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LA úLTIMA LECCIóN

Laimie Scott

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Fragmento

PRÓLOGO

Escocia se encontraba sumida en un período de agitación. Tras la derrota de la casa Estuardo en el último intento de estos por sentarse en el trono de las islas, con la devastadora humillación en Culloden Moor, el gobierno de Londres hacía efectiva una nueva proclama. La consigna era clara: no habría un tercer intento de sentar a un Estuardo en Londres. Para evitarlo, el parlamento había redactado una serie de normas que resultaron atroces para todos los jacobitas, nombre con el que se conocía a los seguidores de Jacobo Eduardo Estuardo, y en especial para aquellos que habitaban en la parte norte del país, en las Tierras Altas o Highlands. Era en estas donde se había concentrado el mayor número de rebeldes, calificados como tales según el gobierno británico. Las directrices de la Dissarming Act, como dio en llamarse, ordenaban el fin del sistema patriarcal de los clanes escoceses. La abolición de los derechos sucesorios de la nobleza de las Lowlands o Tierras Bajas, que colindaban con la frontera de Inglaterra. La total erradicación de la causa jacobita que simbolizaba el uso de las prendas tradicionales escocesas como el kilt, el plaid o prendas que conllevaran el tartán del clan al que pertenecía. Las gaitas como símbolo del folclore tradicional. El uso de armas de fuego o la conocida claymore, espada de doble filo, siendo encarcelado todo aquel que fuera encontrado en posesión de alguna, por un período de seis meses. En caso de reincidir, el sujeto podría ser enviado a las plantaciones de su majestad, en el Nuevo Mundo.

Con el paso del tiempo, los escoceses fueron perdiendo toda capacidad de reacción y de intento por devolver al Estuardo al trono. Sin embargo, la llama de la rebelión no se extinguió del todo en muchos jacobitas que, a su manera, lograban burlar las leyes británicas.

***

El ambiente festivo se dejaba notar en toda la localidad de Fort William. Este enclave había pasado a manos inglesas después de la última rebelión, y de igual modo, los pueblos aledaños a esta. No era raro, por lo tanto, para sus habitantes, encontrarse patrullas de soldados ingleses por las calles, cumpliendo su cometido de mantener el orden. La causa de los Estuardo no parecía extinguida en su totalidad y todavía quedaban algunos reductos de resistencia, en especial, al norte del país. En el sur, la región conocida como las Tierras Bajas o Lowlands, la gente parecía haber aceptado la derrota de una manera más tranquila y pacífica. Pero no se descartaba que en cualquier momento algún jacobita exaltado pudiera iniciar otra rebelión.

En una de las tabernas de la localidad, una pareja de soldados ingleses acababa de hacer una alto. Cuando entraron en esta, las miradas de los allí presentes no parecieron ser amistosas. Que los escoceses tuvieran que acatar las normas de Londres no significaba que también tuvieran que ser amables con sus oficiales. Y esta era la nota que prevalecía en aquel ambiente. Los dos soldados tampoco eran ajenos al rencor y la desconfianza, ya que acababan de perder toda esperanza de restaurar a la casa Estuardo en el trono.

—Buenas tardes —anunció el hombre de mayor rango de los dos. Vestía el uniforme del regimiento de infantería: casaca de color escarlata bajo la cual se veía un chaleco blanco con botones dorados, pantalones del mismo color que su chaleco y botas de cuero negro sucias del barro y del polvo del camino. Llevaba una espada de empuñadura dorada en su mano derecha.

El silencio de los parroquia

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