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LA ISLA DE CRISTAL (TRILOGíA DE LOS GUARDIANES 3)

Nora Roberts  

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Fragmento

Prólogo

Se reunieron en la alta montaña, muy por encima del mundo, bajo un cielo cuajado de refulgentes estrellas y una blanca y expectante luna.

Juntas, las diosas dirigieron la mirada más allá del castillo que resplandecía en su propia montaña, por encima de la oscura superficie cristalina del mar.

—Dos estrellas halladas y puestas a salvo. —Luna alzó el rostro al cielo con dicha y llena de agradecimiento—. El destino eligió bien a los seis. Los guardianes poseen un corazón fuerte y leal.

—Su prueba no ha terminado —le recordó Celene—. Y se necesita algo más que un corazón leal para enfrentarse a aquello a lo que han venido a enfrentarse.

—Lucharán. ¿Acaso no han demostrado ser unos guerreros, hermana? —exigió Arianrhod—. Han corrido peligro. Han sangrado.

—Y más peligro correrán. Veo batallas en el horizonte, sangre derramada. Nerezza y la malvada criatura que creó no desean solo las estrellas, la sangre de los guardianes. Quieren la aniquilación.

—Así ha sido siempre —murmuró Luna—. En el fondo de su corazón, así ha sido siempre.

—La han debilitado. —Arianrhod posó una mano en la enjoyada empuñadura de la espada sujeta a su cadera—. Prácticamente la han destruido. Sin el humano al que convirtió, lo habrían conseguido.

—¿Acaso no creímos lo mismo la noche del nacimiento de la reina, la noche en que creamos las estrellas?

Celene abrió los brazos y debajo, en la orilla del magnífico mar, brillaron las imágenes del pasado.

—Una noche llena de dicha, esperanza y celebración —continuó—. Y conjuramos tres estrellas. Para la sabiduría, forjada con fuego.

—Para la compasión, fluida como el agua —agregó Luna.

—Para la fortaleza, fría como el hielo —concluyó Arianrhod.

—Nuestros poderes y nuestras esperanzas juntas en un regalo para la nueva reina. Un presente que Nerezza codiciaba.

En la playa, bañada por la blanca luz de la luna, las tres diosas se enfrentaron a la oscura. Cuando lanzaron sus estrellas hacia la luna, Nerezza atacó con el negro rayo para golpearlas, para maldecirlas.

—Y por eso la maldijimos, la arrojamos a un hoyo —continuó Celene—. Pero no la destruimos, no pudimos. No era nuestro este deber, esta misión, esta guerra.

—Protegimos las estrellas —le recordó Luna—. Caerían, ya que Nerezza las había maldecido, pero nosotras las protegimos. Cuando cayeran, caerían en secreto y permanecerían ocultas.

—Hasta que aquellos que descendieran de nosotras se unieran en la búsqueda para encontrarlas, para protegerlas. —La mano de Arianrhod apretó con fuerza la empuñadura de su puñal—. Para luchar todos y cada uno de ellos contra la oscuridad. Para arriesgarlo todo a fin de salvar los mundos.

—Su hora ha llegado —convino Celene—. Sacaron la Estrella de Fuego de su piedra, cogieron la Estrella de Agua del mar. Pero les aguardan las últimas pruebas de la misión. Así como Nerezza y su ejército profano.

—Da igual qué poderes, qué dones tengan; se enfrentan a una diosa. —Luna se llevó la mano al corazón—. Y nosotras solo podemos observar.

—Es su destino y en su destino habita el destino de todos los mundos —dijo Celene.

—Su hora ha llegado. —Arianrhod asió las manos de sus hermanas—. Y con ella, si son fuertes y sabios, si sus corazones se mantienen leales, puede que la nuestra.

—La luna está llena y el lobo aúlla. —Celene señaló la estela del cometa que surcaba el cielo—. Que vuelen, pues.

—Y que el coraje les acompañe —apostilló Arianrhod.

—¡Allí! —Luna señaló el vasto y oscuro mar, donde la luz surgió, parpadeó y luego se apagó—. Están a salvo.

—Por ahora. —Celene agitó la mano, disipando las imágenes de la playa—. El futuro comienza ahora.

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Un hombre que no podía morir tenía poco que temer. Un inmortal que había vivido casi toda su larga vida como soldado, librando batallas, no rehuía una pelea con una diosa. Un soldado, aunque solitario por naturaleza, comprendía el deber y la lealtad de aquellos que combatían a su lado.

El hombre, el soldado, el solitario que había visto a su hermano menor destruido por la magia negra, que había visto su vida patas arriba por culpa de la misma, que luchaba contra la descabellada codicia de una diosa, conocía la diferencia entre la oscuridad y la luz.

No le asustó atravesar el espacio impulsado por un compañero soldado, un viajero en el tiempo, mientras aún estaban cubiertos por la sangre de la batalla..., aunque habría preferido cualquier otro medio de transporte.

Percibió a sus compañeros en medio del vendaval, del estallido de luz y la vertiginosa velocidad (y, sí, claro que esta resultaba bastante excitante). El hechicero, que poseía más poder que cualquier otro que Doyle hubiera conocido en toda su vida. La mujer que, en calidad de vidente, era el pegamento que los unía. La sirena, todo encanto, coraje y corazón..., y un verdadero placer para la vista. El viajero, leal y valiente y también un tirador certero. Y la mujer..., bueno, la loba ahora, ya que la luna había salido justo cuando se prepararon para trasladarse desde las batallas de la bella isla de Capri.

Ella aulló, no había otro término para describirlo, y en aquel sonido no percibió temor alguno, no, sino la misma excitación atávica que rugía por sus propias venas.

Si un hombre tenía que aliarse con otros, tenía que unir su destino a los otros, podía irle mucho peor que con aquellos hombres y mujeres.

Entonces olió Irlanda, el húmedo aire, el verdor, y la excitación desapareció. El astuto y frío destino le llevaba de nuevo allí, donde su corazón y su vida se hicieron pedazos.

Cayeron de golpe y porrazo mientras se preparaba para enfrentarse a aquello, para hacer lo que debía hacer.

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