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LA LIBRERíA DE LOS CORAZONES SOLITARIOS

Robert Hillman  

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Fragmento

1

Ella no aguantó mucho para tratarse de un matrimonio: un año y diez meses. La nota que escribió también fue breve: «Me marcho. No sé qué decir. Te quiero, Trudy», y la herida que aquello le infligió a Tom Hope parecía, a todas luces, mortal.

Tom se quedó inmóvil junto a la mesa de la cocina, leyendo una y otra vez lo que le había escrito. Se dijo: «Tuvo que ser la lluvia». La recordó en el porche, con su vestido azul y su rebeca viendo caer la lluvia del cielo gris un día tras otro. Ahora, a media tarde, también llovía; no con fuerza, solo un tenue tamborileo sobre el tejado metálico.

Leyó la nota una vez más, deseoso de que aparecieran más palabras. Estaba escrita en el papel de carta de color rosa que utilizaba para las ocasiones especiales. Sobre la mesa, había dejado también una tostada a la que solo había dado un mordisco. El pan conservaba la forma del arco de su dentadura.

Después de su marcha, se quedó semanas encerrado en la granja. Sabía lo que pasaría si se aventuraba a acercarse al pueblo. «¿Qué tal la parienta, Tom?». La pregunta le caería encima desde todas direcciones, y no tenía respuesta. Trabajaba sumido en un estado de aturdimiento, intentando mantener la calma lo mejor posible. Limpió los canales del huerto, lo que le llevó cinco días enteros, luego reparó las alambradas de los pastos de la colina a fin de tenerlas preparadas para cuando subieran las ovejas en primavera. Trudy, vestida con pantalones de montar, lo había acompañado a repasar el estado de las vallas durante los primeros meses de su matrimonio. Y le decía: «Tom-Tom, ¿cómo se llama ese pájaro, qué nombre tiene?». Tom siempre le dejaba cargar con un par de herramientas para que se sintiera útil.

A veces, mientras trabajaba, pensaba que la tenía todavía con él, pero cuando miraba a su alrededor no había nada; tan solo las colinas, los eucaliptos y los pájaros verdugo. No había llorado jamás en la vida, pero últimamente tenía las mejillas constantemente húmedas por culpa de las lágrimas. Cuando las notaba, se encogía de hombros con indiferencia: ¿y qué más daba?

Pero no podía quedarse eternamente en la granja. Necesitaba tabaco, azúcar, té. Necesitaba aspirinas. Por las mañanas se despertaba con dolor de cabeza. Llegó al pueblo y un amigo tras otro le expresaron su desconcierto ante tan larga ausencia. Cuando le preguntaron qué tal su esposa, se limitó a responder: «Oh, se ha largado». Sin más explicaciones. Los que hablaron con él se quedaron con la impresión de que estaba pasando por un momento difícil, pero eso fue todo. Que Trudy se hubiera marchado no era una sorpresa para nadie. Tom y ella nunca habían hecho muy buena pareja.

Siendo honesto consigo mismo, albergaba aún la esperanza de que Trudy volviera, incluso meses después de su marcha. Por las mañanas, cuando pasaba el cartero, interrumpía lo que quiera que estuviese haciendo y fijaba la vista en el camino de acceso a la casa. Si Johnny Shields y su furgoneta roja se detenían junto al buzón de la carretera, Tom se sonrojaba y cerraba los ojos un minuto antes de acercarse a ver si Trudy le había escrito alguna cosa.

Pero no había recibido ni una sola carta, por mucho que lo anhelara, y cuando daba media vuelta para regresar a casa lo hacía meneando la cabeza y reprendiéndose por su estupidez. «Mi destino es estar solo», se decía.

Había más cosas, aparte de la marcha de Trudy, que lo empujaban a creer eso. Siempre se había sentido incómodo en presencia de otras personas. Tenía que recordarse que había que sonreír. Pero en el fondo deseaba estar rodeado de gente. Eso sí, sin que le pidieran ni hablar ni sonreír demasiado. Que solo le dijeran: «Tom, me alegro de verte», y: «Tom, entra un momento y saluda a los niños». Los animales le perdonaban su sensación de incomodidad. La yegua que le había comprado a Trudy para que se divirtiera le obedecía, a ella nunca. Su perro, Beau, un viejo pastor australiano, lo quería como quieren los perros. Aunque Beau, la verdad, quería a todo el mundo.

Había tenido por costumbre escuchar la radio por las tardes a última hora, un programa de canciones que habían sido populares en los años cuarenta, cuando él era un chiquillo. Después de que Trudy se marchara, a Tom se le fueron las ganas de escuchar música y dejó de sintonizarla. Pero con unas Navidades vacías por delante, entendió la necesidad de salir del pozo en el que se había sumido. Puso la radio y se sentó en el sillón a escucharla. Trudy se mofaba de su música de los cuarenta. A ella le gustaba la música pop que daban en 3UZ. Bailaba sola, poniendo caras de mucha intensidad, y cantaba al ritmo de la música y reía. En ningún momento esperó que Tom se le sumara.

Pero lo que Tom empezó a recordar fue aquel curioso juego que Trudy practicaba con tres barajas de cartas. Visualizó con perfecta claridad la forma de su esposa sentada en el sofá e inclinada hacia delante, con la barbilla descansando sobre una mano y las cartas repartidas en montoncitos sobre la mesa de centro. De pronto comprendió un comentario que Trudy hizo poco antes de marcharse. Cuando jugaba a las cartas hablaba mucho para sus adentros, decía cosas como: «¡Eres una chica lista!», o: «¡Mecachis en la mar!». Pero el comentario que Tom acababa de recordar era distinto. En aquel momento lo consideró parte de aquel extraño juego con tres barajas. Pero no lo era. Era algo destinado a él. «Una noche más en el paraíso», había dicho al trasladar un montoncito de cartas hasta un extremo de la mesa.

Tom se levantó del sillón y fijó la vista al frente. ¿Por qué habría tardado tanto en entenderlo? «Una noche más en el paraíso». Con los brazos cruzados tensamente sobre el pecho, empezó a deambular de un lado a otro de la casa. Le vinieron a la cabeza todas las cosas que podría haber hecho para hacer feliz a su esposa. Un tocadiscos. Canciones que ella pudiera elegir libremente. Un televisor comprado a plazos. Una bañera como Dios manda, no esa cosa de hojalata medio oxidada.

Entró en la cocina y cogió un papel y un lápiz. Apresuradamente, apuntó en una lista todas las cosas que haría de otra manera en el caso de que Trudy acabara regresando algún día. Agotada la inspiración inicial, se puso a andar de un extremo a otro del pasillo para tratar de pensar en más cosas. En cuanto le venía una nueva idea a la cabeza, entraba corriendo en la cocina y la incorporaba a la lista: «Cuatro: ¡Pícnics! Siete: ¡Mascotas, gato, periquito! Nueve: ¡Encender el fuego de la cocina lo primero de todo!». Fuera, Beau correteaba ladrando por el porche, desde la puerta de atrás hasta la puerta lateral, excitado por el movimiento que percibía en el interior de la casa.

A lo largo de los días siguientes se le fueron ocurriendo más cosas. «Alabar las cosas que hace bien». ¿Como qué? «Como cuando no quema las salchichas». Y como aquel día que él tuvo dolor de barriga y ella le preguntó tres veces si se encontraba mejor. «Como cuando te pregunta qué tal te encuentras».

Pero una tarde, cuando entró en la cocina para prepararse una taza de té, echó un vistazo a la lista que había dejado en la mesa y se dio cuenta de lo mucho que había estado presionando el lápiz para escribir. Lo de hacer aquel tipo de listas era una locura, ¿verdad? «Decirle a Beau que no le salte encima». Se imaginó a Beau escuchándolo, con la cabeza gacha.

Tom sonrió y anotó mentalmente algo en otra lista: «No seas imbécil». En una ocasión, y con una sonrisa, Trudy le había dicho que estaba «desequilibrado»: lo dijo por su capacidad para dar vueltas y más vueltas a cualquier problema de la granja durante horas, durante días, por su forma de estudiar las costumbres de la polilla del manzano hasta tener prácticamente clasificados todos los procesos físicos y mentales del insecto. Luego lo había imitado a la perfección, su forma de deambular arriba y abajo, con los brazos cruzados, la cabeza pegada al pecho, murmurando para sus adentros. A Tom le había gustado la imitación. Y también la risotada que Trudy había soltado al final de la actuación. Se había sonrojado, encantado con lo que hacía con él.

Con el tiempo, Tom acabó creyendo que era la granja lo que había alejado a Trudy de allí, no la falta de un periquito en una jaula o una bañera como Dios manda. Se dijo: «Si me da una segunda oportunidad, nos mudaremos al pueblo». Había heredado la granja de su tío soltero y, a pesar de que le gustaba el trabajo que desarrollaba en ella, no llevaba la tierra en la sangre. No le costaría nada volve

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