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LA LUZ QUE SE APAGA

Ivan Krastev   Stephen Holmes  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

El malestar en la imitación

Si cada ser humano nace original, ¿por qué tantos de nosotros morimos como copias?

EDWARD YOUNG

 

El futuro se presentaba mejor ayer. Estábamos convencidos de que el año 1989 dividía «el pasado y el futuro de manera tan clara como el muro de Berlín había dividido el bloque del Este del bloque Occidental».[1] Nos costaba «imaginar un mundo radicalmente mejor que el nuestro, o un futuro que no sea en esencia democrático y capitalista».[2] Hoy ya no pensamos así. A la mayoría nos cuesta imaginar un futuro, incluso en Occidente, que siga siendo democrático y liberal con firmeza.

Al terminar la Guerra Fría, una gran esperanza en la democracia capitalista de signo liberal se extendió por todo el orbe.[3] El escenario geopolítico parecía dispuesto para que todo tuviera lugar de un modo no muy distinto a como ocurre en Pigmalión, de George Bernard Shaw, una obra de teatro optimista y didáctica en la que un profesor de fonética consigue, en un breve periodo de tiempo, enseñar a una florista humilde a expresarse como la misma reina y a sentirse como pez en el agua en compañía de gente culta.

Tras haber celebrado de forma prematura la integración del Este en Occidente, los observadores interesados han llegado a comprender que el espectáculo que tomaba forma ante ellos no se ha desarrollado según lo previsto.[4] Es como si, en lugar de una representación de Pigmalión, el mundo hubiera acabado por convertirse en una adaptación teatral de Frankenstein de Mary Shelley, una novela pesimista y didáctica sobre un hombre que decide jugar a ser Dios y crear, mediante la unión de las distintas partes del cuerpo obtenidas de cadáveres humanos, una criatura humanoide. El resultado será un monstruo defectuoso que se siente condenado a la soledad, a la invisibilidad y al rechazo, y que, al padecer de envidia por la inalcanzable felicidad de su creador, desata la violencia contra los amigos y familiares de aquel, reduciendo su mundo a cenizas y dejando nada más que remordimiento y angustia como legado de un experimento desafortunado, con el que el ser humano trataba de duplicarse a sí mismo.

La historia que se va a tratar de contar en este libro es la de cómo el liberalismo ha terminado siendo víctima del éxito proclamado en la Guerra Fría. En la superficie, la falla se manifiesta en una serie de acontecimientos políticos profundamente desestabilizadores: los ataques contra el World Trade Center de Nueva York el 11-S, la segunda guerra de Irak, la crisis financiera de 2008, la anexión de Crimea por parte de Rusia y la intervención de esta última en el este de Ucrania, la impotencia de Occidente ante el descenso de Siria hacia una pesadilla humanitaria, la crisis migratoria de 2015 en Europa, el referéndum del Brexit y la elección de Donald Trump. El resplandor del que gozó la democracia liberal después de la Guerra Fría también se ha visto ensombrecido por el milagro económico chino, orquestado por unos líderes políticos que no muestran ningún complejo por no ser ni liberales ni demócratas. Los intentos de salvar el buen nombre de la democracia liberal mediante una comparación positiva con las autocracias no occidentales han quedado socavados por la violación irresponsable de las normas liberales, en la forma de torturas a prisioneros y de un evidente mal funcionamiento de las instituciones democráticas dentro del propio Occidente. Resulta revelador que el modo en que las democracias se atrofian y sucumben se haya convertido en uno de los temas que más preocupa a los académicos liberales en la actualidad.[5]

El ideal de la «sociedad abierta», también, ha perdido el una vez celebrado lustre.[6] Para muchos ciudadanos desilusionados, la apertura del mundo ofrece hoy un mayor espacio al desasosiego que a la esperanza. Cuando el muro de Berlín se derribó, solo había dieciséis vallas fronterizas en todo el planeta, mientras que hoy en día hay sesenta y cinco perímetros fortificados, ya terminados o en construcción. De acuerdo con la experta de la Universidad de Quebec Elisabeth Vallet, casi una tercera parte de los países del globo está levantando barreras a lo largo de las fronteras.[7] Las tres décadas posteriores a 1989 han resultado ser un «periodo entremuros», un breve intervalo libre de barricadas e imbuido de fantasías utópicas sobre un mundo sin fronteras, ubicado entre el dramático levantamiento del muro de Berlín y una tendencia internacional a levantar barreras de hormigón, coronadas de alambre de púas, que da forma a una serie de miedos existenciales, en ocasiones imaginarios.

Por otro lado, la mayor parte de los europeos y de los americanos de la actualidad creen que la vida de sus hijos será menos próspera y gratificante que la suya.[8] La fe pública en la democracia se va a pique, y los partidos asentados se desintegran o se ven desplazados por movimientos políticos amorfos y por déspotas populistas, lo que pone en duda la disposición de las fuerzas políticas organizadas para luchar por la supervivencia de la democracia en tiempos de crisis.[9] Atemorizado por el fantasma de la migración a gran escala, una parte del electorado europeo y americano se está dejando seducir cada vez más por retóricas xenófobas, líderes autoritarios y la idea de unas fronteras militarizadas. Lejos de creer que el mundo mejorará con el sostén de las ideas liberales que irradia Occidente, parecen pensar que la historia del siglo XXI estará aquejada de los millones de personas que tratan de refugiarse allí.[10] Los derechos humanos, otrora ensalzados como baluarte contra la tiranía, reciben ahora, con frecuencia, acusaciones de limitar la capacidad de las democracias para combatir el terrorismo de forma efectiva. La crisis de confianza en sí mismo que padece el liberalismo es tan aguda que las alusiones a «El segundo advenimiento» de William Butler Yeats, poema escrito en 1919 a raíz de uno de los conflictos más mortíferos de la historia de la humanidad, llegaron a constituir una cita obligatoria para los analistas políticos en 2016.[11] Un siglo después de que Yeats las escribiese, esas palabras se han convertido en un mantra para los defensores aprensivos de la democracia liberal en todo el mundo: «Se disgregan las cosas, regir no puede el centro, / estalla solamente anarquía en el mundo».(1)

En sus memorias, El mundo tal y como es, Ben Rhodes, el asesor más cercano a Barack Obama y amigo personal de este, revela que, el día en que Obama dejó la Casa Blanca, se apoderó de este una incertidumbre, la de «¿Qué pasaría si estuviéramos equivocados?».[12] El misterio más urgente que resolver no consistía en «¿Qué ha salido mal?» ni en «¿Quién ha hecho mal el trabajo?», ni tampoco en el «¿Qué pasó?» de Hillary Clinton. La duda que más inquietaba a Obama era «¿Qué pasaría si estuviéramos equivocados?». Es decir, ¿y si los liberales habían malinterpretado la naturaleza del periodo posterior a la Guerra Fría? «¿Qué pasaría si estuviéramos equivocados?» es la pregunta correcta, y con este libro nos hemos propuesto darle respuesta.

Además, el interrogante tiene para ambos un cariz muy personal. El mayor de los dos, estadounidense, nació un año después de que se iniciara la Guerra Fría y había estudiado en el instituto que el entonces recién levantado muro era una encarnación de la intolerancia y de la tiranía. El más joven, búlgaro, nació al otro lado de la línea que separaba el Este de Occidente, unos cuatro años después de que se erigiera el Muro, y creció en el pensamiento de que derribar muros era una vía hacia la libertad política e individual.

Aunque tenemos unos bagajes distintos, ambos vivimos durante años a la sombra del Muro, y la espectacular retransmisión de su derribo constituiría un momento determinante de nuestra vida política e intelectual. Primero su existencia y después su ausencia marcaron de forma indeleble nuestro pensamiento político. La ilusión de que el final de la Guerra Fría sería el inicio de una era de liberalismo y dem

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