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LA LEYENDA DEL LADRóN

Juan Gómez-Jurado  

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Fragmento

Una manta de calor cubría la tierra. Los cascos de los caballos reverberaban en el Camino Real.

Un hombre enjuto y de rasgos afilados encabezaba el grupo, seguido por dos carros tirados por pencos grises. Dos mozos para cuidar de las bestias y tres ganapanes para cargar con los sacos de trigo iban a bordo de los vehículos. Cerraba la comitiva una recua de mulas, que tragaba estoicamente el polvo que levantaban ruedas y herraduras.

El que lideraba la marcha retorció las riendas entre los dedos. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no clavar las espuelas en los ijares del caballo y galopar hacia Écija. Estrenaba aquella jornada el cargo de comisario de abastos del rey, encargado de reunir trigo para la Grande y Felicísima Armada que Felipe II estaba preparando para invadir Inglaterra. Como antiguo soldado que era, aquel encargo llenaba al nuevo comisario de orgullo y responsabilidad. Sentía que iba a contribuir a la gloria que iba a conquistarse en los próximos meses. Si no podía sostener él mismo un mosquete —pues en una batalla librada dieciséis años antes había perdido el uso de una mano— al menos podría alimentar a quienes los empuñasen.

Tampoco sería tarea fácil. Los campesinos y terratenientes no verían con buenos ojos las requisas de grano. El comisario portaba vara alta de justicia, así como permiso para romper cerraduras y saquear los silos, sin más obligación que dejar a cambio un pagaré real. Un pedazo de papel por el fruto de sus esfuerzos no sería bien recibido por quienes doblaban el espinazo sobre la tierra, especialmente cuando era notoria la lentitud de la Corona a la hora de satisfacer las deudas en las que tan alegremente se embarcaba.

El comisario interrumpió sus pensamientos cuando el ondulante camino pedregoso reveló una casucha a tiro de piedra.

—Es la venta de Griján, señoría —dijo alguien esperanzado desde uno de los carros. El trayecto desde Sevilla hasta Écija era duro, y los hombres confiaban que se les diera la oportunidad de rascar el polvo del sendero con una jarra de vino.

El comisario hubiese continuado la marcha. Se sentía capaz de cargar un millón de sacos de trigo sobre su espalda. Le faltaba una semana para entrar en la cuarentena, pero seguía siendo un hombre mucho más fuerte de lo que daban a entender su delgadez y sus ojos vivos y tristes.

—Pararemos a descansar un rato —respondió sin volverse. Al fin y al cabo, las bestias tenían que abrevar. Bajo aquel sol ardiente hombres y mulas podían aguantar aún muchas millas, pero los caballos eran otro cantar.

El instinto le dijo enseguida que algo no marchaba bien.

No hubo perros que saludasen la llegada de la comitiva con alegres ladridos al borde del camino. Tampoco nadie asomó a la puerta de la venta atraído por el ruido de hombres, ruedas y animales. Sólo había un silencio pegajoso y perturbador.

El lugar era pequeño y miserable. Un edificio cuadrado y basto, encalado en un blanco deslucido, con un chamizo de madera por cuadra. Más allá se extendía un huerto de olivos, pero la vista del comisario no llegó tan lejos. Sus ojos se quedaron clavados en la puerta.

—¡Alto! ¡Volved a los carros!

Los hombres, que ya corrían en dirección al pozo que había a unos pasos de la venta, se quedaron plantados en el sitio. Cuando siguieron la mirada del comisario, todos ellos hicieron a la vez la señal de la cruz, como movidos por una mano invisible.

Del chamizo asomaba el brazo escuálido y desnudo de un cadáver. El rostro ennegrecido y lleno de bubas del muerto no dejaba lugar a dudas sobre la razón de su fallecimiento: era la marca inconfundible de un asesino despiadado, un terror que alimentaba las pesadillas de todo hombre, mujer y niño de aquellos tiempos.

—¡La peste! ¡Virgen Santa! —dijo uno de los ganapanes.

El comisario repitió su orden en tono imperioso y el grupo se apresuró a cumplirla, como si el mero hecho de estar en contacto con el suelo polvoriento pudiese transmitirles la enfermedad. Cinco días de terrible tormento y al final la muerte, inevitable. Eran muy pocos los que se salvaban. Iba a dar la orden de partir, cuando una voz interior se lo impidió.

«¿Y si hay alguien dentro que necesite ayuda?»

Intentando dominar su miedo, el comisario descendió del caballo. Rodeando al animal, extrajo un pañuelo de las alforjas y se lo colocó sobre el rostro, haciendo un nudo en la nuca. Había pasado largo tiempo en Argel, cautivo de los moros, y había observado que sus médicos a menudo empleaban esta medida cuando tenían que atender a alguien infectado por la plaga. Caminó hacia la casa despacio, manteniéndose tan lejos del cadáver del chamizo como le fue posible.

—¡No entréis ahí, señoría!

El comisario se detuvo en la puerta. Por un momento sintió la tentación de dar media vuelta, subir a su caballo y huir. En ese momento sería lo más sensato, pero llegaría el día en que aquellos hombres recordasen cómo su jefe se dejó llevar por el miedo. En los próximos meses iba a exigir mucho a los que le acompañaban, y no sería bueno darles motivos para perderle el respeto desde el principio.

Dio un paso al frente.

Uno de los ganapanes empezó un padrenuestro en voz baja, y los otros se le unieron enseguida. Incluso las bestias se revolvieron inquietas, percibiendo el terror que embargaba a sus amos.

El comisario entrecerró los párpados al asomarse a la venta hasta que las pupilas se acostumbraron a la oscuridad del interior. Desde el umbral pudo ver una gran habitación, que debía de hacer las veces de salón, comedor y dormitorio, como en casi todas las casas pobres. Una mesa, una bancada y unos jergones de paja al fondo eran todo el mobiliario. No había piso superior, sólo una puerta lateral que llevaría con seguridad a la cocina.

A pesar de la protección del pañuelo, el lugar apestaba. Pero no a cadáver. El comisario conocía muy bien este último olor, y allí no se percibía.

Armándose de valor, dio varios pasos hacia el interior. Un grupo de ratas que le había pasado inadvertido se escurrió entre sus piernas, y se alegró de llevar gruesas botas de montar. Los jergones que había entrevisto desde la entrada se hallaban junto a una gran tinaja de aceite, sin duda el fruto del pequeño huerto de olivos. Eran dos camastros, uno de ellos ocupado.

Incluso en la penumbra del lugar supo que la mujer que yacía en el primero estaba más allá de toda ayuda. Los ojos amarillentos, fijos en el techo, estaban recubiertos de una fina nube. Debía de llevar muerta apenas un par de horas.

Sentado en el suelo, prendido a la mano derecha del cadáver, había un niño moreno y delgado. El parecido entre ambos era evidente, y el comisario dedujo que sería el hijo. Por la forma en la que se aferraba a su madre no debía de saber aún que había muerto.

«Se ha quedado aquí, junto a ella, para cuidarla», pensó el comisario, observando un cuenco con agua y una bacina en el suelo, cerca del niño. El infierno que debía de haber pasado, las cosas que debía de haberse visto obligado a hacer en las últimas horas de su madre hubiesen hecho huir a cualquiera. Sintió un estremecimiento de orgullo por la valentía del niño.

—¿Puedes oírme, muchacho?

El niño no respondió. Respiraba trabajosamente, pero de manera regular, y tenía los ojos cerrados. Como la difunta, también estaba infectado de peste, pero las bubas no se habían cebado con su rostro. Tan sólo tenía unas cuantas en el lado derecho del cuello, y éstas no eran compactas y negruzcas, sino que se habían abierto y segregaban un pus amarillento y maloliente. El comisario sabía muy bien lo que significaba aquello.

«Va a vivir.»

Tan sólo a los pocos que vencían la enfermedad les supuraban las bubas en el cuarto día. Aquel niño, que no podía contar más de trece años, había derrotado a un mal que podía tumbar a un hombre fuerte en pocas jornadas. Pero la hazaña no serviría de nada si lo dejaba allí, débil y abandonado a su suerte. Reprimió un gruñido de disgusto, pues aquello trastocaba por completo sus planes, pero ni por un momento se planteó no ayudar al chico. Estaba claro que el destino había guiado sus pasos hasta aquella venta dejada de la mano de Dios por alguna razón.

Rodeando los jergones, el comisario se acercó a la tinaja de aceite. Extrajo del cinto su daga y acuchilló varias veces la parte baja del enorme recipiente hasta que abrió una gran grieta en el barro. El líquido comenzó a derramarse sobre el suelo de madera con un borboteo sordo. Pasando por encima del creciente charco, el comisario volvió junto al niño. Se agachó junto a él y lo cargó sobre su hombro derecho. Pesaba menos de lo normal en un chico de su edad, pero aun así notó cómo le crujía la espalda al volver a incorporarse. El comisario recordó con ironía que tan sólo unos minutos antes se había sentido capaz de acarrear él solo todo el trigo del rey.

«Si pudiese valerme del maldito brazo izquierdo...»

Caminó de vuelta a la luz, seguido por el reguero de aceite, que se encenagó en el umbral al contacto con la arena del exterior. Los hombres contuvieron el aliento cuando lo vieron salir con un niño en brazos, pero el comisario le alejó de ellos; debían permanecer ignorantes de su enfermedad para que tuviera una oportunidad. Con un último esfuerzo, dejó al pequeño a la sombra del pozo. Sacando su propia cantimplora, echó un chorro de agua en los resecos labios.

—¿El niño no tiene peste, señoría?

—No, pero su familia ha muerto y se encuentra exhausto. Debo llevarlo a Sevilla.

—¿Y qué pasará con las requisas del rey?

El comisario se pasó la mano por la barba, pensativo. Aquellos hombres estaban más movidos por sus salarios que por el fervor patriótico, pero aun así llevaban razón. Los abastos de grano no podían retrasarse ni un solo día para que la flota pudiese partir a tiempo a la conquista de Inglaterra. Miles de vidas dependían de ello.

Apuntó con el dedo a dos de los ganapanes.

—Tú y tú: encended un fuego y prended el chamizo. El resto abrevad a los animales con el agua del pozo, pero no bebáis vosotros. Después todos retomaréis el camino de Écija y haréis noche en la primera posada que encontréis. Mañana al mediodía nos reuniremos junto al ayuntamiento.

Sin el lastre de mulas y carros, un jinete podría hacer aquel recorrido en tan sólo media jornada. Aquello le daba tiempo de sobra, y aún le permitiría gozar de una buena cabalgada. Sin su supervisión, lo más probable es que el grupo acabase en el primer burdel, pero por suerte aún no les había pagado nada. No le costaría demasiado esfuerzo ponerlos a trabajar al día siguiente.

«Y quién sabe... quizá estoy salvando a un futuro soldado de Su Majestad.»

Cuando los carros desaparecieron tras el primer recodo del camino, el comisario tomó un par de los maderos ardientes del chamizo por el extremo donde no había fuego y los arrojó al interior de la venta. Necesitó hacer varios viajes hasta que consiguió que el fuego se extendiese, prendiendo primero en la mesa y finalmente en las empapadas tablas del suelo. Las llamas tardaron en arder en el espeso aceite, pero cuando lo hicieron se elevaron hasta el techo con ferocidad. En pocas horas aquel lugar no sería más que un puñado de ruinas ennegrecidas y humeantes, y la peste no se propagaría por la región.

El comisario tuvo que hacer un enorme esfuerzo para colocar al niño sobre la cruz del caballo. Había permanecido mudo y semiinconsciente hasta aquel instante, pero soltó un quejido de protesta y entreabrió los ojos.

«Buena señal, muchacho. Celebro que aún te queden ganas de luchar.»

El trayecto de vuelta a Sevilla no era demasiado largo, pero el comisario llevó el caballo al paso, con miedo de que el niño se viese afectado por el movimiento. La preocupación le embargó cuando se dio cuenta de que podía no llegar antes de que las puertas de la ciudad se cerrasen, y en ese caso se vería obligado a pasar la noche fuera con el enfermo, al raso o en una posada; una opción demasiado peligrosa si cualquiera descubría que el niño aún tenía la peste. Un médico musulmán le había dicho una vez al comisario que los supervivientes no podían transmitir la enfermedad, pero sería muy difícil explicarles esa sutileza a los guardias o a un grupo de ciudadanos temerosos. En cuanto vieran las bubas, lo más probable es que echaran al niño a una zanja y le prendieran fuego. Había visto hacerlo antes.

Entrar en la ciudad no iba a ser sencillo, pero aun así el comisario soltó un suspiro de alivio cuando se halló a tiro de piedra de la Puerta de la Macarena. El sol corría a esconderse tras la torre de la catedral, y su hermoso giraldillo brillaba con un resplandor anaranjado. A los pies de los muros que circunvalaban Sevilla, una serie de hileras se formaban frente a las puertas de la ciudad. Los trabajadores de los campos, los mercaderes, los buhoneros, los aguadores y los matarifes daban por finalizada la jornada y se apresuraban a buscar la protección de las murallas por cualquiera de sus veintitrés puertas antes de que éstas se cerrasen.

El comisario azuzó su caballo hasta el principio de la fila, ante los insultos y las quejas del medio centenar de personas que aguardaban su turno para entrar. Enseñó a los guardias el documento que acreditaba su cargo, pero éstos le miraron con suspicacia. Aguantó el escrutinio sin apartar la vista, confiando en que así apartarían los ojos del niño.

—¿Quién es el rapaz?

—Mi criado.

—Parece enfermo.

—Le ha sentado mal la comida.

Uno de los guardias se aproximó al rostro del muchacho, que yacía boca abajo sobre la cruz del caballo. El comisario temió que levantase el pañuelo que le había colocado alrededor del cuello, tapando las bubas delatoras. Sin embargo el otro se apartó sin tocarle.

—Vos tenéis paso franco, señor, pero vuestro criado no.

El comisario fue a protestar, pero el guardia le interrumpió.

—Tendrá que pagar el portazgo, como todos los demás. Serán dos maravedíes.

Quejándose amargamente como buen hidalgo para disimular su alivio, el comisario echó mano de la bolsa y arrojó una moneda de cobre al guardia.

El crepúsculo había tomado las estrechas calles de Sevilla cuando el enfermo y su salvador se detuvieron frente a la Hermandad del Santo Niño, en el barrio de La Feria. Aquel orfanato era el menos terrible de la docena de ellos que había en la ciudad; al menos eso había oído decir el comisario a un alguacil que había abandonado al bebé de una querida allí. El muy bastardo se había jactado de ello, como si elegir el lugar donde deshacerse de tu prole no deseada fuera motivo de orgullo.

El comisario descabalgó y golpeó el aldabón por tres veces. Un anciano fraile con aspecto cansado y una palmatoria en la mano abrió la puerta y estudió con cautela al extraño erguido frente a él.

—¿Qué se os ofrece?

El comisario se inclinó y susurró unas cuantas palabras al oído del fraile, señalando hacia su montura. El fraile se aproximó al niño, que parpadeó cuando notó las huesudas manos del religioso retirando el pañuelo de su cuello, ahora manchado por el pus que supuraba de las bubas. El anciano acercó la palmatoria para contemplar los efectos de la enfermedad.

—¿Sabéis cuánto hace que contrajo la plaga?

—Su madre había muerto horas antes de que la encontrase, eso es todo lo que sé —respondió el comisario. Temió que el fraile se

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