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LA ISLA PERDIDA (GIDEON CREW 3)

Douglas Preston   Lincoln Child  

4


Fragmento

2

Gideon siguió a Eli Glinn hasta la sala Este de la biblioteca Morgan. Aun repleto de visitantes, aquel magnífico espacio resultaba sobrecogedor. Gideon no había vuelto a la Morgan desde que la restauraron, sus tesoros nunca habían dejado de tentarle, y de inmediato quedó cautivado de nuevo por los frescos de las bóvedas, las estanterías atestadas de valiosos libros, la enorme chimenea de mármol, los opulentos tapices y muebles, y la gruesa alfombra de color burdeos. Glinn, con la mano agarrotada pegada al mando de su silla de ruedas eléctrica, se desplazaba por la sala con cierta agresividad, avanzando puestos en la cola, sabedor de que la gente suele ceder su lugar a los discapacitados. En pocos segundos se situaron los primeros de la fila. Ante ellos, la gran vitrina de cristal en cuyo interior se encontraba el Libro de Kells.

—Menuda sala —murmuró Gideon mirando a su alrededor.

Sus ojos se detuvieron instintivamente en los sofisticados y visibles mecanismos de alta seguridad: guardias particularmente atentos, entrada única, cámaras que barrían el espacio desde las molduras del techo, dispositivos de detección de movimiento, infrarrojos. Además, al entrar en la estancia, había reparado en la enorme puerta deslizante de acero, capaz sin duda de sellar aquel espacio en cuestión de segundos.

Glinn resiguió con la mirada el techo abovedado.

—Impresionante, ¿verdad? Los frescos los pintó Harry Siddons Mowbray y en las albanegas aparecen los doce signos del zodíaco. John Pierpont Morgan, el fundador de la biblioteca, pertenecía a un exclusivo club que admitía solo a doce miembros, a cada uno de los cuales correspondía un signo zodiacal. Según dicen, la decoración de los signos y los demás extraños símbolos que pueden verse en el techo se refieren a acontecimientos importantes de su vida.

Gideon se fijó en la grandiosa y ornamentada chimenea de uno de los extremos de la sala. En sus intrincadas cavidades se habían instalado discretos dispositivos de seguridad, algunos de los cuales no había visto en su vida y no tenía ni idea de cómo funcionaban.

—Ese tapiz de la chimenea se tejió en los Países Bajos en el siglo XVI —continuó Glinn—. Describe uno de los siete pecados capitales: la avaricia —explicó con una risita ahogada—. Una elección interesante viniendo del señor Morgan, ¿no le parece?

Gideon dirigió la atención al cubo de cristal que contenía el Libro de Kells. Era obviamente un cristal antibalas, y no el habitual de tonos azulados, sino uno blanquecino, del tipo P6B, supuso. Antibalas y antiexplosiones, a prueba también de martillos y hachas. Gideon observó con atención la vitrina, haciendo caso omiso del fabuloso e irreemplazable tesoro que contenía. Identificó y categorizó las diversas barreras de seguridad: sensores de movimiento, de presión atmosférica, de calor por infrarrojos e incluso algo que le pareció un sensor de composición atmosférica.

Cualquier tipo de perturbación desencadenaría el cierre de la puerta deslizante de acero, y la sala quedaría sellada con el ladrón dentro.

Y esas eran solo las medidas de seguridad a la vista.

—Sobrecogedor, ¿verdad? —murmuró Glinn.

—Estoy acojonado.

—¿Cómo? —inquirió Glinn, sorprendido.

—Perdone. Se refiere usted al libro, claro. —Gideon lo miró por primera vez—. Parece interesante, sí.

—Esa es una manera de describirlo, por qué no. Sus orígenes están envueltos en el misterio. Algunos dicen que lo escribió el mismísimo san Columba sobre el año 590 después de Cristo. Otros creen que fue manuscrito e ilustrado por monjes anónimos doscientos años después, para celebrar el bicentenario del nacimiento del santo. Se comenzó en la isla de Iona, frente a la costa occidental escocesa, y más tarde lo trasladaron a la abadía de Kells, un pueblo de Irlanda, donde se añadieron las ilustraciones. Allí se conservó durante siglos, a buen recaudo de los incursores vikingos, que saquearon una y otra vez la abadía pero no lo encontraron jamás.

Gideon observó el manuscrito de cerca. Pese a su desinterés inicial, quedó fascinado por los fantásticamente complejos patrones de la página, de una profundidad casi fractal.

—La página que se muestra hoy es el folio 34r —explicó Glinn—. El famoso crismón, también llamado «monograma Ji Ro».

—¿Ji Ro? ¿Qué es eso?

—«Ji» y «ro» son las dos primeras letras del nombre de Cristo en el alfabeto griego. El relato de la vida de Jesús comienza en Mateo 1, 18. La página que contenía ese versículo suele aparecer muy decorada en los primeros evangelios ilustrados. Una de las primeras palabras de ese versículo es «Cristo», y en el Libro de Kells, las dos primeras letras de la palabra, «ji» y «ro», ocupan la página completa. —La gente empezó a arremolinarse tras ellos y Gideon sintió que alguien le empujaba levemente con el codo. Glinn continuó su explicación entre susurros—. ¡Contemple ese laberinto inextricable! En la decoración hay ocultas todo tipo de cosas: animales, insectos, pájaros, ángeles, pequeñas cabezas, cruces, flores. Por no mencionar la formidable complejidad de los entrelazados celtas... El sueño de un matemático. ¡Y los colores! ¡Los dorados, verdes, amarillos y púrpuras! Estamos ante la mejor página del manuscrito ilustrado más importante del mundo. No es de extrañar que en Irlanda lo consideren su tesoro nacional. No hay más que mirarlo, por Dios santo.

Era la primera vez que Gideon notaba algo parecido al entusiasmo en la voz de Glinn. Se inclinó un poco más hacia delante, tanto que su aliento empañó el cristal.

—Disculpe, pero hay gente esperando —dijo una voz con tono impaciente justo detrás.

Gideon quiso hacer una pequeña prueba. Colocó la palma de la mano sobre el cristal.

Al instante, saltó una grave sirena y un vigilante exclamó:

—¡No toque el cristal, por favor! ¡Señor, retire la mano!

La llamada de atención alentó al gentío impaciente.

—Vamos, hombre, deje ver a los demás —pidió otra voz, a la que acompañó un murmullo de aprobación.

Con un hondo suspiro de reticencia, Glinn accionó el control de su silla y esta se alejó con un zumbido. Gideon lo siguió. Unos momentos más tarde caminaban de nuevo por Madison Avenue, entre los coches que no se detenían y los bocinazos de los taxis. Gideon parpadeó bajo la intensa luz.

—Veamos si he entendido bien: ¿lo que quiere es que robe ese libro?

Gideon notó la mano de Glinn sobre su brazo, tratando de tranquilizarle.

—No, el libro entero no. Solo el folio que hemos visto. El número 34r.

—¿Por qué?

Glinn guardó silencio.

—¿Me ha visto alguna vez responder preguntas así? —preguntó luego con tono afable mientras aparcaba la limusina que los llevaría de vuelta a Little West con la calle Doce.

3

Pasaron tres días. Gideon Crew salió de la piscina situada en la azotea del moderno hotel Gansevoort y se dirigió a su suite con vistas al Meatpacking District, el antiguo barrio de los carniceros. Desnudo de pies a cabeza, contemplaba los diagramas y planos que cubrían la gigantesca cama. En ellos se detallaba al milímetro el sistema de seguridad instalado en la sala Este de la biblioteca Morgan.

El préstamo del Libro de Kells por parte del gobierno irlandés a la Morgan se había gestado durante ocho años y había superado incontables dificultades. La razón principal fue que en el año 2000, cuando se expuso en Canberra uno de los folios del manuscrito, varias páginas del mismo resultaron dañadas con el roce y perdieron pigmento. La fricción entre las hojas se atribuyó a la vibración causada por los motores del avión. Desde entonces, el gobierno de Irlanda se mostraba renuente ante cualquier petición de préstamo.

James Watermain, multimillonario estadounidense de origen irlandés y fundador del Watermain Group, se había propuesto exponer el libro en su país. Watermain era conocido por su carisma y saber hacer. En efecto, logró convencer al primer ministro irlandés y, finalmente, al gobierno en su conjunto, de que prestasen el manuscrito. Eso sí, bajo condiciones muy estrictas. Una de ellas fue la renovación total de los sistemas de seguridad de la sala donde exhibirían la obra, reforma que Watermain pagó de su bolsillo.

Watermain había intentado en un primer momento exponer el manuscrito en el Smithsonian. La seguridad del museo, sin embargo, había puesto trabas al lavado de cara de los sistemas de vigilancia y protección, y al final las negociaciones cayeron en saco roto. Gideon se complació para sus adentros al oír esto. Aunque tenía recuerdos bastante desagradables de su infancia en Washington D. C. —su padre fue asesinado allí—, años más tarde había vuelto ocasionalmente a esta ciudad. La capital del país le parecía un museo al aire libre algo aburrido, por momentos soporífero, sede de monumentos bonitos y documentos de valor incalculable. Semanas antes, sin embargo, lo habían invitado a Washington para otorgarle una medall

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