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LA LLAMADA DEL áNGEL

Guillaume Musso  

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Fragmento

 

PRÓLOGO

¿Un teléfono móvil?

Al principio no le veías la utilidad, pero, para no parecer anticuada, te dejaste tentar por un modelo muy sencillo con unas prestaciones básicas. Las primeras semanas te sorprendiste algunas veces hablando un poco más alto de la cuenta en un restaurante, en el tren o en la terraza de un bar. Tener siempre a la familia y a los amigos al alcance de la voz era práctico y tranquilizador, hay que reconocerlo.

Como todo el mundo, aprendiste a redactar SMS escribiendo en un teclado minúsculo y te acostumbraste a enviarlos a espuertas. Como todo el mundo, prescindiste de la agenda para sustituirla por su versión electrónica. Con aplicación, pasaste de la libreta de direcciones los números de teléfono de tus amistades, de tu familia y de tu amante. Camuflados entre ellos, introdujiste los de tus ex, así como el número de identificación de tu tarjeta de débito, que a veces se te olvida.

Aunque hacía fotos de baja calidad, utilizaste la cámara del móvil. Era guay llevar siempre encima una foto divertida para enseñársela a tus colegas.

Por lo demás, todo el mundo hacía lo mismo. El objeto se ajustaba a la época: las barreras entre vida íntima, vida profesional y vida social desaparecían. Sobre todo, lo cotidiano se había vuelto más urgente, más flexible, exigía constantemente hacer malabarismos con la planificación de tus actividades.

Hace poco cambiaste tu antiguo aparato por un modelo más perfeccionado: una pequeña maravilla que te permite acceder a los correos electrónicos, navegar por internet y cargar cientos de aplicaciones.

Entonces fue cuando te enganchaste. Como injertado en tu cuerpo, tu móvil es, desde entonces, una prolongación de ti misma que te acompaña incluso cuando vas al cuarto de baño. Estés donde estés, raramente dejas pasar media hora sin mirar la pantalla, al acecho de una llamada perdida, de un mensaje íntimo o amistoso. Y si tu buzón de correo está vacío, clicas para comprobar si hay algún mensaje en camino.

Como el osito de peluche de tu infancia, el móvil te tranquiliza. Su pantalla es amable, sosegadora, hipnótica. Te da seguridad en todas las situaciones y te ofrece una facilidad de contacto inmediato que deja abiertas todas las posibilidades...

Pero una noche, al llegar a casa, buscas en los bolsillos y en el bolso hasta que acabas por reconocer que tu móvil ha desaparecido. ¿Lo has perdido? ¿Te lo han robado? No, te niegas a creerlo. Buscas de nuevo sin éxito, tratando de convencerte de que te lo has dejado en la oficina, pero... no: recuerdas haberlo consultado en el ascensor al salir de trabajar, y sin duda en el metro y en el autobús.

«¡Vaya por Dios!»

Al principio estás contrariada a causa de la pérdida del aparato en sí; luego te alegras de haber contratado ese seguro contra «robo/pérdida/rotura», a la vez que cuentas los puntos acumulados que te permitirán tener, mañana mismo, un nuevo juguete high-tech y táctil.

No obstante, a las tres de la madrugada todavía no has podido conciliar el sueño...

Te levantas sin hacer ruido para no despertar al hombre que duerme a tu lado.

En la cocina, buscas encima de un armario el paquete de tabaco empezado que escondiste en previsión de un golpe duro. Enciendes un cigarrillo y, total, ya puestos, lo acompañas con un chupito de vodka.

«Mierda...»

Estás sentada en la silla, encorvada. Tienes frío porque has abierto la ventana para que no quede olor a tabaco.

Haces inventario de todo lo que contiene tu teléfono: algunos vídeos, unas cincuenta fotos, tu historial de navegación por internet, tu dirección (incluido el código de la puerta de entrada al edificio), la de tus padres, números de personas que no tendrían por qué estar ahí, mensajes que podrían permitir suponer que...

«¡No seas paranoica!»

Das otra calada y tomas un trago de alcohol.

En apariencia no hay nada realmente comprometedor, pero tú sabes de sobra que las apariencias engañan.

Lo que te preocupa es que el aparato haya ido a parar a unas manos malintencionadas.

Empiezas a arrepentirte de ciertas fotos, ciertos mensajes, ciertas conversaciones. El pasado, la familia, el dinero, el sexo... Buscando bien, alguien que quisiera perjudicarte encontraría material para destrozarte la vida. Te arrepientes, pero los arrepentimientos ya no sirven de nada.

En vista de que estás tiritando, te levantas para cerrar la ventana. Con la frente apoyada en el cristal, miras las escasas luces que todavía brillan en la noche diciéndote que tal vez, en la otra punta de la ciudad, un hombre tiene los ojos clavados en la pantalla de tu móvil, explora con deleite las zonas oscuras de tu vida privada y hurga metódicamente en las entrañas del aparato en busca de tus dirty little secrets.

PRIMERA PARTE

El gato y el ratón

1

EL INTERCAMBIO

Hay seres cuyo destino es encontrarse. Estén donde estén. Vayan a donde vayan. Un día se conocen.

CLAUDIE GALLAY

Nueva York
Aeropuerto JFK
Una semana antes de Navidad

ELLA

—¿Y luego?

—Luego Raphaël me regaló un anillo de diamantes de Tiffany y me pidió que me casara con él.

Con el teléfono pegado a la oreja, Madeline deambulaba ante los altos ventanales que daban a las plataformas de estacionamiento. A cinco mil kilómetros de allí, en su pisito del norte de Londres, su mejor amiga escuchaba, impaciente, el relato detallado de su escapada romántica a la Gran Manzana.

—¡Caray, ha tirado la casa por la ventana! —constató Juliane—. Fin de semana en Manhattan, habitación en el Waldorf, paseo en calesa, proposición de matrimonio a la antigua usanza...

—Sí —dijo Madeline con satisfacción—. Todo ha sido perfecto, como en una película.

—Quizá un pelín demasiado perfecto, ¿no? —dijo Juliane para chincharla.

—¿Cómo algo puede ser «demasiado» perfecto, doña escéptica? Explícamelo.

Juliane intentó salir del paso sin mucho acierto.

—Lo que quiero decir es que quizá se echa en falta el elemento «sorpresa». Nueva York, Tiffany, el paseo bajo la nieve y la pista de patinaje de Central Park... Todo un poco previsible, un poco tópico, ¡no me digas que no!

Madeline, maliciosa, contraatacó.

—Sí, me acuerdo muy bien de cuando Wayne te propuso que os casarais: fue a la vuelta del pub, después de una noche de marcha. Él estaba como una cuba y se fue al cuarto de baño a vomitar justo después de haberte pedido la mano, ¿no?

—Vale, tú ganas esta partida —Juliane se rindió.

Madeline sonrió mientras se acercaba a la zona de embarque para intentar encontrar a Raphaël entre la densa multitud. Empezaban las vacaciones de Navidad y miles de viajeros se apiñaban en la terminal, que zumbaba como una colmena. Unos iban a reunirse con su familia, mientras que otros se dirigían al otro extremo del mundo, hacia destinos paradisíacos, lejos de la grisura de Nueva York.

—Oye —añadió Juliane—, pero no me has dicho cuál ha sido tu respuesta.

—¿Estás de broma? ¡Le he dicho que sí, por supuesto!

—¿No lo has tenido un poco en vilo?

—¿En vilo? ¡Jul, tengo casi treinta y cuatro años! ¿No te parece que he esperado bastante? Quiero a Raphaël, llevo dos años saliendo con él y estamos intentando tener un hijo. Dentro de unas semanas nos mudaremos a la casa que hemos elegido juntos. Juliane, por primera vez en la vida me siento protegida y feliz.

—Dices eso porque está a tu la

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