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LA LUZ DE LA TIERRA

Daniel Wolf  

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Fragmento

Dramatis Personae

VARENNES SAINT-JACQUES

Michel Fleury, alcalde

Isabelle Fleury, su esposa, mercader

Rémy Fleury, su hijo, maestro de la iluminación de libros

Louis, criado de Michel

Yves, criado de Michel

Gaston, oficial de Rémy

Anton, aprendiz de Rémy

Dreux, ayudante de Rémy

Miembros del Consejo de la ciudad:

Henri Duval, juez municipal

Odard Le Roux, mercader

Eustache Deforest, maestre del gremio de mercaderes y monedero mayor

Soudic Poilevain, mercader

Jean Caboche, maestre de los herreros y corregidor

Guichard Bonet, maestre de los tejedores y tintoreros

Bertrand Tolbert, maestre de los campesinos de la ciudad e inspector de mercados

Anseau Lefèvre, un usurero

Mercaderes del gremio:

Fromony Baffour

Thibaut d’Alsace

René Albert

Philippe de Neufchâteau

Adrien Sancere

Victor Fébus

Girard Voclain

Otros habitantes de Varennes:

Jean Pierre Cordonnier, maestre de los zapateros, guarnicioneros y cordeleros

Gaillard Le Masson, maestre de los canteros y albañiles

Adèle, esposa de Jean Caboche

Alain, hijo de Jean y Adèle

Azalaïs, hijastra de Jean Caboche

Chrétien, fattore de Anseau Lefèvre

Daniel Levi, un mercader judío de ultramar

Olivier Fébus, hijo menor de Victor Fébus

Julien, un herrero

Hugo, un zapatero

Guillaume, un guerrero de la ciudad

Richwin, un guerrero de la ciudad

Eugénie, tabernera

Hervé, joven ratero

Maman Marguérite, posadera

Nobleza y clero:

Renouart de Bézenne, un caballero lorenés

Felicitas, su esposa

Nicolás, su hijo y primogénito, caballero templario

Catherine, su hija menor

Abad Wigéric, abad de la abadía de Longchamp

Hermano Adhemar, monje de la abadía de Longchamp

Padre Arnaut, sacerdote

SPEYER

Hans Riederer, mercader, fattore de Michel Fleury

Sieghart Weiss, ayudante de Riederer

Ludolf Retschelin, patricio y miembro del Consejo de la ciudad

METZ

Robert Michelet, mercader, fattore de Michel Fleury

Évrard Bellegrée, presidente del Consejo de escabinos de la República de Metz

Roger Bellegrée, su hijo

Jehan d’Esch, miembro del Treize jurés

Robert Gournais, miembro del Treize jurés

Géraud Malebouche, miembro del Treize jurés

Baptîste Renquillon, miembro del Treize jurés

Pierre Chauverson, miembro del Treize jurés

Micer Ottavio Gentina, prestamista lombardo

Thankmar, mercenario alemán

Pierre Ringois, mercader

Personajes históricos:

Federico II (1194-1250), emperador del Sacro Imperio Romano; llamado stupor mundi, el asombro del mundo

Konrad von Scharfenberg (en torno a 1165-1224), obispo de Metz y Speyer, así como canciller del emperador

Thiébaut (en torno a 1191-1220), duque de la Alta Lorena

Gertrude de Dabo (?-1225), su esposa

Mathieu (en torno a 1193-1251), hermano de Thiébaut, duque de la Alta Lorena desde 1220

Enrique II (1190-1232), conde de Bar

Blanca de Navarra (1177-1229), condesa de Champaña

Érard de Brienne (en torno a 1170-1246), señor de Ramerupt y Venizy

Walther von der Vogelweide (en torno a 1170-1230), poeta y trovador

Eudes de Sorcy (?-1228), obispo de Toul desde 1219

Rogier de Marcey (?-1251), obispo de Toul desde 1231

Theoderich von Wied (en torno a 1170-1242), arzobispo de Tréveris

Jean d’Apremont (?-1238), obispo de Metz desde 1224

Simon de Leiningen, posterior esposo de Gertrude de Dabo

Alberto Magno (en torno a 1200-1280), erudito universal

Leonardo Fibonacci (en torno a 1170-1240), matemático

Otros:

Philippine, una dama de enigmático pasado

Guiberge, su doncella

Padre Bouchard, el capellán de Warcq

Arnold Liebenzeller, un mercader de Estrasburgo

Villard de Gerbamont, un caballero erudito

Tristán de Rouen, doctor en Teología en la Universidad de París

William de Southampton, magister en la Universidad de París

Saint Jacques, el santo patrón de Varennes

Robyn Hode, legendario personaje inglés, hoy conocido por el nombre de Robin Hood

En el anexo se encuentra un glosario de los conceptos históricos empleados en la novela.

PRÓLOGO

Octubre de 1214

VARENNES SAINT-JACQUES

El abad contemplaba el fin del mundo, y su esplendor cromático le extasiaba.

El pergamino resplandecía en púrpura y azul, cardenillo y cinabrio. Los ángeles vertían los cuencos de la ira, sus alas de pan de oro centelleaban a la luz de las velas, mientras la venganza del Todopoderoso caía sobre el mundo. Las siete plagas del momento final eran a un tiempo bellas y espantosas; era un cuadro de miedo y esplendor, que tomaba forma bajo las pinceladas del monje. Aquí los mares se convertían en sangre, allá el sol abrasaba a la Humanidad pecadora, el Éufrates se convertía en polvo seco bajo sus crueles rayos.

—Maravilloso —susurró el abad—, completamente maravilloso. —Y el monje sentado al escritorio sonrió con humildad.

No ocurría a menudo que el abad estuviera satisfecho con el trabajo de sus hermanos. Por lo general veía negligencia por doquier cuando visitaba el scriptorium, y siempre tenía que acicatear a los monjes, porque de lo contrario se extendían la chapuza y la ociosidad.

Ese día, sin embargo, no acudían a sus labios más que elogios. Escribientes, rubricadores, iluminadores… todos se habían superado a sí mismos. El texto de la Revelación de San Juan estaba libre de errores y repugnantes borrones de tinta. Las palabras sagradas desfilaban alineadas por las páginas, cada letra marcada con nitidez. Las capitulares eran pequeñas obras de arte, la una más hermosa que la otra, lo mismo que las miniaturas que orlaban las páginas.

Y la pintura. Ah, la pintura.

Aquel libro iba a acrecentar la fama de la abadía de Longchamp, el abad lo sabía. Más importante aún: iba a reportarle al monasterio una considerable suma. Iba a hablar enseguida con el maestre del gremio de mercaderes y a ensalzar el nuevo y espléndido códice. De ese modo, sin duda encontraría con rapidez un comprador acomodado.

El abad exhortó a sus hermanos a no ceder en su celo antes de salir del scriptorium y regresar a sus aposentos, donde se puso un manto forrado de nutria. Justo en ese momento entró un novicio.

—¡Abad Wigéric, su reverencia! —dijo sin aliento el chico.

—No tengo tiempo, muchacho. Vuelve más tarde.

—Pero tenéis que escucharme —insistió con frescura el novicio—. ¡Es importante!

Aunque el abad estuvo tentado de reprender al chico, se acordó de que ese novicio no era conocido por importunar a sus superiores con tonterías. Lo que tenía que decir podía realmente ser importante.

—Está bien. Habla. ¿Qué sucede?

—Acababa de ir a la ciudad para traer velas nuevas a nuestros hermanos de Saint-Julien cuando he oído hablar del nuevo taller. Ha abierto hoy, abad. En el barrio de los zapateros, cordeleros y guarnicioneros. ¡Toda la ciudad habla de eso!

—¿Qué clase de taller? —preguntó irritado el abad—. ¿De qué estás hablando, muchacho?

—¡Un taller de escritura! ¡Un scriptorium como el nuestro!

—Tienes que estar equivocado. Los otros monasterios no tienen scriptoriums. El nuestro es el único en todo Varennes.

—No, no es de un monasterio —dijo el novicio—. Pertenece a un ciudadano corriente. A un laico.

—¿Un taller de escritura profana? No existe tal cosa… al menos no aquí. Te han engañado.

—Es la verdad, su reverencia. Seguro. El hijo del alcalde está detrás. La gente dice que va a ser el primer escribiente e iluminador de libros profanos de Varennes.

El abad levantó la cabeza:

—¿Rémy Fleury? Pero si está en Schlettstàdt.

—Ha vuelto hace unos días, y ha alquilado una casa en la ciudad.

El rostro del abad se ensombreció. Si lo que el muchacho contaba respondía realmente a la verdad, era una catástrofe. Tenía que llegar al fondo del asunto lo antes posible.

—¿Dónde está ese taller?

—En el callejón que hay entre la torre de Greifen y la de Wagen. No podéis errar.

El abad Wigéric despidió al novicio y dejó sus aposentos. Su visita al maestre tendría que esperar… aquel asunto era más urgente. Fuera, se arrebujó en el manto. Hacía un dorado día de otoño, soleado y claro, y las hojas de las viejísimas hayas del claustro relucían en rojo, amarillo y naranja, casi como el fuego de un hogar que se apaga. Pero el aire era frío esa mañana. Le salía vaho de la boca mientras pasaba de largo el jardín, cruzaba el portal y dejaba atrás los muros, coronados de parra, de la abadía.

¡Un escribiente que no procedía del clero y que no hacía su trabajo en el scriptorium de una comunidad era una necedad, una blasfemia! El abad ya lo había pensado cuando el joven Fleury se había marchado a Schlettstàdt a aprender el arte de la caligrafía y el de la iluminación de libros. Era asunto exclusivo de los monasterios copiar escritos y multiplicar el saber. Los laicos eran obviamente inadecuados para esa sagrada tarea. Si por Wigéric fuera, a los simples cristianos ni siquiera debería permitírseles leer y aprender latín. No hacían falta esas capacidades para llevar una vida agradable a Dios. Si querían oír la palabra de Dios, que hicieran el favor de dirigirse a un sacerdote que les leyera la Sagrada Escritura. Además, muchos libros contenían un conocimiento complejo… un conocimiento que un alma no fortalecida en la fe podía malinterpretar, que podía poner en peligro la salvación de su alma. La Santa Iglesia hacía bien en mantener apartado de él al pueblo llano. Ya era bastante malo que muchos mercaderes supieran leer y escribir. Se había visto adónde llevaba eso: a la sublevación, la rebelión y el descontento en todas partes.

Y ahora, ese Rémy Fleury tenía la desfachatez de abrir un taller de escritura profano… allí, en Varennes Saint-Jacques, en las mismas narices de Wigéric. ¡Qué provocación! ¿Es que quería llevar a la ruina a la abadía de Longchamp? Sí, eso tenía que ser. La familia Fleury había sido enemiga de la Iglesia desde siempre. Sin duda el joven Fleury era tan levantisco e impertinente como su padre, el alcalde, que el Todopoderoso lo castigara por sus pecados.

En su ira, Wigéric había estado caminando cada vez más deprisa. Ahora le costaba trabajo respirar, y notó que el sudor le corría por las mejillas. Ya no era tan joven, y su considerable gordura hacía el resto. El abad echó una mirada al callejón. Estaba en medio del barrio de los zapateros, cordeleros y guarnicioneros, y veía por encima de los tejados la torre de Greifen y la de Wagen.

Ahí delante… ¡tenía que ser ahí!

Se acercó a la casa con los ojos convertidos en ranuras. A la entrada se amontonaban cajas. La mayoría estaban vacías, dos contenían ropa y algo de vajilla. Wigéric llamó de forma enérgica a la puerta. Al no recibir respuesta, abrió sin más y entró.

La casa, un edificio de piedra, tenía dos pisos. Antes había pertenecido a un zapatero, que trabajaba en la planta baja y vivía en el piso superior. No había nadie. Sigiloso, como si se encontrara en terreno enemigo, Wigéric se deslizó por el amplio taller, que aún estaba prácticamente vacío. En la parte trasera había más cajas, una mesa con dos sillas y un escritorio.

En algún sitio se oía ruido. El abad aguzó los oídos. Los sonidos provenían del sótano. Se acercó al escritorio, contempló el mueble con los labios apretados y se imaginó a Fleury inclinado allí, practicando su vergonzosa actividad. Copiando códices, arrebatando importantes encargos a la abadía de Longchamp y difundiendo de manera insensata un conocimiento que hasta entonces los monasterios habían mantenido cuidadosamente resguardado. ¿Había pensado acaso ese hombre en el daño que iba a hacer?

Sobre la mesa había una ballesta —¿para qué quería una ballesta un iluminador de libros?— y un libro, encuadernado en cuero. Wigéric lo abrió. Era De brevitate vitae, de Séneca, una antiquísima maquinación filosófica, escrita en los años oscuros que siguieron al asesinato de Cristo. El impío producto de un pagano. El pliegue entre las cejas de Wigéric se profundizó. Desde hacía algunos años, ciertos eruditos desenterraban cada vez más escritos paganos de la gris Antigüedad y estudiaban su contenido. Aunque aquella práctica contaba con el apoyo de distintos maestros de la Iglesia, Wigéric no le tenía ningún respeto. Séneca, Cicerón y todos los demás romanos no habían sido más que ignorantes, que nunca habían conocido la verdad divina y la salvación celeste. ¿Qué sentido tenía ocuparse con sus pensamientos? Aquello era pecaminoso, incluso peligroso. El verdadero cristiano no necesitaba más que la Biblia, como mucho un salterio o un libro de horas. Todos los demás libros eran superfluos.

Wigéric pasó las páginas. A regañadientes, tuvo que admitir que aquel códice era un hermoso ejemplar. La caligrafía era regular y bien legible, las miniaturas y capitulares podían medirse con las que sus hermanos habían hecho para la nueva copia de la Revelación. Allí había puesto manos a la obra un maestro en su ramo. ¿Se llamaba ese maestro Rémy Fleury? Si la respuesta era sí, era aún más peligroso de lo que Wigéric había supuesto.

El abad oyó pasos y alzó la cabeza.

Rémy Fleury estaba allí, mirándolo. Su sencillo mandil estaba cubierto de polvo, también en su cabello se había enredado la suciedad. Era corto y rubio; rubia era también la barba que cubría la mandíbula y las mejillas. Cuando Wigéric lo había visto por última vez, era un chiquillo. Entretanto se había convertido en un hombre… en uno de buen aspecto, constató malhumorado Wigéric.

—¿Qué puedo hacer por vos? —preguntó Fleury.

El abad señaló De brevitate vitae:

—¿Habéis hecho este libro?

—Es mi obra maestra. No está pensada para ser hojeada. —Con descaro, Fleury tendió el brazo sobre la mesa, cogió el libro y lo cerró—. Si queréis leerlo, puedo conseguiros otra copia.

—No leo escritos paganos —dijo el abad, sin ocultar su aversión—. ¿No teméis incurrir en pecado si acogéis tan impíos pensamientos?

—¿Por qué habría de hacerlo? Las concepciones morales de los paganos contienen muchas cosas verdaderas que los cristianos deberíamos apropiarnos para usarlas a la hora de anunciar el Evangelio. San Agustín nos lo enseña, ¿verdad?

Citar a un padre de la Iglesia, y encima al autor de una regla monástica, era el colmo de la desfachatez. ¡Como si Wigéric no lo supiera! Clavó la mirada en el iluminador.

—En la ciudad se dice que queréis abrir un taller de escritura. No podía creerlo, y estoy aquí para cerciorarme de que no es más que palabrería. Porque es palabrería, ¿no?

—No, esa es exactamente mi intención. —Fleury lo dejó plantado, salió y regresó con la cesta con la vajilla.

—Un taller en el que escribiréis libros y códices —insistió el abad.

—Y contratos, certificados de deuda, cartas. Lo que se os ocurra. —Fleury dejó la cesta y salió a buscar otra.

¡Qué descortesía! Aquel individuo siempre había sido malhablado y solitario, desde que era un muchacho. Muy al contrario que su padre, al que le gustaba oírse y que siempre se daba aires, pero que a su manera era igual de insoportable.

—¡Os estoy hablando! —rugió el abad, cuando Fleury dejó la cesta junto a las otras.

—Disculpad, pero tengo que hacer.

—¿Es que no sabéis quién soy? —preguntó indignado Wigéric.

—El abad del monasterio de Longchamp. Vuestra visita me honra. —Fleury hizo una breve reverencia, antes de desaparecer con la vajilla en la cocina unida al taller.

Wigéric fue tras él.

—Es que ya hay un taller de escritura en Varennes. El scriptorium de la abadía.

—Lo sé. —Fleury empezó a sacar los cacharros de la cesta.

—Si abrís otro, habrá dos. Varennes es demasiado pequeño para eso.

—Varennes es lo bastante grande. Si tenemos buena voluntad, ninguno de los dos molestará al otro.

—Pero ¿cómo queréis ejercer una industria sin pertenecer a ninguna fraternidad? Eso está prohibido.

—Pertenezco a una fraternidad —dijo Fleury, y examinó una fuente que tenía una mella.

—¿Ah, sí? —se burló el abad—. ¿Y cuál es? ¿Hay desde hace poco una fraternidad de escribientes, iluminadores y rubricadores, cuyo único miembro sois vos?

—Los zapateros, cordeleros y guarnicioneros han sido tan amables de acogerme en su seno. —Fleury devolvió la fuente a la cesta.

Wigéric estaba cada vez más furioso. Ese tipo tenía una respuesta para todo.

—¿Qué pasa con el obispo? ¿Os ha permitido acaso abrir un taller de escritura siendo laico?

—No necesito permiso del obispo. Tengo la autorización del Consejo de la ciudad, con eso basta.

Naturalmente. El padre de Fleury era el alcalde; Rémy obtenía del Consejo cualquier permiso que necesitara. Era lo que se había imaginado Wigéric: padre e hijo hacían causa común, en perjuicio del monasterio. Aquella familia no descansaría hasta que la Iglesia se fuera a pique en Varennes.

—¡Pocas veces he dado con un hombre tan terco! —dijo vehemente Wigéric—. Me pregunto qué os ha hecho la abadía de Longchamp para que queráis perjudicarnos de forma tan malvada.

—No quiero perjudicar a nadie. Nada más lejos de mi intención. —Fleury le pasó el brazo por los hombros y, con suave violencia, lo sacó de la cocina y del taller—. Realmente tengo mucho que hacer, abad. Hablaremos cuando tenga más tiempo. Que os vaya bien.

Antes de que el abad se diera cuenta de lo que pasaba estaba en la calle, y la puerta se cerraba detrás de él. Fleury lo había echado, lo había puesto en la calle como a un mendigo molesto. ¡A él, el cabeza de la abadía de Longchamp! Wigéric estaba sin respiración, de pura rabia. Pero Fleury lo lamentaría. Wigéric iba a quejarse de él, al Consejo, al obispo, al arzobispo si era necesario. Forjaría una alianza entre los monasterios para hacer caer a ese tipo desvergonzado.

El abad se volvió y remontó orgulloso la calle.

A más tardar para Navidad, se juró, ese impío taller habría dejado de existir.

LIBRO PRIMERO

STUPOR MUNDI

De mayo a diciembre de 1218

Mayo de 1218

AMANCE, DUCADO DE LA ALTA LORENA

Entre las ascuas del atardecer, a Alain Caboche el castillo le parecía como una bestia que no dormía nunca. Siempre había algo que se agitaba en su vientre de piedra, tanto de día como de noche. Ojos hostiles que observaban el campamento al pie de la colina. Bocas que rugían órdenes. Manos que se pasaban piedras unas a otras y curaban las heridas en el muro. Y el monstruo era inexpugnable. De sus torres y almenas llovían flechas, pedruscos y aceite hirviendo en cuanto el enemigo se acercaba a sus puertas.

El castillo estaba hambriento. Devoraba hombres.

Más de noventa vidas se había cobrado ya la fortaleza que dominaba el pueblecito de Amance, según decían en el campamento. Solo de los reclutados por la ciudad libre de Varennes Saint-Jacques, entre los que Alain se encontraba, habían caído ya ocho hombres; otros tantos yacían en los catres de los físicos. Y el asedio no había hecho más que empezar.

«¿Quién será el próximo al que le toque?», pensaba sordamente Alain mientras orinaba en las letrinas que había al borde del campamento. «Hugo. Sí. Seguro que a Hugo.» El joven aprendiz de zapatero era de natural temeroso, presa del pánico a la menor oportunidad, y en el tumulto de la batalla golpeaba a ciegas con la maza, sin ningún sentido del ataque y la defensa. Era un milagro que hasta ahora hubiera sobrevivido ileso a la campaña.

«O deja ir al pobre Hugo, y llévate en su lugar a Lefèvre.» Anseau Lefèvre era uno de los consejeros de Varennes, y capitaneaba a los reclutados. Alain le odiaba como nunca había odiado a un hombre. «Lefèvre por Hugo… ¿no es un buen trato, Señor? Ven. Muéstranos que sabes ser justo. Al menos por una vez.»

Alain no estaba muy preocupado por su propia vida. Era alto y musculoso como su padre, rápido y resistente. Además, tenía una cota de malla de primera clase y entendía algo de combates. Aunque solo era herrero y acababa de cumplir dieciocho años, sabía defenderse. Lo había demostrado más de una vez en las últimas semanas. No, si no lo alcanzaba por la espalda el dardo de una ballesta, aguantaría hasta la victoria del rey y regresaría sano y salvo a casa.

Alain se sacudió el miembro, se subió el calzón y echó mano al cinturón, que colgaba de la valla junto con el puñal y el hacha de guerra. Al otro lado de la letrina, bajo el alero de una cabaña, se sentaba un siervo barbudo, que le miró fijamente y escupió. Alain bajó la mirada y se ciñó el cinturón. Los campesinos de Amance le daban pena. Como si no fuera bastante malo que el rey les hubiera quitado sus cerdos y el producto de sus campos, todos los días, mil quinientos hombres se meaban y cagaban en los prados comunales. Y en verdad, a aquellos pobres diablos era a los que menos importaba esa guerra.

Reinaba un tiempo cálido y calmo, de manera que la peste infernal de las letrinas persiguió a Alain hasta muy dentro del campamento, donde se mezcló con el humo de las fogatas y el olor a sudor de los hombres. La mayoría de los guerreros que holgazaneaban delante de las tiendas llegaban, como Alain, de Lorena, pero algunos también lo hacían del país de los alemanes, de Alsacia y Borgoña, algunos incluso de Francia. El joven rey había reunido en todas partes a sus vasallos y aliados para aplastar al rebelde duque de la Alta Lorena. Por qué… eso nadie lo sabía del todo. Alain habría apostado de buen grado un sou entero a que en el campamento no había ni diez hombres que pudieran explicar con todos los detalles cómo se había llegado a la disputa entre el rey Federico y el duque Thiébaut. Ni siquiera el propio Alain, aunque se tenía por inteligente. Thié­baut se había metido en discordias en el condado de Champaña y había atraído al hacerlo la ira del rey, que le acusaba de traición a la corona. Durante la breve pero in

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