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LA LEYENDA DE LA MONTAñA DE FUEGO (TRILOGíA DEL FUEGO 3)

Sarah Lark  

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Fragmento

Contenido

LA CUERDA DE LA COMETA

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¿DON O MALDICIÓN?

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ARDE EL MUNDO

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RESPONSABILIDAD

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EL PECADO DE ABARATAR LOS PRECIOS

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COMO GUSTÉIS

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EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

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Nota de la autora

¡Muchas gracias!

mapa.jpg

98003.jpg Véase detalle en página siguiente.

detalle.jpg

* El actual Buried Village («pueblo enterrado») de Te Wairoa

arbol.jpg

Taku manu, Ke turua atu nei,

He Karipiripi, ke kaeaea.

Turu taku manu,

Hoka taku manu,

Ki tua te haha-wai.

Koia Atutahi, koia Recua,

Whakahoro tau tara,

Ke te Papua, Koia, E!

Aléjate de mí al vuelo, cometa mía,

baila sin descanso en las alturas.

Vuela cada vez más alto, pájaro maravilloso,

elévate por encima de las nubes, de la tierra y de las olas.

Vuela hacia las estrellas, pasando por Canopus, rumbo a Antares.

Lánzate a las nubes como un guerrero a la batalla.

¡Vuela!

Turu Manu, canción con que los maoríes dirigen las cometas a los dioses (traducción muy libre).

LA CUERDA DE LA COMETA

Otaki, Wairarapa, Greytown (Isla Norte)
Christchurch, Llanuras de Canterbury,
Dunedin (Isla Sur)

Agosto de 1880 - Abril de 1881

1

—A mí ya me asusta un poco... —admitió Matiu.

El esbelto maorí llevaba un nuevo traje marrón que no se ajustaba del todo a su musculada y armoniosa silueta. Se había cortado el cabello, negro y ondulado, y lo llevaba pulcramente peinado hacia atrás. Linda Lange, su madre de acogida, supuso que había utilizado brillantina para alisárselo, tal vez porque el rizo natural era raro entre los maoríes de pura cepa. En el caso de Matiu, debía de tratarse de la herencia de su padre, un inglés.

—Es absurdo, Matiu, ¡vas a casa de tu familia! —replicó Aroh­a con una pizca de impaciencia.

No era la primera vez que Matiu comunicaba sus reparos a la hija de Linda. El joven estaba muy unido a Aroha; y Linda sospechaba que estaban enamorados. Seguro que el muchacho había confesado sus temores a la joven, mientras que a Linda y su esposo Franz solo les había hecho partícipes de su alegría por establecer contacto con su familia de origen.

—De acuerdo. Pero no los conozco en absoluto... ni siquiera hablo bien el maorí.

Matiu cambiaba vacilante el peso de un pie al otro, mientras buscaba con la vista el tren. También Linda esperaba con impaciencia. En el andén de la pequeña ciudad de Otaki soplaba un viento frío. Quería regresar lo antes posible a casa, en el viejo marae donde vivía con Franz y un centenar de niños maoríes. Desde hacía catorce años, los Lange dirigían el antiguo hospicio para niños maoríes huérfanos de guerra, un establecimiento que se había convertido en internado a esas alturas. Los alumnos asistían de forma voluntaria o enviados por sus familias. Una vez que habían crecido, los primeros alumnos de Franz y Linda habían regresado con sus tribus, o habían buscado trabajo en las granjas del entorno o en empresas de los alrededores de Wellington. Después, Linda se alegraba de visitar a algunos de ellos. En el camino de vuelta tenía que hacer compras y tres de sus antiguos pupilos trabajaban en tiendas de Otaki. Pero primero tenía que tranquilizar a Matiu.

—¡Matiu, hablas estupendamente el maorí! —le aseguró—. Además, tu tribu haría acopio de toda la paciencia del mundo si no fuese así. Ya has leído las cartas. Tu gente se alegra de que hayas establecido contacto con ella. Todos se acuerdan muy bien de tu madre. Tienes parientes carnales en el iwi y, como sabes, este es como una gran familia. No podrás librarte de un montón de madres y abuelas, padres y abuelos. —Linda sonrió animosa.

En efecto, Matiu era uno de los pocos niños acogidos por los Lange que no habían pasado sus primeros años en un poblado maorí. Había llegado de Patea, una ciudad al sur de la región de Taranaki, a los tres años de edad. Un capitán de los military settlers, las milicias de colonos, a quien Linda conocía de su época en Patea, había llevado al niño y les había contado su triste historia.

—Uno de nuestros colonos concibió al niño con una mujer maorí de uno de los poblados conquistados e incluso vivió con ella algún tiempo —explicó—. Ella se marchó con él voluntariamente o a la fuerza, no pudimos averiguarlo. No hablaba ni una palabra de inglés. Más tarde murió, tal vez a causa de unas fiebres, tal vez de tristeza, quién sabe. Al principio, el hombre conservó al niño. Pronto encontró a una mujer blanca en Patea que se encargaba de él. Pero cuando ella se quedó embarazada, el pequeño tuvo que marcharse. —El capitán Langdon parecía algo turbado, como si se avergonzara de la pena que sentía por el niño—. Entonces —concluyó— pensé en traerlo aquí. En esa zona ya no hay tribus maoríes. De ahí que el pequeño no pueda volver con su gent­e.

Por supuesto, Linda y Franz habían dado cobijo al niño y la primera había pedido al capitán Langdon que le describiese cómo había evolucionado la colonia donde había vivido con su primer marido antes de que naciera Aroha. El territorio estaba en la actualidad pacificado. Los colonos que habían obtenido tierras como recompensa por sus operaciones militares las cultivaban, ya no surgían más incidentes.

Sin embargo, Matiu no se había criado como un pakeha, palabra con que los maoríes se referían a los colonos blancos. Aunque en el orfanato los niños aprendían inglés, también se hablaba maorí. Tanto Matiu como Aroha dominaban con fluidez la lengua de los nativos. Omaka Te Pura, una anciana maorí que había pasado sus últimos años en el hogar de acogida de Franz y Linda, había conseguido desentrañar a qué tribu pertenecía el chico. Las mantas tejidas y las prendas con que el capitán Langdon había cubierto al niño y que eran de la madre de Matiu remitían a los ngati kahungunu.

Después de la guerra, no se había oído hablar demasiado de aquella tribu, que, como tantas otras, había sido desterrada a la Isla Norte. Pero un par de semanas atrás, Franz se había enterado de que los ngati kahungunu volvían a ocupar su territorio en Wairarapa. Animó a Matiu, quien siempre había estado algo reñido con sus orígenes —los niños maoríes «de pura cepa» se burlaban de él muy a menudo—, a que tomara contacto con su gente. Así pues, Matiu escribió una carta al jefe tribal, para lo que necesitó varios días. Junto con Aroha pulió hasta la mínima expresión. Poco después recibió una respuesta inesperadamente afectuosa. En ella se le revelaba que el nombre de su madre era Mahuika y con cuánto dolor la había añorado su familia. En realidad, los ingleses la habían secuestrado junto con otros chicos y chicas de la tribu. Los ngati kahungunu nunca habían vuelto a saber nada de la mayoría de ellos. En cualquier caso, la tribu invitaba cordialmente a Matiu a que visitara a sus parientes. Y ese día el muchacho iba a hacer realidad su sueño. No había motivo para dudar, pensaba la intrépida Aroha.

—¡En cualquier caso, seguro que te entienden! —añadió a las palabras de su madre—. ¡Y será emocionante! ¡Una aventura! ¡Yo nunca he estado en un auténtico marae! Bueno, en Rata Station, claro. Pero eso no cuenta.

Después de insistir con obstinación, Aroha había conseguido convencer a su madre y a su padre adoptivo de que la autorizaran a acompañar a su amigo en el viaje de visita a su familia maorí. Algo que Franz, en especial, admitió de mal grado. A fin de cuentas, la muchacha acababa de cumplir catorce años y era demasiado joven para viajar sola, y además con un chico del que era evidente que estaba enamorada. Y en los poblados maoríes reinaban unas costumbres más relajadas. Los adolescentes de las tribus tenían sus primeras experiencias sexuales a una edad muy temprana, algo que asustaba de verdad a Franz Lange, un hombre de educación rígida, como correspondía a un antiguo luterano, y reverendo desde hacía casi veinte años de la Iglesia anglicana. Linda no lo encontraba tan alarmante. Tanto Aroha como Matiu habían sido educados según los principios morales de los pakeha y los dos eran jóvenes inteligentes y sensatos. No tirarían por la borda todos sus valores por pasar un par de noches en el dormitorio común de los ngati kahungunu.

Al final, lo determinante habían sido los buenos resultados de Aroha en la escuela secundaria. La joven había insistido en viajar con Matiu a Wellington para hacer el examen. En realidad, todavía tenía que esperar dos años para la prueba, pero Aroha era muy inteligente y soñaba con ir al college con Matiu. De hecho, había superado excelentemente todas las pruebas y Matiu, por su parte, también formaba parte de los diez mejores estudiantes de su curso. Esto, según la opinión de Aroha, clamaba a gritos una recompensa y Linda logró al fin convencer a su marido de que permitiera viajar a «los niños» juntos.

—¿Por qué no cuenta el marae de Rata Station? —inquirió Linda con tono de reproche.

Rata Station era una granja de ovejas de la Isla Sur propiedad de la familia de Linda. Ella había crecido allí con sus hermanas, más o menos carnales, Carol y Mara. Allí siempre habían mantenido buenas relaciones con sus vecinos, nativos de la tribu ngai tahu.

Antes de que Aroha pudiese contestar, resonó un silbato agudo anunciando la llegada del tren. Linda abrazó una vez más a Matiu y a su hija antes de que aumentase más el ruido de la traqueteante locomotora.

—Hasta ahora, vosotros erais mi familia... —dijo Matiu cuando Linda lo estrechó afectuosa contra sí.

La mujer le sonrió.

—¡Y seguimos siéndolo! —le aseguró—. Da igual que te guste o no tu tribu. Incluso si decidieras quedarte allí...

—¿Qué? —Aroha intervino moviendo la cabeza—. No estarás planeando eso en serio, ¿verdad, Matiu? No es nada más que una visita, mamá, él... él quiere ir al college, quiere...

Matiu no le contestó. Se quedó mirando a Linda.

—No pensáis que... que soy un desagradecido, ¿verdad? ¿No os tomáis a mal que quiera conocer a mi gente?

Linda movió la cabeza del mismo modo que su hija, aunque ese gesto en ella fue más cordial que indignado.

—No pensamos nada, Matiu, ¡y te aseguro que no malinterpretamos que vayas en busca de tus raíces! Aquí siempre serás bien recibido... —Sonrió—. Pero la próxima vez que vengas a nuestro marae, ¡quiero escuchar tu pepeha!

Esto provocó por fin una ancha sonrisa en el rostro de Matiu. El pepeha era un recitado mediante el cual todos los maoríes se presentaban explicando cuáles eran sus orígenes y quiénes sus antepasados. Hasta el momento, Matiu nunca había podido pronunciar ninguno, pues no conocía la historia de su familia. A partir de ahora eso iba a cambiar.

Se despidió de Linda desde la ventanilla, sereno y a simple vista aliviado, después de instalarse con Aroha en un compartimento. La joven estaba impaciente por que el tren partiera hacia Grey­town. Adoraba viajar. Todavía no había visto demasiado de la Isla Norte, donde había nacido. Aunque ya había visitado con Linda en dos ocasiones la Isla Sur, donde había conocido a sus parientes de Rata Station.

—Ahora hablemos francamente. No estarás pensando en quedarte con tu tribu, ¿eh? —preguntó a Matiu cuando el tren se hubo alejado de la estación.

Al principio no había mucho que ver por la amplia ventanilla, la locomotora tiraba de los dos vagones a través de los prados y campos de cultivo de los alrededores de Otaki. Aroha y Matiu los conocían al dedillo.

Matiu cogió la mano de su amiga. Casi no podía creerse que el reverendo Lange le hubiese permitido hacer el viaje con su hija. Para él cada minuto que estaba con Aroha —realmente a solas con ella— era un regalo. Y eso que en un principio se habían dado todas las circunstancias para considerarla más una hermana que una amante. Linda no había enviado con los demás huérfanos al niño de tres años abandonado, sino que le había dado cobijo en la cabaña donde vivía con su marido y la hija de su primer matrimonio. Por aquel entonces, Aroha tenía un año de edad. Durante dos años había compartido el dormitorio con Matiu. Y aunque ahora ninguno de los dos lo recordara, Linda los metía con frecuencia en la misma camita. La tranquila y despreocupada Aroha también había sosegado más tarde al niño, todavía atemorizado, cuando este despertaba sobresaltado por alguna pesadilla.

No obstante, cuando Matiu cumplió cinco años, la anciana Omaka exigió que el niño aprendiera su idioma y escuchara las leyendas de su pueblo. Esa mujer sabia ya había percibido por entonces los primeros indicios de que los niños maoríes marginaban a Matiu. Pese a los reparos de Linda, la anciana se llevó al niño a su cabaña para proporcionarle toda la educación maorí de la que había carecido hasta entonces. Cuando Omaka murió, Matiu se instaló en uno de los dormitorios para los jóvenes. Durante todos esos años, Aroha siguió siendo su compañera de juegos preferida y su amiga, pero ahora, llegada la edad para ello, Matiu también veía a la mujer que había en ella.

—Yo nunca te abandonaría —replicó con seriedad—. Ni por todas las tribus, familias, tíos, tías, padres o madres del mundo...

—¿Y hermanas? —preguntó ella traviesa—. Seguro que entre los ngati kahungunu hay chicas guapas. Y ellas... bueno... no ponen ningún reparo, según Revi Fransi.

Revi Fransi era el apelativo que utilizaban los niños maoríes para referirse al reverendo Franz Lange. Aroha lo había adoptad­o con toda naturalidad en lugar de llamar «papá» al segundo marid­o de su madre.

Divertido y fascinado, Matiu vio cómo al pronunciar esas francas palabras la joven enrojecía. Para distinguirlo había que ob­servar con más detenimiento que a la mayoría de las muchachas pakeh­a. Aroha tenía una tez oscura. Si no fuera por sus ojos claros y el cabello rubio se la habría confundido con una maorí. Las visitas solían creer que era mestiza como Matiu. Cuando Aroha era pequeña, le había preguntado a su madre por ello, ya que su nombre era maorí. Pero Linda le había asegurado que el color de la piel y los ojos eran herencia de su padre biológico, Joe Fitzpatrick. También las pupilas de este, del color del agua de una laguna helada, ofrecían un fascinante contraste con su tez más bien oscura. Solo el cabello rubio procedía de la familia de Linda, le había contado esta, y el nombre se lo había dado Omaka. Aroha significaba «amor».

—Aroha, ¡yo te pertenezco! ¡No hay una muchacha en el mundo más hermosa que tú! ¡Nunca podría amar a otra! —dijo Matiu ahora con extrema seriedad.

Ella era muy delgada, todavía tenía que desarrollar sus formas femeninas. Su tierno rostro casi se veía infantil. Sin embargo, para el muchacho ya había alcanzado la perfección de la belleza. Para él era calidez, ternura y confianza. Amor... Omaka no podría haberle dado un nombre mejor.

Aroha asintió despreocupada. Ya se había olvidado de su pequeña indirecta... a fin de cuentas, tampoco estaba realmente preo­cupada porque fuera a perder a Matiu. También él era para ella parte de su mundo, era inconcebible que se separase de ella. En ese momento le interesaba más el paisaje que se veía por la ventanilla que la declaración de amor de Matiu. El tren ya había dejado los alrededores de Otaki y se dirigía a Rimutaka Range, una cordiller­a situada entre el valle Hutt de Wellington y la planicie de Waira­rapa.

—¡Por Dios, mira esas montañas! —exclamó Aroha.

Todavía atravesaban bosques claros de árboles de manuka y rimu, palmeras de nikau y helechos. Sin embargo, en la lejanía ya asomaba un imponente paisaje montañoso y los raíles no tardaron en circular sobre unos puentes bajo los cuales corrían ríos caudalosos. Algo más adelante se sucedían tramos a través de túneles. El Rimutaka Incline Railway era una joya de la ingeniería fe­rroviaria. Legiones de diligentes trabajadores —entre los que se incluía­n mili­tary settlers— habían hecho realidad, subyugando la geografía, los audaces sueños de intrépidos ingenieros. Las vías transcurrían junto a abismos y a través de túneles cuya negrura incitaba a Aroha a coger asustada la mano de Matiu. Pero todavía le parecían más emocionantes los ascensos.

—¿Cómo vamos a subir ahí? —preguntaba cuando el bosque al fin cedió el lugar a la montaña.

Apenas había árboles altos; abundaban los helechos bajos, los arbustos rata y los azotados hayedos. Las montañas se erigían ante ellos como una barrera infranqueable.

—Las locomotoras son muy potentes. Y además hay un moderno sistema de carriles. Un raíl especial en medio refuerza el arrastre y permite un frenado seguro —explicó Matiu en tono didáctico.

Se interesaba mucho por la construcción de vías y en secreto soñaba con dedicarse un día profesionalmente a ello. Aunque tenía objetivos más ambiciosos que la simple colocación de raíles. Había solicitado una beca para

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