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LA LUZ QUE NO PUEDES VER

Anthony Doerr

4


Fragmento

ÍNDICE

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Cero. 7 de agosto de 1944

Octavillas

Bombarderos

La chica

El chico

Saint-Malo

El número 4 de la rue Vauborel

El sótano

Las bombas se alejan

Uno. 1934

Museo Nacional de Historia Natural

Zollverein

La conserjería

La radio

Llévanos a casa

Algo prometedor

Luz

Nuestra bandera ondea ante nosotros

La vuelta al mundo en ochenta días

El profesor

El Mar de Llamas

Abre los ojos

Perderse

Los principios de la mecánica

Rumores

Más grande, más rápido, más luminoso

La marca de la bestia

Buenas noches. O Heil Hitler, como prefiera

Adiós, niña ciega

Tejiendo calcetines

Vuelo

Herr Siedler

Éxodo

Dos. 8 de agosto de 944

Saint-Malo

El número 4 de la rue Vauborel

El hotel de Las Abejas

Descender seis pisos

Atrapado

Tres. Junio de 1940

Château

Examen de ingreso

Bretaña

Madame Manec

Ha sido admitido

Occuper

No mientas

Etienne

Jungmänner

Viena

Los boches

Hauptmann

El sofá volador

La suma de ángulos

El profesor

El perfumista

Época de avestruces

El más débil

Rendición obligatoria

Museo

El armario

Mirlos

Baño

El más débil (n.º 2)

El arresto del cerrajero

Cuatro. 8 de agosto de 1944

El fuerte de La Cité

Taller de reparación

Dos latas

El número 4 de la rue Vauborel

Lo que tienen

El cable tensado

Cinco. Enero de 1941

Receso de enero

No regresará

Prisionero

Plage du Môle

Talladores

Entropía

Las rondas

Nadel im Heuhaufen

La propuesta

Tienes otros amigos

El club de las viejas damas de la Resistencia

Diagnóstico

El más débil (n.º 3)

La gruta

Ebrios

La cuchilla y la caracola

Sentirse vivo antes de morir

Sin salida

La desaparición de Hubert Bazin

Todo envenenado

Visitantes

La rana se cocina

Órdenes

Neumonía

Tratamientos

Cielo

Frederick

Recaída

Seis. 8 de agosto de 1944

Alguien en la casa

La muerte de Walter Bernd

El dormitorio de la sexta planta

Fabricando la radio

En el desván

Siete. Agosto de 1942

Prisioneros

El armario

Hacia el este

Una barra de pan normal

Volkheimer

Otoño

Girasoles

Piedras

La gruta

De caza

Los mensajes

Loudenvielle

Gris

Fiebre

La tercera piedra

El puente

Rue des Patriarches

La ciudad blanca

Veinte mil leguas de viaje submarino

Telegrama

Ocho. 9 de agosto de 1944

Fuerte Nacional

En el desván

Las cabezas

Delirio

Agua

Las vigas

El transmisor

Una voz

Nueve. Mayo de 1944

El borde del mundo

Números

Mayo

De caza (de nuevo)

Claro de luna

Antena

El Gran Claude

Boulangerie

La gruta

Agorafobia

Nada

Cuarenta minutos

La chica

La pequeña casa

Números

El Mar de Llamas

El arresto de Etienne LeBlanc

7 de agosto de 1944

Octavillas

Diez. 12 de agosto de 1944

Sepultados

Fuerte Nacional

Las últimas palabras del capitán Nemo

Visitante

La última frase

Música (1)

Música (2)

Música (3)

Salida

El armario

Camaradas

Simultaneidad de los instantes

¿Estás ahí?

La segunda lata

Pájaros de América

Alto el fuego

Chocolate

Luz

Once. 1945

Berlín

París

Doce. 1974

Volkheimer

Jutta

El petate

Saint-Malo

Laboratorio

Visitante

Avión de papel

La llave

El Mar de Llamas

Frederick

Trece. 2014

Agradecimientos

Notas de la traducción

Sobre el autor

Créditos

 

 

 

 

A Wendy Weil

1940-2012

 

 

 

 

En agosto de 1944 la histórica ciudad amurallada de Saint-Malo, la joya más luminosa de la Costa Esmeralda de Bretaña (Francia), quedó casi completamente destruida por el bombardeo. […] De los 865 edificios que había en el interior de las murallas solo quedaron en pie 182, todos dañados en algún punto.

 

PHILIP BECK

 

 

Para nosotros habría sido imposible tomar el poder o hacer uso de él de la forma en la que lo hicimos sin la radio.

 

JOSEPH GOEBBELS

 

 

 

CERO

 

 

7 DE AGOSTO DE 1944

OCTAVILLAS

 

 

 

Caen del cielo como una lluvia al anochecer, sobrevuelan la muralla, hacen piruetas sobre los tejados, revolotean sobre los barrancos y entre las casas. Calles enteras se mecen al ritmo de los destellos blancos sobre los adoquines. «Mensaje urgente para los habitantes de la ciudad —dicen las octavillas—. Salgan de inmediato a campo abierto».

Sube la marea. En lo alto cuelga una luna pequeña, amarilla, creciente. Hacia el este, sobre los tejados de los hoteles que hay frente al mar y en sus jardines traseros, seis unidades de la artillería pesada norteamericana cargan proyectiles incendiarios en la boca de los morteros.

BOMBARDEROS

 

 

 

Cruzan el Canal a medianoche. Son doce y tienen nombres de canciones: Stardust, Stormy Weather, In the Mood o Pistol-Packin’Mama. El mar se extiende muy por debajo, salpicado por los innumerables galones plateados de las olas. Los pilotos divisan en el horizonte los peñones de las islas iluminadas por la luna.

Francia.

Los intercomunicadores hacen interferencias. Deliberada y casi perezosamente los bombarderos pierden altura. Desde las bases de control antiaéreo se alzan las tenues columnas de luz roja a lo largo de toda la costa. Se vislumbran oscuros barcos en ruinas, acribillados o destruidos, uno con la proa arrancada, otro oscilando mientras arde. En una isla lejana, ovejas aterrorizadas corren zigzagueando entre las rocas.

En el interior de cada uno de los aviones, un soldado apunta a través de la mira y cuenta hasta veinte. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Para los soldados, esa ciudad amurallada situada sobre un promontorio de piedra que se acerca cada vez más parece un grano descomunal, algo oscuro y peligroso, un último absceso que tiene que ser arrancado de raíz.

LA CHICA

 

 

 

En una esquina de la ciudad, en el sexto y último piso de una casa alta y estrecha en el número 4 de la rue Vauborel, una ciega de dieciséis años llamada Marie-Laure LeBlanc se arrodilla sobre una mesa baja completamente cubierta por una maqueta. La maqueta sobre la que se arrodilla es una miniatura de la ciudad y contiene una réplica a escala de los cientos de casas, tiendas y hoteles que hay en el interior de la muralla. Ahí está la catedral, con su capitel perforado, el enorme y antiguo Château de Saint-Malo, y filas y más filas de mansiones con vistas al mar, todas adornadas con sus chimeneas. Un fino muelle de madera se extiende en forma de arco desde la Plage du Môle. Una delicada galería reticulada cubre como una bóveda el mercado de marisco. Unos bancos minúsculos, el más pequeño del tamaño de una semilla de manzana, salpican las diminutas plazas.

Marie-Laure desliza las puntas de los dedos por los parapetos de apenas tres centímetros de ancho que coronan la muralla, dibujando la figura de una estrella desigual alrededor de la maqueta. Encuentra las hendiduras a través de las cuales los cuatro cañones apuntan hacia el mar desde la cima de la muralla.

—Bastion de la Hollande —susurra, y sus dedos bajan caminando una pequeña escalera—, rue des Cordiers, rue Jacques Cartier.

En la esquina de la habitación hay dos cubos galvanizados llenos de agua hasta el borde. «Llénalos siempre que puedas», le recomendó su tío abuelo. También la bañera del tercer piso está llena. «Quién sabe cuándo nos vamos a quedar sin agua otra vez».

Sus dedos regresan al capitel de la catedral. Hacia el sur, hasta la Puerta de Dinan. Se ha pasado toda la noche recorriendo la maqueta con los dedos mientras espera a su tío abuelo Etienne, el dueño de la casa, que salió la noche anterior mientras ella dormía y aún no ha regresado. Ahora es de noche de nuevo, el reloj ha dado una vuelta completa, la calle está en silencio y ella no puede dormir.

Escucha los bombarderos a menos de cinco kilómetros de distancia. La estática crece. Se parece al zumbido dentro de una caracola.

Cuando abre la ventana el ruido de los aviones aumenta. De no ser por eso la calle estaría terriblemente muda: no se escuchan motores, voces, ni un solo rumor, ninguna sirena, ningún paso sobre los adoquines, ni siquiera las gaviotas. Apenas se percibe el sonido de la marea, seis plantas más abajo y a una manzana de distancia, golpeando contra la base de la muralla de la ciudad.

Y algo más.

Algo que se agita suavemente, muy cerca. Abre con facilidad el postigo de la izquierda y desliza los dedos sobre los listones de la derecha hacia arriba. Hay un trozo de papel atascado allí.

Se lo acerca a la nariz. Huele a tinta fresca, tal vez un poco a gasolina. El papel todavía cruje, no lleva demasiado tiempo en el exterior.

Marie-Laure está en calcetines y duda frente a la ventana; a su espalda se encuentra la habitación, el armario decorado con conchas y el zócalo con guijarros. Su bastón está apoyado en una esquina. Una enorme novela en braille la espera boca abajo sobre la cama. El zumbido de los aviones se oye cada vez más cerca.

EL CHICO

 

 

 

Cinco calles hacia el norte, un soldado alemán de dieciocho años y pelo blanco llamado Werner Pfennig se despierta con el débil tarareo de un staccato, poco más que un ronroneo. Las moscas golpean el cristal de una ventana a lo lejos.

¿Dónde se encuentra? Siente el perfume dulce y ligeramente químico del aceite para las armas mezclado con el de la madera sin barnizar de las cajas de proyectiles y el de naftalina del viejo cobertor: está en el hotel. L’hôtel des Abeilles: el hotel de Las Abejas.

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