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LA LISTA DEL ASESINO

Julie Garwood  

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Fragmento

PRIMER ACTO

ESCENA I

Inés

El sonido de los pupitres y las sillas arrastrándose por el suelo eclipsó el del timbre. La profesora, rindiéndose ante la algarabía del final de las clases, cerró su libro y se despidió en voz alta, sin saber si sus alumnos la escuchaban.

―No olvidéis la redacción ―añadió, aunque la puerta ya se había abierto y algunos chicos estaban en el pasillo―. Para el lunes, sin falta.

Al otro lado del aula, Inés la había escuchado. Asintió, ofreciéndole una sonrisa a la profesora cuando esta la miró. No se olvidaría de la redacción porque lo había apuntado en su flamante agenda roja, que mamá le había regalado a principio de curso. Inés la llevaba a todas partes.

Mamá tenía una igual, pero de color negro. Iba en su bolso siempre, con un bolígrafo azul. Papá, en cambio, no soportaba las agendas. Se le olvidaba que las tenía, hasta el punto de encontrarlas, ya avanzado el año, envueltas todavía en el plástico protector que traían de la tienda. Él organizaba su tiempo pegando post-its de colores en la puerta de la nevera, en las carpetas que llevaba al trabajo, en las tapas del libro que estuviera leyendo en ese momento. No utilizaba bolígrafo, sino una pluma estilográfica. Inés sí utilizaba bolígrafos, que le quitaba a mamá.

Por lo demás, se parecía más a él que a ella, o eso pensaba. Mamá trabajaba en una galería de arte; se le daban bien las personas, trabajar por su cuenta y los números. Papá era un desastre a la hora de tratar con individuos en las tareas cotidianas; cuando estaba en medio de un proyecto, este le impedía pensar en nada más. Se hacía un lío para pedirle al butanero el número de bombonas correcto, olvidaba la hora de las citas del dentista y necesitaba la ayuda de Inés para describirle bien al técnico qué era lo que fallaba en el ordenador. Dentro de su ámbito de trabajo, en cambio, se explicaba muy bien. Sabía dirigir a su equipo en la dirección correcta y había aprendido a valorar las diferentes aptitudes de cada uno de los miembros de este para ayudarles a llegar más allá de lo que ellos se creían capaces. A Inés le gustaba compartir pasiones con él, y por eso se había apuntado a clase de ballet. Tanto a papá como a mamá les encantaba asistir a sus muestras de final de curso, pero así como a ella le entusiasmaba ver a su hija en acción, él disfrutaba de la danza en sí. Era capaz de verla ensayar y hacer críticas constructivas, viéndola como a una artista y no como a su hija. Inés siempre estaba deseando mejorar.

Había aprendido enseguida que, si quería algo, tenía que esforzarse para conseguirlo. Lo aplicaba a todos los aspectos de su vida. Fuera del colegio y de clase de ballet, enfocaba con esa mentalidad su vida social. Por eso, cuando Pablo y sus amigos le propusieron una prueba para pasar a formar parte de la pandilla, estuvo más que dispuesta a superarla.

―Es una búsqueda del tesoro ―le había explicado Lucas, el mejor amigo de Pablo―. Aquí tienes la primera pista.

Inés se había pasado la semana corriendo de un lado a otro, siguiendo las indicaciones que la pandilla había ido colocando por todas partes. La segunda pista estaba en los vestuarios de la cancha de deportes, la tercera en la conserjería, la cuarta en uno de los árboles del paseo que llevaba al parque de la ciudad, la quinta en uno de los columpios, la sexta en el portal de la casa de Lucas y Selena, que eran hermanos. Poco a poco las había ido reuniendo todas.

―Son siete ―le reveló Selena, animándola―. En la última viene una contraseña. Si nos la dices, pasarás a formar parte de la pandilla.

Ella quería que Inés lo lograse porque solo eran dos chicas en el grupo y, con la nueva adquisición, lograrían igualar el número de chicos. Eran sin duda la pandilla más interesante del curso, porque las demás giraban siempre en torno a alguna actividad. Estaban los que jugaban al fútbol, los del baloncesto, los miembros del coro, los locos de los videojuegos y los que no dejaban de jugar a la botella. A Inés no le interesaba ninguna de estas cosas. En cambio, Pablo le gustaba mucho, y unirse a su grupo de amigos era la mejor forma de estar cerca de él. Quizá hasta podría hacerse amiga de Selena. Inés no tenía mejor amiga, porque todavía no había encontrado a la persona adecuada.

―Hoy la encontraré ―le aseguró a Selena―. Después del colegio.

La sexta pista decía: «Para la siguiente pista encontrar, muy lejos habrás de buscar. Donde estuvieron construyendo, pero se fueron corriendo, donde ahora reinan las sombras y un fantasma gasta bromas a aquellos que se atreven a entrar: allí la séptima pista con suerte encontrarás».

Inés estuvo pensando en ello toda la tarde, en casa. Cuando Nina, su hermana, apareció tambaleándose y se apoyó en el quicio de la puerta de su cuarto, ella se levantó y echó a la niña al pasillo.

―¡Mamá, la fiera se ha escapado! ―gritó antes de cerrar la puerta.

No podía permitirse ninguna distracción. ¿Qué lugar había sido abandonado aunque habían estado construyendo en él? Se le ocurrió una antigua obra que había un par de manzanas detrás del colegio. Iba a ser un hospital, pero la habían abandonado ya hacía muchos años.

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