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LA LUNA TRAS LAS REJAS

Marina Tena Tena  

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Fragmento

Prólogo

Luna nueva

—HAY HUMANOS EN EL BOSQUE.

Aprieto los labios sin abrir los ojos. Tengo miedo de que me traicionen. Espero que Sin Sombra también siga con los párpados cerrados. Estamos tendidas de espaldas sobre la hierba fresca que se mece sobre nuestros hombros mientras que el sol acaricia nuestras caras.

No añade nada más, así que escojo con cuidado las palabras. ¿Qué es lo que diría si no supiera ya lo que está pensando? Enredo mis dedos en los brotes verdes y me esfuerzo en que mi tono de voz suene adormilado.

—¿Estás segura?

—¿Recuerdas que nos pediste árnica?

—Se terminó antes —asiento. Mi voz suena más despierta—. Con el cambio de tiempo a muchos ancianos les duelen las articulaciones.

—Fuimos hasta el valle después de una cacería. Encontramos restos de un campamento. Apestaba a ellos.

Los pájaros trinan a lo lejos, como si siguiéramos en calma. Ordeno a mi corazón latir despacio, y a mis nervios a quedarse bajo la piel, sin mover un solo músculo. Cuando vuelvo a hablar mi voz es un susurro:

—¿Crees que pueden encontrarnos?

—No sé si nos están buscando. —Incluso con los ojos cerrados puedo visualizar el encogimiento de hombros con el que mi amiga suele acompañar sus frases cuando está nerviosa—. Supongo que tendremos que estar más alerta.

—Ojalá pudiera acompañaros.

Es trampa, y me siento mal por usarla. Soy tan licántropa como ella, como el resto, pero yo nunca seré una guerrera. No importa que me haya dejado la piel intentándolo. Los ancianos lo llaman la maldición de la luna nueva: somos pocos los nacidos en la noche en la que la reina del cielo no nos regala su presencia, una de esas en las que ni siquiera se dibuja su silueta como si fuera una cuchilla blanca y curva. Fue una mala señal que la primera hija del líder eligiera esa noche para venir al mundo. «Harás grandes cosas» solía decir mi madre, para consolarme. Y yo quería creerla. «No solo los guerreros ganan guerras». Araño la arena bajo las flores. La echo tanto de menos…

Sin Sombra pone su mano sobre la mía y la estrecha. Sé que ahora sí que me está mirando, así que fuerzo una sonrisa. Siempre ha estado a mi lado, desde mis primeros recuerdos, pero cuando mi madre murió dejó de ser una amiga para convertirse en una hermana. Una parte imprescindible de mi vida. No sé qué hubiera hecho sin ella.

Por eso se me remueven las tripas al ocultarle la verdad, pero hay cosas que ni siquiera Sin Sombra puede comprender.

—Eres valiosa, Sauce, y tu padre también lo sabe.

Aprieto de nuevo los labios, pero esta vez no es para contener la verdad, si no las emociones. Es algo que me hubiera dicho ella.

Mi madre decía que eligió mi nombre porque el espíritu de los Sauces nos protege, para que me guardase allá donde fuera. Ella también era buena contando mentiras, o verdades a medias. Supongo que lo he aprendido de ella. Sé que la primera vez que se encontró con mi padre estaba sentada, con los pies en el río, rodeada por estos árboles. También sé que su primer beso fue en esa misma orilla, varias lunas más tarde.

Mis padres se quisieron como nunca he visto a nadie quererse. Bastaba con que ella sonriera distraída para que mi padre la mirase como si fuera el mismo sol que había bajado a la tierra y tintaba de vida y luz el horizonte. Cuando se marchó nos rompió por dentro. Nos dejó una de esas heridas que nunca sanan del todo. Puedo sentirlo cuando pienso en ella. El corazón rasga esa enorme cicatriz que mana dolor en vez de sangre. Lo veo también en el rostro de mi padre cuando algo le recuerda a ella. Un atardecer, unas flores blancas, o algún gesto que hago sin darme cuenta.

Mi madre era el puente que nos unía, y ahora somos dos barcas perdidas que chocan o se alejan, pero nunca se encuentran.

Sin Sombra me da otro apretón y me rescata de mis pensamientos. Se lo agradezco con una sonrisa y me incorporo, apoyándome en un codo para quedar de costado.

—Solo te lo digo porque creo que tenemos que estar alerta —dice.

—Lo estaré.

—Y… que tengas cuidado.

Ladea la cabeza, casi avergonzada de decirlo. Culpable de marcar una vez más la diferencia entre el resto de lobos y yo. Me trago esa sensación amarga de saber que incluso los que me quieren me consideran menos y me siento en silencio. Su pelo liso, tan blanco como el de una anciana, tiene un par de hojas de tréboles y briznas de hierba. Se las quito y ella arruga la nariz y sacude la cabeza de la misma forma en la que lo hace cuando se transforma en un precioso lobo blanco con los ojos del color de la sangre.

No es la única que se siente culpable.

Nacer la noche en la que la luna nos da la espalda ha hecho que sea un lobo más frágil. Mis garras no atraviesan con tanta facilidad la carne o la cadera. Mis mandíbulas no pueden partir el hueso. En forma lupina soy incluso más menuda que mi hermano Guerrero, que aún no ha cumplido los once años. Pero eso no me convierte en una criatura indefensa.

Soy rápida. Más ágil que el resto, y la más silenciosa. Puede que no pueda ganar a nadie de mi propia tribu en una pelea frente a frente, pero los humanos son más débiles que nosotros. Lo complicado es adivinar su estrategia y esquivar sus armas, sobre todo las de plata. Mi padre se opondría a que me aleje tanto de nuestro terreno para explorar las fronteras de nuestro bosque, pero no puede prohibirme lo que no sabe que hago. Hay humanos en nuestro bosque, pero no estoy sorprendida.

Ya los he visto antes. Por e

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