamente por la frontera mort. Solo se veía una neblinosa franja azul sobre el horizonte y, de pronto, surgieron unos rayos intensos que ascendían por el oriente de Mortmesne. El reflejo luminoso se extendió por el lago Karczmar hasta que la superficie quedó reducida a una destellante plancha de fuego, un efecto que solo se interrumpía cuando una suave brisa acariciaba las orillas y se formaban olas en la superficie.

En aquella región, la frontera mort era un asunto delicado. Nadie sabía a ciencia cierta dónde estaba trazada la línea divisoria. Los mort afirmaban que el lago se hallaba en territorio mort, pero los tear reclamaban las aguas como propias en virtud de que había sido un célebre explorador tear llamado Martin Karczmar quien había descubierto el lago. Karczmar llevaba cerca de tres siglos enterrado, pero el Tearling nunca había renunciado del todo a sus reivindicaciones sobre el lago. Las aguas en sí tenían escaso valor, pues abundaban en ellas peces depredadores no comestibles; sin embargo, el lago era un enclave importante, el único elemento geográfico destacado en varios kilómetros hacia el norte y hacia el sur de la frontera. Ambos reinos llevaban tiempo ansiosos por restablecer sus derechos de forma definitiva. Años atrás había habido alguna tentativa de negociar un tratado que regulara el conflicto, pero no se había conseguido nada. En las orillas oriental y meridional del lago, el terreno cenagoso de las salinas se extendía hacia el este a lo largo de varios kilómetros de llanura, hasta llegar a un bosque de pinos mort. En la orilla occidental del lago Karczmar, en cambio, las salinas solo se prolongaban unos metros, y entonces el terreno ascendía bruscamente y formaba los Montes Fronterizos, con empinadas laderas recubiertas de una gruesa capa de pinos. Los árboles envolvían los cerros por completo, descendían por la otra ladera hasta el Tearling y ocupaban el norte de la llanura del Almont.

Si bien en las empinadas laderas orientales de los Montes Fronterizos los bosques estaban deshabitados, las cimas y las laderas occidentales estaban salpicadas de pequeñas aldeas tear. Esas aldeas se abastecían, ocasionalmente, en el Almont, pero sobre todo criaban ganado —ovejas y cabras— y comerciaban con lana, leche y carne de ovino, casi siempre entre ellas. En ocasiones juntaban sus recursos y enviaban un cargamento muy bien custodiado a Nueva Londres, donde los artículos —la lana, especialmente— se pagaban mejor, y no mediante trueque, sino en efectivo. Las aldeas estaban diseminadas por la ladera: Woodend, Idyllwild, Devin’s Slope, Griffen... Eran blancos fáciles, pues sus habitantes estaban equipados con armas de madera y se resistían a abandonar a sus animales.

El coronel Hall no entendía cómo podías amar tanto un trozo de tierra y, al mismo tiempo, agradecer al Gran Dios que el destino te hubiera alejado de él. Hall era hijo de un ovejero y se había criado en la aldea de Idyllwild, y el olor que dominaba en aquellas aldeas —a lana húmeda, recubierta con una buena capa de estiércol— estaba tan grabado en su memoria que lo percibía incluso en ese momento, pese a que la aldea más cercana estaba en el lado occidental de los Montes Fronterizos, a varios kilómetros de distancia y fuera del alcance de la vista.

La suerte había alejado a Hall de Idyllwild, y no la buena suerte, sino esa suerte ambigua que ofrecía con una mano mientras apuñalaba con la otra. La aldea estaba demasiado al norte para haber sufrido mucho con la primera invasión mort; una noche, un grupo de atracadores se había llevado unas cuantas ovejas de un prado que no estaba vigilado, pero nada más. Cuando se firmó el Tratado Mort, Idyllwild y las aldeas vecinas celebraron una fiesta. Hall y su hermano gemelo, Simon, se habían emborrachado a base de bien y habían despertado en una pocilga de Devin’s Slope. Su padre dijo que su aldea había salido bien parada, y Hall compartía su opinión, hasta que, ocho meses más tarde, salió el nombre de Simon en la segunda lotería pública.

Hall y Simon, que tenían quince años, ya eran hombres hechos y derechos según los patrones de la frontera, pero sus padres parecían haberlo olvidado. En las semanas posteriores al anuncio, la madre se afanó en preparar las comidas preferidas de Simon, y el padre los exoneró a ambos del trabajo. Hacia finales de mes emprendieron el viaje a Nueva Londres, como tantas familias habían hecho antes que ellos; el padre iba sollozando en la delantera del carro, la madre, seria y callada, y Hall y Simon se esforzaban por aparentar un buen estado de ánimo.

Los padres no quisieron que Hall presenciara la remesa. Lo dejaron en un pub del Gran Bulevar, con tres libras e instrucciones de quedarse allí hasta que ellos regresaran. Pero Hall, que no era ningún crío, salió del pub y los siguió hasta el Parque de la Torre. El padre se derrumbó al poco de partir la remesa, y la madre tuvo que intentar reanimarlo, de modo que al final Hall fue el único que vio partir la caravana, el único que vio perderse a Simon en la ciudad y desaparecer de sus vidas para siempre.

Aquella noche la familia se quedó en Nueva Londres, en una de las posadas más sucias que podían encontrarse en las Tripas. El hedor insoportable que imperaba allí acabó por obligar a Hall a salir afuera; el joven deambuló por las Tripas y buscó un caballo que robar, decidido a seguir la caravana de jaulas hasta la Calzada Mort y liberar a Simon o morir en el intento. Encontró un caballo atado fuera de un pub, y cuando estaba deshaciendo el nudo, una mano se posó sobre su hombro.

—¡Eh, tú, rata de campo! ¿Se puede saber qué haces?

Era un tipo corpulento, más alto que el padre de Hall, e iba protegido con armadura y fuertemente armado. Hall pensó que había llegado su hora, y en parte se alegró.

—Necesito un caballo —dijo.

El hombre lo miró con sagacidad.

—¿Tienes a alguien en la remesa?

—No es asunto suyo.

—Ya lo creo que es asunto mío. Es mi caballo.

Hall desenvainó su cuchillo. Era un cuchillo de esquilar, pero confió en que el desconocido no lo supiera.

—No tengo tiempo para discutir. Necesito su caballo.

—Guarda eso, chico, y no hagas tonterías. La remesa lleva una escolta de ocho cadén. Estoy seguro de que habrás oído hablar de los cadén, aunque vivas en un pueblo de mierda. Cualquier cadén podría partir tu ridículo cuchillo con los dientes.

El desconocido hizo ademán de agarrar la brida del caballo, pero Hall levantó un poco más el cuchillo y le cerró el paso.

—Siento tener que robar, pero no me queda otro remedio. Necesito marcharme.

El desconocido lo miró largo rato, tratando de formarse un juicio sobre él.

—Tienes huevos, chico, eso hay que reconocerlo. ¿Eres granjero?

—Soy pastor.

El desconocido siguió observándolo un momento más, y entonces dijo:

—Está bien, chico. Vamos a hacer una cosa. Te voy a prestar mi caballo. Se llama Favor, curiosamente. Te vas con él a la Calzada Mort y echas un vistazo a la remesa. Si tienes dos dedos de frente, te darás cuenta de que la tuya es una batalla perdida, y entonces tienes dos opciones. Puedes morir inútilmente, y no conseguir nada. O dar media vuelta y dirigirte a los barracones de los Pozos para que hablemos de tu futuro.

—¿Qué futuro?

—Tu futuro como soldado, chico. A menos que quieras pasarte el resto de la vida oliendo a mierda de oveja.

Hall lo miró con recelo y se preguntó si le estaría tendiendo una trampa.

—¿Y si me llevo su caballo y no vuelvo?

—No lo harás. Tienes sentido de la responsabilidad, o no estarías cometiendo esta estupidez. Además, yo tengo a mi disposición todos los caballos que quiera, en caso de que necesite salir a buscarte.

El desconocido se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del pub, y Hall se quedó junto al poste de amarrar caballos.

—¿Quién es usted? —gritó Hall.

—El comandante Bermond, del Frente Derecho. Date prisa, chico. Y si le pasa algo a mi caballo, pagarás con tu sucio pellejo.

Tras una larga noche cabalgando, Hall alcanzó la remesa y comprobó que Bermond tenía razón: era una auténtica fortaleza. Varios soldados rodeaban cada una de las jaulas, y entre sus formaciones se distinguían las capas de los cadén. Hall no llevaba espada, pero no era tan necio como para pensar que de haberla tenido le hubiera servido de algo. Ni siquiera pudo acercarse lo suficiente para localizar a Simon; cuando lo intentó, un cadén disparó una flecha que fue a parar a menos de un palmo de él. Era tal como el comandante lo había descrito.

Aun así, se planteó cargar contra la remesa y poner fin a todo, al terrible futuro que ya había intuido en el viaje a Nueva Londres, un futuro en el que sus padres lo mirarían a él y solo verían al ausente Simon. El rostro de Hall no los consolaría: solo sería un terrible recordatorio. Agarró fuertemente las riendas, preparado para cargar, y de pronto sucedió algo que nunca sería capaz de explicar: vio a Simon entre la masa de apretujados prisioneros de la sexta jaula. Parecía imposible que lo hubiera visto desde tan lejos, pero no cabía duda: era la cara de su hermano, idéntica a la suya. Si continuaba hacia su muerte, no quedaría nada de Simon, nada que sirviera siquiera para recordarlo. Y entonces comprendió que aquello no tenía nada que ver con Simon, sino con su propio sentimiento de culpa, su propio dolor. El egoísmo y la autodestrucción cabalgaban de la mano, como solían hacer.

Dio media vuelta, regresó a Nueva Londres y se alistó en el ejército tear. El comandante Bermond le dio su respaldo, y, aunque Bermond nunca lo admitió, Hall sospechaba que el comandante debía de haber hablado con alguien en privado, pues, durante los años que pasó en la infantería como soldado raso, jamás le tocó custodiar la remesa. Todos los meses enviaba a casa una parte de su paga, y en las pocas ocasiones en que viajaba a Idyllwild, siempre le sorprendía que sus padres se mostraran bruscos pero orgullosos de su hijo soldado. Ascendió deprisa, y a los treinta y un años ya era segundo del comandante. No era un trabajo gratificante: durante la

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