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LA ISLA DE LAS úLTIMAS VOCES

Mikel Santiago

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Fragmento

Dave

No recuerdo demasiado del «antes». Quizás mi mente se cerró, o los recuerdos tropezaron en la caída y se desbarataron, se almacenaron en lugares inhóspitos de esta cabeza de chorlito. Puede que sea eso, o quizás todo tenga que ver con aquel sueño que tuve durante el vuelo. Eso sería, contra todo pronóstico, lo primero que querría contar si alguna de estas «mentes pensantes» me preguntara. ¿Dónde comenzaría usted su narración, sargento Dupree?

Pues verá, señor genio, íbamos diez personas a bordo de un avión que no existía. ¿Ha oído hablar de un pájaro negro? Vuelos que no tienen registro en las pantallas de las torres de control. Etiqueta vacía y no hagas preguntas. Ni siquiera nosotros sabíamos el destino. El caso es que llevábamos aquello: La Caja. Algo que había salido de alguna boca del infierno, por lo menos. Yo, que he transportado gente metida en jaulas, coches bomba, depósitos completos de veneno, le diré que aquello tenía un mal aspecto cinco estrellas. ¿Conoce esas teorías que hablan del «aura» de las cosas? Pues aquello tenía un karma tirando a «negro mierda».

Bueno, pero ya hablaré de eso. Antes quisiera mencionar mi sueño. Aquel sueño que tuve justo antes de que todo comenzase a ir peor que mal. Alguien inesperado se me apareció y me contó lo que iba a ocurrir. No sé si eso sirvió para que yo sobreviviera, pero lo que está claro es que tenía el boleto ganador. Entre esas doce almas, me tocó a mí. Para bien o para mal. Esto también se lo explicaré más tarde.

Pero comencemos. Íbamos, como digo, en aquel avión, y llevábamos cuatro horas en el aire cuando entramos en la tormenta. Como todo lo demás en aquella misión, la tormenta tampoco estaba prevista, y la primera turbulencia llegó sin avisar.

El avión cayó dos o tres metros de un golpe, y a uno de esos tíos de traje (Pasha ya les había encontrado un mote a esas alturas: «Los Fantasmas») se le derramó la Coca-Cola entre las piernas. Empezó a maldecir como una niña histérica mientras se limpiaba el pantalón y decía algo así como «Mierda puta, mierda puta, puta mierdaaa», y Dan y Pavel empezaron a reírse y a cachondearse, claro.

Yo me hubiera reído también, hubiera sido un gran momento. En serio: aquel tipo, Bauman era su apellido, era la viva estampa de la gilipollez humana. Con su chaleco de visón, sus gafas de sol y ese traje gris de millonario. ¿De qué agujero sacaban a esa gente? Pero apreté los labios. Había leído un briefing la noche anterior (el que me tocaba por ser el «jefe») y sabía que ese «intercambio» se trataba de un asunto muy incómodo entre dos diplomacias muy potentes. Así que nada de bromitas con los tipos de traje. De una sola mirada les borré la risa del rostro a los chavales: «Venga, seriedad y al tajo», les dije con telepatía. «Aburríos soñando con Ibiza.» Y mis cuatro chicos asintieron con la cabeza y se tragaron la risa.

Otra turbulencia, y esta vez debimos de caer cinco metros por lo menos. Nuestros estómagos flotaron en la ingravidez durante dos o tres segundos, hasta que oímos los motores rugir ahí fuera y volvimos a recobrar el aliento. «Joder», pensé, «¿por qué no subimos a una buena altitud y salimos de este infierno?»

«Confía en los pilotos», respondió la voz de mi cabeza. «Ellos tampoco quieren morir, ¿no?»

«No», pensé, «supongo...»

Casi como si me hubiera leído el pensamiento, habló Stu, el piloto, y su voz sonó sucia y llena de interferencias a través de los altavoces de la bodega:

—Tenemos órdenes de mantener la altura, pero vamos a intentar elevarnos un poco para evitar esta tormenta.

—Sí, joder, haz algo —replicó Arman, el trajeado que se había regado las pelotas de Coca-Cola. Y después maldijo en ruso.

El avión se inclinó en la subida y la lata de Coca-Cola rodó por el suelo de la bodega hasta chocar con La Caja, aquel contenedor intermodal negro que presidía, en solitario, la vasta rampa de carga del C-17.

La Caja.

La habíamos cargado tres horas antes en Jan Mayen, una isla de hielo perdida entre Noruega y Groenlandia donde nos esperaba a pie de pista, dentro de un camión. Era una caja de acero de doce metros de largo. Un reefer de esos que cruzan los mares transportando zapatos, bicicletas o toneladas de pañales. Solo que la nuestra era como una «serie especial»: un extraño acero blindado, una cerradura invisible y un montón de pequeños aparatos acoplados a sus lados; además del paracaídas y un sistema de flotación de emergencia. Estaba claro que ahí no viajaban pañales. Supusimos que se trataría de un arma, pero no nos pagan por pensar, y mucho menos por cuchichear. Solo teníamos que asegurarnos de que «eso» entraba en el avión y llegaba a donde tuviera que llegar sin problemas.

La lata de Coca-Cola se deslizó por el costado de La Caja bajo la mirada de todos los que íbamos sentados a estribor: Pavel, Dan, Alex y uno de aquellos «genios» que habían montado en la base de Jan Mayen —¿profesor Paulsson?—. Creí haber oído su nombre cuando los «trajeados» estrecharon sus manos mientras fumaban a los pies del C-17. Fuera quien fuera, aquel hombre noruego tenía mal aspecto. Parecía enfermo, y Alex, el cabo segundo, le había ofrecido pastillas contra el mareo, pero el tipo las había rechazado. Entonces Alex se había movido un par de asientos por miedo a que le vomitara encima, pero yo no creía que fuera eso. El tío lo que estaba era asustado de veras, y su colega —otro científico que se sentaba a babor— más o menos lo mismo. Ambos iban con la vista clavada en sus ordenadores y la cara de descomposición de alguien que está muerto de miedo. Miraban esos portátiles conectados al reefer y de vez en cuando alguno levantaba la vista para mirar a su colega. Parecía que se quisieran decir algo, pero la presencia de los tipos «importantes» se lo impidiera.

«Pinta muy mal», pensé. «Joder, solo espero que aterricemos en Canadá.»

Entonces vi que Pavel me miraba y sonreía, probablemente adivinando mis pensamientos. Arqueó las cejas como diciendo «menudo encarguito, ¿no?» y yo asentí con una media sonrisa.

«Ibiza», dije con los labios.

Y él sonrió.

Cerré los ojos y traté, yo también, de olvidarme de todo aquello. Todo el mundo que se dedica a esto tiene sus trucos, juegos mentales, maneras de sobrellevar la tensión o el aburrimiento. Hay gente que deja su mente en blanco y se concentra en los pies o en las manos, o en alguna otra cosa. Otros rezan o hablan con Dios. En cuanto a mí, el truco es pensar en una mujer. Una mujer bonita, quiero decir. Pienso en sus piernas, en su cabello, en su perfume. No es ninguna en concreto, pero tampoco son mujeres famosas, sino mujeres que conozco. Exnovias, compañeras de la base, azafatas de mi vuelo o camareras de los bares que frecuento en mi ciudad. Y tampoco es nada guarro, nunca llego a montarme un show porno en la cabeza. Saltar en paracaídas o entrar en combate con un hueso en la entrepierna no sería demasiado seguro. Lo que sí hago es imaginarlas bien vestidas, elegantes, en alguna fiesta o dando un paseo por un muelle, junto al mar. Me concentro en imaginar su sonrisa, el movimiento de su cabello ondeado por el viento y la fragancia de su perfume. Imagino sus piernas envueltas en un par de medias, caminando sobre unos bonitos zapatos de colores. Y eso me relaja, hace que toda la tensión de mi cuerpo baje uno o dos puntos. Es un truco que aprendí durante «la selección», en una de esas noches de pesadilla que te hacen pasar durante el «filtro». Muerto de frío, asustado, torturado con sonidos y sin comida, yo estaba con mis chicas y de ese modo sobreviví.

Así que cuando entramos de lleno en aquella tormenta, en aquel C-17 Globemaster que parecía una orquesta de piezas a punto de desmenuzarse, comencé a pensar en una mujer que había conocido dos semanas antes en una fiesta en el jardín de Pavel. Una chica guapa y con conversación que se llamaba Chloe Stewart.

Bueno, la visualicé tal y como la recordaba: rubia, alta, espigada, de esas que a mí personalmente me provocan «visión túnel» o cara de bobo, dicho en otras palabras. Vaqueros, una americana azul y un bohemio fular en su cuello. Tan pronto como empecé a recordarla, mis latidos comenzaron a ganar profundidad y los ruidos del avión a atenuarse.

Después de repasarla mentalmente, ya estaba tan lejos del C-17 que casi lograba escuchar la canción que sonaba en la fiesta del jardín de Pavel, «Suspicious Minds» de Elvis.

Era un día azul. Yo tenía un mojito en la mano. Una camisa de manga corta.

Hacía calor.

Pavel vivía en uno de esos chalets adosados que rodean la base naval de Coronado Beach, donde viven militares y funcionarios del ejército principalmente, aunque también unos cuantos civiles.

Había mucha gente nueva en el jardín, y seguramente ella lo era, porque estaba un poco descolocada y se dedicaba a beber de un vaso de plástico y a observar unas guirnaldas de colores que colgaban de un lado al otro del exterior de la casa. Justo a su lado estaba el MacBook de Pavel, así que me acerqué y empecé a mirar Spotify como quien no quiere la cosa. Entonces ella me dijo:

—¿No estarás pensando en cambiar de música?

—Pues pensaba variar un poquito...

—¿Y qué quieres poner?

El C-17 seguía dando botes y sonando como una caravana de circo azuzada por un huracán, pero yo ni me enteraba. Acababa de fijarme en un extraño pero atractivo tic en los ojos de Chloe, no demasiado maquillados. También había logrado concentrarme en el sutil aroma a champú que emanaba su cabello.

Intentaba mantener la conversación como podía, mientras la parte cabrona de mi cerebro me asaltaba con su repertorio de «clásicos castrantes»: «Es un pibón, Dave, y lo sabes; está fuera de tu liga. Ni lo sueñes. ¿Cuánto crees que aguantará sin hablarte de su novio? Debe de ser que le recuerdas a su hermano pequeño. Ese que es bajito y tiene un cepillo en las cejas».

Pero Chloe seguía hablándome, sonriendo y siendo fantásticamente simpática. Al menos lo era en mi sueño, porque a esas alturas debía de haberme dormido. Y esta es una de las cosas curiosas del asunto: jamás me había dormido en el trabajo.

Ni siquiera podría decir cuánto duró esa prometedora conversación con Chloe Stewart en el jardín de Pavel. Lo único que sé es que de pronto empezaba a oscurecer. Un viento muy frío comenzaba a soplar enviando ráfagas de agua. Los invitados habían desaparecido y se oían los ruidos, como si un tren descarrilado estuviera haciendo trompos al otro lado de la valla.

—¡Eh! ¿Dónde te has metido, Chloe?

Yo entraba en la casa, que había cambiado, como suele ocurrir en los sueños, y no era la casa de Pavel, sino nuestra antigua pocilga de Columbus Hill. Había un largo pasillo que llevaba a la cocina. Y yo lo recorría y allí, al final, había alguien esperándome. Pero no era Chloe.

—Eh, Dave. ¿Cómo estás, muchacho?

Allí sentado en su silla, donde siempre solía encontrarle, estaba El Viejo. Con su botella y su paquete de cigarrillos. Y su ropa que olía siempre a una mezcla de alcohol y tabaco.

—¿Qué haces aquí, papá? —pregunté.

Entonces, El Viejo levantó la mirada, muy despacio, como si las ondas de mi voz hubieran tardado segundos en llegar a sus oídos. Me miró con aquellos dos ojos tristes, donde siempre había un signo de derrota. Pero en vez de eso, a

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