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LA LUZ DE MIS DíAS

Alejandro Melero  

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Fragmento

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Piloto

—Lo primero que aparece es prácticamente irreconocible, porque es como si lo vieras a través de los ojos de un piloto que va en un avión o, mejor dicho, de un pájaro que va volando por las alturas y poco a poco desciende. Entonces sí que se empieza a reconocer el paisaje y te das cuenta de la belleza que estás contemplando. Es un valle muy hermoso, con miles y miles de árboles, que son los viñedos. Son de distintos tonos de verde y marrón, así que el terreno parece un tapiz, o más bien un puzle hecho con piezas de distinta forma y tamaño. También hay unos caballos que galopan libres, y hasta un río que recorre todo el campo. Y, al fondo, está la gran mansión, digna de unos reyes. Es toda blanca, brillante, con partes cubiertas de mármol que la hacen resplandecer. De momento solo la vemos por fuera, con sus columnas blancas que se dirían traídas de la misma Roma imperial, y que sujetan unos balcones enormes, porque allí todo es enorme. La puerta principal, alta como la de una catedral, se abre sola, como por arte de magia, y deja ver la entrada de la mansión y la escalera principal, que es un primor. Cubierta por una alfombra roja de ribetes dorados, se retuerce sobre sí misma y, aunque no vemos dónde termina, es de suponer que lleva a la única planta de arriba, que será igual de maravillosa que todo lo que hemos visto hasta el momento. Aquí la música suena con mucha fuerza. Son violines tocando todos a la vez la misma melodía, y cuando más alto suena empezamos a ver las caras de los principales personajes por orden alfabético. Cada uno de ellos está en un rincón que es representativo del lugar que ocupa en la familia. Por ejemplo, la madre, doña Leonor, está asomada al balcón principal, como si la hubiésemos pillado in fraganti observando todas sus posesiones. Leopoldo María, el hijo mayor, está apoyado en su cochazo de alta gama, como si acabara de llegar o mejor aún estuviera a punto de irse. La criada está secándose las manos en su delantal. Todos están sonrientes, lo que pasa es que cada sonrisa es distinta y puede interpretarse como una señal de felicidad, o una amenaza, o una angustia, e incluso un rasgo de miedo. Ninguno está quieto del todo. Cuando los vemos por primera vez, están todos de espalda. Poco a poco se van girando hasta que los tenemos de frente, y no dejan de girar hasta que, envueltos en esta música de violines de la que te hablo, se plantan firmes. Y entonces llega lo mejor. Te parecerá una tontería o una locura mía, pero así es. Y cuantas más veces lo veo, más me reafirmo en ello. Te juro que en ese momento siento que cada uno de esos personajes me está mirando a los ojos.

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El hijo ausente

—Pero escúchame bien, porque ya no te lo vuelvo a explicar más veces: no son tres, sino cuatro los hijos que tiene doña Leonor. Apréndelos bien y no me tengas explicándotelo a cada rato: Leopoldo María, el mayor, y el que se encarga de la empresa familiar, ahora que el padre está tan pachucho; Abel y Ezequiel, los dos gemelos, de los que ya te hablaré más adelante, y Arturo, que estudia en Estados Unidos y no sé mucho de él. Pero no te confundas, que no todos viven en la mansión. El mayor, Leopoldo María, sí que vive allí. Los gemelos viven fuera, y solo aparecen de vez en cuando. A Arturo no se le ha visto todavía. Y luego está Paloma, que es sobrina de doña Leonor y, por lo tanto, prima de los cuatro hermanos, pero como si fuese una hermana más, porque la adoptaron cuando pequeña, ya que sus padres —la hermana de doña Leonor y un señor muy apuesto, según se ve en los retratos que hay de ellos en la mansión— murieron en un accidente de tráfico de lo más terrible. Pero, a lo que iba, resulta que Leopoldo María, como ha sido siempre un niño mimado, pues no sabe manejarse bien en la empresa y está engañando al padre, que está en la cama, diciéndole que todos los papeles están en correcto orden y que no hay ningún problema, desoyendo sus consejos sabios de anciano, pero, en realidad, la empresa familiar que tanto le costó levantar al pobre hombre se está yendo a pique por la irresponsabilidad del hijo mayor, Leopoldo María, que es un bala perdida. Tanto es así que últimamente parece siempre muy distraído, y comentan de él que huele a alcohol y que frecuenta muy malas compañías. Esto lo comenta sobre todo Mamá Jazmina, que es la criada negra de la casa, que ha estado siempre con ellos y que es como una más de la familia. ¿Te vas enterando de la historia? Si te pierdes, me preguntas, que a mí también me costaba al principio, con tanto personaje, y tanto tejemaneje con las empresas, y tanto hermano y tanto primo. Pero no me vayas a decir que no e

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