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LA LUZ INVISIBLE

Jesús Valero  

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Fragmento

1

Año 2019

Marta abrió el libro por la página marcada y releyó la única frase subrayada: «Cuando una mujer piensa a solas, piensa el mal». Sonrió. Aquellas ideas habían arrastrado a la hoguera a miles de mujeres. Para el hombre que la recibiría en unos minutos, Marta era su versión moderna. Cerró el libro y leyó el título: Malleus maleficarum. El martillo de las brujas.

Miró por la ventanilla del coche. Aun bajo la lluvia, la plaza de San Pedro aparecía abarrotada de turistas que esperaban visitar la basílica. Se apilaban formando una fila compacta bajo sus paraguas, como hormigas de regreso al hormiguero.

El oscuro automóvil de lunas tintadas salió de la plaza y enfiló la Via della Conciliazione; utilizarían una entrada lateral para evitar la masa de turistas. Los dos hombres que la escoltaban guardaban silencio. Incluso cuando su mirada se encontró con la del chófer en el espejo retrovisor, el rostro de este permaneció impasible. «Quizá han recibido órdenes de no confraternizar», pensó Marta.

Sacó un espejito de mano y contempló su reflejo. Descubrió una expresión de preocupación. Se recolocó un mechón de cabello detrás de la oreja, como hacía siempre que estaba nerviosa, y trató de sonreír para darse ánimos, aunque apenas logró esbozar una mueca torpe que resaltó las pecas de su cara. Llevaba más maquillaje del habitual y sus ojos negros parecían más grandes y profundos, como si la inquietud ante la cita les hubiese dado otra tonalidad. O quizá las aventuras que había vivido en las últimas semanas la habían envejecido. «¡Qué tontería! —pensó, intentando alejar las dudas—, no sé por qué me preocupo por mi aspecto.»

El coche se detuvo ante una puerta de seguridad; unos segundos después la atravesaron y llegaron a una pequeña plaza con una fuente seca y silenciosa en el centro. El conductor se bajó para abrirle, mientras sujetaba con indiferente naturalidad un paraguas abierto. Todo transcurría con una aparente calma que contrastaba con el torbellino que agitaba su interior.

Se alisó la falda, más como un gesto automático que porque estuviera arrugada. «¡Ánimo, Marta!», se dijo antes de bajar.

Los tres avanzaron con pasos rápidos hasta el portón de madera y hierro forjado que se abrió en silencio, como si hubiera estado esperando su llegada. A la vista quedó un largo pasillo, custodiado por dos guardias con su colorido uniforme azul, rojo y amarillo. El chófer regresó al coche sin despedirse, mientras Marta escuchaba el sonoro crujido producido por las pequeñas piedras blancas que cubrían el suelo del patio. El otro hombre hizo un gesto con la mano señalando el interior del edificio a la vez que dejaba asomar un amago de sonrisa.

Entraron y recorrieron el pasillo. Otro acceso lateral los condujo a un gran salón vacío lujosamente decorado con enormes tapices. Marta escuchó la puerta cerrarse a su espalda y súbitamente se encontró sola. Tenía la boca seca y las manos frías, a pesar de que el ambiente era cálido. Se las miró y se sorprendió de que le temblaran tanto. Trató de calmarse contemplando las telas que adornaban la sala. Se situó frente a la de mayor tamaño, cuyas dimensiones permitían que las figuras apareciesen representadas a escala natural. En el centro, una mujer sostenía a su hijo en brazos, haciendo vanos intentos por alejar a un soldado. Este sujetaba al niño con una mano mientras trataba de apuñalarlo con la otra. A los pies de ambos, otra mujer lloraba con su hijo muerto en el regazo y, al fondo, varias mujeres más observaban aterrorizadas la escena.

Disgustada, Marta apartó la mirada del tapiz; le recordaba la crueldad de la historia de tortura y muerte en la que, a su pesar, se había visto envuelta. Rememoró cómo había comenzado todo unas semanas antes, con el sonido de un pico golpeando una pared de más de ocho siglos de antigüedad.

La puerta se abrió sin hacer apenas ruido y un cardenal entró en la estancia. Su rostro aguileño y su rictus severo hicieron pensar a Marta en un abad, muerto hacía más de ocho siglos, con el que había convivido hasta casi hacerse real. No pudo evitar estremecerse. El hombre se detuvo a un par de metros de ella y tras dirigirle una mirada opaca, dijo:

—Señorita Arbide, su santidad la recibirá en unos instantes.

2

Año 33

El sonido furtivo de las sandalias de Santiago rasgó el silencio. Se detuvo un momento para mirar a su alrededor, pero la plaza se encontraba desierta a aquella hora tardía en la que los habitantes de Jerusalén se recogían ya en sus moradas. Dirigió sus pasos apresurados hacia la penumbra que proporcionaban los escasos olivos. Allí, escuchando con atención, una oscura figura embozada esperaba su llegada.

—¡Aquí, Santiago! —susurró la sombra.

—Maestro, me llamasteis y acudo —contestó en un tono de voz apenas audible, nervioso por aquel secretismo y por la urgencia de la cita.

—Tenemos que hablar —dijo con ojos tranquilizadores—. Dentro de unos minutos llegarán los demás y ya no podremos hacerlo. Escucha atentamente, Santiago. Hoy es la última noche, temo una traición inminente y los conspiradores cenarán con nosotros.

Había hablado con calma, sin darle importancia, pero su mirada, de una intensa melancolía, era la de un hombre traicionado por alguien cercano que ha asumido su condena.

—¡Imposible! ¡Pondría la mano en el fuego por todos ellos! —respondió Santiago rápidamente.

Al instante, le asaltaron las dudas que lo habían carcomido en los últimos días y supo que su respuesta era solo un deseo sin sustento alguno.

—¡Mi buen Santiago! —dijo con una tímida sonrisa mientras le ponía la mano en el hombro—. En ti confío, por eso he decidido que debes protegerlo, que debes ponerlo a salvo.

—¡Pero yo...! —Santiago se sentía presa de una desolada angustia, como si viviese una pesadilla de la que no pudiera despertar.

—Sí, tú, Santiago, mi hermano. Pase lo que pase esta noche, tu cometido será guardar la reliquia y continuar mi misión. Ten, confío en ti, sé qué harás lo que debes.

Le sujetó la mano con firmeza y colocó un objeto sobre su palma abierta. Mirándolo a los ojos le cerró la mano y le apretó el puño al tiempo que le regalaba una de sus cautivadoras sonrisas, que transmitía tristeza y a la vez esperanza.

—¿Quiénes son los traidores? ¡Decídmelo! Aquellos en quien de verdad confío y yo nos ocuparemos de ellos. Haré que prueben el acero de mi espada.

Santiago notó que perdía el valor por momentos. Las lágrimas de rabia pugnaban por abrirse camino y la desolación se adueñaba de su corazón.

—No, Santiago. No quiero que derrames la sangre de tus hermanos por mí. Lo que haya de ser será. Ahora debo irme —dijo Jesús con la voz firme, sin dudas ni vacilaciones, con la fe vibrante del que sabe.

Bajo la tenue luz que apenas disipaba las sombras, Santiago escrutó la cara del hombre que lo miraba a los ojos. Le asaltó el mismo sentimiento de admiración, casi de idolatría, que lo había arrastrado los últimos meses a seguir a aquel hombre extraño, cercano a veces, distante e inalcanzable otras.

Desvió la vista y se quedó inmóvil, contemplando el objeto que le había sido confiado. Era la segunda vez que lo veía, pero la primera que tenía la oportunidad de observarlo con atención. Oscuro, pesado para su tamaño, parecía estar hecho de metal, ya que era frío al tacto. Tenía forma de doble óvalo, como si dos piedras de río hubieran quedado unidas al atravesarse la una a la otra.

Cuando levantó la cabeza, Jesús había desaparecido y él estaba solo en la noche, aún más cerrada y amenazadora.

3

Año 2019

Un golpe hueco resonó en la pared y se propagó, como el tañido de una campana, por toda la estructura del edificio hasta sus cimientos más profundos. Esquirlas de piedra y polvo saltaron desde el punto del impacto, brillando ante la suave luz que penetraba por una oquedad. El hombre del mono azul dejó caer el pico al suelo y se secó el sudor con la calma del trabajador curtido antes de volverse hacia el que observaba la escena en silencio.

—¿Ve usted? —dijo sonriendo con cierto regodeo—. El muro está hueco.

—Eso parece —contestó el otro algo contrariado—. Hubiese apostado a que ahí había una pared maestra de al menos un metro de espesor.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó indiferente el del mono azul mientras se rascaba la cabeza.

—Es lo que nos faltaba ahora. Un mes de retraso en la restauración y esta maldita iglesia no deja de darnos sorpresas.

El obrero lo miraba fijamente, dejando claro que el problema no era suyo y que esperaba órdenes.

—Llamaré a Marta y que sea ella quien decida. Para eso es la restauradora. No hagáis nada hasta que venga.

Mientras tanto, a pocos minutos de allí, Marta se encontraba en un aprieto. Era su primer día libre desde hacía meses y había bajado a la tienda del barrio para comprar comida. Tenía la intención de volver a casa de inmediato y sumergirse en su serie favorita. Sin embargo, la cajera había aprovechado la situación para abordarla.

—Mi sobrino es ingeniero —dijo asintiendo con la cabeza y con los ojos muy abiertos, como si aquello fuera suficiente para que Marta se lanzara a sus brazos.

Trató de sonreír y se prometió matar a su madre en cuanto tuviera oportunidad. Era evidente que ya había aireado su reciente ruptura con Diego y, como resultado, Marta se había convertido en la diana de todas las alcahuetas del barrio, como si una mujer no pudiera desear estar sola una temporada. Por eso, cuando su teléfono sonó, aprovechó para encogerse de hombros y alejarse con una leve disculpa. Su agradecimiento por la llamada duró solo unos instantes.

—Marta —dijo el capataz de la obra sin preámbulos—. Sé que hoy es tu día libre, pero ¿podrías pasarte por aquí? Ha surgido un problema y queremos que le eches un vistazo.

Media hora más tarde, Marta había dejado el coche en el aparcamiento subterráneo del Boulevard y caminaba por la calle Narrika en dirección a la iglesia de San Vicente. Se protegió bajo los aleros de los tejados de la insistente lluvia de las últimas semanas que daba a Donostia su característico aspecto grisáceo a tono con su humor. Cuando llegó a la iglesia, Simón, el capataz, la estaba esperando en el pórtico.

—¡Hola, Marta! —saludó con una tímida sonrisa—. Como no pare de llover no podremos empezar los trabajos de impermeabilización en la fachada norte.

Simón la había ayudado mucho cuando la empresa la contrató cinco años atrás y se habían cogido cariño. Él llevaba cuarenta años en el oficio y aquel trabajo era su vida. Los más jóvenes aseguraban entre bromas que debería haberse jubilado para cuidar de sus nietos. Él solía sonreír cohibido y les metía prisa para que volvieran al trabajo.

—No te preocupes —respondió Marta devolviéndole la sonrisa—. Las previsiones han dicho que parará pronto. Habrá que prepararse para trabajar rápido. ¿Qué pasa ahí arriba? Luis me ha llamado y me ha dicho que venga urgentemente. Me habló de una pared que no existe y de que han abierto un hueco.

—No le gusta equivocarse —dijo sacudiendo la cabeza con pesadumbre, como si le doliese más la arrogancia de Luis que su error—. Ya le dijimos que la pared estaba hueca.

Cruzaron el pórtico, giraron a la derecha y ascendieron por una estrecha escalera lateral. Atravesaron una antigua puerta de madera con herrajes y un postigo de hierro y anduvieron un largo pasillo que daba acceso a otra escalera. Después de subir el último tramo, llegaron a una sala espaciosa y vacía en la que parecía haberse depositado el polvo de los últimos mil años.

Un olor rancio golpeó a Marta. Los demás lo consideraban desagradable, pero para ella era el mismísimo aroma de la historia. Su abuelo le había inculcado su amor por lo antiguo y aquella pasión se había transformado en el deseo de restaurar iglesias. Desoyendo los consejos de su padre, para quien debería haber sido enfermera, y de su madre, para quien estudiar una carrera solo podía ser una ocurrencia pasajera de una chica bonita antes de casarse, había entrado en la facultad de Bellas Artes dispuesta a llevarle la contraria a todo el mundo.

Simón la trajo de vuelta a la realidad y le mostró el muro. Marta observó el agujero abierto en la pared y repasó mentalmente los planos que tantas veces había estudiado sobre su mesa. Aquella iglesia era una

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