Loading...

LA úLTIMA HOGUERA

Enrique Tomás  

5


Fragmento

1

Aquella noche de julio, el hereje aguardaba la ejecución. La Junta de Fe había dictado sentencia y la Sala del Crimen de la Audiencia iba a ejecutarla. Cayetano Ripoll escuchaba el silbido del viento que se colaba a través de los barrotes de su celda. Al amanecer sería llevado a la plaza del mercado, hasta la horca. La víspera del día de autos el viento de poniente había resecado los huertos. Y Valencia, famosa por sus burdeles y por las sedas de sus telares, se recogía envuelta en sus harapos de piedra. Los nómadas del desierto dicen que el viento enloquece a los hombres, que los convierte en remolinos de arena por donde vagan perdidas las almas. El aire caliente había recorrido aquella jornada las calles y las plazas, escoltado por el hedor a bestia muerta de las acequias. Cuando llegó la noche, cien mil almas bullían dentro de la muralla, revueltas como tropezones de sopa, agitadas e insomnes.

El hombre que iba a ser ejecutado tampoco podía dormir. El tribunal le había otorgado la gracia de no arder vivo en una hoguera; pero, tras ser ahorcado, el cadáver sería puesto en una barrica pintada con rojas llamas, a modo de representación del infierno. Se había dibujado en las duelas la imagen de demonios, culebras y otras bestias malignas, todo ello a modo de piadosa lección para el pueblo.

Durante la eterna vigilia le pareció escuchar el rumor del agua. El Turia sería su tumba, pensó. Se había determinado que sus restos se arrojarían al lecho del río, cerca del antiguo quemadero de la Inquisición, el lugar donde eran inmolados los herejes y las brujas mucho antes de que Fernando VII —ese Borbón blando e indeciso para los defensores de la fe apostólica— aboliera en 1820 el Santo Oficio por culpa de los liberales, y no se atreviese a restaurarlo en 1823 por presión extranjera.

El Turia era esos días un arroyo maloliente, pero en otoño quizá se desbordaría con las lluvias y arrasaría las casas y los campos, como era su costumbre de siglos. Estaba hecho para traer la fertilidad y la destrucción, como las crecidas del Nilo o la maldición de las bíblicas plagas, para obligar a los huertanos, como rústicos Sísifos, a repetir sus trabajos. El río arrastraría sus huesos al mar, pensó estremecido. ¿Por qué tenía que morir? ¿Cómo había llegado hasta allí?

2

Dos años atrás, en julio de 1824, despedía a sus alumnos. «Alabado sea el Señor», les decía con una caricia en la nuca en lugar de saludarlos con el tradicional «Ave María Purísima», invocación con la que los maestros católicos abrían y cerraban las clases. Era el último día de curso y las madres le llevaban la asignación mensual de dos cuartos de real, o una cesta con huevos, o fruta para pagar sus servicios. No era poco lo hecho en la escuela levantada por él y por el párroco de San Valero, junto con algunos vecinos de la partida del Perú, el más remoto rincón de Ruzafa. ¿Quién era ese extraño maestro? Enseñar en una escuela perdida no daba apenas para comer. Mejor ser labrador, incluso sin tierra, o como persona instruida trabajar como escribano o como secretario, que dedicarse a semejante oficio. Hacía falta creer en eso de «enseñar al que no sabe» o pretender retirarse a un rincón olvidado, dejado de la mano de Dios. Ripoll, según los vecinos, era, sin duda, un tipo curioso, un extravagante. ¿Se trataba de un fugitivo? Pocos aspiraban a domar a la pillería formada por hijos de jornaleros, esa canalla, como decía cariñosamente el catalán, que parecía feliz en su intento de arrancar de la ignorancia a unos desarrapados que no podían ir a una escuela pía de la ciudad.

Además, no parecía el típico maestro ese hombretón de buena planta, de más de seis pies y recios hombros, de cuarenta y seis años bien llevados, según señalaban las vecinas más descaradas. Lucía una melena rubia y canosa, como de león, recogida en coleta, y en sus facciones se adivinaba una mezcla de energía y desengaño a la vez. Algunos decían que tenía el aire de un aventurero, mientras que otros veían en él a una especie de Cristo, con ojos color de oliva y cabellos y barba sin cortar; estampa que se asociaba, en un tiempo de persecución como aquel, a la de un miembro de la masonería. Por otra parte, su forma de vestir era austera y atrevida a la vez, con camisas de paño sin abotonar, abiertas por el pecho. A veces vestía una levita parda, larga y arrugada, o se colgaba de los hombros una capa negra, algo descolorida, sobre todo en invierno. Algunas mañanas se presentaba en clase con una raída casaca militar, luciendo unos rudos pantalones de pana, tocado de un sombrero de ala ancha, con botas de montar y espuelas cubiertas de barro, tras cabalgar desde el amanecer por las dunas de la dehesa. Decían que el extravagante maestro podía ser un artista, un bohemio perdido en la huerta o también un fugitivo de la justicia. Los niños del arrabal le bautizaron con el mote de Mestre Polserut o el Polsegós, algo así como el «maestro polvoriento», pues parecía venir de un largo viaje, como recién descendido de su montura, cubierto por el polvo del camino.

Los comentarios sobre su figura los acallaba él con sus lecciones. Comenzaba con la tabla de cuentas y seguía con los diez mandamientos, lo único que enseñaba de la religión, porque según él lo importante era cumplirlos, pues en ellos se contenía la esencia de la recta conducta. No iba a misa ni se arrodillaba ante los santos ni las vírgenes. En cambio, amenizaba las clases con recuerdos de cuando fue soldado, y encandilaba a los niños contándoles aventuras de la Guerra del Francés. A veces, daba la lección en medio del campo o en las veredas, y explicaba cómo crecía el mirto, las cualidades del tomillo o las del aceite de hipérico. Otras llevaba a sus pupilos por el camino de las moreras para recoger sus hojas, alimento de los gusanos de seda que criaban en las cambras de sus barracas, y les hablaba de la metamorfosis, esa transformación que convertía al feo gusano en mariposa y después en hilos de preciosa seda, y de cómo su secreto había sido traído de China por unos monjes, que ocultaron los capullos en el hueco de sus bastones. Les contaba las maravillas de ese lugar fantástico, llamado «el extranjero», y les explicaba que en la lejana isla de Inglaterra existían unos extraños carros que no eran tirados por caballos, sino por el fuego del carbón, gusanos de hierro con forma de cañón grande y chimeneas por las que salía un humo negro y espeso. Y les hablaba de las calles de París y de Londres, iluminadas con farolas de gas, y de un canal más largo que cualquier acequia, el canal du Midi, por donde viajaban barcazas de una parte a otra de Francia.

Lo ayudaba en la escuela Mariana Gabino, madre de Joanet, uno de sus alumnos. Mariana era lavandera y asistenta doméstica del párroco de San Valero. La Gabino vivía en una barraca lindante con la acequia de Na Rovella y le servía muchos días las comidas y algunas cenas: una sencilla mesa formada por un cuenco de arroz y frutos de la huerta, una sopa con legumbres y verduras, y, en contadas ocasiones, conejo o pato de caza. Lo atendía tanto en su casa como en imponer orden a la indisciplinada tropa de sus alumnos.

Era Mariana una mujer de cuerpo voluptuoso, con pelo negro y largo, a la que los golpes de la vida no habían logrado marchitar. Viuda según decía ella, madre soltera según las malas lenguas, era una hembra fuerte y vigorosa que había sacado adelante y en soledad a su único hijo, nacido en tiempos de la ocupación francesa, a quien sus compañeros de clase llamaban con malicia el Gavatxet, o sea, «el Francesito», mientras cuidaba también de su padre, don Ramón, un pobre loco apodado en el pueblo el Il·luminat, antiguo molinero, ausente de sí mismo desde 1812, cuando los dragones del general Harispe, a las órdenes del mariscal Suchet, asaltaron una noche su casa.

Pulía Mariana el rojo ladrillo del suelo y los azulejos y se ocupaba de los asuntos prácticos del maestro, le lavaba la ropa y paseaba con él por la dehesa, lo que provocaba que las comadres la llevasen de boca en boca, chismorreando que entre el catalán y ella había algo más que servicios domésticos. Vivían, sin duda, en pecado, y su escandalosa conducta merecería la reprobación del padre Record, mudo ante los amancebados. A Mariana no le importaban las habladurías, acostumbrada como estaba a sufrirlas. El suyo era un espíritu rebelde y libre, y estaba dispuesta a seguir al maestro con los hijos de la huerta. El Polserut había conseguido atrapar la atención de esos muchachos, destinados a cultivar los terrones de sus padres, y que no se escapasen hacia la albufera a pescar anguilas y culebras de agua. Se esforzaba en que aprendiesen a leer, y a escribir las cartas de sus madres, o las de quienes habían partido a Cuba. Estaba orgulloso de que sus pupilos pudiesen leer el Diario de Valencia, libros de gramática y religión, y fábulas e historias con las que volaban con la imaginación, como los collverts por el cielo.

En el verano de 1824 reinaba en todo el país el terror absolutista. La mayoría de los liberales había huido al extranjero o estaban presos en las atestadas cárceles. Había perdido a muchos de sus amigos. Mariano Cabrerizo, uno de los que más lo había ayudado a levantar la escuela, estaba encarcelado, y su librería, clausurada. Ya no podría disfrutar de sus libros, ni tampoco de sus consejos. A pesar de la oscuridad impuesta por las autoridades, esa luminosa mañana de julio invitaba a gozar de la vida, a sentir la brisa del mar y a disfrutar de los colores del campo. Después de un desayuno frugal, se puso a lomos de Apolo. Al salir a trote del pequeño huerto, Napoleón, el diminuto perro ratonero que había rescatado de una acequia, le despidió ladrando y agitando el rabo. Tomó el camino del río y se detuvo poco después en la barraca de Mariana y de su hijo, que enjalbegaban entonces las paredes de un blanco impoluto y, tras tomar una limonada con ellos, se dirigió hacia el poblado del Lazareto,[1] fuera ya de la partida del Perú.[2]

En el caserío marítimo preguntó a un vecino por los marineros ingleses retenidos en el hospital. Le dijo un soldado de guardia que estaba prohibido hablar con ellos. Seguían todos en cuarentena, aislados en la aduana del puerto. Se comentaba entre los pescadores que, en realidad, no había ninguna epidemia que temer. Lo que ocurría era que el gobernador no quería que ningún liberal se pudiera acercar a la fragata, y que pretendiese de esa forma escapar en ella. Después de aquella parada dirigió la grupa de su montura hacia la ermita de Monte Olivete y remontó el río hacia el oeste. Tocaban al mediodía las campanas del ángelus. El tañido lejano del Micalet rivalizaba con el de la iglesia del Carmen, patrona de los marineros, que celebraba su fiesta, y se adivinaba el bullicio de las procesiones.

Se dirigió a las torres de Ruzafa. Los carros, los caballos, los campesinos entraban en la huerta y salían de ella a la ciudad tras pagar el impuesto de puertas. Se detuvo ante la imponente muralla. Tenía deseos de entrar, pero sintió que le recorría un escalofrío. En el interior se intuía el hierro de la persecución. Tiró entonces de las bridas y tomó el camino de vuelta. No debía acercarse, se lo advertía el corazón. En el camino saludó a unas mujeres que tejían mimbre, y a unos ancianos que liaban tabaco en los porches, balanceándose en sus mecedoras. Se detuvo en un ribazo, ya cerca del Grao. Cuando el sol estaba en lo más alto, desmontó. Sacó unos nísperos de su zurrón y, recostado en un ribazo, se puso a pensar. No iba a cambiar de vida, ni a marcharse. Quería vivir el resto de sus días en paz consigo mismo, en ese rincón del mundo donde había elegido quedarse. La escoleta, los niños, Mariana. Ellos eran sus nuevas raíces, su razón de existir.

Después de una breve siesta, cabalgó hasta la Creu de Conca. Ató las riendas de Apolo a unas ramas y paseó entre los pinos. En un claro se veía un montículo de arena y de arbustos. Allí se levantó una vez una barraca y se cultivó un huerto. Le gustaba volver cada tarde a ese sitio. Arrancó del suelo flores silvestres. «De las cenizas surgirán las flores de la vida», dijo para sí. Por el camino del Valladar discurría la procesión de la Virgen del Cristo, procedente de la iglesia de La Punta, encabezada por el padre Damián. Se podía escuchar la letanía del rosario murmurado por los fieles que se acercaban.

Se tendió sobre el manto de ramas y de arena y sacó del zurrón un libro. Eran las memorias de un francés, Alexandre Laborde, publicadas por su amigo Cabrerizo. Contaba el libro las impresiones como viajero que recorre y descubre España. La parte que leía le tocaba de cerca: «Valencia es una ciudad agradable, habitada por una nobleza opulenta, por un gran número de comerciantes ricos, un pueblo activo e industrioso y un clero morigerado... Son los valencianos afables y muy atentos con los extranjeros, francos y gastadores en demasía en objetos de piedad o de placer; lo cual acarrea grandes perjuicios, singularmente a los artesanos, de los cuales aun los que están atenidos a su jornal diario suelen gastar el domingo cuanto ahorraron la semana anterior.» Algo de verdad había en todo eso, reflexionó. En ocasiones se sentía un extraño entre los vecinos de Ruzafa, y le divertían también las observaciones y los comentarios de un escritor extranjero que le parecían los propios del naturalista que estudia tipos y costumbres familiares para él: «Las mujeres son hermosas: su talle es alto; sus ojos, grandes y rasgados, y su cutis, más blanco que en el resto de España, y tienen un carácter jovial, que hace muy amable su compañía. Este pueblo es extraordinariamente aficionado a fiestas y regocijos públicos, y en ellos muestra un ingenio e invención particulares, singularmente en las iluminaciones de las grandes fachadas. Tienen muchas diversiones ordinarias...»

Le hizo gracia eso último. Desde hacía algún tiempo, la única diversión permitida eran las ceremonias religiosas. La procesión avanzaba mientras él seguía enfrascado en la lectura. Miró de reojo hacia la columna de beatas, encabezada por el joven sacerdote de La Punta, y sonrió condescendiente. Se volvió hacia las páginas entreabiertas, dándole a los devotos la espalda. Recordó una frase oída a Cabrerizo: «Los libros son un viaje en sí mismos, se puede volar con ellos al confín del mundo o descubrir lo que te rodea.» Estaba tan ensimismado que no escuchó la voz de una de las clavariesas que estiraba del brazo a su joven compañera de procesión, una costurera de Pinedo de aspecto inocente.

—Mira, Amparín, ahí está el maestro... —dijo apuntándole con el dedo—. Ni s’agenolla davant de la mare de Déu! És el mateix diable![3]

3

Cayetano Ripoll había regresado en 1820. El primer día de ese año, el coronel Rafael del Riego había proclamado en Cabezas de San Juan, ante los soldados a punto de embarcar hacia América, «el derecho a rebelarse contra un rey que debe su trono a cuantos lucharon en la guerra de la Independencia, y que no ha jurado la Constitución».

Fernando VII había derogado en Valencia la Constitución de 1812, y había dejado en la levantisca ciudad al general Elío, su principal apoyo militar, como máxima autoridad. Este austero navarro había gobernado los años siguientes con mano dura, sin piedad, reprimiendo conspiraciones de masones y de liberales, reales o imaginarias, que pretendían restaurar el orden constitucional. Todavía estaba caliente la sangre de los conjurados de 1819, agrupados en torno al malogrado coronel Vidal. Los acusados de la conjura fueron colgados. Y una vez muertos, fusilados en sus horcas.

A principios de marzo, las buenas nuevas recién venidas de Madrid hablaban del victorioso alzamiento constitucional, y la mayoría de los valencianos se unió a la imparable oleada de la revolución. Fernando VII había jurado, con cinismo y con cobardía, la Constitución de Cádiz, la primera liberal de Europa, añadiendo a su vergonzosa defección la famosa frase de «marchemos francamente todos, y yo el primero, por la senda constitucional». Él, que había sido su principal detractor y enemigo, el que había ordenado la persecución a muerte de los partidarios de la Carta Magna, se proclamaba de pronto protector de esta ante los atónitos miembros de la Junta Provisional. Exiliados como Cayetano Ripoll comenzaron a regresar a la liberada patria, no sin cierto recelo y desconfianza. Después de seis años recorrió el país de norte a sur, alistado en una «liga de emigrados», voluntarios a favor de Riego, hasta alcanzar Valencia. Encontró la ciudad del Turia en plena efervescencia revolucionaria. En la calle de los Caballeros presenció la marcha de grupos de mujeres y hombres, de labradores que alzaban al cielo sus hoces y de ant

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta