Loading...

LA LLAVE DEL CORAZóN (LOS HIJOS DEL MONSTRUO 1)

Marcia Cotlan  

5


Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Epílogo

Inolvidable

Agradecimientos

CAPÍTULO 1

Cuando el detective Travis Duncan cruzó la puerta acristalada del supermercado, Alana Keller no supo si sentirse aliviada o todo lo contrario. El guardia de seguridad la tenía agarrada por el brazo para evitar que se escapara corriendo y, sobre el mostrador, al lado de la máquina registradora, había colocado el botín de la joven: las dos cosas que había robado. Era una situación incómoda. Peor: era una situación humillante y, de todas las personas de la ciudad, el último que quería que la viera en esas condiciones era él. Precisamente él. ¡Y además, no tenía ni idea de que fuera policía!

Travis recorrió el pasillo entre las estanterías llenas de comestibles sin fijarse en ella. Iba hablando con otro policía, su compañero, un gigante moreno de barba que era tan atractivo como el propio Travis, aunque parecía varios años mayor. Formaban un tándem tan fabuloso que las mujeres que había en el supermercado dejaron de mirar a la joven con gesto de rechazo y se quedaron hechizadas ante la visión de aquellos dos espectaculares especímenes masculinos. Pero Alana solo tenía ojos para Travis. Desde la primera vez que lo vio, semanas atrás, su mirada escrutadora y seria y ese gesto en los labios, entre cínico y asqueado, habían hecho que algo en su interior se tensara. Él solía pasarse la mano por la barba de tres días, casi a modo de tic, y cruzar los brazos sobre el pecho con gesto de pocos amigos. Parecía estar siempre enfadado, como si algo le saliera constantemente mal, pero cuando quería ser encantador, esbozaba una de sus sonrisas de tigre al acecho y desplegaba con maestría aquella capacidad suya de mirar perezosamente a los ojos, haciendo que el pulso de la joven se acelerara.

El dependiente salió de detrás del mostrador, se acercó a él y lo llamó detective, por eso se enteró de que era policía, ya que no llevaba uniforme, sino unos vaqueros gastados y una camiseta gris con el emblema de Harley Davidson. El dependiente y Travis hablaron a suficiente distancia como para que sus palabras no fueran escuchadas por la joven.

—¿Por qué carajo me llamas para estas gilipolleces, eh, Orson? —preguntó malhumorado—. Son los de la patrulla los que se encargan de los robos.

—Lo sé —contestó el dependiente, un chico de apenas veinte años cuyo rostro aún tenía las marcas de acné de la adolescencia—, pero no quiero meterla en líos, solo que la asustes un poco. Mis jefes están hasta los huevos de que entre a robar, pero no parece mala tía…

—A ver, ¿dónde está? —El humor de Travis no había cambiado y parecía tener prisa. Orson se apartó para señalarla y entonces el detective la vio. Alzó una ceja, sorprendido, y respiró hondo de manera que fue evidente para cualquiera que lo estuviera observando que su pecho había subido y bajado de manera ostensible.

Cuando Alana sintió su mirada sobre ella, se estremeció y sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. No pudo evitar cerrar los ojos durante un segundo. Oyó los pasos de él acercándose y volvió a abrirlos de inmediato. El aura que lo rodeaba era electrizante. Aquel hombre siempre conseguía que el tiempo se detuviera para ella y que hasta el último músculo de su cuerpo se volviera de gelatina. Caminaba con la seguridad del que domina la situación y

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta